viernes, 16 de noviembre de 2018

El péndulo que no olvida

Bajó de la cúpula agotado. Había colgado desde lo más alto una larga cuerda que del otro extremo sostiene un saco de arena. Sudoroso, empujó el hato para que comenzara a moverse.Por una pequeña abertura, la arena iba marcando el rastro de su movimiento, de su oscilación. Era Foucault tratando de demostrar el movimiento de la tierra, pero también podemos ser todos, aferrándonos a conocer el origen y destino de nuestra vida, o al menos de forma en que la recordamos y la imaginamos.
Los seis cuentos que conforman en volumen “La oscilación de la memoria” de Christian Negrete están impregnados de este aroma. Historias que surgen de la realidad y giran sobre sí mismas para volver a mezclarse con su origen, dejando en el lector un resabio de derrota y miseria humana.


Christian Negrete se revela como un autor novel que trae consigo todo el ímpetu y febrilidad de quien a descubierto el paraíso que creía velado para su destino. Su origen de abogado litigante y su ejercicio como ministerio público le ha permitido ser un testigo privilegiado de una realidad que supera toda ficción, pero que se vuelve la materia primar para historias que transforman esa realidad, ¿para mejorarla?, sin duda. La sordidez de los sucesos que ocupan sus historias son un tamiz por el que la vida llega a sus consecuencias más viscerales.
Los personajes de este libro son todos lectores. Negrete aquí se devela como un autor que lee. Porque aunque parezca difícil de crear existen escritores que no leen. Para fortuna nuestra, estamos ante un escritor que se escondía bajo la piel de un devorador de libros; vicio que sigue ejerciendo como entrenamiento diario de su vocación. Pero además de lectores, o tal vez porque lo son, lo personajes de estos cuentos están profundamente inconformes con su vida, con la circunstancia que atraviesan y, aunque no lo quieran, se engarzan en una espiral de transformación que los lleva a cumplir un destino inexorable, escrito bajo la almohada de las más encantadoras pesadillas.
Pero el ingrediente que cautiva en las historias del autor no es la dosis de realidad que conservan, es una voz apacible pero intensa que nos va llevando por las entrañas de la mente de personajes que han visto pasar su vida desde la orilla del desencanto, y por un impulso incomprensible se han arrojado al cauce, logran en ocasiones estrellarse con el lecho seco por donde alguna vez paso la vida.
Negrete ha venido a ocupar un lugar primordial en la escena literaria hidalguense con este su primer libro. Será sin duda un autor la que no sólo vale la pena leer, sino también seguir, pues es dueño de un estilo propio que irá puliendo con el tiempo. Aquellos escritores que habitan en el medio de la más sórdida realidad, son lo que forjan un literatura intensa y descarnada, siempre y cuando tengan el cincel y el martillo adecuados, léase el talento. Christian Negrete los tiene. Estoy ya, ansioso por leer sus nuevos cuentos, los cuales está escribiendo gracias a un apoyo para la creación. Mientras tanto arroje usted, estimado lector, un par de tarde a este libro. No va  a arrepentirse.


Paso cebra
“La oscilación de la memoria” de Christian Negrete, ganó el Premio Estatal de Cuento Ricardo Garibay 2017. Se presenta esta tarde en el Elementario, en las inmediaciones del Jardín Colón, a las 19 horas. Los comentarios los hará Eduardo Islas Coronel, el ganador de este año del premio estatal de poesía Efrén Rebolledo. Espero que pueda usted leer esta invitación a tiempo y podamos vernos por allá.

viernes, 9 de noviembre de 2018

Entre Zapata y Nahui Olin


La fotografía liberó a la pintura de su obligación como reproductora fiel de la realidad. De paso, apuntaló la memoria. Ese es el espíritu que se respira en las páginas del libro “Antonio Garduño. Fotografía y periodismo en los inicios del siglo XX” de Laura Castañeda García y Daniel Escorza Rodríguez.
Ambos investigadores encaminaron con sus pesquisas históricas a la figura del mismo fotógrafo, Escorza en las bóvedas de la Fototeca, donde identificó trabajos de Garduño dentro del fondo Casasola; Castañeda en los estudios de la Facultad de Artes y Diseño de la UNAM, donde encontró algunos trabajos de Garduño que databan de entre 1903 y 1907, cuando la escuela era la Academia de San Carlos. Ambos investigadores se encontraron en algunas oportunidades y al ver la coincidencia de sus trabajos, comenzaron a darle forma a un catálogo-artículo que se fue dimensionando hasta terminar en un libro.
El personaje, Antonio Garduño, llegó a la ciudad de México desde Guadalajara con sus dos hermanos, para estudiar en San Carlos. Al terminar sus estudios, consiguió un trabajo en la misma escuela como fotógrafo y comenzó a registrar lo mismo las clases de dibujo con modelos desnudos y vestidos, que arquitectura.
Durante el levantamiento armado, enfiló la lente de su cámara a registrar la vida cotidiana del conflicto y a sus protagonistas. De Garduño conservamos dos de las imágenes icónicas de la Revolución: la primera, un retrato de Zapata, quien viste una casaca gris, sin sombrero y tiene un semblante de tranquilidad, el personaje aparece apenas girado a su izquierda mirando a la cámara.

