Mostrando las entradas con la etiqueta Reseñas. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Reseñas. Mostrar todas las entradas

viernes, 27 de diciembre de 2024

El penoso deber de mirar caer a los héroes


Hay quien opina que nunca deberíamos atestiguar la caída de nuestros héroes. Sin embargo, al pasar de los años, la falibilidad de aquellos que admiramos otorga una dimensión distinta a nuestra propia manera de ver las cosas, a perspectiva y en directo; una sensación de desolación mezclada con un poco de satisfacción de haber cumplido la difícil tarea del deponente de una desgracia. Esa sensación de desamparo me ha acogido durante la lectura de “La ciudad y sus muros inciertos” la más reciente novela del japones Haruki Murakami y, aunque mi objetivo principal como reseñista es el de contagiar el entusiasmo que me ha provocado la lectura de algún libro (procuro no escribir sobre libros que no me gustaron), la relación de amistad literaria que me une con el autor de hoy me obliga.

Mi relación lector-escritor con Murakami no tiene ni diez años. Fue en dos mil quince cuando leí con avidez una novela de la que había escuchado muy buenos comentarios: “Tokio Blues”. En cinco días repartidos entre aquel diciembre y su subsecuente enero, descubrí un autor cautivante con una historia que, un poco más, un poco menos, hablaba de un trozo de mi propia juventud. A partir de esa epifanía fui explorando ya un total de catorce libros hasta el chasco de la semana pasada. Falta decir que en esas lecturas repartidas en los últimos nueve años incorporé al menos tres libros a mi lista de preferencias personales: “Los años de peregrinación del chico sin color” (la que considero la mejor novela de Murakami y de la que estuve hablando ayer en un café con mi querido y viejo amigo Arnulfo Islas), “Crónica del pájaro que da cuerda al mundo” y “De qué hablo cuando hablo de correr”.

Sin embargo, la lectura de “La ciudad…” fue verdaderamente agonizate. Ya desde los dos títulos anteriores, “La muerte del comendador” (tomo I y tomo II) y el libro de cuentos “Primera persona del singular”, Murakami comenzó a perder el brío que le caracteriza como autor. En “La muerte del…” pude ver a un escritor que dilataba demasiado las escenas, que se aburría en los ambientes descritos y por momentos divagaba en reflexiones que ya habíamos abordado páginas atrás; mientras que en “Primera persona…” se apareció como un autor ávido de entregar el libro a la editorial sin haberlo concluido del todo; cuentos aparentemente sin terminar, pues. El resabio perduró, pero no fue determinante para que, como ferviente lector de Murakami, no le diera la oportunidad a la nueva novela.

“La ciudad…” tropieza desde el principio develando el detonante narrativo de la historia: la relación amorosa (a un nivel platónico) que engarza las vidas de un joven y una joven en la adolescencia y la cual será resuelta al paso del tiempo, en la adultez. Este argumento resulta repetitivo en relación a otras novelas del japones (como “Tokio…” y “Los años de peregrinación…”, por citar sólo dos), sin embargo hasta ese punto podría ser una propuesta, que, aunque conocida por sus lectores, se resolviese de manera novedosa en cuando a sus libros anteriores. Sin embargo, la esperanza dura poco cuando a la historia Murakami le adosa un mundo de fantasía donde el adorno principal son unicornios salvajes, pero gradualmente domesticados (vaya contradicción). Aun cuando el autor nos ha presentado historias oníricas o incluso inmersas en la fantasía (pienso en los misteriosos sueños eróticos que navegan por “Crónica del pájaro…” y los personajes de pinturas tradicionales que cobran vida en “La muerte…”), todas habían sido cuidadas con la quirúrgica manera en que un escritor va surciendo, de manera oculta, el interior de una historia que nos resulta verosímil; característica imprescindible, esta última, para que el lector se quede. A partir de ahí, hablo de las primeras veinte páginas, la novela tropieza con todo lo que encuentra y va aflojando la cuerda con que se sostiene la atención de un lector hasta dejarlo caer por la borda a un mar enrarecido de más de quinientas páginas. Una verdadera lástima.

