viernes, 18 de enero de 2019

Elogio ciento cincuenta


Llegó a vivir aquí de manera fortuita. Una decisión casi visceral. Su familia había venido a pasar un día del fin de semana en los Prismas basálticos. Al volver a su ciudad pararon a comer algo en el centro. Se enamoraron de inmediato del ambiente provinciano del Reloj y su plaza. A la semana siguiente volvieron, compraron el periódico y rentaron una casa. La mudanza se realizaría al siguiente fin de semana. Así lo hicieron. En cuestión de dos semanas la vida cambió de residencia.

Al llegar se sentía de vacaciones. Como si fuera a pasar aquí solo un par de semanas, tal vez dos meses, pero con la sentencia impertérrita de volver a la gran ciudad a continuar con la vida. El primer día libre después de la ardua labor de desempacar se vistió con bermudas, una playera ligera, un par de tenis y salió a conocer la ciudad. Una ciudad se conoce solamente caminándola, le había dicho su padre. Fue desde la colonia Doctores hasta la calle de Abasolo, donde se ubicaba la oficina principal de la universidad. En el trayecto que le tomó unos 40 minutos encontró calles y rincones nuevos, intocados por su memoria y listos para ser inaugurados con futuras nostalgias. Miro a la gente. Se cruzó con mujeres que llamaron su atención. Miro el cielo azul que le había sido siempre escatimado por la nata contaminante que cubría la ciudad donde nació. Los jardines, las fuentes. Los nombres desconocidos de las calles, la traza de plato roto con alevosía. El sol que quema después de un rato y la sombra que con argucia le llevaba a titiritar. Su sensación de beneplácito se acentuó, pasaría una buena temporada de gozo en aquella ciudad de abril engañosamente primaveral.

El calculo de la estancia se fue alargando. Las semanas se acumularon en meses y los meses en un par de años. Las personas que aparecían se fueron volviendo amigos y los ratos de ocio comenzaron a transformarse en verdadera alegría. Las clases de ingles en la ciudad universitaria, las de italiano y francés. Las compañeras que bailaban folklor con Álvaro Serrano. El teatro en el medio de la plaza con el nombre de Juárez. La calle de Guerrero para tomar un helado. Los barrios altos, las minas deslucidas de su otrora gloria. La ciudad que cabía en diez o quince minutos de viaje. Los taxis colectivos. La gente fría, parca, ocultando un corazón amable. La sorpresa que mostraban al saber que era “chilango”. Las ganas que le aparecieron de pronto por dejar de extrañar la capital. Los viernes y sábados bebiendo cerveza mientras se paseaba por la ciudad, una y otra y otra vez. La barbacoa como elixir a la resaca en El Atorón. Las fiestas que terminaban en risas. Las ganas al día siguiente de hacer algo mucho más tranquilo. El único cine al que podía irse a ver películas “jolibudences”. El tesoro encontrado en el cineclub del Romo de Vivar. Las obras de teatro. El piano del café Reencuentro y el Vienes que allí servían. Otra mujer que lo atraía. Caminar a su casa cruzando el Rio de las Avenidas y las canchas de basquetbol a un costado de lecho. Poder caminar entrada la noche sin el temor al asalto. Dejar abajo las ventanillas del coche y encontrarlo en el mismo sitio después de hacer el súper. 

Ir a la universidad. Trabajar. La oportunidad de reportear conociendo todo el estado. La carretera interminable a Huejutla. Las enchiladas con cencina, el pan con café por las mañanas. El sudor a toda hora. El mareo de ir más allá donde los nombres de los pueblos están por aprender. La gente de la provincia de la provincia, amable y hospitalaria siempre.

El valle desértico, las artesanías de concha de abulón. El geiser, el pueblo con aire revolucionario del oeste. Los llanos. El pulque. Los amigos, más amigos. Matrimonio. Hijos. Una entre todas las mujeres. La trova. EL jazz. La literatura. Sentirse de vacaciones por veintisiete años.

Marcial le había dicho que uno es de donde están sus vivos, pero también de donde están sus muertos. En esta tierra ya tiene varios. Aquí ha de quedarse.

Paso cebra
Feliz cumpleaños 150 al estado de Hidalgo.

viernes, 11 de enero de 2019

Murakami, la insinuación y la metáfora


Hace ya muchos años (suficientes para negarme a precisarlos), uno de mis más queridos amigos, el armoniquista de blues Lalo Méndez, disertaba, mientras revelábamos las fotografías para “Jazzentiste”, disco a dueto entre Juan José Calatayud y Verónica Ituarte, sobre lo que es novedoso y la posibilidad de la novedad: “Si no hay nada nuevo bajo el sol… (entornaba los ojos a lontananza), entonces, ¡todo! es nuevo bajo el sol.” Coincidíamos que todo había sido dicho por el arte: las más íntimas y primitivas inquietudes del ser humano, abordadas innumerables veces por la pintura, la música, la literatura, etc. ¿Hay algo que nos quede por decir? Sí. Nos queda por expresar nuestra forma, nuestro punto de vista, nuestra manera de estremecernos con lo que ha hecho estremecer a todos los hombres y mujeres sobre la tierra; polimorfología que da rostro y esencia al arte.


Haruki Murakami parece partir de la premisa que Lalo y yo discutíamos en su más reciente libro “La muerte del comendador / libro 1”. Poseedor de un particular y ya probado estilo, eficiente para narrar y efectivo para atrapar, no trata de ocultarlo (mucho menos de transformarlo en pos de agradar a aquellos detractores que dicen que se repite en cada libro), por el contrario, lo asume y vuelve a urdirlo con habilidad en una nueva historia que aborda sus temas tradicionales: la memoria (que por definición incluye al olvido), la pérdida, la soledad, la duda y la esperanza. Incluso, el propio autor deja rastro de esta apuesta en la voz de su protagonista cuando éste dice: “Lo importante no es crear algo desde la nada, sino, más bien, encontrar algo distinto entre lo que ya existe”.