La segunda imagen, es aquella que se conoce como “Villa en la Silla Presidencial”. Antes se creía que durante esa toma, realizada el 6 de diciembre de 1914, la única cámara en los salones de Palacio Nacional era la de Víctor Casasola, sin embargo las variantes, en ocasiones apenas perceptibles, en varios negativos determinaron no solamente un concepto por demás interesante en la fotografía, la “multi-autoría” de una imagen, sino que también llevaron a la identificación de versiones distintas de la misma imagen, realizadas en ese mismo momento por Antonio Ramos, Sabino Osuna y Garduño.

Al terminar la Revolución Mexicana, Garduño regresó a la comodidad de su estudio y comenzó a ser conocido como el “fotógrafo de las novias”, realizando imágenes individuales y trípticos fotográficos de vida familiar y eventos sociales.
Sin embargo, la parte más estética de su trabajo radica en los retratos que hizo de Nahui Olin, destacada pintora y poetisa de la época, cuyo nombre verdadero era Carmen Mondragón (hija de un general porfirista, Manuel Mondragón, pernicioso responsable de la Decena Trágica) y quien era parte de un grupo de intelectuales y artistas destacados de la época como Frida Kahlo, Diego Rivera y Roberto Montenegro.
Las imágenes logradas por Garduño a la figura de Nahui Olin son de una belleza difícil de describir. Son el resultado del entrenamiento que el ojo del fotógrafo obtuvo en la Academia veinte años antes.
Sus dotes de gran retratista le permiten alcanzar el preciosismo de la imagen, la estilización absoluta no sólo sobre el rostro de la artista, también la brillantez de su piel, el sombreado del maquillaje, el fulgor de las pelucas y el sopor de los atuendos; son retratos de una factura espectacular.

Pero merece una mención aparte los desnudos que Garduño le realizó a Nahui en las playas de Nautla: imágenes por demás eróticas donde conviven la candidez de la modelo, la voluptuosidad de sus formas con el jugueteo de la espuma del oleaje. El volumen cierra con una serie digna de ser considerada entre las imágenes más cachondas (diríamos los mexicanos), de la historia de la fotografía mundial.

El libro, editado por la UAM- Xochimilco, es una delicia para los interesados en la historia de la fotografía, su formato cuadrado permite el disfrute lo mismo de los encuadres horizontales que de los verticales, logrando un equilibro con el texto de la investigación.

La aproximación a la vida y obra de Antonio Garduño es también un acercamiento a una manera de hacer fotografía en un México que fue y que se ha transformado tanto o más rápido que el salto que hemos dado del nitrato de plata a los pixeles.

viernes, 2 de noviembre de 2018

Leyendas y tradiciones: microhistoria pachuqueña

La historia de las nacionales se compone de muchas piezas. Como un rompecabezas cuyas piezas polimorfas son historias regionales, locales, colectivas y personales. Esta corriente historiográfica, impulsada por el antropólogo norteamericano Clifford James Geertz, es conocida como la microhistoria; la posibilidad de analizar sucesos, personajes o fenòmenos sociales que en cualquier otro tratamiento de invsetigación serían descartados y pasarían inadvertidos. De esto abreva el ejercicio del cronista del estado de Hidalgo, Juan Manuel Menes Llaguno, quien nos presenta un nueva publicación: “Tradiciones y leyendas de Pachuca”.

La edición, elegante y de gran formato, presentada por Editorial Porrúa, abre con una introducción que se compone de tres crónicas sobre la ciudad de Pachuca; una de la etapa del virreinato, otra decimonónica y la última del siglo XX extendida hasta este siglo XXI que ya alcanza la mayoría de edad.
En sus páginas conviven las historias que a lo largo de los años han dado identidad a los barrios más antiguos, lo conocidos como barrios altos, y a las colonias que poco a poco, gracias a la expanción de la vida social, se han ido asentando haciendo crecer la urbanidad de este enclave minero.
Tras esta introducción, el licenciado Menes nos lleva por un recorrido que nos redescubre calles, puentes, plazuelas y plazas de una ciudad que fue y que ha sido escenario de múltiples encuentros; y es que de los encuentros ocurren las historias. Piense usted, estimado lector, cuántos de los encuentros de su vida han generado historias dignas de recordar, y otras por fuerza  sometidas al olvido. Un recorrido que se antoja emotivo para propios y extraños.
Pero, para los extraños, el autor regala una sección del libro, Guía para turistas y descarriados del ayer, en la que se enlistan cantinas, mesones, figones y lo que el cronista llama “otras linduras”, que permiten el paseo desgarbado y coloquial de una ciudad que no ha perdido, a pesar de circunstancias diversas, la capacidad de gozo.
Menes Llaguno ha descubierto una veta riquísima en la tradición popular, Como el minero que ha encontrado el lugar exacto dónde aplicar la broca, la pluma del cronista se dirige a la memoria de las personas con un único fin, ejercitar la microhistoria pachuqueña. El ejercicio parece simple pero requiere de constancia y dedicación; investigar, rescatar y preservar. Pero el impulso histórico no se detiene en el pasado, avanza con resolución para encargarse también de la historia que se está generando en este momento; la microhistoria del futuro.
Es así que el autor da el brinco a lo más espeso del caldo. Aborda con su particular y fino estilo las crónicas y  leyendas que han dado forma a nuestra idiosincrasia pachuqueña. Las leyendas que empiezan en las casas, salen a la calle y saltan a nombrar la cantina, la pulquería, la tienda, al barrio; la identidad. Algunas que llaman a la memoria, otras al morbo, otras tantas a la reflexión.
En sus propias palabras, Juan Manuel (me permito tutearle por única vez, no seas irrespetuoso diría mi madre), ha indagado la historia local de tal modo, que sabe que donde la historia ya no logra explicar el suceso, entra la leyenda y se encarga de darle forma, múltiples formas que terminan siendo las aristas de una cultura minera que perdura hasta nuestros días.
El libro se compone de sesenta textos que están bellamente ilustrados por una amplia colección de fotografías de la ciudad de Pachuca, y que nos hablan en paralelo de otra de las pasiones del autor, el coleccionar imágenes que hablen del pasado de nuestra ciudad y que le ha permitido formar la fototeca personal más importante del estado. Esas fotografías, por sí solas son un deleite, pero al acompañar lo narrado, se vuelven un manjar de la memoria.
En el prólogo, el legendario Miguel Ángel Porrúa (quien también se encargó del cuidado del volúmen), nos devela una verdad absoluta, escribe: “Las leyendas son la manifestación primera de la inteligencia humana, la guía que, si no construye la historia de los pueblos, sí dibuja su espíritu”.