Esta experiencia lectora me recuerdo algo que leí en el muro de un colega, parafraseando, “Lo que importa son los libros, no los autores que tanto se ensalzan”. Es cierto. Aun cuando uno recurre a autores que ha disfrutado como una apuesta segura, ninguno es infalible y pude darnos con una chanada en las narices (como por ejemplo, “Memoria de mis putas tristes” del Gabo), presentando libros no tan buenos como los anteriores o los que nos han gustado; es natural que un autor tenga altibajos en su obra, sobre todo si ha sido prolífica. Y aunque no ocurre en todos los casos, a veces los libros postreros de un autor van perdiendo el lustre de los primeros. En el caso de Murakami la tendencia es en picada. 

Paso cebra

Esta es la última columna del año. Gracias por su lectura semanal y permanente. Deseo de corazón que los anhelos que le rodean a usted y los suyos, sean cumplidos. Nos leemos en el 2025.

viernes, 23 de agosto de 2024

Una manzana en trozos o la poesía de Sebastián Montiel


Hace unos días durante un taller de modernidad poética en el que participo como estudiante, atribuí al poeta equivocado unos versos muy conocidos: “Hoy me gusta la vida mucho menos, / pero siempre me gusta vivir. / Ya lo decía.” En un principio creí que eran de Benedetti, tras dudarlo un momento aseguré que eran del chiapaneco Sabines. El lector sabrá disculpar la pifia literaria que cometí y la cual tarde varios días en identificar; los versos pertenecen al gran César Vallejo. Sin embargo, confundir esos versos, que son algunos de mis favoritos sobra decir, tienen como origen que es la vida y la condición en que la vivimos los poetas, el lei motiv primigenio de la creación poética. Desde el ya mencionado Vallejo, pasando por Pessoa, Whitman, Baudelaire, y un largo etc., los poetas se muestran como seres heridos de realidad, enfrentados, en una dualidad que toca en la otra orilla la fascinación, con la época que les ha tocado vivir.


Caída tras caída / Me iba doblegando / como una planta marchita / por la sequía de la desesperación.


Por tanto Sebastián Montiel se manifiesta como un poeta en esa estirpe esencial da cuenta de su propia lucha, que en su caso, tiene dos frentes, el mundo que le rodea, y la particular condición física que le ha determinado en ese mundo. Abordo primero las batallas con el exterior.


(…) soplamos al invento de las discordias de las leyes cotidianas / y unos a los otros se arraigan en la quejumbre (…)


Sin ser el rasgo principal, me alegra encontrar en este nuevo poemario la crítica propia de quien no se encuentra agusto en el mundo, rasgo inequívoco del artista, que determina el carácter de rebeldía que todo escritor debe de portar como arma de cargo; es la necesidad de transformar la realidad que despreciamos en el arte que nos haga reflexionar.


Los aludidos van por ahí, / convenciendo votos a cambio de promesas; en la hielera, los afluentes del gentío.


Pero el enfrentamiento con el mundo “de afuera” parte de su contemplación, de la influencia que provoca en nuestros sentidos, en la experiencia vivida que tenemos de aquello que nos toca, que nos seduce el paisaje; a más pura usanza del poeta ingenuo de Schiller, no entendido como el vate bobalicón, por el contrario, aquel que ha quedado atrapado en el poder de la naturaleza y desata a partir de ella sus pensamientos y sus emociones.


(…) mi rostro en aquel día de campo / con el viento que me hacía de nuevo compañía / moviendo en sinfonía las copas de los árboles.


La noche se despedaza en sus riberas / cuando la marea se eleva en un instante, / y la luna / lame / un trozo de océano.


Es aquello que conmueve al poeta el punto de partida para hablar de la divinidad, por un lado del poeta como creador absoluto de su poema, donde impone las lindes de lo imaginado y lo vivido, por otro lado, la presencia indescriptible y permanente del creador de todo lo conocido y por conocer, como el alter ego de quien busca la liberta en lo que escribe.


(…) alguien mostró su silueta / lo sentía a mi lado, / tocaba su mano / y estaba todo en calma, / no quería despertar, / ligero yacía / como un pájaro en vuelo.