La historia parte de lugares ya visitados por la literatura de Murakami: arranca cuando el personaje principal sufre una pérdida afectiva que saja su vida. En este caso, el protagonista, un retratista connotado que como el autor es efectivo y eficiente en el proceso de llevar el rostro de sus clientes al lienzo, se separa de su esposa cuando está le confiesa una infidelidad y le pide el divorcio. Después de peregrinar por unos meses se muda a vivir la montaña, habitando una casa que antes fue hogar de un pintor tradicional japonés famoso. Siendo él mismo un retratista reconocido cae en la tentación de afrontar un último trabajo: el retrato de un personaje misterioso y cautivador que resulta ser su vecino. A partir de ahí el autor logra magistralmente sostener una tensión durante todo el libro, el cual, cuando parece que va a estallar y resolverse, se metamorfosea para mantener al pez en el anzuelo, es decir, al lector en la lectura.

En la casa, el famoso pintor dejó escondido un último cuadro, que muestra, en el más puro estilo nipón, la muerte del comendador. En esa imagen se esconde un secreto, y a la vez, se cifra un recuerdo que engarza el destino de todos quienes se acercan a él. El cuadro es el reflejo de la novela misma: “La esencia del cuadro es la insinuación y la metáfora”.

Como todos los libros de Murakami, esta historia tiene también una banda sonora (detesto decir soundtrack aunque suene más rimbombante) de música clásica y que ambienta la trama so pretexto de la amplia colección de acetatos del famoso pintor. Sin embargo, la historia está salpicada con algo de jazz: Thelonious Monk y el Modern Jazz Quartet, y hasta un poco de Sheryl Crow.

En estas páginas Murakami se insinúa con aplomo y convierte a la pintura, particularmente el arte del retrato, en metáfora de la vida, que es al fin de cuentas, la materia prima con que éste eterno candidato al Nobel, trabaja.

“La muerte del comendador /libro 1” es un buen pretexto para entrar en el universo murakaniano si aún no se le conoce, y por supuesto, una extraordinaria nueva experiencia para sus seguidores.

Paso cebra
El 15 de enero aparecerá en España la traducción al castellano de la continuación de esta historia, es decir, el Libro 2. Esperemos que no tarde en llegar a los escaparates librescos mexicanos pues, he de confesar, ya se me queman las habas.

viernes, 4 de enero de 2019

Salinger entre el centeno


Ilustración: May J.

Este año empezó con un centenario. El de uno de los autores norteamericanos más importantes en la historia de la literatura universal (¿Por qué decimos universal, conocemos la literatura marciana o venusina? ¿Si una raza alienígena apareciera nos detendríamos, en medio de la invasión extraterrestre a la que tanto a temido la ciencia ficción, a preguntarles si crean literatura? ¿Entre sus pertrechos de conquistadores intergalácticos, traerían un libro? ¿Podríamos intercambiárselos por los nuestros como signo de paz?) Corrijo, en la literatura mundial. Me refiero a J.D. Salinger.

Cuando recordé que el primero de enero de 2019 se cumplirían cien años del nacimiento de este autor pensé en escribir algo sobre él y su legado literario. Al paso de los últimos días del 2018 las dudas me asaltaron; estaba leyendo un par de novelas, aprovechando las vacaciones y el encierro familiar, de las que se me antojaba hablar con prontitud. Sin embargo, una pifia tuitera como perla negra encontrada la mañana del 1 de enero, me convenció. El tuit en cuestión proclamaba el centenario del escritor norteamericano “Jerome David”, autor de la novela “El guardián entre el centeno”. Me sorprendió la falta de cuidado y el nivel de analfabetismo literario del redactor en cuestión. Me imagino el flujo de pensamiento (no sin cierta malicia, claro): “Vamos a buscar las efemérides de hoy… Mmmhhh… ¡Esta! ¡Un escritor! ¡Y famoso! Eso nos hace ver cultos… Mmmhhh… Copio… Pego… Mmmhhh… Le quito el apellido materno para ahorrar caracteres… ¡Listo!” Pero ni Salinger era el apellido materno, ni el simple nombre de Jerome David es el referente del autor. Ese tropiezo, me hizo evidente la necesidad de revisitar a Salinger y su obra detonadora.

Jerome David Salinger nació el 1 de enero de 1919. No en el campo como se creía al adentrarse en su obra, por el contrario, vio la luz primer en Manhattan, Nueva York; la urbe, la más cosmopolita de todas las urbes del mundo. Comenzó a publicar en 1940, en una revista de relatos y dramaturgia, textos que había escrito en una breve estancia en Europa, continente al que volvería como parte de las tropas que participaron en la Segunda Guerra Mundial. De hecho, fue un héroe de guerra, participó en la mítica y sangrienta batalla de Normandía; la dantesca puerta que los aliados usaron para entrar por el frente occidental a la Europa ocupada por los Nazis. En esa época de combatiente que Salinger comienza a escribir “El guardián entre el centeno”, novela que se publicaría en 1951, causando una verdadera conmoción en el ámbito literario de la mitad del siglo XX.

“El guardián entre el centeno” es una verdadera epifanía; en ella se oye la voz de un adolescente (Holden Caulfield, un Huck Finn moderno) enfrentado contra el hipócrita mundo de los adultos, cargada con grandes dosis de ironía, que reflejaba el despertar inevitable que ya estaba aconteciendo en la sociedad norteamericana. Salinger hizo de su primera novela un espejo, donde los norteamericanos se miraron y a partir de esa imagen se transformaron. Es, a mi gusto, la chispa que detonó toda la pólvora humedecida en los corazones de la generación llamada “Baby Boom” y que traería, como consecuencia postrera, todos los cambios ocurridos en el mundo, particularmente en los años 60.

