jueves, 6 de febrero de 2025
viernes, 20 de diciembre de 2024
Desayuno de cumpleaños con futbol
Es miércoles. Llevo cuatro días aporreado por una gripe marca ACME, pero como me sentí mejor al despertar asisto al desayuno de cumpleaños de un amigo. En la pared norte del restaurante cuelga un televisor de dimensiones apabullantes donde se advierte la trama del partido de futbol más esperado del momento: el Club Pachuca contra el Real Madrid. Mis “vastos” conocimientos futbolísticos no me permiten entender bien a bien en que clase de torneo un equipo mexicano, el más antiguo de la comarca, se enfrenta a un equipo español, considerado por muchos el mejor de la península ibérica. En fin que sin mucha ciencia por resolver me siento a la tertulia cumpleañera en un lugar donde es prácticamente imposible no mirar los movimientos vertiginosos con los que las cámaras tratan de seguirle el rumbo al balón y retratar a su paso a quienes tratan de atajarlo, detenerlo, aventajarlo. “Hasta ayer era un bulto que sólo se quejaba y comía”, respondo a la pregunta de cómo he estado. ¿Hasta ayer?, interviene con amoroso sarcasmo mi mujer mientras me abraza, yo alcanzo a atajar diciendo “Hoy soy un bulto que se queja, come y además se mueve”, entre las risas desatadas puedo ver en la pantalla reflejado mi lance en el hombre vestido de amarillo que acaba de salvar de un gol tempranero al Pachuca, ignoro su nombre, por ahora prefiero dejarlo así para no volver personal mi desprecio si llegan a perder los “Tuzos”. La mesera, abrumada por el laúd repentino de comensales futboleros que ha casi coptado el establecimiento nos mira con desprecio a la pareja recién llegada a una mesa donde ya la mayoría apresura el plato de enchiladas y carne asada con entusiasmo de llagar pronto al pastel de festejado. Cuando noto que podemos quedarnos rezagados ante los pedidos de las otras mesas recien llegadas, me apresuro a alzar la mano al igual que el arbitro que marca una tarjeta de amonestación a un español de aspecto “no español” que con el uniforme merengue le ha entrado fuerte a un coterráneo mío. Pido aprisa, sin perder detalle del encuentro televisivo, unos chilaquiles rojos con huevo para mi y unos huevos divorciados verdes para la Troyana, en ambos casos tiernos en cuanto al nivel de cocimiento, anote también dos cafés y un poco de pan de mesa. La velocidad tortuguil pero enérgica de mi pedido hace, no sé cómo, que la mesera se confunda y no alcance a anotar nada, ¿Qué me dijo?, me hace voltear a verla en el preciso momento en que dentro del área chica Vinicius de un tijeretazo burla a Carlos Moreno y le pone a Mbapeé un servicio que no podía tener otro destino que el fondo de la red. Un lamento generalizado resuena en los comensales que me rodeaban y que también están metidos en el encuentro mañanero. Desdeño continuar con la orden de los platillos y me enfoco en ver qué ha sucedido, la repetición doblemente repetida muestra el golazo que acaban de acomodarnos. ¡Pinches gachupines!, sale de mi boca la rabia ancestral de Moctezuma Xocoyotzin. Pero esos no son españoles, dice alguien en la mesa, son africanos. “También la Liga Africana de Naciones puede irse mucho a la chin…”, pero tampoco son africanos, alcanzo a reflexionar antes de desatar otro problema diplomático con mi futbolera pasión villamelona. Uno es brasileño y el otro francés, dice Quique que ya ataca el último trozo de cecina en su plato huasteco de cumpleaños. Peor tantito, pienso, “oscuras fuerzas multinacionales tratan de vencernos”, digo temeroso del complot cuando el café llega por fin frente a nosotros. Guardando una vaga, muy vaga esperanza de que el marcador cambie a favor nuestro trato de poner mi atención a la charla del festejo, los chistes repetinos, las