Esa conciencia de la fragilidad propia es el punto donde las visiones del universo exterior e interior se encuentran. En este su segundo poemario, Sebastián alza la voz como quien ha encontrado el sonido perfecto para su alma, el sonido de los versos que son dictados a la conciencia desde un lugar remoto para ser transformados con la voz interior que nos acompaña en todo momento, permitiéndonos a los poetas narrar las cicatrices que nos custodian de por vida.


Estoy bien adaptado a ese cuerpo sin control preciso, / Aunque a veces, me rebelo / como si fuéramos tigres / combatiéndonos a garras por el pantano sosegado


El poeta Montiel ha descubierto que cada poema es una declaración ideológica, sentimental de aquello en que cree y en lo que ha fundado la religión de la resistencia y la resiliencia como proverbios inherentes de la discapacidad motora que lo apresa, sabiendo con certeza que alzar la voz, alzar el verso, es la única manera de vencer y conquistar la vida plena.


Retoma las pancartas del manifiesto / corriendo en las arterias del tiempo; / no pares, no pares / que a los alevosos segundos les vale.


En estos Manifiestos, Sebastián Montiel se confirma como un poeta de cepa, uno de los jóvenes autores que más busca el oficio y que en esa pesquisa desbordad comienza a labrar un estilo y su arte poética, la manera en que mira la poesía como forma de expresión, pero también como forma de vida, la vida del poeta que no se da tregua para nombrar la belleza.


Un buen día / y el poema / enmarca su fin / al crepúsculo.


Pero las palabras que este poeta va labrando tiene como telón la soledad y el silencio, estancias imprescindibles para aquel que se sabe acompañado en las letras; el del poeta es un oficio ingrato, requiere intimidad para forjarse y compañía para esparcirse, la compañía de los lectores que descubrirán sus palabras en la mudez de estas páginas parlantes.


Te veo desde la ausencia del ruido, // ingiero un sabor de calma / que va deslizándose / como un anfibio sin ojos / en mi garganta (…)


Este poeta lo es no sólo por el estilo que ha elegido para expresarse (o es el estilo quien elige al autor, eso dicen los que saben), este autor que hoy nos convoca es poeta porque conserva en su decir los temas esenciales desde que el primer verso se escribió en el planeta: el amor, la pasión, el olvido, pero también la ciudad y la noche.


Noche sin palabras, retumbante, / como la melancolía tormentosa; / submarinos que nos advierten / de las corrientes sin censura.


El dolor parece permanentemente en sus versos. Ese dolor físico que se soporta por el dolor del alma, de un corazón maltrecho de rechazo, de la indeferencia y del desprecio que el mundo tiene por los poetas y por aquellos seres de condición aparentemente frágil, distinta, amenazante.


Dejo caer el sufrimiento / en el blanco trino del violín (…)


Las cinco partes en que está dividido este poemario son también una alegoría poética, la cual está confirmada en uno de los poemas de la colección. Tal vez el poeta no fue consciente y no se percató de que en el poema Manzana verde estaba describiendo sus afanes y la intención oculta en ellos. No me extraña que estos versos no revelaran su naturaleza premonitoria ante sus ojos; es suele ocurrir en un libro que adquiere vida propia y se le escapa de las manos a quien lo escribe.


El tiempo toma un trozo, me hace compañía. / Cae en el piso un trozo, un perro viene y lo devora. / Un pájaro llega a la ventana de la cocina, y le invito un trozo. / Mi madre se come un trozo, ni la vi. / Una niña pelirroja toma un trozo, y se va al colegio. / Trozo, te encontré en un amuleto y te comí.


Los poemas de Sebastián Montiel son trozos que se escabullen en el tiempo, que alcanzan al más distraído y lo acompañan sigilosamente, que apabullan con su sabor y su olor, es decir con su belleza, y que al fin de cuentas logran su cometido: que los manifiestos nos alcancen a todos, nos llenen de sabiduría y nos lleven a un lugar donde pertenecer, como la manzana del paraíso, como la manzana que comí esta mañana antes de salir de casa.