Lo que Walt Whitman labró en el inconsciente poético norteamericano, J.D. Salinger lo hizo en el cociente narrativo. Echó toda la carne al asador en esa opera prima, la cual por supuesto, marcaría el resto de su obra que, aunque no desmerece en absoluto, siempre se ha visto injustamente supeditada; destacan sus primeros cuentos publicados en The New Yorker a finales de los 40. Su narrativa, tersa y realista, sembró una semilla de incisivo análisis, encarnando la conciencia colectiva de la época y marcando, además, los rumbos que tomarían las generaciones literarias subsecuentes. Vale la pena aprovechar el centenario y leerle, para que nunca otra vez omitamos su apellido al mencionarlo.

Paso cebra
Aún estoy a tiempo para desearle a los lectores un extraordinario Año Nuevo, deseándoles parabienes absolutos en este mundo de relativos. Un abrazo. Hasta la próxima semana.

viernes, 21 de diciembre de 2018

La cultura en tiempos de la 4T


Desasosiego, por decir lo menos, ha causado entre la comunidad cultural e intelectual mexicana la disminución propuesta por el nuevo gobierno de la República al presupuesto correspondiente al rubro cultural para 2019. La disminución, inmediatamente pública gracias a la vertiginosidad de las redes sociales, mostraba un 6% menos del referente de de 2018, para situarse en un monto de 12 mil 394.10 millones de pesos. Tal vez parezca una consecuencia de la austeridad republicana que fue enarbolada durante la campaña, pero aparentemente se trató de un mal calculo que “alguien” realizó.

Lo cierto es que los números plantean un panorama desalentador para el desarrollo cultural de nuestro país. Sobre todo, si consideramos la expectativa que se genera con las propuestas de la izquierda por tradición plantea entre creadores, promotores culturales e intelectuales. Parecería que el cambio de rumbo político que enfila sus afanes a los más necesitados es acompañado por un espíritu de utilizar la cultura como una forma de fortalecer la identidad y hasta de elevar la sensación de bienestar social incrementando en el sentido re-creativo el nivel de vida de los ciudadanos. Entonces el desencanto es profundo, la esperanza de elevar el porcentaje del PIB que se destina a la creación y promoción de la cultura se desvanece.

¿Toda la culpa es del presidente? Tal vez, sin embargo, es evidente que López Obrador es culto. Mencionar al poeta tabasqueño Carlos Pellicer en su discurso de agradecimiento en la noche del triunfo electoral es un gesto emblemático; a Pellicer lo conoció cuando entró a trabajar en el Centro Coordinador Indigenista Chontal en 77 y fue su amigo cercano. Quienes le rodean lo refieren como un lector ávido, con autores de cabecera, cercano y amigo de intelectuales (Poniatowska, Monsiváis, los Pérez Gay) cuando fue Jefe de Gobierno, incluso autor riguroso según los editores de sus libros.

En el documental que revisa su vida dice de la cultura: “(…) es la que nos ha permitido resistir todas las calamidades; somos lo que somos, no nos hemos desintegrado por nuestras culturas, por eso hemos resistido epidemias, terremotos, malos gobiernos, por nuestra cultura”.

¿Dónde entonces la puerca torció el rabo? Por un lado, legisladores ajenos al rubro insertos en la comisión de cultura del Congreso; no es lo mismo dedicarse al entretenimiento como “artista” consentido de una televisora, que enfrentarse a la carencia y el rechazo con que los promotores culturales de este país trabajan todos los días. “Pero el presupuesto lo planteó hacienda” pensará usted, pero lo cierto es que, si no se saben armar los proyectos culturales, si no se saben defender, la autoridad financiera no los auspicia por desconfianza. Ahora el diputado Sergio Mayer pretende ser el superhéroe de la comunidad artística prometiéndoles rescatar lo perdido, sin embargo, sus limitaciones, su carácter prepotente denunciado ya por empleados cercanos y sobre todo su inexperiencia cultural, son malas señales. Es muy probable que nada pueda hacerse, al menos desde la tribuna más alta de la Nación.

Tal vez, un elemento que no hemos considerado, y que puede agravar el panorama es saber si Andrés Manuel es un “Consumidor de Cultura”, es decir, si el presidente ha considerado proyectar la cultura como una industria de bienestar que vaya más allá de lo “recreativo” para convertirse en un espacio donde los mexicanos podamos re-crearnos (volver a crearnos) y enfrentar los problemas cotidianos que tienen que ver con la violencia e incluso con la economía. Plantear un ejercicio cultural que no solamente sea admirado desde el exterior, sino que genere públicos hacia dentro de nuestro territorio y vaya forjando una conciencia del consumo cultural (y por ende de públicos) como forma de impulsar la constancia de la creación artística.

Ya el presidente dijo, el martes pasado en el municipio de Francisco I Madero, que la disminución al presupuesto de universidades publicas había sido un error que se corregiría, ¿sucederá lo mismo con el presupuesto para cultura? Ojalá.

viernes, 14 de diciembre de 2018

Un Gato seco y un Macehual


Hace algunas semanas se anunciaron los Premios Estatales de Cultura 2018. Esta iniciativa de Secretaría de Cultura de Hidalgo arrancó el año pasado y fue muy bien recibida por el gremio artístico y cultural, pues siempre resulta un aliciente la posibilidad de encontrar el nombre propio en la lista de ganadores. En seis categorías que llevan el nombre de seis de los más importantes creadores, promotores culturales e investigadores que ha dado Hidalgo, se procura reconocer diversos campos del quehacer cultural.

