viernes, 20 de septiembre de 2019

Un libro posible



Qué agradable es despertar en un país menos dolido, menos ambiguo. Al menos una mañana del año esta sensación de esperanza se hace presente con el canto de los pájaros y resulta ser en un amanecer de asueto. El buen sabor de boca que dejó el «nuevo» modo del Grito de Independencia se podía notar en el rostro de las personas con las que te encontrabas en la calle ya rayando el medio día (en México es cercano al pecado el atrevimiento de despertar temprano y sobrio el 16 de septiembre). Ceremonia sencilla, pareja presidencial solitaria, arengas de más pero bien fundamentadas, el zócalo lleno (¿Tanto como en los mítines electorales?) y la inevitable sensación de que las cosas verdaderamente pueden y están cambiando.

Lo que es innegable es que las cosas en este país son distintas. El ascenso de la izquierda al gobierno de la República ha resultado un paradigma abigarrado y polimorfo, en el que, estemos de acuerdo o no, vale la pena ahondar. La forma de hacer política ha cambiado y por ende la forma de entender el ejercicio del poder y del servicio, sea público o no. Aunque muchos no estemos de acuerdo con los programas sociales dispendiosos (¿Una Beca sigue siéndolo cuando pierde la esencia de reconocer el esfuerzo y la dedicación como características de distinción?) o con las “mañaneras” que no representan un verdadero análisis de los problemas que se enfrentan y que sí arriman a la ligereza el discurso político que comienza a ser repetitivo y, lastimosamente, falso en ocasiones.

Pero también ha cambiado la perspectiva de Nación en asuntos relacionados con las heridas que históricamente no han sido cerradas. En ese sendero el paisaje promete para muchos ser menos hostil y les asegura encontrar la verdad al final del arcoíris. Particularmente en el caso de las desapariciones forzadas la expectativa es muy alta y seguramente que si no se logra el objetivo prometido (no nos distraigamos en si era posible resolverlo al minuto siguiente de iniciar el periodo presidencial, con que se resuelva es suficiente) la caída será estrepitosamente histórica. Ojalá que la gran oportunidad de la izquierda en México no sea tirada al inodoro. Por el bien de todos, ojalá.

Pero qué bueno sería, para efectos de practicidad, tener en México un “libro secreto”, a la usanza de la leyenda urbano-política norteamericana; dicen que los gringos tienen un libro presidencial donde están develados todos los misterios de su historia reciente –quién fue el verdadero asesino de Kennedy, ¿Sí llegaron a la luna?, dónde están escondidos los ovnis, etc.–. Imagine usted, estimado lector, un libro que contenga el nombre de quién dio la orden de disparar en la Plaza de las Tres Culturas, la cifra exacta de muertos en el terremoto del 85, el nombre del dueño del dedo que jaló el gatillo (los gatillos) contra Colosio, el autor intelectual de Acteal, el número de zapatistas muertos en la primera ofensiva del ejército en aquel temprano 1994, las cuentas que pagaba Calderón en licores, la cifra verdadera de muertos en la guerra contra el narco, la ubicación precisa de los 43 y la identidad de sus asesinos.  

Cabe decir que ese libro, que va de presidente en presidente, no es para organizar un círculo de lectura nacional, sino para que quien ejerce el poder en los Estados Unidos sepa que ya es cómplice al momento de compartir esos secretos. La idea es que acá, donde también hay tantas cuentas históricas pendientes (tal vez más) el libro no fuera para mantener los secretos, sino para no olvidarlos, como una lista de tareas por hacer, de pendientes para dar respuesta; respuestas que se esperan, en algunos casos, desde hace más de cincuenta años. Qué bueno sería que un libro así fuera posible. Y entonces, el presidente podría ir dando solución a una incógnita cada vez que fuera necesario el alivio popular ante la desesperación que generan los pesares cotidianos o como un obsequio para despertar el 16 de septiembre y mantener esas sonrisas y ánimos de esperanzas que notamos el lunes pasado. Y mire usted que me acabo de dar cuenta de que además, era lunes.