Van y vienen los manifiestos; / se estacionan en todas partes, / rompen silencios, / se destrozan en adyacencias, / vuelan y saltan / de patria en patria. 

viernes, 16 de agosto de 2024

Adelanto de “Transeúnte solitario”, el libro

Durante estas horas y los siguientes días se estará maquilando, en las entrañas de una imprenta pachuqueña, mi nuevo libro. Se trata de una compilación de algunos textos periodísticos que resumen los más de 28 años en que he tenido la fortuna de ejercer esta profesión maravillosa. La recopilación aparece el próximo 27 de agosto y ya se encuentra en periodo de preventa. Para antojar a los lectores, comparto el prefacio que escribí para introducir el volumen. Ojalá les anime a adquirirlo y, lo más importante, leerlo.

“La primera vez que me publicaron una nota fue en 1996, en la sección cultural “Estaciones” del diario pachuqueño Visor, la cual aparecía los domingos. Se trataba de una pequeña reseña sobre “El efecto tequila”, aquel concierto con que se presentaba el álbum homónimo en el que la querida Betsy Pecanins hacía fusión del blues y la música mexicana. El jolgorio musical había tenido lugar en el Teatro de la Ciudad San Francisco y causó tal asombró en mí que no pude evitar el impulso de escribir sobre ello. Cuando la terminé, se la llevé a los editores, Roberto Herrera y Andrés Torres, a quienes semanas atrás había abordado con la ilusión de publicar mis poemas en dicho suplemento, lo cual por fortuna ocurrió. Así que, conociendo el obcecado temperamento propio de la juventud que entonces me caracterizaba, publicaron también la reseña.

“A partir de ahí, tuve la suerte de tener trabajos donde pude ejercitar el periodismo cultural. En 1998 comencé a escribir reseña cinematográfica para una sección de cine que tenía todos los viernes en el programa matutino del Canal 3 (Radio y Televisión de Hidalgo), un años más tarde, me invitaron a conducir una revista informativa que el Consejo Estatal para la Cultura y las Artes de Hidalgo tenía en la radio estatal 98.1 FM., iniciando también mi actividad como locutor, prioritariamente de programas de corte cultural, actividad que he desarrollado hasta la fecha.

“Fue hasta 2005, cuando me invitaron a colaborar con una columna en una revista, se trataba de “Vía Libre”, un semanario de corte mayoritariamente político que abría espacio para los asuntos culturales de la mano de Luis Frías como editor de esos asuntos. Fue ahí que apareció la columna titulada “La fuga de Dios”, y que aparecía en la última página del semanario. El nombre, una ocurrencia de mi colega Carlos Muñoz detonada por la portada de mi primer poemario (la fotografía de una mujer con el torso desnudo que abraza un crucifijo negro, obra de Enrique Garnica), tenía el concepto de despedir al “dios” de la revista, es decir, el lector (iluso yo que no sabía aún que los dioses de las publicaciones periódicas son los anunciantes). Aquella aventura duró algún tiempo hasta que la salida de Luis del semanario canceló la continuación. Fue en ese momento, que comencé a escribir un blog con el mismo nombre de “La fuga…” y que al paso de un par de años cambió de nombre por el de “Transeúnte solitario”; menos blasfemo e inspirado en una canción del compositor y cantante español Manolo García. 

“El blog me permitió ejercitar libremente el periodismo cultural, a la par de colaboraciones que me pedían de distintos medios: una entrevista por aquí, una reseña por allá, la semblanza de un escritor famoso por acullá, la nota del fallecimiento de un personaje para el más allá, etc. 

“Un caso particular fue el de El Sol de Hidalgo, periódico donde escribí durante casi cuatro años (2014-2017), reseñas literarias en su sección de Cultura; el aporte semanal se distigía con el nombre de “La hoja y la mirada”, siendo el único caso en que el “Transeúnte…” usó un heterónimo para presentarse a los lectores.