Este año los ganadores fueron: el guitarrista Martín Candelaria con el premio al Mérito Artístico, Ma. Teresa Rodríguez; Jacinto Cruz Huerta con el premio Promoción de las Lenguas Originales, Idelfonso Maya; Aurora Ramírez en la categoría de Artes y Tradiciones Populares de Hidalgo, Francisco R. Luna Tavera; el fotógrafo Heladio Vera en la categoría de Investigación del Patrimonio Histórico y Artístico, Elisa Vargas Lugo; y dos escritores, amigos cercanos: Feliz Castillo García, el “Gato Seco” con el premio a la Trayectoria Literaria, Margarita Michelena; y el tepejano Octavio Jiménez con el premio Promoción y Difusión de la Cultura Popular, Raúl Guerrero Guerrero. Hoy quiero trazar un acercamiento a estos dos últimos personajes de nuestras letras.

Octavio Jiménez el Macehual
Octavio es uno de los protagonistas de la cultura de Tepejì del Río. Impulsado por su amigo y maestro José Antonio Zambrano. Desde muy joven se involucró en talleres literarios, por un lado, y por el otro, en la participación diligente en las actividades de la iglesia local con advocación a San Francisco de Asís. En algún momento de su búsqueda como creador, estas dos tareas coincidieron dando paso a su primera publicación: "Entre Peñascos, Costumbres, Tradiciones y Patrimonio Cultural de Tepeji de Río", libro donde muestra sin pudor el amor que siente por su terruño, su patria chica.

El empeño de este “hermano Macehual” se enfiló hacia la literatura como resultado natural a sus procesos tallerísticos con Zambrano, dando como resultado tres libros fundamentales para entender el desarrollo de las letras hidalguenses en los principios del siglo XXI: la colección de cuentos “Cofradía de pájaros muertos”, el poemario “Cuervos del alma” y la antología “Ecos del Tiempo”, este último de gran resonancia a nivel regional. Además de colaborar estrechamente con Zambrano para sostener (por más de 25 años ininterrumpidos) el Ciclo Literario de Tepeji del Rio como una de las actividades culturales más antiguas de nuestro estado.

Octavio es un escritor comprometido con sus letras, con la difusión del trabajo de otros escritores, pero sobre todo con la promoción de las tradiciones y cultura de su pueblo, lo que lo hace un acreedor natural e indiscutible de este premio que reconoce esa entrega.

El Gato Seco
El caso de Félix Castillo en la literatura pachuqueña es más que peculiar. Minero desde muy joven, obtuvo su apodo por su escuálida complexión poco prometedora para el trabajo rudo de la extracción del mineral. Sin embargo, esos años bajo tierra alimentaron su memoria con un sinfín de historias que fue atesorando sin un fin específico. Al cabo de un tiempo, los primeros rastros de silicosis y una oportunidad laboral diferente lo extrajeron de las entrañas de Pachuca para depositarlo en las cabinas radiofónicas, donde fue dando forma, gracias a lo escuchado, visto y vivido en la mina, a una serie que duró muchos años al aire titulada “Leyendas Hidalguenses”. Pero, su deseo de preservar esa oralidad de los barrios altos de la capital hidalguense, lo llevo a conformar un libro titulado “Personajes de barrio”, logrando que en sus páginas el lector percibiera las costumbres, la forma de hablar, de comportarse, las peripecias, las desventuras, las anécdotas de los pobladores de las faldas de los cerros que forman el estrecho donde se fundó esta ciudad. 

Se volvió un depositario de una literatura que, de otra manera, solo podría sobrevivir de boca a oído, con el altísimo riesgo de desaparecer. Este reconocimiento se había tardado en caer en sus manos.

Felicidades a ambos. Tengo el orgullo de conocerlos y haber compartido proyectos culturales con ambos. Se les admira. 

viernes, 30 de noviembre de 2018

El aroma y el trinar de los instantes


La literatura, la buena literatura quiero decir, se bate en una cruenta, y tal vez, desventajosa batalla: la pelea por nuestro interés frente a las redes sociales. En el vertiginoso devenir de nuestras existencias, lo efímero nos acecha como una jauría hambrienta de nuestra atención. Aunque momentánea, la distracción en asuntos poco importantes o tal vez insulsos nos va robando tiempo, encadenándose en forma sucesiva e inmediata con sus pares hasta formar una cadena que enreda nuestra mente hasta asfixiarla y volverla su esclava. ¿Cómo pueden los libros competir ante esta trampa implacable? ¿Qué podemos hacer los escritores para hacer voltear a los lectores atraídos por el canto de las sirenas digitales? La respuesta es más simple de lo que parece: escribir y no parar de escribir.

María Elena Ortega Ruíz ha asumido este compromiso desde hace ya tiempo, entregándose en cuerpo y alma a la difícil tarea de esgrimir un estilo literario. Pachuqueña de origen y lectora apasionada, prefiere los clásicos (noto una inclinación particular hacia los franceses); ha encontrado en la literatura algo más que un pasatiempo, una forma de re-crear el mundo que la rodea. Su especialidad es el cuento y ha entrenado su pluma en numerosos talleres literarios donde sus textos le han ganado consejos y afectos, buenos augurios de talleristas de la talla de Agustín Cadena y Diego José.

El camino de las letras, ya se sabe, es largo y sinuoso (se escuchan los primeros acordes de The long and winding road de The Beatles), intrincado por donde se le mire y celoso, profundamente celoso; además vengativo, pues quien se toma un respiro, unas vacaciones para recuperar fuerzas, regresa sin condición y con pocas posibilidades de retomar el ritmo. María Elena lo sabe y no se da tregua, mueve los dedos sobre el teclado con ahínco y disciplina. ¿Qué cómo lo sé? Se nota en su prosa, en ella la búsqueda de finura es evidente, no al grado en que el trabajo excesivo lleve al texto a la deformidad de la perfección obsesiva, sino al justo medio de la elegancia y la eficiencia narrativa.