Nadie que se digne a amar esta ciudad, debe privarse de la lectura de este libro extraordinario.

4to. Encuentro Internacional de Muralismo" en Pachuca; programa general


viernes, 26 de octubre de 2018

Una diferente manera de conspirar



La luz, la parte de la radiación electromagnética que puede ser percibida por el ojo humano. Se propaga en línea recta, excepto cuanto atraviesa un obstáculo puntiagudo o una abertura estrecha, el rayo se curva ligeramente; se refracta. Así es la memoria para Fabrizio Mejia Madrid.

El autor comenzó con la crónica, sobre todo aquella que tenía que ver con despertares sociales ante la injusticia. Después incursiono em la novela, en la que incluso obtuvo un prestigiado premio narrativo, el “Antonin Artaud”, y ha explorado también la ensayística. Pero es en la narración de largo aliento donde Fabrizio se muestra más cómodo. Inquieto por naturaleza y analítico por vocación, hace cinco años nos regaló “Nación TV”, la historia de los truculentos actuares entre la televisora más grande e importante de habla hispana y sus estrellas. La frescura con que narra los excesos del choubisnes y la manera de usar la “caja idiota” para alienas las masas mexicanas, le mereció una pléyade de lectores que deseamos reconocer nuestro pasado inmediato como país de una manera que no nos ofenda tanto; o tal vez, al contrario.

Ahora, Mejía Madrid, aborda el hito histórico de la segunda parte del siglo XX mexicano: el movimiento estudiantil de 1968. “Una luz que nos deslumbra” es la síntesis de todos los intentos literarios anteriores por encerrar la importancia, el alcance y la repercusión de lo ocurrido en aquel año; por cierto, el año de nacimiento del autor.

Rosario Castellanos habría escrito que la oscuridad fue el momento propicio para la mano asesina contra los estudiantes. Fabrizio apuesta a la luz como elemento primordial para conocer todo aquello que al principio trato de ser ocultado y que poco a poco, a cuenta gotas y a lo largo de décadas, hemos logrado saber de los hechos que desembocaron en la matanza del 2 de octubre.

Siendo un “testigo posterior”, un “testigo histórico” (como muchos de nosotros interesados en el tema), el autor tiene manga ancha para dotar su narración de diversos tonos: encontramos la ficción, con una historia paralela que sucede al hecho histórico; la crónica detallada de las reuniones que sostuvieron los miembros de la cúpula político-militar del momento; el testimonio, novelado, de los protagonistas estudiantiles, sus maestros, sus familiares; e incluso la ensayística, el análisis del por qué de la abrupta y sanguinaria disolución del Movimiento.

Pero la apuesta más importante del libro es vincular los hechos de protesta juvenil preolímpicos con hechos posteriores como el Jueves de Corpus del 71 y otros hechos inexplicables de la manera en que se ha ejercido la política en nuestro país (como el asesinato de Colosio).

La novela, aunque con algunos errores de imprenta (y creo que también de trabajo final del texto) propios de una edición hecha a la carrera (tal vez para que apareciera unas semanas antes del cincuentenario), se disfruta mucho. Su ritmo es incisivo, conmovedor y cautivante.
Este libro es la voz, el sentir y el pensar de aquellos que reconocemos en aquellos días, el inicio de una luz que no ha dejado de guiarnos. Para las generaciones post 68 sólo nos queda esa manera de conspirar: recordar.