“Los medios en los que he tenido la oportunidad de colaborar en estos años son los diarios: el ya mencionado Visor, Cambio 21, Plaza Juárez, Sol de Hidalgo y Síntesis de Hidalgo; en las revistas: Vía Libre, ESEconomía (IPN), Visión Latina, Mala Vida (Cuernavaca), Impulsa (revista de la Salle Pachuca), La cabeza del Moro (Zacatecas), Convocatoria (Tepeji del Río),  Los hijos del alebrije, Reloj del Viento, Sabia Contemporánea, Amexfil (revista especializada en filatelia de CDMX), Yeibo, Óptica y 451 EFE; así como numerosos sitios web sin olvidar los años de RTvH donde fui de todo: actor, reportero, conductor de noticias, guionista, productor, realizador y como ya dije, locutor.

“Los textos contenidos aquí, 118 en total, son una selección personal de lo realizado en todos estos años y en todos los medios arriba mencionados. Son el resultado del gozo y el asombro que me ha implicado las pasiones que me han acompañado desde la juventud: la música, el cine, la fotografía, el teatro y la literatura; está última, estocada final que ha determinado mi vida. 

2Quiero agradecer a los colegas y amigos que me han acompañado en estos años y que han fungido como directivos o editores de los medios donde he participado: los ya mencionados Roberto Herrera, Andrés Torres, Luis Frías, pero además Alma Baños, Enrique Olmos de Ita, Aidée Cervantes Chapa, Yannina Romero, don Adalberto Peralta, Daniel Fragoso Torres, Ricardo Venegas, Manuel R Montes, don Carlos Sevilla, Francisco Curiel, Eddy Salgado, Luis Corrales Vivar-Cravioto, Salvador Franco, Alejandro Grossmann, Aurora Oliva, Javier Peralta, Rolando García, Mónica Hidalgo, Georgina Obregón, Eduardo Villegas Guevara y Víctor Roura. Si he olvidado a alguno, desde ahora pido perdón, sin merecerlo.”

jueves, 15 de agosto de 2024

Inicia preventa del libro "Transeúnte solitario [crestomatía periodística]"

¡Inicia la preventa!



Queridos amigo,


Hoy iniciamos con la preventa de mi nuevo libro: Transeúnte solitario [crestomatía periodística].

Se trata de una selección representativa de 21 años de estar escribiendo mi columna semanal con temas relacionados con el arte y la cultura. El libro incluye entrevistas, semblanzas, crónicas, opinión y reseñas de libros, música y arte. 

Dentro paran encontrar textos racionados con autores hidalguenses como: 


Gonzalo Martré

Ignacio Rejo Fuentes

Efrén Rebolledo

Arturo Trejo Fuentes

Agustín Ramos

Yanira García

Omar Roldán

Aidée Cervantes Chapa

Agustín Cadena

Xiko Jaen

Venancio Neria

Alfonso Valencia

Rafael Tiburcio García

América Femat

Octavo Jimenez

José Antonio Zambrano

María Elena Ortega

Jorge Antonio García Pérez

Ignacio Rodríguez Galván

María Ruiz

Federico Arana

Christian Negrete

Diego Castillo

Hans Giébe

Daniel Olivares Viniegra

Ilallalí Hernández

Juan Carlos Hidalgo

Enrique Rivas Paniagua

Alejandra Craules

Ramses Salanueva

Ricardo Garibay



De artistas como:

Sixto Valencia Burgos

Gabriel Vargas 

Benjamín León Estrada

Quino

Rius


De creadores adoptados como:

Verónica Ituarte

Torgeir Rebolledo Pedersen

Daro Soberanes

Cohutec Vargas Genis

Juan Galván Paulin

César Kostia


Y autores que siempre me ha interesado como:

Carlos Fuentes

Gabriel García Márquez

Julio Cortazar

Mario Vargas Llosa

Salman Rushdie

Rafael Pérez Gay

Carmen Boullosa

Paul Auster

y un no muy largo etc.


Si les interesa conocer el contenido, les pido que me apoyen comprando un ejemplar y/o compartiendo esta información.


¡¡¡Así me ayudan a sacarlo de la imprenta la próxima semana!!!


Los pedidos serán cubiertos a partir del 28 de agosto, entrega gratis en Pachuca y su zona conurbada.  Para pedidos fuera de Pachuca, cotizamos envío por correos de México.


