viernes, 22 de mayo de 2020

Los días que vivimos enmascarados



Es adrede. Desde hace días ronda por mi mente el título de aquel primer libro de cuentos de Carlos Fuentes, “Los días enmascarados”. El realismo mexicanizado en potencia. Cuentos que espeluznan al más cauto. Una delicia de la narrativa del siglo XX mexicano. Pero aun cuando ninguna de las narraciones incluidas ahí hablan de un virus siquiera, el título regresa a mi cabeza como una canica que insiste testaruda en seguir el declive de una mesa; sobre todo cuando por necesidades alimentarias, he tenido que salir a la calle en estos tiempos de pandemia.

Los cubre bocas (acabo de buscar un sinónimo en mi diccionario y no he encontrado ninguno con el que pueda sustituir esta pobre palabra sobre-utilizada en los últimos meses); decía que los tapabocas se han convertido en una polimorfa vorágine de la modernidad. Su comercialización ha impulsado cualquier cantidad de “emprendedores” que los ofertan en una amplia diversidad de colores, diseños, tamaños y hasta materiales, algunos de los cuales no te impiden el aliento como solo logra hacerlo el amor de tu vida. Los expendios pululan, desde comercios formales, hasta oportunistas (en el mejor sentido de la palabra) que a la orilla de una calle transitada o una esquina abren la puerta trasera de sus vehículos y los venden como en un outlet ambulante. Lleve la barrera contra el bicho, la salvación de la fiebre que te abrasa hasta consumirte, la benevolente respuesta a la ecuación de dolor y muerte que azota al mundo, todo en una paquetito de tres piezas por 20 pesos.

Pero estos esparadrapos tensados desde detrás de las orejas, también nos han vuelto una sociedad que interactúa con exagerada parquedad, tal cual una convención de maniquíes donde sólo se intercambian miradas perdidas. Los diques de tela contra la marea alta de partículas nos ha robado los gestos que con la parte baja de nuestro rostro completamos lo que decimos y lo que no decimos, la expresión de alegría, de sorpresa, la mueca de tedio cuando una charla nos aburre, la tímida erupción de un beso que lanzamos al aire y hasta el burlesco afán cuando le sacamos la lengua a alguien.

Los días de encierro pues, no mejoran cuando salimos a la calle y no solamente no podemos abrazarnos o estrecharnos la mano, dejarnos un beso en la mejilla como signo de fraterna relación, sino que además no podemos sonreírnos entre nosotros, ya no se diga que en ocasiones apenas logramos escuchar a nuestro interlocutor con las bocas calzadas en esos bozales confeccionados e inmunizados. Deshumanizados. La deshumanización de nuestros rostros. La anulación parcial de los gestos con hemos armado un código secreto con los nuestros y que usamos como arma defensiva contra los ajenos.

Pero pensamos, ilusamente dicen los estrategas de la salud, que cuando logremos ponerle la pata en el cuello al virus, todo volverá a ser como antes. A las charlas en las calles, los cafés, a lo brazos que te rodean al encuentro, al frote cariñoso de los labios en las mejillas, a las palmadas en la espalda, al tomarnos de las manos para brincar juntos un charco dejado por la lluvia reciente. Parece que no, que deberemos acostumbrarnos. Que entre las cosas que debemos echarnos encima, además de las llaves, el móvil, las gafas de sol, deberemos incluir sin excepción la botellita de solución con setenta por ciento de alcohol, un par de guantes desechables y el mentado esparadrapo para enmascararnos. Y esa normalidad anómala podría durar, dicen, meses tal vez años, es decir, una eternidad.

El virus hijodeputa no has llevado a ocultarnos en nuestras casas, a apoltronarnos en lo que por momentos nos representa un paraíso, pero que en otros toma decorado de mazmorra. Nos ha llevado a ocultarnos de nosotros mismos, a ser una colección de espejos cubiertos donde no se refleje el rostro de la bestia que ronda por las habitaciones. ¿Sobreviviremos a estos malditos días enmascarados? Ojalá.