Su segundo libro, titulado “Microrrelatos a intervalos” es la compilación de los mejores textos que semana con semana entregó durante alrededor de tres años al suplemento “Intervalo” dirigido por la periodista Aida Suárez (lamentablemente ya desaparecido de las páginas de un periódico local). En este ejercicio, la autora no solamente se enfrentó a la exigencia del “dead line” semanal, sino también al reto de buscar historias dignas de contar, atraparlas, vomitarlas en el papel y trabajarlos cual alfarera hasta convertirlas en dignas piezas de lectura.

Sus personajes, profundamente humanos, viven historias unas veces cotidianas, otras extraordinarias, pero siempre profundas, las cuales, con la habilidad de María Elena, concluyen con finales inesperados y sorpresivos. Humor, dolor, miedo, esperanza, amor, soledad, rabia; son las materias primas de quien habla de la vida como el más intenso de los paréntesis, de la existencia como única y más valiosa posesión. En estos relatos brevísimos, se trasluce un leguaje poético, propio de quien escribe con el corazón, que llena de color, sonidos y olores a instantes que sin pudor atrapan nuestro interés y en ocasiones nos roban el aliento.

Un total de 94 microrrelatos que encierran universos enteros, como aquellos que mirábamos dentro de las canicas “bombochas”, y en los cuales el lector puede reconocerse y regodearse, recorrerlos más de una vez encontrando siempre un aliento entrañable.

Editado pulcra e inteligentemente por Elementum, el libro de María Elena Ortega Ruíz es el pretexto perfecto para sacar las narices de las redes sociales y adentrarnos en un regocijo literario, sin el temor de que un libro voluminoso o una historia “muy larga” nos apabullen; este es un libro grandioso que arrastra a su interior al más extraviado de los lectores.
Ya lo había dicho el escritor español Baltasar Gracián: Lo bueno, si breve, dos veces bueno.

viernes, 23 de noviembre de 2018

Cuatro mil noventa y cuatro


Todos tenemos 2 padres, 4 abuelos, 8 bisabuelos, 16 tatarabuelos, 32 trastatarabuelos, 64 pentabuelos, 128 hexabuelos, 256 heptabuelos, 512 octabuelos, 1024 eneabuelos, 2048 decabuelos; un total de 4094 ancestros en 11 generaciones. Cuantas historias podríamos encontrar en la memoria de cada uno de ellos. Las historias que se esconden en el devenir de ese lazo sanguíneo. Marco Antonio Mendoza Bustamante me sorprendió con esta numeralia genealógica, charlando sobre su libro “El baúl de mi padre”.


Marco Antonio comenzó a escribir este libro la noche que murió su padre. No era un homenaje, o no solamente, era la necesidad imperiosa de no olvidar todas aquellas historias que había escuchado de su boca y que, consciente del inexorable paso del tiempo y la afección que causa en los recuerdos, no quiso que se desvanecieran. Los escribía para su Padre, para demostrarle que los había atesorado con el mismo kilateje con que se los había confiado; recuerdos que a su vez recibió de su padre y su madre, abuelos de Marco Antonio. Pero también los escribía para sus hijos, para trasmitírselos lo más parecidos a como fueron escuchados y no tergiversados por la subjetividad la propia memoria.

“El baúl de mi pare” se compone de 19 capítulos antecedidos por un prefacio. A través de ellos Mendoza Bustamante va narrando la historia familiar que es un botón de millones de historias familiares en México; todos tuvimos un bisabuelo o tatarabuelo que peleó en la Revolución de 1910, una abuela que se fajó para sacar a la prole adelante después de enviudar, un pariente que se fue de mojado, etc. Es decir, el autor nos narra lo que acontece en nuestro país desde su historia personal, desde su microhistoria; la historia “matria” dicen algunos.

Pero al ir dándole forma definitiva a su memoria, Marco Antonio se valió del escondite donde su padre guardaba sus camisas y sus corbatas: un baúl. Debajo de ajuar diario había fotografía, documentos, actas de nacimiento, telegramas, poemas escritos a puño por su padre; el soporte documental pues, de la historia que verbalmente le había sido otorgada desde niño. Cada trozo de papel, cada imagen rescatada, fue también la argamasa para unir todas las historias, detallar un suceso, precisar una fecha.

Es así como, nos enfrentamos a un libro profundamente personal. El autor no se deja vencer por el pudor y nos entrega su historia, que es la suma de todas las historias que pudo escarbar en la vida sus antepasados conocidos. Ese es tal vez el valor más importante de este libro, la complicidad que el autor establece con el lector, como diciéndole “voy a contarte lo que soy, que es el cúmulo de lo que han sido mis ancestros”. Es inevitable no sucumbir a ese acto de generosidad y pensar cuantas historias de nuestra propia familia serán olvidadas cuando muramos. Ahí radica el valor de la historia oral, pero también, la impronta de la historia escrita y documentada.

Marco Antonio Mendoza Bustamante se ha afianzado como un joven historiador y cronista tulancinguense, que ya desde hace más de una década nos ha regalado una mirada fresca de la historia de su ciudad a la par de los sucesos mundiales y nacionales, como también perfiles de personajes erróneamente valorados por la historia “patria” como Venustiano Carranza. Leerlo resulta siempre, un tiempo bien empleado y cautivador.