De ya les mando un abrazo de agradecimiento.

viernes, 9 de agosto de 2024

Capturar la identidad en los instantes

La fotografía es un arma contra el olvido; al mirarla, una imagen abre fuego en nuestra mente y deja una huella indeleble en la memoria, o también, trae a cuentas un momento vivido, atesorado en esa luz capturada en algún lugar del pasado y que por desconocida razón permanecía recóndito dentro de nuestra mente. Pero la fotografía, el ejercicio fotográfico, quiero decir, es también una herramienta para el reconocimiento, la indagatoria, la reivindicación de lo que somos migrándonos en las imágenes de lo que hemos sido. Es un sumergirse en la vida que compartimos con otros por razones temporales, geográficas, culturales, o identitarias; es ahí donde la mano del fotógrafo, la mirada sería mejor decir, cobra importancia cuando su punto de vista deja testimonio del mundo que le rodea y al que pertenece, aunque sea sólo en el instante que captura. 

“Miradas del valle / La vida más allá de su contexto” es el testimonio gráfico de Homero Biñuelo acerca el mundo en el que no sólo ha participado al momento de accionar su cámara, sino el de un espacio-tiempo en el que él mismo es el devenir de una identidad ancestral y permanente: la del Valle del Mezquital. 

            Nacido en Pueblo Nuevo, Ixmiquilpan en 1979, Homero pertenece a una generación de hombres y mujeres que siguen sintiendo orgullo del terruño que les vio nacer y que, agradecidos por el esfuerzo sobrehumano que hicieron sus abuelos, abuelas, padres y madres, lograron alcanzar nuevas posibilidades que la capital del estado de Hidalgo e incluso en la capital del país. Todos ellos, cargaban en la maleta historias familiares, enseñanzas locales, leyendas regionales y decires que formaron su identidad a partir del idioma, la gastronomía y las costumbres; pero sobre todo, a partir de su particular forma de ver el mundo del pueblo ñähñu.

            El Valle del Mezquital viaja en la piel de quienes nacen y vuelven a él. Es un sino indeleble que se porta con orgullo y que ha vencido, para fortuna de propios y extraños, ese temor con que los pueblos originarios se ocultaban hace más de un siglo por no “embonar” en el México “moderno”. Por fortuna, y gracias a los pueblos como los que conforman el amplio esquema de orígenes del Valle del Mezquital y que alzaron la voz para enaltecer su estirpe y honrarla, podemos gozar todavía del arte, la cultura y las tradiciones que les fueron inculcadas; su origen y su identidad. Otros pueblos en el mundo, no han corrido con la misma suerte.

En esta colección fotográfica que Biñuelo nos presenta se puede sentir esa ufanía en la forma en que su mirada recorre su entorno. Hombres, mujeres y niños que siempre están trabajando y creando, urdiendo con sus manos el porvenir, buscando con la mirada el horizonte de vida, andando los caminos que los conducen al futuro sin dejar de ver el sendero recorrido del pasado; los ambientes son los memorizados por los sentidos, el calor abrasante, la tierra dura, el cultivo exigente del trabajo duro, la lluvia escurridiza, el candor y el compromiso de su gente; la benevolencia pues, del Valle amado.

Las imágenes van más allá del mero registro antropológico, cuentan historias que se sostienen en las costumbres, el vestido, los utensilios cotidianos, la arquitectura y los paisajes que envuelven a los protagonistas de cada fotografía. Son personas que marchan valientes por el tiempo, consolidando su pasado y visorando un futuro en el que sigan cubiertos por el calor de su identidad.

Con este libro, Homero Biñuelo se une a la importante lista de fotógrafos que nos han legado un variopinto registro del devenir del Valle del Mezquital: desde Fernando Benitez, Antonio Rodríguez, Berenice Kolko, David Maawad y Alicia Ahumada, hasta Ruth Lechuga, Christiane E. Kugel, Nyx Rodríguez, Erika Barquera y Jesús Peña Melchor, entre otros. Puntos de mira personales que contemplan desde el corazón la cosmogonía del Valle del Mezquital.