viernes, 15 de mayo de 2020

Réquiem por Arturo


Foto: Octavio Jiménez

Vaya miércoles. Maldito día que saja la semana en canal. La tarde se escurría cansina y bipolar. Una luz obscenamente refulgente venía perseguida por la tormenta. Después de varias horas metido en la pantalla de la lap, entre cafés y tele-reuniones de trabajo, me zambullí en las redes sociales como quien entra a un pileta helada tras un largo rato asolado y sudoroso de calor. Pero, dentro del agua había un alacrán. La primera línea que me asombra es un lamento digital de Enrique Olmos, un comentario a una entrada sobre el escritor hidalguense Arturo Trejo Villafuerte. El corazón me dio un brinco, como aquel que daban los tocadiscos cuando alguien los golpeaba accidentalmente. Con rapidez recorrí mi “taimlain” sin encontrar mayor información. Salí de la sobriedad de Twitter para entrar intempestivamente a la pachanga que es Facebook, como quien irrumpe en una fiesta buscando al amigo cuyo auto dejó con las luces encendidas; pero lo que confirmé allí dentro es que las luces, las llamaradas de un amigo, se habían extinguido. El primer post que me aguijoneó fue de Virgilio López Ortiz, Adiós Gordo, alcancé a leer entre tantán letrelería.

La muerte de Arturo Trejo Villafuerte me caló en lo más hondo. Más allá del intenso escritor que fue, poseía una virtud que pocos escritores alcanzamos: era un gran amigo. Nacido en Ixmiquilpan en el 53 (fue el regalo de Navidad para su madre), perteneció a la generación de la Diáspora, este grupo de escritores hidalguenses nacidos mayoritariamente en los cincuentas (unos pocos en los sesentas) que emigraron por necesidades académicas a la Ciudad de México y otros lares, en donde encontraron caldo de cultivo para ese virus que los carcomía por dentro desde la infancia, la literatura.

Egresó como comunicólogo de la UNAM y rápidamente alcanzó su destino en la Universidad de Chapingo donde fue coordinador de Extensión Universitaria; posición que le permitió, entre muchas otras cosas, echar a rodas colecciones y revistas literarias. Escribió por aquí y por allá, editó a diestra y siniestra, ganó premios, menciones honoríficas y participó en docenas de homenajes y ferias de libros.

Poeta, narrador, cronista y ensayista. Cultivó con avidez estos géneros manteniendo siempre una constante: la literatura como el festivo testamento de que se ha vivido. La fuerza de sus obras radicaba en la experiencia y el análisis, en la recreación del habla y del tono de personajes e historias vivas, latentes y combatientes en un mundo donde la pasión es el combustible y el destino.

Afable, bullangero, granjeó una pléyade de amigos que le admiramos y disfrutamos lo mismo en las páginas de sus libros que en las sobremesas en las que extendía anécdotas como naipes en un conquián de risas y copas. La generosidad con que brindaba su amistad no conocía límites. Lo mismo abrazaba física y litertariamente a sus co-generacionales que a las jóvenes líneas de escritores, y por supuesto, el paisanaje lo estrechaba con los colegas hidalguenses.

Con Arturo comparto pocas, lastimosamente pocas anécdotas, pero muy significativas. Arturo me entregó el Premio Estatal de Periodismo en su calidad de presidente del jurado en 2003. Sus breves palabras de reconocimiento al trabajo con que gané, las atesoro. No volvimos a vernos hasta el año pasado, dos veces; la primera creo que en junio, la segunda creo que un mes después. Charlamos y reímos, brindamos y hablamos de poesía. Me queda ese recuerdo por supuesto, pero sobre todo guardo, colgado en el corazón, el honor que significó compartir con él, páginas en los libros antológicos que se presentaron en esas  dos ocasiones; que mi nombre ocupara un lugar junto al suyo en un índice, nunca lo hubiera imaginado.

Aideé Cervantes Chapa lo designó en una de esas publicaciones como un Imprescindible de las letras hidalguenses (mexicanas, diría yo). Sin lugar a duda lo fue, lo es y lo será.