Paso cebra
Y en el parte meteorológico: hasta la tormenta trae su nombre. El clima apuntala la memoria. Carajo.

viernes, 13 de septiembre de 2019

Quemar las frases o la poética zombi



Escribir es un arte ingrato. Precisa de absoluta soledad, a veces de silencio pleno, de profundos momentos pesarosos. En todo caso, es un ate que exige que abandonemos a nuestros seres queridos, a nuestras parejas, a nuestros hijos, no se diga del resto de la familia, padres, hermanos, primos y todo el árbol genealógico en su esplendor, al menos por un rato cada día. Resulta ser como una amante abusiva que te requiere sin previo aviso, te absorbe hasta consumirte y al cabo, te escupe como escupimos la semilla de la ciruela pasa cuando comenzamos a sentir su amargura en la boca.

En esas soledad se regodea el más reciente libro de uno de los escritores más sui generis de la ciudad: Juan Carlos Capetillo, el Zombi. Desde el título “Magnolias para Soledad”, el libro se arroja a la apuesta de escudriñar en la esencia del proceso de creación literaria, para agarrar a la bestia por la barbilla (cabría tal vez aquí un lugar más común al decir “tomar al toro por los cuernos”, pero hoy no me apetece el oropel taurino), y hacer de la soledad del escritor el “late motiv” de su poesía.

Mi antología / se resume al último verso, / la infinita estructura del pecado que me mantiene vivo. // Mi letras es un acercamiento, / al imbatible desvelo por desnudar la poesía: / Enamorado de la Soledad.

Durante ocho años, sin interrumpir el desazón de enfrentarse a la página en blanco, pero que eso, a los versos que no cuajan, aquellos condenados inevitablemente al ostracismo de la papelera. Y es que, hay que decir que la poesía no siempre aparece cuando se escribe, el Zombi lo sabe bien y entrega su vida a la búsqueda de la belleza, al sortilegio en que se convierte la posibilidad de conmover al lector.

Soy ola / languideciendo eternamente / donde ayer desapareciste. // Días antiguos, / desintegrados. / Emergerán lunas otoñales (…)

Pero el autor también se ase a la musa como su salvadora y a la vez como verdugo, mejor será decir, se ase a su ausencia, a su intangibilidad, a la luz en que se transforma dentro de los oscuros parajes de la creación poética, como redentora absoluta, como sanadora ocasional de la ceguera congénita del poeta, para ser un faro inmarcesible, la rendija de luz bajo la puerta de la habitación renegrida del porvenir.

¿A quién pertenece la sombra de esta noche? / Los perros ladran presagiando mi muerte, / los cuervos duermen y bajo sus alas el sol se esconde, / ¡qué observan mis ojos debajo de mis parpados?

Pero la soledad, negación de la compañía, de la presencia cálida del ser amado, es un lago calmo donde dibujar la añoranza y hablar de la pasión de lo que niega.

Las encriptadas formas de amarte / se difuminan cada vez que me observas. // Algunas veces somos acacias / coronando las sábanas, / en los límites de lo conocido y de lo cierto. // Geranios en las llanuras del tiempo, / pintando los labios del sueño con sangrientos pétalos.

En este libro, Juan Carlos Capetillo muestra un cara brillante y luminosa de su producción poética, sin negar sus motivos principales –el amor, la ausencia, el pasado mitológico, la naturaleza (los felinos y los colibríes, sobre todo; las flores también), la ciudad como hábitat de lo imposible, de la belleza– para mostrar un hermoso y desconcertante racimo de versos que sacuden, con su musicalidad, con su fiereza, al lector más ávido.


Tal vez, pienso al escribir esta línea, que las flores, como principales protagonistas del poemario, son la apuesta principal, acertada cabe decir, del Zombi en este libro. Y es que las magnolias son flores muy antiguas (“estaban en el mundo antes de que las abejas existiera”, apunta Isabel Salas en la cuarta de forros), tal vez tan antiguas como la poesía misma, y que decir de la soledad, todos, pretextos idóneos para hablar de la catarsis implacable de escribir poesía.