Paso cebra

El texto anterior es el prólogo que escribí para el libro de fotografías “Miradas del valle / La vida más allá de su contexto” de Homero Biñuelo Bautista, el cual se presenta este viernes 9 de agosto en su cominidad y en los próximos días en Nashville, Carolina del Norte en EE.UU. Enhorabuena.

viernes, 2 de agosto de 2024

Florilegio de ruinas


Hay libros que nos llegan de maneras inesperadas. Por experiencia personal terminan siendo libros de especial valía. Como si el insondable devenir que los trajo hasta nosotros sea un vaticinio de buena fortuna.

De forma imprevisible (lo cual contaré en otra oportunidad) llegó a mis manos el más reciente trabajo editorial del decano de las letras hidalguenses: Gonzalo Martré. Se trata de un volumen pequeño en tamaño pero prolijo en contenido, lleva por título “Breve antología bochornosa de la pseudopoesía mexicana” y es una colaboración con su colega, el ensayista, narrador y poeta Juan Carlos Castrillón.

El libro, firmado como “Castrillón / Martré”, contiene una selección, análisis y crítica detallada realizada por el primero, de los peores poetas o escritores metidos a poetas que ha dado la República de Letras en México; aderezado con unas apostillas “martreanas” que por sí solas constituyen una delicia, pero que en estas páginas nos dan el contexto del personaje descalabrado, perdón, del personaje mencionado y una que otra anécdota socarrona sobre ellos.

La selección incluye autores nacidos a finales del siglo XIX y culmina con autores que continúan publicando en pleno siglo XXI. Para que el lector no caiga en la trampa de suponer que está frente a una lista de escritores que fueron elegidos por ser merecedores de la antipatía de los autores, Castrillón abre con un estudio sucinto sobre lo que es y lo que no es la poesía, citando a autores consagrados y contrastando las delirantes “cualidades” de la pseudopoesía, la poesía naif o la falsa poesía; dejando muy en claro el por qué de su desprecio a los pseudopoetas, señalando los problemas fundamentales de su malquehacer (como el ego y la falta de preparación) y rematando con una biografía que sustenta sus tesis y que puede ser consultada para ampliar el conocimiento propio de cada lector. 

La lista está conformada por veintiocho literatos, apuntados en orden cronológico por su año de nacimiento. Estos son: Maximiliano Salazar Centella, Jaime García Terrés, Ramón Xirau, Jaime Sabines, Raúl Macín, Elena Poniatowska, Elena Jordana, Eraclio Zepeda, Jaime Labastida, José Emilio Pacheco, Roberto López Moreno, Parménides García Saldaña, Antonio del Toro, Francisco Javier Estrada, María del Carmen Velasco Ballesteros, Javier Sicilia, Juan Villoro, Máximo Cerdonio, Eusebio Rubalcava, Eduardo Langagne, Adolfo Castañón, Fernando Nachón, Rafael Courtoise, Benito Taibo, Dana Gelinas, Eduardo Vázquez Martín, Jordi Soler y Julian Herbert.

¡Caray!, dirá usted estimado lector, ¡Sí aquí veo nombres “importantes” de la literatura, premiados, también alguno que he leido! Pues sí, eso mismo dije yo que incluso encontré en estas páginas a amigos, conocidos y escritores que me gustan como narradores, pero, que al enfrentarme a las pruebas poéticas presentadas no me cabe duda de que el lugar en este bochornoso compendio se lo ganaron a pulso.

El arrojo de este libro destaca en una época en que la crítica literaria seria es escasa en México y ha sido sustituida por la crítica a modo, acotada por los compadrazgos y las mafias que se instalan con cierta facilidad en los círculos literarios de todo el país. Pero además, el tomo es hilarante, fresco y mordaz, en el que se puede apreciar las habilidosas plumas de sus autores; Juan Carlos Castrillón no deja títere con cabeza y propone este libro para que las futuras generaciones no se dejen encañar con lo que pretende ser peosía, mientras que Gonzalo Martré confirma su lugar privilegiado en la literatura mexicana, haciendo gala un estilo inigualable propio de quien ha circundado desde hace más de cincuenta años (casi sesenta) la literatura mexicana.