Paso cebra
Antes de terminar quiero compartir con usted, estimado lector, la alegría que aún perdura en mi ánimo y que es provocada por el quinto aniversario del programa de radio “Bibliófono”, el cual produzco y conduzco semanalmente en la frecuencia de 98.1 F.M. Hidalgo Radio. Algo así como 260 programas donde el tema principal es la literatura, y en los cuales me han acompañado incontables colegas escritores, en presencia o vía telefónica; gracias a todos ellos, desearía poder mencionarlos a todos, pero como ya dije, son incontables para mi memoria dispersa. Gracias también a todas las personas que habitualmente nos escucha, gracias a ustedes no soy una voz que clama en el desierto; y gracias a los directivos de Radio y Televisión de Hidalgo por permitirme ser parte del esfuerzo de comunicación social que implica un medio público; espero que mi granito de arena en algo contribuya. Gracias, de verdad. Si usted, que lee estas líneas aún no es radio escucha del “Bibliófono” lo espero todos los sábados en punto de las 18:30 hrs. Creo de corazón, que no se arrepentirá.

Ganadores de los Premios Estatales de Cultura 2018


viernes, 16 de noviembre de 2018

El péndulo que no olvida

Bajó de la cúpula agotado. Había colgado desde lo más alto una larga cuerda que del otro extremo sostiene un saco de arena. Sudoroso, empujó el hato para que comenzara a moverse.Por una pequeña abertura, la arena iba marcando el rastro de su movimiento, de su oscilación. Era Foucault tratando de demostrar el movimiento de la tierra, pero también podemos ser todos, aferrándonos a conocer el origen y destino de nuestra vida, o al menos de forma en que la recordamos y la imaginamos.
Los seis cuentos que conforman en volumen “La oscilación de la memoria” de Christian Negrete están impregnados de este aroma. Historias que surgen de la realidad y giran sobre sí mismas para volver a mezclarse con su origen, dejando en el lector un resabio de derrota y miseria humana.


Christian Negrete se revela como un autor novel que trae consigo todo el ímpetu y febrilidad de quien a descubierto el paraíso que creía velado para su destino. Su origen de abogado litigante y su ejercicio como ministerio público le ha permitido ser un testigo privilegiado de una realidad que supera toda ficción, pero que se vuelve la materia primar para historias que transforman esa realidad, ¿para mejorarla?, sin duda. La sordidez de los sucesos que ocupan sus historias son un tamiz por el que la vida llega a sus consecuencias más viscerales.
Los personajes de este libro son todos lectores. Negrete aquí se devela como un autor que lee. Porque aunque parezca difícil de crear existen escritores que no leen. Para fortuna nuestra, estamos ante un escritor que se escondía bajo la piel de un devorador de libros; vicio que sigue ejerciendo como entrenamiento diario de su vocación. Pero además de lectores, o tal vez porque lo son, lo personajes de estos cuentos están profundamente inconformes con su vida, con la circunstancia que atraviesan y, aunque no lo quieran, se engarzan en una espiral de transformación que los lleva a cumplir un destino inexorable, escrito bajo la almohada de las más encantadoras pesadillas.
Pero el ingrediente que cautiva en las historias del autor no es la dosis de realidad que conservan, es una voz apacible pero intensa que nos va llevando por las entrañas de la mente de personajes que han visto pasar su vida desde la orilla del desencanto, y por un impulso incomprensible se han arrojado al cauce, logran en ocasiones estrellarse con el lecho seco por donde alguna vez paso la vida.
Negrete ha venido a ocupar un lugar primordial en la escena literaria hidalguense con este su primer libro. Será sin duda un autor la que no sólo vale la pena leer, sino también seguir, pues es dueño de un estilo propio que irá puliendo con el tiempo. Aquellos escritores que habitan en el medio de la más sórdida realidad, son lo que forjan un literatura intensa y descarnada, siempre y cuando tengan el cincel y el martillo adecuados, léase el talento. Christian Negrete los tiene. Estoy ya, ansioso por leer sus nuevos cuentos, los cuales está escribiendo gracias a un apoyo para la creación. Mientras tanto arroje usted, estimado lector, un par de tarde a este libro. No va  a arrepentirse.


Paso cebra
“La oscilación de la memoria” de Christian Negrete, ganó el Premio Estatal de Cuento Ricardo Garibay 2017. Se presenta esta tarde en el Elementario, en las inmediaciones del Jardín Colón, a las 19 horas. Los comentarios los hará Eduardo Islas Coronel, el ganador de este año del premio estatal de poesía Efrén Rebolledo. Espero que pueda usted leer esta invitación a tiempo y podamos vernos por allá.

viernes, 9 de noviembre de 2018

Entre Zapata y Nahui Olin


La fotografía liberó a la pintura de su obligación como reproductora fiel de la realidad. De paso, apuntaló la memoria. Ese es el espíritu que se respira en las páginas del libro “Antonio Garduño. Fotografía y periodismo en los inicios del siglo XX” de Laura Castañeda García y Daniel Escorza Rodríguez.
Ambos investigadores encaminaron con sus pesquisas históricas a la figura del mismo fotógrafo, Escorza en las bóvedas de la Fototeca, donde identificó trabajos de Garduño dentro del fondo Casasola; Castañeda en los estudios de la Facultad de Artes y Diseño de la UNAM, donde encontró algunos trabajos de Garduño que databan de entre 1903 y 1907, cuando la escuela era la Academia de San Carlos. Ambos investigadores se encontraron en algunas oportunidades y al ver la coincidencia de sus trabajos, comenzaron a darle forma a un catálogo-artículo que se fue dimensionando hasta terminar en un libro.
El personaje, Antonio Garduño, llegó a la ciudad de México desde Guadalajara con sus dos hermanos, para estudiar en San Carlos. Al terminar sus estudios, consiguió un trabajo en la misma escuela como fotógrafo y comenzó a registrar lo mismo las clases de dibujo con modelos desnudos y vestidos, que arquitectura.
Durante el levantamiento armado, enfiló la lente de su cámara a registrar la vida cotidiana del conflicto y a sus protagonistas. De Garduño conservamos dos de las imágenes icónicas de la Revolución: la primera, un retrato de Zapata, quien viste una casaca gris, sin sombrero y tiene un semblante de tranquilidad, el personaje aparece apenas girado a su izquierda mirando a la cámara.