Paso cebra
El próximo miércoles 31 de octubre estaré en la nueva sucursal de Radio Express Café (en los rededores del Jardín Colón), presentando la nueva novela de Erick Cruz Ramírez. Se titula “¿Quién es Piter y mi general Toribio?”; se trata de una historia revolucionaria ambientada en Pachuca. Hace unos días, platicando con el autor en mi programa de radio, me compartía una inquietud: ¿Esta bien el haber situado mi historia en Pachuca? A veces creemos que las “buenas historias” tienen que pasar en lugares lejanos, incluso comunes para algún tipo de historias (si es romántica, París; si es de espías, Moscú). La literatura ocurre donde ocurre la vida, pues al fin y al cabo, la vida es la materia prima de la literatura. De eso y otras cosas estaremos hablando el miércoles próximo. Ojalá puedan acompañarnos, será a las 18:30 horas y la entrada es libre.

miércoles, 24 de octubre de 2018

Huachicoleo


Zapapico punzante; hambre,
la propia como sea, pero la de los hijos, retuerce
desde las tripas hasta el corazón.

La pala frenética. Los brazos que la empujan
hurgan, salivan; prurito de tuétano líquido.

Herida abierta, carne que se desmorona
entre los dedos.

Son tres o cuatro los que roen; desesperación
camuflada de madrugada lóbrega.

Rabión chirrido. Uñas contra la coraza.
Arteria sólida; oleoducto.

Se escucha un chisguete, se huele
una línea gruesa de sangre pestilente;
gesticulación grotesca
del mundo.

Logran domarla dentro de una manguera.
Tambo tras tambo.
Les queda un resabio
de infortunio.
Tumba tras tumba,
tras los leguleyos disparos.

viernes, 19 de octubre de 2018

Antes del desayuno


Todo me da vueltas. Mi cabeza es aún una espiral interminable que incrementa la velocidad a cada momento. Es mi techo, puedo reconocerlo, aun cuando la luz de esta mañana sea diferente. Trato de levantarme, a pesar de lo pronunciado de la pendiente imaginaria que me lleva al suelo, lo logro con cierta facilidad. El farfullo de los pájaros me atormenta un tanto mientras camino hacia la mesa donde anoche reventábamos en risas y tragos. Busco un cigarrillo sobreviviente para llevarme a la boca. ¿Qué otra búsqueda puede resultar menos fructuosa que la que hace un vicioso como yo entre montañas de colillas sepultadas bajo toneladas de cenizas en cuatro ceniceros atiborrados como fosas comunes de un pueblo en guerra? Tiro algunos vasos, que vierten sobre el mantel su ínfimo contenido, mezcla de cielos vueltos agua, tequila y babas.

Hacía un rato ya que Andrea se había levantado ya. Como es su costumbre corrió a lavarse los dientes para mitigar el mal aliento con que su beso acostumbra despertarme. Fue el chorro de agua del lavabo lo que me despertó. La última imagen que tenia de ella en ese momento no era precisamente una imagen, sino la sensación de su brazo y pierna derechos aprisionándome sobre el colchón, controlando apenas la combinación de coca y licor que impulsaba y frenaba la sangre por mis venas. Entre el cepilleo de los molares inferiores y los molares superiores me grita que ya me levante. Ya estoy levantado alcanzo a responder después de la bocanada de humo que me ha provisto el último cigarro superviviente, medio mutilado hay que decirlo, que alcanzó la luz del nuevo día escondido debajo del plato de botanas.

-Con una chingada Raúl, ¿vas a levantarte o no?-

Podría gritar otra vez que ya me he levantado, pero no puedo dejar de disfrutar el golpe de alquitrán en mis pulmones, chispa detonante de la energía que debemos guardar los fumadores en algún lugar debajo de toda la ceniza que poco a poco va tapiando nuestros pulmones. Escucho a Andrea escupir el último buche ya de agua limpia, cierra la llave y con las manos envueltas en una toalla que las seca sale del baño.

-Si sabes que tienes que levantarte temprano para que jodidos te metes tanta madre. ¡Raúl te estoy hablando!-

Detesto su pérdida de estribos. Yo, a pesar de la resaca amedrentada por los últimos residuos de la cocaína en mi cuerpo, jamás había estado tan tranquilo. Vaya contradicción. Ya estoy levantado Nena, pero no me escucha, sigue parada bajo el quicio de la puerta de la habitación mirando la cama. Raúl, Raúl. Voy a agarrarle las nalgas y darle un beso entre el cabello revuelto cuando se escapa. No alcanzo a tocarla. En medio de gritos desesperado repta sobre el colchón y me sacude. ¿A quién está agitando si yo estoy ahora bajo el quicio de la entrada al cuarto mirando la escena? Raúl, Raúl, Raúl, parece que quiere acabar con todo mi nombre para lograr que el cuerpo que yace inerte entre las sabanas le responda. Ese cuerpo es el mío. Aún viste los calzoncillos rojos que alcance después de la fallida faena sexual de la madrugada. Andrea llora y repite que estoy muerto. No siento nada.

Estoy muerto. Tal vez estoy soñando, pero algo en mi interior me dice que es cierto. Estoy muerto. Tal vez sea la paz con que miro a mi mujer en un rincón, llorando. Sigo sin sentir nada.