Publicar es arrojar los versos que valen la pena a una hoguera que arde en los ojos de quien los lee. Los poemas de este libro merecen ser una lumbrera que ilumine una noche de esas oscuras, verdaderamente oscuras.


viernes, 30 de agosto de 2019

Perder el foco


Es fácil perder el foco cuando se usa un lente largo. El cuidado que hay que ponerle para que el objetivo no pierda claridad debe ser mayor. Es decir, cuando se está lejos y se quiere mirar de cerca al mismo tiempo, si no se tienen cuidad, todo sale borroso; digamos que la ubicuidad tiene su arte.

Foto: Milenio

Algo similar ha ocurrido con la forma en que hemos mirado, durante las últimas semanas, la protesta femenil de un viernes en la Ciudad de México. Han aparecido los puntos de vista extremistas, que no radicales, pues es característica de un necio colocarse en el lado opuesto de su oponente sólo por joder, y pocos ha sido los análisis certeros y bienintencionados que buscan que lo ocurrido el 16 de agosto no sea condenado tachado de vulgar vandalismos y pase a ocupar un sitio en el escaparate del ostracismo que, a la vista de todos, ha ocultado en este país muchas de las cosas que de verdad importan y deberíamos tener frescas en la memoria todos los días.

Nadie con tres dedos de frente puede negar la importancia de que las mujeres hayan mostrado públicamente su hartazgo y frustración al respecto de un mundo que las orilla a representar sólo el papel de objetos de satisfacción masculina poniéndolas en el centro de las agresiones verbales, físicas, sexuales, y hasta en riesgo de perder la vida. La magnitud de la protesta es directamente proporcional al daño que les hemos causado todos como sociedad, sobre todos aquellos que se quedan impávidos viendo pasar lo ocurrido como las vacas miran pasar los trenes.

Pero tú eres hombre. A ti nadie te ha acosado, nadie te violenta, ¿qué te importa? Aun cuando estas afirmaciones claramente machistas fueran ciertas es mi derecho, como padre de una hija, mostrar mi solidaridad a un movimiento que busca el respeto y la igualdad, al igual que mi consternación por vivir en un país donde día con día la cifra de mujeres que desparecen y al poco aparecen muertas crece como la espuma, mejor será decir, como el sargazo.

El punto es simple. ¡No debe de ser así! Ni mi hija, ni su madre, ni ninguna mujer deberían salir a la calle con miedo. Todas en este país deberían salir a la calle vestidas como se les pegue la gana, mostrando o no las partes de su cuerpo tal cual les plazca. Y si alguien se atreviera a faltarles por la simple y sencilla razón de ser mujeres, el castigo debería ser ejemplar y público. No se trata de la ley del talión, se trata de volver a la sana costumbre del respeto, único estandarte donde puede izarse y ondear la bandera de la igualdad.

Sin embargo, aunque la rabia con que actuaron es comprensible, no es justificable; no porque lo destruido vaya a costarle a los contribuyentes, o porque se altere el apacible sueño del monumento independentista, no, sino porque el destrozo se convierte en el pretexto idóneo para perder el foco, para volverlo el tema principal y soslayar lo verdaderamente importante: que las mujeres en México están cansadas de morirse por ser mujeres.

Es como cuando, en el medio de una discusión de pareja, uno de los implicados comete un error de fecha o confunde la ubicación de unas vacaciones, inmediatamente la pifia es utilizada por el contrincante, digo por la otra parte, para desprestigiar lo dicho, por poner en tela de juicio la veracidad del argumento, pero que eso, para anular la validez del sentimiento.

Pero ya ha ocurrido, ¿qué hacemos ahora? Esforcémonos por no perder el foco, quitémonos el telefoto y no juguemos a estar en dos sitios a la vez, acerquémonos a escuchar lo que las mujeres a nuestro alrededor han sufrido en la calle, en la oficina en la casa y pongámonos firmemente de su lado, al cabo la justicia que ellas buscan nos liberará a todos.