La segunda imagen, es aquella que se conoce como “Villa en la Silla Presidencial”. Antes se creía que durante esa toma, realizada el 6 de diciembre de 1914, la única cámara en los salones de Palacio Nacional era la de Víctor Casasola, sin embargo las variantes, en ocasiones apenas perceptibles, en varios negativos determinaron no solamente un concepto por demás interesante en la fotografía, la “multi-autoría” de una imagen, sino que también llevaron a la identificación de versiones distintas de la misma imagen, realizadas en ese mismo momento por Antonio Ramos, Sabino Osuna y Garduño.

Al terminar la Revolución Mexicana, Garduño regresó a la comodidad de su estudio y comenzó a ser conocido como el “fotógrafo de las novias”, realizando imágenes individuales y trípticos fotográficos de vida familiar y eventos sociales.
Sin embargo, la parte más estética de su trabajo radica en los retratos que hizo de Nahui Olin, destacada pintora y poetisa de la época, cuyo nombre verdadero era Carmen Mondragón (hija de un general porfirista, Manuel Mondragón, pernicioso responsable de la Decena Trágica) y quien era parte de un grupo de intelectuales y artistas destacados de la época como Frida Kahlo, Diego Rivera y Roberto Montenegro.
Las imágenes logradas por Garduño a la figura de Nahui Olin son de una belleza difícil de describir. Son el resultado del entrenamiento que el ojo del fotógrafo obtuvo en la Academia veinte años antes.
Sus dotes de gran retratista le permiten alcanzar el preciosismo de la imagen, la estilización absoluta no sólo sobre el rostro de la artista, también la brillantez de su piel, el sombreado del maquillaje, el fulgor de las pelucas y el sopor de los atuendos; son retratos de una factura espectacular.

Pero merece una mención aparte los desnudos que Garduño le realizó a Nahui en las playas de Nautla: imágenes por demás eróticas donde conviven la candidez de la modelo, la voluptuosidad de sus formas con el jugueteo de la espuma del oleaje. El volumen cierra con una serie digna de ser considerada entre las imágenes más cachondas (diríamos los mexicanos), de la historia de la fotografía mundial.

El libro, editado por la UAM- Xochimilco, es una delicia para los interesados en la historia de la fotografía, su formato cuadrado permite el disfrute lo mismo de los encuadres horizontales que de los verticales, logrando un equilibro con el texto de la investigación.

La aproximación a la vida y obra de Antonio Garduño es también un acercamiento a una manera de hacer fotografía en un México que fue y que se ha transformado tanto o más rápido que el salto que hemos dado del nitrato de plata a los pixeles.

viernes, 2 de noviembre de 2018

Leyendas y tradiciones: microhistoria pachuqueña

La historia de las nacionales se compone de muchas piezas. Como un rompecabezas cuyas piezas polimorfas son historias regionales, locales, colectivas y personales. Esta corriente historiográfica, impulsada por el antropólogo norteamericano Clifford James Geertz, es conocida como la microhistoria; la posibilidad de analizar sucesos, personajes o fenòmenos sociales que en cualquier otro tratamiento de invsetigación serían descartados y pasarían inadvertidos. De esto abreva el ejercicio del cronista del estado de Hidalgo, Juan Manuel Menes Llaguno, quien nos presenta un nueva publicación: “Tradiciones y leyendas de Pachuca”.

La edición, elegante y de gran formato, presentada por Editorial Porrúa, abre con una introducción que se compone de tres crónicas sobre la ciudad de Pachuca; una de la etapa del virreinato, otra decimonónica y la última del siglo XX extendida hasta este siglo XXI que ya alcanza la mayoría de edad.
En sus páginas conviven las historias que a lo largo de los años han dado identidad a los barrios más antiguos, lo conocidos como barrios altos, y a las colonias que poco a poco, gracias a la expanción de la vida social, se han ido asentando haciendo crecer la urbanidad de este enclave minero.
Tras esta introducción, el licenciado Menes nos lleva por un recorrido que nos redescubre calles, puentes, plazuelas y plazas de una ciudad que fue y que ha sido escenario de múltiples encuentros; y es que de los encuentros ocurren las historias. Piense usted, estimado lector, cuántos de los encuentros de su vida han generado historias dignas de recordar, y otras por fuerza  sometidas al olvido. Un recorrido que se antoja emotivo para propios y extraños.
Pero, para los extraños, el autor regala una sección del libro, Guía para turistas y descarriados del ayer, en la que se enlistan cantinas, mesones, figones y lo que el cronista llama “otras linduras”, que permiten el paseo desgarbado y coloquial de una ciudad que no ha perdido, a pesar de circunstancias diversas, la capacidad de gozo.
Menes Llaguno ha descubierto una veta riquísima en la tradición popular, Como el minero que ha encontrado el lugar exacto dónde aplicar la broca, la pluma del cronista se dirige a la memoria de las personas con un único fin, ejercitar la microhistoria pachuqueña. El ejercicio parece simple pero requiere de constancia y dedicación; investigar, rescatar y preservar. Pero el impulso histórico no se detiene en el pasado, avanza con resolución para encargarse también de la historia que se está generando en este momento; la microhistoria del futuro.
Es así que el autor da el brinco a lo más espeso del caldo. Aborda con su particular y fino estilo las crónicas y  leyendas que han dado forma a nuestra idiosincrasia pachuqueña. Las leyendas que empiezan en las casas, salen a la calle y saltan a nombrar la cantina, la pulquería, la tienda, al barrio; la identidad. Algunas que llaman a la memoria, otras al morbo, otras tantas a la reflexión.
En sus propias palabras, Juan Manuel (me permito tutearle por única vez, no seas irrespetuoso diría mi madre), ha indagado la historia local de tal modo, que sabe que donde la historia ya no logra explicar el suceso, entra la leyenda y se encarga de darle forma, múltiples formas que terminan siendo las aristas de una cultura minera que perdura hasta nuestros días.
El libro se compone de sesenta textos que están bellamente ilustrados por una amplia colección de fotografías de la ciudad de Pachuca, y que nos hablan en paralelo de otra de las pasiones del autor, el coleccionar imágenes que hablen del pasado de nuestra ciudad y que le ha permitido formar la fototeca personal más importante del estado. Esas fotografías, por sí solas son un deleite, pero al acompañar lo narrado, se vuelven un manjar de la memoria.
En el prólogo, el legendario Miguel Ángel Porrúa (quien también se encargó del cuidado del volúmen), nos devela una verdad absoluta, escribe: “Las leyendas son la manifestación primera de la inteligencia humana, la guía que, si no construye la historia de los pueblos, sí dibuja su espíritu”.