carcajadas, las bromas por la edad del agasajado, las anécdotas compartidas, etc. De reojo siento que me vuelve el alma al cuerpo cuando los “Tuzos” se acercan y tienen un lance casi heroico. Han llegado nuestros platillos y trato de calmar mi ansia de aficionado compungido entre las tortillas fritas bañadas con salsa de chile huajillo, crema, queso, cebolla y un toque de cilantro, cuando de pronto, Rodrygo, otro de esos jugadores españoletes que han nacido en Brasil, acomoda el balón en la esquina de la portería pachuqueña. El tiro ha sido en el dudoso filo del fuera del lugar por lo que el arbitro, de aspecto egipcio y que resulta ser venezolano, revisa en el VAR en donde en vez de pedirse una pura y dos con sal, sale convencido de que el fuera de juego, efectivamente está fuera del lugar y da por bueno el gol. Aprieto un pedazo de bolillo con la diestra mientras que con la siniestra tomo un bocado de desconsuelo. Aprovechando el medio tiempo aplaudimos y cantamos Las Mañanitas a Quique que no ha querido pedir un trozo de pastel para evitar a toda costa las delatoras velítas de cumpleaños. El trabajo de todos nos hace apresurar la despedida, la cual empujo con desespero cuando veo que la trama del segundo tiempo es también de terror para los “Tuzos”. Ya no pude ver como Moreno casi ataja el penal del tal Vinicius en el minuto ochenta, punto final del marcador de tres a cero. Es el sino del villamelon, desperdiciar su repentina emoción en partidos concenados al fracaso.; la espuma de la amarga cerveza de raiz. Vuelvo a mi gripa y a las actividades de día. Cuando menos pude acompañar a Enrique en su desayuno de cumpleaños.
lunes, 26 de agosto de 2024
"Transeúnte solitario" se presenta en la FUL 37 este martes 27 de agosto
viernes, 16 de agosto de 2024
Adelanto de “Transeúnte solitario”, el libro
Durante estas horas y los siguientes días se estará maquilando, en las entrañas de una imprenta pachuqueña, mi nuevo libro. Se trata de una compilación de algunos textos periodísticos que resumen los más de 28 años en que he tenido la fortuna de ejercer esta profesión maravillosa. La recopilación aparece el próximo 27 de agosto y ya se encuentra en periodo de preventa. Para antojar a los lectores, comparto el prefacio que escribí para introducir el volumen. Ojalá les anime a adquirirlo y, lo más importante, leerlo.
“La primera vez que me publicaron una nota fue en 1996, en la sección cultural “Estaciones” del diario pachuqueño Visor, la cual aparecía los domingos. Se trataba de una pequeña reseña sobre “El efecto tequila”, aquel concierto con que se presentaba el álbum homónimo en el que la querida Betsy Pecanins hacía fusión del blues y la música mexicana. El jolgorio musical había tenido lugar en el Teatro de la Ciudad San Francisco y causó tal asombró en mí que no pude evitar el impulso de escribir sobre ello. Cuando la terminé, se la llevé a los editores, Roberto Herrera y Andrés Torres, a quienes semanas atrás había abordado con la ilusión de publicar mis poemas en dicho suplemento, lo cual por fortuna ocurrió. Así que, conociendo el obcecado temperamento propio de la juventud que entonces me caracterizaba, publicaron también la reseña.
“A partir de ahí, tuve la suerte de tener trabajos donde pude ejercitar el periodismo cultural. En 1998 comencé a escribir reseña cinematográfica para una sección de cine que tenía todos los viernes en el programa matutino del Canal 3 (Radio y Televisión de Hidalgo), un años más tarde, me invitaron a conducir una revista informativa que el Consejo Estatal para la Cultura y las Artes de Hidalgo tenía en la radio estatal 98.1 FM., iniciando también mi actividad como locutor, prioritariamente de programas de corte cultural, actividad que he desarrollado hasta la fecha.