“Breve antología bochornosa de la pseudopoesía mexicana” aparece bajo el sello Cofradía de Coyotes, editorial dirigida por el escritor Eduardo Villegas Guevara, y salió de la imprenta apenas en mayo pasado. Seguramente en la Feria Univesitaria del Libro que pronto inicia, usted podrá hacerce de un ejemplar; no se va a arrepentir, se lo aseguro. 

viernes, 19 de julio de 2024

Más de la mitad de lo que uno es


La tarde del día que murió mi padre, un amigo entrañable al que admiro, Juan Manuel Menes Llaguno, me escribió un profundo mensaje de pésame. En él, me decía, palabras más, palabras menos, que la figura del Padre es más de la mitad de lo que uno es. Lo parafraseo porque hoy no me atrevo a buscar el mensaje original en los impolutos archivos digitales de los mensajes “inbox”. Sin embargo, esa definición de la presencia paterna en la vida de un ser humano me ha acompañado día tras día desde aquel ominoso trece de agosto.

El escritor mexicano Juan Villoro ahonda en la esencia de esta frase. En su más reciente libro “La figura del mundo” hace una radiografía de la relación con su padre, el filósofo mexicano de origen español, Luis Villoro, fallecido en dos mil catorce y figura clave del pensamiento, el análisis y el compromiso político para más de una generación.

Juan, narrador incomparable, ameno y preciso, nos lleva en un viaje cronológico para conocer a su padre; el descubrimiento no es sólo para el lector, lo es para el mismo autor que va explorando en sus recuerdos para ir armando un rompecabezas emotivo que va dando forma al retrato, privado y también público, de un hombre para el que la filosofía no era solamente un oficio, sino una forma de vida.

En esos primeros años, el literato descubre en la mirada del filósofo la figura que tiene el mundo, ese, el inmediato, el que le rodea en la infancia, sino también el otro, el que en la lejanía ira descubriendo a partir de la forma en que su padre le enseñó a desenmarañarlo.

A partir de anécdotas, algunas de ellas contrastadas con el punto de vista de sus hermanos o de su madre, Villoro hijo nos describe las huellas que la presencia de su padre dejó en su formación, pero también nos da cuenta de las ausencias paternas, fueran físicas pero sobre todo emotivas, con que su personalidad y vocación se fue consolidando; porque donde no podía vislumbrar con claridad lo que su padre sentía o pensaba, comenzaba su literatura.

A pesar de que en otros de sus textos Juan Villoro ya había tocado la figura del padre, dejando entrever el entramado íntimo de sus reflexiones, es en este libro donde la disección de los detalles, los comentarios, las actitudes, las filias y las fobias de un padre van dando forma, en imitación o en contraposición, de las aristas del hijo.

Luis Villoro era un hombre callado, solitario, maestro apasionado y un activista social que pudo ver, desde el crepúsculo del siglo XX, lo que la izquierda ha provocado, para bien o para mal, en la política mexicana del primer cuarto del siglo XXI; fue miembro fundador lo mismo de partidos de izquierda que de univeridades y cercano asesor y simpatizante del movimiento zapatista en Chiapas. Supo analizar como pocos el pasado mexicano con la privilegiada posición emotiva de un extranjero pero con la entrega apasionada de un propio. 

La descripción del personaje público casa a la perfección con el familiar; su participación social era extensión de su ética personal y resultado de su propia, muy de filósofo, manera de ver el mundo. Esto influencio de muchas maneras al hombre que se convertiría en escritor y que, sin dejar de lado su interés por lo que en México ocurre, examinar también, en sus libros y sus discursos, la manera en que México se ha (des)construido en los años recientes.

Ambos “Villoros” compartieron la pasión por el fútbol, por los libros, por la política, pero sobre todo por el antiguo, y en ocasiones actuales simplificada a un grado epidérmico, arte de analizar la realidad.

La lectura de “La figura del mundo” de Juan Villoro es una deliciosa incursión en la íntima relación que dos hombres, el padre y el hijo, sostuvieron y aún sostienen en el tiempo, más allá de su lazo sanguíneo, unidos por su lazo intelectual.