Arturo solía decir que la poesía es un camino de vida. Ese camino ahora es de memoria. Gracias Arturo y nos vemos pronto.

viernes, 8 de mayo de 2020

El médico que lee poesía



Creo que me he remitido en otras ocasiones a esta breve historia: Mario Ruoppolo entra intempestivamente a la casa que ocupa, a orillas del mediterráneo, Pablo Neruda. Está desesperado y asustado; la madre de su amada ha descubierto que es él, un cartero insulso, quien ha estado enamorando a su hija con poemas del vate chileno (poemas que por cierto todos hemos usado para el mismo fin, con disimiles resultados por supuesto). La madre, que sabe muy bien que cuando las palabras de un hombre andan tan cerca de una mujer las manos no andan muy lejos, ha dicho que quiere matarlo antes de que termine de seducir a su hija. Mario increpa la ayuda del poeta. Éste le dice que no es su culpa, que él nunca le dio permiso para enviarle esos poemas a Beatrice (el mismo nombre que atormentaba a Dante y a cada hombre sobre la tierra oculto en otros nombres). Mario le argumenta con toda la sabiduría del mundo concentrada en una frase: “La poesía no es de quien la escribe sino de quien la necesita”.

La escena pertenece al filme “Il postino” de Michael Radford, basada en la “Ardiente paciencia” de Antonio Skarmeta. Tanto la novela como el largometraje pertenecen a todos aquellos que creemos en el poder de la poesía. Por ello me parece tan mezquino que algunos, lamentablemente muchos, critiquen a Hugo López-Gatell, el epidemiólogo que comanda el ejército de respuesta ante el covid-19, haya dedicado un tiempo a leer poesía por iniciática del Fondo de Cultura Económica.

¿Leer un poema lo distrae verdaderamente de sus ocupaciones? No pongo en tela de juicio el hecho de que su tarea sea esencial en este momento que vivimos y su responsabilidad es muy alta. Precisamente por eso es que debe mostrarse empático, dar una cara humana que las estadísticas dantescas no le permiten. La poesía que lee no es suya, la voz que usa para articularla tampoco; es nuestro el poema porque lo necesitamos, es nuestra la voz. En el medio de una guerra un dejo de humanidad es un lujo, pero es necesario. Indispensable, diría yo. Si lo que necesitamos es poesía. Sólo la poesía nos hace llevaderos el aislamiento, el miedo y la incertidumbre. Ese médico que trata de guiarnos en la oscuridad de la pandemia necesita darnos más aliento y que mejor que con poesía; y que mejor que sea él quien nos comande y nos aliente que el presidente.

La lectura del miércoles no debe ser criticada, al contrario. Es nuestra responsabilidad como especie animarnos unos a otros, empatizarnos, leernos poesía, compartirnos libros a viva voz, hacernos saber que no estamos solos aunque no podamos tocarnos.

Sin embargo hay dos cosas que no me gustaron del lópezgatelreading: que lo haya hecho en una tableta y el poema elegido. Yo hubiera preferido algo más subversivo dadas las circunstancias que vivimos. Un poema que nos describiera de cuerpo entero, que describiera la lucha que libramos contra el virus canalla haciéndonos conscientes de nuestra vulnerabilidad ante los embates imperceptibles, pero mortales, del enemigo. Me hubiera gustado escuchar ese maravilloso poema de César Vallejo, “Masa”; un texto que espeluzna a cualquiera:

Al fin de la batalla, / y muerto el combatiente, vino hacia él un hombre / y le dijo: «¡No mueras, te amo tanto!» / Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo. // Se le acercaron dos y repitiéronle: / «¡No nos dejes! ¡Valor! ¡Vuelve a la vida!» / Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo. // Acudieron a él veinte, cien, mil, quinientos mil, / clamando «¡Tanto amor y no poder nada contra la muerte!» / Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo. // Le rodearon millones de individuos, / con un ruego común: «¡Quédate hermano!» / Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo. // Entonces todos los hombres de la tierra / le rodearon; les vio el cadáver triste, emocionado; / incorporóse lentamente, / abrazó al primer hombre; echóse a andar... //

¡Sí, lo que necesitamos es poesía señores! La mejor prueba son aquellos que han salido al balcón a compartirla con sus vecinos. Eso deberíamos hacer todos los vecinos de este mundo en medio de esta guerra que dilatará.

jueves, 7 de mayo de 2020

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Recaudo


Leo tu voz
desgranada letra a letra
por tus pulgares.
La recaudo
con la retina y media
que me queda,
descifrando con ellas
confesiones de traza púdica,
refulgentes como tu cuerpo
—manantial—
cuya memoria
aún me azora el corazón.