Paso cebra

Me disculpo por la ausencia editorial de las últimas dos semanas; la fractura del pulgar derecho me obligó a suspender el aporreo del resto de las falangetas sobre el teclado por prescripción médica. Esta mañana el dedo duele menos y he vuelto la habilidad de darle a la barra espaciadora con el índice, manteniendo a “Pulgarnstein” preso en la cárcel de tus besos… no, no… perdón por el desliz musical… preso en la férula que lleva ya varios días agobiándome. Lo lamento, espero que no vuelva a ocurrir (ni otra fractura ni otra ausencia).

domingo, 11 de agosto de 2019

Un largo epitafio


Es la voz negra de la literatura norteamericana. Hablo de ella en presente, aunque ha dejado de respirar el lunes pasado. Toni Morrison tenía 88 años y murió en un íntimo suburbio de Nueva York en la rivera de un río donde alguna vez acuatizø un avion. Sus pulmones se dieron por vencidos ante la tozudez de una neumonía.

Luego de ser editora durante muchos años y forjar calladamente por las noches su primera novela, Toni Morrison dio rienda suelta a una de las carreras más contundentes de la literatura norteamericana del siglo XX, con su debut titulado "Ojos azules" en 1970. De inmediato se convirtió en la portavoz natural del punto de vista de la América negra con temas que le interesarían por siempre: la memoria de la esclavitud, los conflictos derivados de la segregación racial, así como el lenguaje la cultura y la  tradición afroamericana.

Toni se aventuró a mostrar sus letras en un momento donde no sólo era mal visto ser de "color" sino también ser mujer. Su primera novela cuenta la desgarradora historia de una chica negra, Pecola, obsesionada por tener los ojos azules, en un país donde su cuerpo, su imagen, no le agradaban a nadie. Su padre acaba por violarla para demostrarle, de la manera más brutal, que puede ser deseada y la deja embarazada. Al final Pecola caba siendo como un despojo en su propia cultura, loca, creyendo al final que realmente sí tiene esos ojos azules.

A partir de ahí, Morrison se dedicó a escribir los libros que nadie más escribió y a narrar las historias que por elección se procuraba ocultar, en el mejor de los casos, de manera inconsciente en una sociedad norteamericana que es profundamente  racista aún en el siglo XXI.

Sus personajes, en su mayoría, serían la perfecta alegoría para la búsqueda de un lugar en el mundo, revelando sin recelos las ambivalencias de una cultura que presume de libertad tejiendo a sus espaldas trampas ideológicas que señalan a quienes son diferentes para marginarlos. (Cuan lamentablemente actual suena esto contra lo que luchó la literatura de Toni Morrison.)

Después de sus dos siguientes libros, "Sula" (1973) y "La canción de Salomón" (1977), vendría "Beloved", considerada su obra maestra y que le hizo ganar el favor no solamente de los lectores sino también de la crítica. Tal vez fue esa vereda fue la que la llevó a recibir el Premio Nobel de Literatura en 1983, convirtiéndola en la primera mujer negra en recibirlo.
Alguna vez el New York Times dijo que Toni Morrison escribía "sin la mirada blanca". Ese es su legado.

Pero un transcurrir poco conocido en México de la obra de Toni Morrison en su poesía (poca, por desgracia), cargada de la magia y la cosmogonía de las comunidades afroamericanas en las que ella vivió de niña en Ohio y que se replicaban a lo largo y ancho de todo el territorio norteamericano.

Como homenaje a su memoria, comparto aquí mi versión de su poema "El equilibrio perfecto del grano":
El equilibrio perfecto del grano / Tiempo suficiente para derramar / El sabor de una mujer arrastrada por la lluvia. // Lenguas que hablan mieles / Abajo en casa los sueños / Apresurarse por orar fervientemente / Los labios de la noche se separan para callarse / Preguntas que son planteadas al amanecer. // El melón permite otra rebanada / Los dedos entienden / El éxtasis se convierte en todos nosotros / Las cerezas rojas se convierten en mermelada. // Un sueño juvenil profundo / El rastro de un silbido / Costas blancas en un aire verde. / Puertas abiertas de bienvenida / Cuando el adiós es un "hasta luego". // El equilibrio perfecto de grano / Tiempo suficiente para derramar/ El sabor de una mujer recordada en un tren.

Descanse en paz Toni Morrison.

viernes, 2 de agosto de 2019

Un año de asombro en este lugar

Hoy, quiero decir mañana 3 de agosto, esta columna cumple un año de publicarse en las páginas de esta diario. Su aparición, como todas las cosas que valen la pena, estuvo rodeada de afortunadas coincidencias y también de divertidos desencuentros.