“Fue hasta 2005, cuando me invitaron a colaborar con una columna en una revista, se trataba de “Vía Libre”, un semanario de corte mayoritariamente político que abría espacio para los asuntos culturales de la mano de Luis Frías como editor de esos asuntos. Fue ahí que apareció la columna titulada “La fuga de Dios”, y que aparecía en la última página del semanario. El nombre, una ocurrencia de mi colega Carlos Muñoz detonada por la portada de mi primer poemario (la fotografía de una mujer con el torso desnudo que abraza un crucifijo negro, obra de Enrique Garnica), tenía el concepto de despedir al “dios” de la revista, es decir, el lector (iluso yo que no sabía aún que los dioses de las publicaciones periódicas son los anunciantes). Aquella aventura duró algún tiempo hasta que la salida de Luis del semanario canceló la continuación. Fue en ese momento, que comencé a escribir un blog con el mismo nombre de “La fuga…” y que al paso de un par de años cambió de nombre por el de “Transeúnte solitario”; menos blasfemo e inspirado en una canción del compositor y cantante español Manolo García.
“El blog me permitió ejercitar libremente el periodismo cultural, a la par de colaboraciones que me pedían de distintos medios: una entrevista por aquí, una reseña por allá, la semblanza de un escritor famoso por acullá, la nota del fallecimiento de un personaje para el más allá, etc.
“Un caso particular fue el de El Sol de Hidalgo, periódico donde escribí durante casi cuatro años (2014-2017), reseñas literarias en su sección de Cultura; el aporte semanal se distigía con el nombre de “La hoja y la mirada”, siendo el único caso en que el “Transeúnte…” usó un heterónimo para presentarse a los lectores.
“Los medios en los que he tenido la oportunidad de colaborar en estos años son los diarios: el ya mencionado Visor, Cambio 21, Plaza Juárez, Sol de Hidalgo y Síntesis de Hidalgo; en las revistas: Vía Libre, ESEconomía (IPN), Visión Latina, Mala Vida (Cuernavaca), Impulsa (revista de la Salle Pachuca), La cabeza del Moro (Zacatecas), Convocatoria (Tepeji del Río), Los hijos del alebrije, Reloj del Viento, Sabia Contemporánea, Amexfil (revista especializada en filatelia de CDMX), Yeibo, Óptica y 451 EFE; así como numerosos sitios web sin olvidar los años de RTvH donde fui de todo: actor, reportero, conductor de noticias, guionista, productor, realizador y como ya dije, locutor.
“Los textos contenidos aquí, 118 en total, son una selección personal de lo realizado en todos estos años y en todos los medios arriba mencionados. Son el resultado del gozo y el asombro que me ha implicado las pasiones que me han acompañado desde la juventud: la música, el cine, la fotografía, el teatro y la literatura; está última, estocada final que ha determinado mi vida.
2Quiero agradecer a los colegas y amigos que me han acompañado en estos años y que han fungido como directivos o editores de los medios donde he participado: los ya mencionados Roberto Herrera, Andrés Torres, Luis Frías, pero además Alma Baños, Enrique Olmos de Ita, Aidée Cervantes Chapa, Yannina Romero, don Adalberto Peralta, Daniel Fragoso Torres, Ricardo Venegas, Manuel R Montes, don Carlos Sevilla, Francisco Curiel, Eddy Salgado, Luis Corrales Vivar-Cravioto, Salvador Franco, Alejandro Grossmann, Aurora Oliva, Javier Peralta, Rolando García, Mónica Hidalgo, Georgina Obregón, Eduardo Villegas Guevara y Víctor Roura. Si he olvidado a alguno, desde ahora pido perdón, sin merecerlo.”
viernes, 26 de julio de 2024
Informe de regocijos
¿Para qué sirven los encuentros de escritores o literarios? No estoy hablando de los festivales literarios, ni de las ferias del libro, mucho menos de las presentaciones editoriales. Hablo de los eventos que son pensados, concebidos como puntos de encuentro para que los escritores podamos descubrirnos. Claro que en festivales, ferias y presentaciones tenemos la oportunidad de charlar con los colegas, escucharlos, nutrirnos de las experiencias que comparten y, en el mejor de los casos, adentrarnos un poco más en la literatura, dicha esta como el arte y oficio de escribir.
Las experiencias que se obtienen en los eventos arriba descritos son distintos si uno es un lector o si además de lector (lo ideal es que los escritores lean, aunque no siempre pasa, por increible que parezca) uno se ocupa en el oficio de escribir; incluso, es posible que uno, siendo escritor, asista a una feria del libro como simple lector; entonces, según la identidad secreta con que nos aparezcamos en los aquelarres literarios, experimentaremos aristas distintas.