Paso cebra
Se instaló la Comisión de Cultura en la Cámara de Diputados., tal cual un berenjenal anunciado. Sergio Mayer, quien en el fondo no es mala persona, le conozco, sino más bien un inocentón que cree, como los milenials, que está descubriendo el hilo negro, el bolillito copeado en el café, se cree el salvador de la cultura en México- Sus miras, estrechas en demasía, le impiden ver y reconocer a los cientos de mujeres y hombres que durante décadas han luchado desde distantitos frentes para que la cultura no sea el adorno político y en cambio se transforme en verdadera política de bienestar social y desarrollo. Estamos atestiguando al chivo en cristalería. Veremos que alcanzamos a hacer con los pedazos que nos deje.

viernes, 12 de octubre de 2018

Los libros del 68 / Última parte



Que manía eso de contar las cosas. No me refiero sólo al hecho de narrarlas, sino también, y sobre todo, de enumerarlas. Lo cierto es que, cincuenta veces de arengar “2 de octubre no se olida” ha ido también dándole forma a un ideario de la memoria. Hemos contado cincuenta veces el 68 y hemos contado el 68 de cincuenta maneras distintas. Cien, doscientas, mil maneras distintas, pero todas pendiendo de la misma raíz, la memoria. Sigo, ya para terminar, mi recuento, arbitrario, personal, bibliografía sentimental pues, del 68:

La noche de Tlatelolco
Elena Poniatowska construyó un libro de muchas voces, testimonios de lo ocurrido en aquellos meses y en la postrera y fatídica Plaza de las Tres Culturas. Escuchó a decenas de personas que airadas, indignadas, quejumbrosas o combativas narraban lo vivido. Así como adobes, con cada testimonio Elenita levanto un muro que sirvió como un monumento que se transformó en faro para aquellos que querían recordar esa ignominiosa historia. Escrito con gran pasión, este es el libro clásico del 68 y una puerta de entrada, para muchos, a un recuerdo que nunca debe ser borrado de la memoria de las futuras generaciones.

Parte de guerra
Una crónica escrita a cuatro manos por Julio Scherer García y Carlos Monsiváis aparecida hacia finales del siglo XX. En la primera parte Scherer dibuja la realidad de los acontecimientos a partir de los archivos de Marcelino García Barragán, otrora Secretario de la Defensa y que desdibujan la versión oficial del 68. Incluso, establecen por primera vez con total claridad la instrucción, ambigua y alevosa que Díaz Ordaz dio al Jefe del Estado Mayor, el cual apostó en lo alto de los edificios a soldados bien entrenados con la orden de disparar a la multitud. Por su parte Monsivais cree que es imposible vivir sin recordar el 68, la experiencia fundamental de una generación juvenil en la Ciudad de México", por ser este el que "infundió en sus participantes la sensación del cambio súbito de mentalidad... No se sintieron héroes, pero sí partícipes de la resistencia al autoritarismo". Las dos aristas fundamentales de una historia que, nobleza obliga, no echar al olvido.

Yo acuso, poesía perseguida política
Versos testimoniales de rebeldía y denuncia escritor por Leopoldo Ayala entre 1962 y 2003. Poemas que con la vehemencia de quien derriba una muralla se plantan en la memoria como una reverberación onírica que se transforma en una oleada de sentimientos reales y presentes. Conformado por 150 poemas, el volumen parecía en un principio condenado a la ignominia, hasta que, en 2003, fue editado por el Instituto Politécnico Nacional. La poética de Ayala navega a la par de la de Bertolt Brecht; ambos narradores líricos de su tiempo. Para muestra un botón: “Llevo conmigo la batalla de 629 jóvenes que habían cesado de resucitar./ Mis muñecas se doblan murientes en la trinchera de sus gestos.// Llevo conmigo los cuerpos infantiles rotos contra las baldosas/ y que ha regresado el viento./ La sangre de sus cuerpos rotos contra las baldosas,/ que el que sabe del sabor del crimen/ no ha podido hundir en la porosidad del asfalto.// Tlatelolco pisotea la frente y degüella la cabeza que estremecen los gritos.// Y yo acuso”.

Mexico 68: juventud y revolución
José Revueltas, siempre crítico, comprometido y solidario con las causas sociales. El 68 no fue una sorpresa para él (tal vez una consecuencia deseada), sí su de fatídico desenlace. En este libro se compilan todos los textos, la mayoría de ellos inéditos hasta ese momento, escritos durante los meses del Movimiento y después en Lecumberri. Sus páginas contienen una miscelánea de tonos: reflexiones críticas en torno a la autogestión universitaria; apuntes, notas y comentarios políticos, cartas, documentos y notas personales que, en rigor, son un diario del movimiento. Es tal vez, el libro sobre el 68 más crítico y lúcido de todos.

Se me quedan un par de libros sobre el escritorio. Ya habrá ocasión de hablar de ellos. La ocasión llama a preservar la memoria de algo que nunca debe ser olvidado.

viernes, 5 de octubre de 2018

Los libros del 68 / Segunda parte


Todos tenemos nuestro “2 de octubre”. Aquellos que lo vieron acontecer lo conservan de manera vívida a pesar del tiempo transcurrido. Los que aún no nacíamos lo tenemos indeleble a través de las historias, las que nos contaron, las que hemos leído; todas imposibles de olvidar.

Ilustración: Enrique Garnica.