A mediados de 2017 había dejado de escribir en otro diario de la ciudad de Pachuca. En aquellas páginas mi participación duro siete años exactos, así que la pausa resultó una excelente oportunidad para tomar vacaciones, al menos, de ese enfrentamiento que significa tener una fecha límite cada semana y que en ocasiones provoca en mi verdaderas horas de angustia por tener listo en ese momento un texto ya no digamos bueno, decente al menos. Sin embargo, al paso de algunos meses sentí la imperiosa necesidad de regresar a ese maravilloso desasosiego semanal.

Recordé entonces que algunos años antes durante el 2011 había tenido la oportunidad de escribir para el periódico que tiene usted entre las manos; tras una breve incursión que duró apenas unos meses, la aventura terminó más temprano que tarde debido a mi voluble inconstancia y el exceso de otros trabajos.

Entonces, decidí explorar la posibilidad de volver a estas páginas encontrándome una calurosa y merecida bienvenida por parte de Georgina Obregón, directora de este diario, quien inmediatamente me dijo que sí a través del mensajero de "feisbuc" y me proporcionø un número telefónico donde tenía que reportarme y enviar mi primera colaboración; entre líneas me decía "¡Ponte a escribir!", Lo sé porque la conozco hace casi 25 años.

Ahí comenzó un divertido acto de vodevil el cual fue azusado sobre todo por otro de mis ocultos (mejor dicho, oscuros) rasgos de personalidad: la timidez. Sin saber a ciencia cierta quién estaba del otro lado de ese número misterioso mi mesura, que trataba de ser cordial, terminó convirtiéndose en una tibieza fácil de soslayar, así que tardé algunos días establecer un contacto sólido para poder enviar mi primera colaboración durante la primera semana de julio. Para la semana siguiente mi distracción me llevó a establecer contacto por la vida original, el infame y molesto mensajero ese del " cara-libro". Sin obtener respuesta inmediata pensé que el primer texto, preparado a bote pronto, los había desalentado y me resigné, me enredé en la bandera nacional y me lancé por el balcón a la ignominia ( ¡Cuánto drama, caray!).

Al paso de un par de semanas, y recuperado ya de mi privada inmolación mediática, envié otro tímido mensaje con la esperanza que no me hubieran olvidado en el periódico. De nuevo, Georgina, la heroína de esta narración, me respondió y tras algunas palabras de afecto me mostró amablemente los canales correctos para enviar las colaboraciones sin que éstas se perdieran y quedaran flotando en la zona muerta del espectro digital.

Felizmente, cuando julio desfallecía, pude enviar mi segunda colaboración, que se convirtió en la primera de un hilo ininterrumpido al menos durante el último año, la cual apareció publicada el jueves 3 de agosto de 2018.

Es pertinente también agradecer a Mónica Hidalgo, la inteligente, cautivante y paciente editora qué semana con semana soporta con estoicismo mis mensajes para pedir unos minutos más para que mi columna no quede fuera de la edición del día siguiente. 

Gracias Georgina, gracias Mónica, gracias a los lectores y gracias a todos los involucrados en este último año de la convulsa felicidad qué implica el "Transeúnte solitario".

Sirva esta historia, quizá banal, para celebrar el primer año de hacer coincidir en un mismo lugar, está página de gran formato, el asombro con la curiosidad sobre temas literarios y culturales en general.

sábado, 27 de julio de 2019

Reporte de autopsia

Los libros que definen una época son, usualmente, las historias de amor: Romeo y Julieta, El amor en los tiempos del cólera, Comes borrascosas, Rayuela, Tokio Blues. Pensándolo bien, sin las novelas de desamor.

En "Mañana tendremos otros nombres" Patricio Pron hace una disección crítica de  nuestro tiempo con el escalpelo del desamor. En el escenario del mundo, cual inmenso anfiteatro caótico e indiferente, se toma su tiempo en realizar una detallada auscultación al cadáver de una relación amorosa. Su punto de partida es el final de una partida entre dos, un ensayista más o menos exitoso y una arquitecta en ascenso. La batalla contra el olvido y la soledad dejará a ambos tendidos en la lona de un Madrid de mil caretas donde difícilmente volverán a encontrar ser su sitio.