Sin embargo, el caso de los “encuentros de escritores” tienen una intención qué va más allá de la promoción del libro o del fomento a la lectura. Claro que son una buena oportunidad para encargarse de promociones y fomentos, pero existe en ellos el oscuro conocimiento de que tal vez no asista publico lector, o al menos no mucho, dejando el camino libre para que los escritores participantes puedan compartir experiencias más profundas según las andanzas particulares frente a la hoja en blanco, la hechura escritural de un libro en particular, las rutas y los atajos para contar una historia, cómo construir a los personajes, cuáles han sido, o no, las experiencias en las que el autor se ha basado para su novela y cómo es que escribir un libro ha transformado al escritor. Esta urdimbre de milagros es el tesoro que uno espera descubrir al asistir a uno de estos encuentros.
Precisamente estos asombros ocurrieron durante el Segundo Encuentro Literario Agustín Ramos”, evento organizado por el poeta y editor tulancinguense Omar Roldán y que contó con el apoyo tanto de la sociedad civil (FUNHDAR y Studio Bar Karaoke) como de la autoridad municipal a través de la Dirección de Cultura de Tulancingo (lo cual significó una grata sorpresa) y que se desarrolló, durante dos días en el Foro de la Escuela José María Lezama convertido ya en parte de la infraestructura cultura y artística de la ciudad.
El detonante del encuentro es la figura de uno de los escritores hidalguenses más importantes y referenciales de la literatura mexicana: Agustín Ramos. Nacido en Tulancingo, ha sido un autor que ha dejado una huella importante con su obra, la cual sigue dando frutos. Poseedor de un estilo particular, punzante e incisivo para retratar la realidad y la historia de un país que se ha transformado lentamente, dando cada vez más, cabida a los reclamos sociales más urgentes y, en algunos casos, construyéndoles soluciones.
A lo largo de todo el encuentro, pudimos escuchar a Agustín leer fragmentos de tres de sus libros: “Al cielo por asalto”, “Ahora que me acuerdo” y “Sonar de letras”, con el complemento de explorar sus mecanismos literarios, anécdotas y el análisis personal que un autor puede hacer de sus propios libros a través del crisol del tiempo. Ramos, compartió con los asistentes (la mayoría éramos escritores) en un diálogo lejano a la cátedra, en su lugar charló con la confianza que da departir entre colegas, escuchando las preguntas, las opiniones y dando reveses que cada uno de nosotros pudo tomar, de manera individual, como consejos para observar en el trabajo literario que desarrollamos en este momento.
Pudimos además compartir las presentaciones y ponencias de una sustancial y relevante lista de autores locales como fueron: Soledad Soto, Ana María Rueda Castro, Irma Morgado, Anuar Jonguitud, Martha Miranda, Juan Galván Paulin, Ricardo Luqueño y quien esto escribe. Además hubo tiempo de recitales musicales e incluso un rápido taller que algunos de los autores presentes tuvieron casi a escondidas con Galván Paulin, además de la visita inesperada de amigos como la editora Noemí Luna y el joven narrador Moisés Lozada.
Al final de cada día, el jolgorio pertinente, la celebración de lo dicho y lo escuchado, la camaradería y la oportunidad de conocer a los oficiantes más allá de la atribulada intimidad del escritorio de trabajo. Ahora que lo pienso bien, los encuentros de escritores son la otra cara de la moneda; más allá de la soledad del trabajo, la coincidencia con quienes compartimos camino y a quienes admiramos.
lunes, 22 de julio de 2024
Recorrido cantinero, con "Letras de Pachuca" como guía
El libro "Letras de Pachuca" editado por Los Libros del Sargento tiene varios textos inspirados en las Cantinas del centro de nuestra ciudad, así que junto con los autores recorreremos estos puntos donde nacen las historias.
No tiene costo pero el cupo es limitado, regístrate al 55 3999 1724 y nos vemos el sábado a las 11:45 en el Reloj.
El cartel fue creado por Hector Brauer.
Gracias al impulso del Instituto Municipal para la Cultura de Pachuca
Ese día estarán disponibles tanto los libros como el grabado.