“No olvidar” es la consigna de aque los libros que surgieron después de 1968. Más que el ejercicio literario del testimonio, de la crónica, incluso de la ficción, fueron estandartes que anunciaban a los cuatro vientos lo que nunca debería de ser olvidado. Aquí algunos que siguen ondeando con ímpetu entre los nuevos lectores:

Los días y los años
El admirado Rodolfo Palma Rojo me recordó este libro. Se trata de la primera novela de Luís González de Alba, la cual va más allá del testimonio sobre el movimiento estudiantil, para convertirse en una especie de diario de campaña que da cuenta de la movilización ciudadana a lo largo de un país cansado, ya desde entonces, del tácito estado de sitio en que se encontraba. Desde la mirada de un estudiante y miembro del consejo nacional de huelga, se trasluce la visión colectiva, la carga moral, filosófica y política de un enfrentamiento generacional entre la libertad y la opresión. Un análisis desde las entrañas del movimiento del que el lector no puede salir indemne.

Los símbolos transparentes
Un hidalguense que fue testigo de la masacre del 2 de octubre. Gonzalo Martré era director de la preparatoria número uno de la UNAM en 1968 y estaba presente en la plaza aquella tarde sangrienta. Este libro narra el momento preciso y traza una perspectiva del movimiento, desde las motivaciones de los estudiantes hasta la indiferencia persistente del gobierno. Ganador de un concurso que aseguraba su pronta publicación, durante décadas pesó sobre el libro la censura por atreverse a nombrar a los protagonistas por su nombre. Mención aparte merece la descripción cruda y detallada de los métodos de tortura que llevaron a muchos de los detenidos a la desaparición; a los sobrevivientes a la guerrilla o a las replicas rebeldes como la del jueves de corpus de 1971. Alfaguara publicó hace no mucho la “versión definitiva” de un libro definitivo desde su concepción.

68
Don Paco Ignacio Taibo padre, contaba que había decidió sacar del país a Paco II unos días antes del fatídico 2 de octubre. Sin dotes de clarividencia, el Gato Culto conocía de los alcances de la represión, los había vivido en carne propia.  Es entonces que la visión de Taibo segundo tiene el tamiz de la distancia, pero no de la lejanía con los principios y fundamentos de los estudiantes, sus pares. 40 años después, Paco Ignacio da respuesta a las preguntas formuladas ente las balas y los cuerpos inertes, releyendo sus notas de ese tiempo y reflexionando con la serenidad del ahora. En estas páginas vemos a un autor convencido de que olvidar de dónde venimos sería imperdonable y de que, como decía el Che, “sólo la verdad es revolucionaria y lo demás es de mentiras”. Un libro imprescindible para entenderlos acontecimientos de hace 50 años.

La plaza
Aparecida apenas tres años después del 68, Luis Spota expuso sin censura, imparcialmente y desde un punto de vista critico a los protagonistas del movimiento que estremeció desde sus cimientos a la sociedad mexicana. Narrado con la gran lucidez que le caracterizaba, este libro tomó como materia prima lo conocido por todos, para transformarlo en el retrato desgarrador de un país convulso. Vitupereado por propios y extraños, la publicación de esta obra la valió a Spota la expulsión del cerrado y elitista círculo (¿de entonces?) de la literatura mexicana, de la cual la historia le reivindicó convirtiéndolo en un clásico. Este libro me lo recuerda mi queridísimo colega Cesar Fernando Montes, gracias amigo.

Puerilmente creí que este recuento sería corto, pero me quedan en el tintero otros tantos títulos dignos de mencionar. Lo dejaremos para la próxima semana si el lector no tiene inconveniente. Mientras tanto, si usted se acuerda de otro libro sobre el movimiento estudiantil de 1968, sabe donde encontrarme. Hasta la próxima.

viernes, 28 de septiembre de 2018

Los libros del 68 / Primera parte



En apenas unos días estaremos recordando uno de los sucesos determinantes en el rumbo histórico de nuestro país. El próximo 2 de octubre se cumplirá medio siglo de la matanza de la Plaza de las Tres Cultura en Tlatelolco. El hecho, aunque doloroso y, sobra decirlo, sanguinario, es un hito en el devenir social de nuestra nación.

Todo lo ocurrido quedó, indeleble, en la memoria colectiva y literaria del fin del siglo pasado; permitiéndonos un rastro fácil de seguir cuando queremos ejercer nuestro derecho al análisis de nuestras circunstancias.

He aquí un breve recuento de aquellos libros que explican, nos explican, el 68 que nos marcó como nación y como individuos, que determino un cambió social y democrático que apenas, cincuenta años después, parece cuajar.

José Trigo
Esta novela de Fernando del Paso, publicada en 1966, parecería ser un presagio, un augurio mal habido. Ocurre en Santiago Tlatelolco y muchos de los acontecimientos que narra parecen ser una suerte de macabra coincidencia con aquellos que se vivieron dos años después en la Plaza de las Tres Culturas. El propio Del Paso supo reconocer su vaticinio, tiempo después de los nefastos sucesos. Un deja vu inverso que explicó desde antes lo que vendría. En sus páginas se lee “Ordenamos entonces los días, y contamos lo sucedido. Los de Nonoaltepec, los de Xatelolco”.

Corriente alterna
En este volumen de ensayos Octavio Paz se lee más insatisfecho e intrigante que nunca. En estas páginas publicadas en 1967 se entrecruzaba la critica social con la experiencia poética, la invención de la soledad con la rebelión. El futuro Nobel sienta la base ideológica de un movimiento que se rebelaría contra el autoritarismo y la desigualdad, señalaría los rasgos surrealistas en la rebeldía juvenil del momento, y las características religiosas y lúdicas de la revolución cultural del año siguiente. Paz inauguró en estas páginas el debate de entonces.
 