Con un estilo que exige del lector atención y cuidado, Pron esgrima con elegancia una narrativa cargada de detalles y ambientes que van matizando la melancolía que se esparce como grafito radiactivo de un Chernóbil personal e íntimo aunque inofensivo para la bestia impasible de la colectividad.

¿Cómo enfrentar la disolución de una relación donde aparentemente todo marchaba sobre ruedas? ¿Podemos darnos cuenta del momento exacto en que algo se fractura en el puente que dos personas han construido entre ellas? Lo peor de todo es cómo volver a insertados en el fútil juego de volver a conocer personas y establecer, si se es suficientemente osado, un vínculo amoroso en tiempos en que basta un movimiento táctil de desprecio hecho con la yema del dedo sobre la pantalla del móvil; cómo conocer personas en sitios digitales creados para ocultarnos en perfiles de protección y que maquillan al gusto los terribles monstruos que verdaderamente somos y por lo que preferimos estos fulleros mecanismos. 

Patricio Pron, argentino de origen pero radicado en España, ha tenido una carrera literaria discreta pero constante que le ha granjeado una pléyade de lectores y seguidores. Precisamente esta característica de "nativo extranjero" le dota de un inciso punto de vista de lo que pasa en su patria adoptiva, encarando las transformaciones que sufre con una estricta benevolencia.

Pero tras la conmovedora historia de dolor se esconden un incisivo punto de vista sobre la forma que los millenials le están dando a su mundo, que al fin de cuentas es el nuestro, con esa despreciable actitud de estar descubriendo todo, como si antes de ellos el mundo hubiese estado en tinieblas para que de pronto ellos, auto establecidos como ridículos Adanes y Evas, tuvieran la misión de descubrir y nombrarlo todo.

El libro va pues de lo apreciablemente recóndito en la mente de los protagonistas a lo estridentemente público en los personajes periféricos, resultando en un trajín deleitable.

El nuevo premio Alfaguara revitaliza un galardón que ha tenido la vocación de apostar por novelas vanguardistas que alumbran nuevas verdad en un ambiente literario moderno que se ha convertido en una especie de autovías vertiginosas y enteramente comerciales. Desde el año pasado, con el premio para el extraordinario trabajo del mexicano Jorge Volpi, "Una novela criminal", ante nuestros ojos aparecen libros que hablan de nuestro tiempo y por lo tanto de nosotros mismos, aunque creamos que no.

Peso cebra
Sólo por mi gusto por los datos y tratando de bocetar un mapa de lectura para más de uno, enlisto aquí los premios Alfaguara de su segunda época: 2019,Mañana tendremos otros nombres de Patricio Pron; 2018, Una novela criminal de Jorge Volpi; 2017, Rendición de Ray Loriga; 2016, La noche de la usina de Eduardo Alfredo Sacheri; 2015, Contigo en la distancia de Carla Guelfenbein; 2014, El mundo de afuera deJorge Franco Ramos; 2013, La invención del amor de José Ovejero; 2012, Una misma noche de Leopoldo Brizuela; 2011, El ruido de las cosas al caer de Juan Gabriel Vásquez; 2010, El arte de la resurrección de Hernán Rivera Letelier; 2009, El viajero del siglo de Andrés Neuman; 2008, Chiquita de Antonio Orlando Rodríguez; 2007, Mira si yo te querré de Luis Leante; 2006, Abril rojo de Santiago Roncagliolo; 2005, El turno del escriba de Ema Wolf y El turno del escriba de Graciela Montes; 2004, Delirio de Laura Restrepo; 2003, Diablo Guardián de Xavier Velasco; 2002, El vuelo de la reina de Tomás Eloy Martínez; 2001, La piel del cielo de Elena Poniatowska; 2000, Últimas noticias del paraíso de Clara Sánchez; 1999, Son de mar de Manuel Vicent; 1998, Margarita, está linda la mar de Sergio Ramírez y Caracol beach de Eliseo Alberto.