Nadie que se digne a amar esta ciudad, debe privarse de la lectura de este libro extraordinario.

4to. Encuentro Internacional de Muralismo" en Pachuca; programa general


viernes, 26 de octubre de 2018

Una diferente manera de conspirar



La luz, la parte de la radiación electromagnética que puede ser percibida por el ojo humano. Se propaga en línea recta, excepto cuanto atraviesa un obstáculo puntiagudo o una abertura estrecha, el rayo se curva ligeramente; se refracta. Así es la memoria para Fabrizio Mejia Madrid.

El autor comenzó con la crónica, sobre todo aquella que tenía que ver con despertares sociales ante la injusticia. Después incursiono em la novela, en la que incluso obtuvo un prestigiado premio narrativo, el “Antonin Artaud”, y ha explorado también la ensayística. Pero es en la narración de largo aliento donde Fabrizio se muestra más cómodo. Inquieto por naturaleza y analítico por vocación, hace cinco años nos regaló “Nación TV”, la historia de los truculentos actuares entre la televisora más grande e importante de habla hispana y sus estrellas. La frescura con que narra los excesos del choubisnes y la manera de usar la “caja idiota” para alienas las masas mexicanas, le mereció una pléyade de lectores que deseamos reconocer nuestro pasado inmediato como país de una manera que no nos ofenda tanto; o tal vez, al contrario.

Ahora, Mejía Madrid, aborda el hito histórico de la segunda parte del siglo XX mexicano: el movimiento estudiantil de 1968. “Una luz que nos deslumbra” es la síntesis de todos los intentos literarios anteriores por encerrar la importancia, el alcance y la repercusión de lo ocurrido en aquel año; por cierto, el año de nacimiento del autor.

Rosario Castellanos habría escrito que la oscuridad fue el momento propicio para la mano asesina contra los estudiantes. Fabrizio apuesta a la luz como elemento primordial para conocer todo aquello que al principio trato de ser ocultado y que poco a poco, a cuenta gotas y a lo largo de décadas, hemos logrado saber de los hechos que desembocaron en la matanza del 2 de octubre.

Siendo un “testigo posterior”, un “testigo histórico” (como muchos de nosotros interesados en el tema), el autor tiene manga ancha para dotar su narración de diversos tonos: encontramos la ficción, con una historia paralela que sucede al hecho histórico; la crónica detallada de las reuniones que sostuvieron los miembros de la cúpula político-militar del momento; el testimonio, novelado, de los protagonistas estudiantiles, sus maestros, sus familiares; e incluso la ensayística, el análisis del por qué de la abrupta y sanguinaria disolución del Movimiento.

Pero la apuesta más importante del libro es vincular los hechos de protesta juvenil preolímpicos con hechos posteriores como el Jueves de Corpus del 71 y otros hechos inexplicables de la manera en que se ha ejercido la política en nuestro país (como el asesinato de Colosio).

La novela, aunque con algunos errores de imprenta (y creo que también de trabajo final del texto) propios de una edición hecha a la carrera (tal vez para que apareciera unas semanas antes del cincuentenario), se disfruta mucho. Su ritmo es incisivo, conmovedor y cautivante.
Este libro es la voz, el sentir y el pensar de aquellos que reconocemos en aquellos días, el inicio de una luz que no ha dejado de guiarnos. Para las generaciones post 68 sólo nos queda esa manera de conspirar: recordar.

Paso cebra
El próximo miércoles 31 de octubre estaré en la nueva sucursal de Radio Express Café (en los rededores del Jardín Colón), presentando la nueva novela de Erick Cruz Ramírez. Se titula “¿Quién es Piter y mi general Toribio?”; se trata de una historia revolucionaria ambientada en Pachuca. Hace unos días, platicando con el autor en mi programa de radio, me compartía una inquietud: ¿Esta bien el haber situado mi historia en Pachuca? A veces creemos que las “buenas historias” tienen que pasar en lugares lejanos, incluso comunes para algún tipo de historias (si es romántica, París; si es de espías, Moscú). La literatura ocurre donde ocurre la vida, pues al fin y al cabo, la vida es la materia prima de la literatura. De eso y otras cosas estaremos hablando el miércoles próximo. Ojalá puedan acompañarnos, será a las 18:30 horas y la entrada es libre.