La Nausea del Extranjero
Camus y Sartre cimentaron la ideología de lo posguerra en Europa, y en México, aquel ánimo de individualismo floreció en la oposición a las normas establecidas. Las novelas existencialistas hacían trisas la utopía del bien común, desalentaban la participación en movimientos sociales, pero acrecentaban el deseo de romper con las ataduras sociales y políticas para recuperar la propia existencia. Emanciparon lo que buscaban apaciguar.

El hombre unidimensional
No podemos esperar que lo hubiera leído cuando en pleno informe presidencial de 1968 Díaz Ordaz se refirió a Herbert Marcuse como el “filosofo de la destrucción”. Traducido en México por Juan García Ponce, Marcuse fue uno de los filósofos más controvertidos de su tiempo. En “El hombre unidimensional” parte de criticar a Freud y a Hegel, y plantea una sociedad no represiva, donde se pudiera pensar libremente, donde no cupiera el antagonismo entre iguales. Una obra explosiva que explicó nuestra explosión social.

Un Gazapo De perfil
La identidad juvenil del 68 la dibujó la Literatura de la Onda. José Agustín y Gustavo Sainz apostaron al desenfado literario para retomar los valores de la contracultura y llenar de Rock las páginas de sus libros. Educaron sentimentalmente a los jóvenes inyectándoles una conciencia crítica y transformando el lenguaje literario y popular. Representaron la sensibilidad colectiva y el deseo lúdico de experimentar la vida, incentivando la crítica contra la seriedad y la lucha por la individualidad frente a la tiranía paternalista, la de los padres y la del gobierno en turno.

Un vistazo repentino al número de caracteres de esta columna me obliga a hacer una pausa, pero también me da un respiro en esta febril búsqueda de las huellas bibliográficas que antecedieron, cimentaron, acompañaron y precedieron el 2 de octubre tlateltoca.

Poner medio siglo de por medio, nos permite vislumbrar en su justa dimensión esta literatura fundacional de nuestra minumisión.

Continuaré la próxima semana. Mientras tanto, estimado lector, si se le viene a la memoria algún otro título “sesentaiochero” compártalo conmigo por favor.

viernes, 21 de septiembre de 2018

Reportero taumatúrgico

Tengo una memoria del carajo. No quiero robarle la frase a Juan Villoro, pero es cierto. He olvidado cosas de mi propia vida que me gustaría recordar. Por ejemplo, las historias que contábamos, mi madre, mi hermano y yo en la cocina, en las noches que esperábamos que mi padre volviera del trabajo; a veces, según la visita del día, se nos unía alguna prima, una vecina. Eran historias de miedo. Yo me sabía muchas, eso es lo único que recuerdo, que eran muchas, recogidas de otras charlas con los amigos. Las contábamos con euforia y ese escepticismo que claudica a la menor provocación.

Pero el que no olvida es Arturo Cruz. Reportero de oficio —de lucha libre, para acabarla de amolar—, poeta en ciernes, radioasta del pancracio volcado a narrador de lo paranormal. El origen de su pasión por lo oculto es la radio. Atraído desde muy joven por programas radiofónicos como Los cuervos de la luna de Iñaki Manero o Argonáutica de Jordi Soler, guardó celosamente su deseo de narrar lo que da miedo, lo que para algunos es indecible; lo que eriza la piel del más duro.

Arturo recuerda a maestros que, durante su formación profesional, sembraron en su inconsciente el deseo de redactar correctamente, el amor por el lenguaje, el rigor de quien usa la palabra escrita como artilugio para comunicar; recuerda con especial afecto al poeta Diego José y al musicólogo Benjamín Acosta. 

Un buen día, Cruz decidió que ya era momento de escribir sobre lo que hace años le apasionaba y dio el paso (mucho más trascedente que el de Neil Armstrong sobre la superficie lunar) de incursionar en la narrativa como valsa para atravesar el mar; aquel que nos separa de los lectores y nos incita a la conquista de la emoción del otro.

Ese es el génesis principal de Relatos de lo paranormal / Vivencias y ficciones de experiencias sobrenaturales, libro que contiene nueve relatos, ocho ficciones y una anécdota, que conservan el más primigenio de los temores, a aquello que no conocemos y que por ello nos atemoriza.


El autor pasa de escribir lo que ve, como buen reportero, a “procrear” literariamente lo que imagina; a dar forma desde la nada a las historias que han ido forjándose en su mente, aquellas que ha escuchado innumerables veces de los labios de su madre, por ejemplo.

Arturo entonces transforma la escritura en una forma de liberación, una manera holística de abordar el mundo; lo paranormal siempre lo ha seguido desde la tierna infancia y es el prisma con el que instintivamente mira el mundo. Anécdotas que forjaron parte de su personalidad, de los gestos que hace cuando explica su pasión, que habitan sin que lo sepamos en las interlineas de sus crónicas periodísticas.

Escribe desde el escepticismo más ferviente, desde el compromiso recalcitrante de aquel cuya palabra es el único oropel digno de presumir, digno para comprometerse; se entrega a la narración de sus historias como lo hace en la descripción de los lances suicidas que adornan la primara plana de la sección deportes.

Este reportero de lo paranormal nos regala una secuencia creativa que le divierte y le conmueve. Se atreve, abre puertas de un género poco explorado, casi en la nulidad, en Hidalgo y le imprime su sello, como quien sabe que ha pisado una playa virgen tras descender de una carabela. Explora dimisiones paralelas, la conciencia acrecentada, se vuelve parte de lo inconmensurable, es una voz que clama en un desierto ensordecido por el blackmetal noruego y las estridencias de La Castañeada; su soundtrack.

Este libro es uno de los debuts más revolucionarios de los últimos tiempos en nuestro estado y por ello, nadie debe dejar de leerlo. En horabuena.

Paso cebra
Hoy, mañana y pasado mañana, una treintena de escritores —jóvenes y no tan jóvenes, 14 poetas, 14 narradores y dos ensayistas, 10 mujeres, el resto hombres— se reunirán en la Biblioteca Central Ricardo Garibay a leer, opinar y charlar lo nuevo de su creación. Esta maravillosa iniciativa, impulsada desde su origen hasta su cristalización por el poeta y traductor Paul Olvera, es no solamente una oportunidad que tenemos los literatos (más bien huraños y ansiosos por permanecer aislados del mundo) de interrelacionarnos con nuestros colegas, sino, además, de poner al fuego de la opinión colectiva los textos que estamos fabricando ahora; compartir es exhibir nuestra dificultad por escribir decentemente.

Es así como hoy viernes entre las 15 y las 20 horas, mañana sábado entre las 14 y las 19 horas y el domingo entre las 10 a 14 horas. ahí andaremos. Espero que puedan darse el tiempo de acompañarnos y escucharnos.

martes, 18 de septiembre de 2018

2do. Foro Literario Hidalguense / Participantes y programación


Participantes del Segundo Foro Literario Hidalguense

Poesía
• Julio  Romano  Obregón
• Ilse  Susana  Sánchez  
• Javier  Jaen  Gaspar
• Carlos  Córdova  Mata
• Martha  Miranda  Gómez
• Suzel  Gómez  Sánchez
• Abraham  Chinchillas
• Josué  Ledesma  
• León  Cuevas
• Luis  Tovar  Flores
• América  Femat  Viveros
• Ulises  Martínez  Zamora
• Rosa  Maqueda  Vicente
• Erick  Alan  Hernández  


Cuento
• Cristian  Negrete  Perales
• Enid  Adriana  Carrillo  
• Aldo  León  Guzmán
• Luis  Manuel  García  Aguirre
• Rafael  Tiburcio  García
• Jorge  Luis  Roldán  Uribe
• Laura  Esperanza  Guerrero  
• Yovani  Hernández  López
• Diego  Castillo  Quintero
• Rosalí  de  la  Fuente  
• Oscar  Raúl  Pérez  Cabrera
• Oscar  Baños  Huerta
• Ernestina  Guerrero  Chávez
• Miguel  Ángel  Hernández  Acosta

Ensayo
• Claudia  Leticia  Amado  Flores
• Irving  Jesús  Hernández  Carbajal


Programación

Viernes  –  21  de  septiembre
15:00-15:20 Bienvenida  –  Todos
15:20-15:40 Julio Romano Obregón
15:40-16:00 Aldo León Guzmán
16:00-16:20 León Cuevas
16:20-16:40 Oscar Baños Huerta
16:40-17:00 Ilse Susana Sánchez
Descanso de 60 minutos (17:00-18:00)
18:00-18:20 América Femat Viveros
18:20-18:40 Irving Jesús Hernández Carbajal
18:40-19:00 Rosalí de la Fuente
19:00-19:20 Carlos Córdova Mata
19:20-19:40 Enid Adriana Carrillo
19:40-20:00 Cierre  –


Sábado  –  22  de  septiembre
14:00-14:20 Apertura  –
14:20-14:40 Martha Miranda Gómez
14:40-15:00 Luis Manuel García Aguirre
15:00-15:20 Josué Ledesma
15:20-15:40 Rafael Tiburcio García
15:40-16:00 Suzel Gómez Sánchez
Descanso de 60 minutos (16:00-17:00)
17:00-16:20 Cristian Negrete Perales
17:20-16:40 Claudia Leticia Amado Flores
17:40-18:00 Abraham Chinchillas
18:00-18:20 Laura Esperanza Guerrero
18:20-18:40 Javier Jaen Gaspar
18:40-19:00 Cierre  –


Domingo  –  23  de  septiembre
10:00-10:20 Apertura  –
10:20-10:40 Jorge Luis Roldán Uribe
10:40-11:00 Yovani Hernández López
11:00-11:20 Luis Tovar Flores
11:20-11:40 Diego Castillo Quintero
11:40-12:00 Ulises Martínez Zamora
12:00-12:20 Oscar Raúl Pérez Cabrera
12:20-12:40 Rosa Maqueda Vicente
12:40-13:00 Ernestina Guerrero Chávez
13:00-13:20 Erick Alan Hernández
13:20-13:40 Miguel Ángel Hernández Acosta

13:40-14:00 Cierre  –  Paul  Olvera