#letrasdepachuca
miércoles, 3 de julio de 2024
viernes, 21 de junio de 2024
El día que conocí a Juan Galván Paulin
Las habitaciones de aquella casa eran misteriosas. Desde la fachada se percibía que el paso del tiempo había dejado su huella. Claro que la humedad característica de un pueblo de montaña había sido cómplice en el aporreo que el lugar había sufrido en los últimos años. Muros descarapelados por la humedad, columnas de piedra aferradas al frio y todo aquello que leñame fuere, hinchado permanentemente. Sin embargo, mirándola de lejos y visitándola eventualmente, era de una belleza difícil de describir. Tenía, como todos aquellos lugares que preferimos y donde hemos sido felices, un defecto imperdonable; para ser una Casa de Cultura era víctima de llevar el ominoso nombre de un exgobernador nacido en esa tierra y a la postre flagelado judicialmente por su actuar inmoral. Fue en aquel lugar, donde le conocí.
La inmensa puerta, de madera por supuesto, estaba siempre abierta, dispuesta como los brazos abiertos de una madre que espera paciente la vuelta de los suyos. Al entrar un recibidor con piso de cantera bifurcaba el andar a un auditorio a la derecha o al patio central si se seguía de frente. Desde ese patio, también con piso y columnas de cantera, se accedía a los claustros remodelados hacía no mucho para albergar estudiantes de disciplinas artísticas. En ellos, el mobiliario era común, pizarrón blanco, mesas, sillas, en algunos, butacas. Las ventanas, con marcos y estructura también de madera rústica, dejaba pasar en cuadrantes una luz que escatimaba los rincones y era apenas suficiente para iluminar una mesa colocada cerca de ellas. Los claroscuros poblaban los espacios, parecían ser residentes que nos observaban detenidamente y sigilosos toleraban el chirriar de nuestras pisadas sobre la duela mortecina.
Hoy vas a conocer a mi maestro, me decía Luzma, con una emoción sinceramente desbordada; tomar su taller ha cambiado mi forma de escribir. Después de pasar un rato sentados en la orilla de la fuente mirando las ranas cardinales por cuyas bocas salía expulsado un torrente de agua inagotable, nos adentramos en las vísceras de la casa, abotagadas por el relente pertinaz de aquel otoño realmontense.
Seguimos el murmullo que nos condujo al salón principal de la segunda planta. Un gran ventanal de piso a techo, abierto de par en par, privilegiaba el lugar con mejor iluminación y aire fresco. Después de colocar nuestras pertenencias para señalar el lugar que ocuparíamos en la mesa dispuesta para el trabajo, nos asomamos al balcón y antes de que pudiéramos retomar el hilo de nuestra charla, entró en el ámbito de nuestra vista el Maestro.
Su caminar sereno abrió en canal la marea de turistas sabatinos que habían comenzado a mosquear la mañana. Marcaba con su bastón el tiempo preciso en que cada uno de sus pasos caía sobre los adoquines. Su traje de tres piezas, impecable como su calzado, el ala del sombrero que se levantaba acompasada a su mirada le completaba la estampa de heredero indiscutible de la estirpe inglesa que otrora vio bonanza en aquel paraje minero. Sostenía un portafolios de piel como único pertrecho de absoluta sabiduría. Unos anteojos de armazón fino, la barba apenas encanecida hasta el pecho, la mirada diáfana de profeta. Ahí viene, dijo Luzma mientras le agitaba un saludo con la mano, al que Juan Galván Paulin correspondió con una sonrisa franca y una leve inclinación de cabeza.
Recuerdo una inquietud especial cuando Luzma y yo bajamos las escaleras, prestos a recibirlo. ¿Quién era aquel hombre que con su céfiro había ajustado la emoción del día? ¿Qué podía salir de la pluma de un escritor cuyo tamaño no tiene nada que ver con su estatura física? ¿Qué podrían hacerte las palabras de alguien que sin decirlas ya te ha tocado? Aquel hálito que me había impresionado hacía apenas unos momentos irrumpió en las entrañas de la casa dando un vuelco a la umbría reinante, no para disiparla, sólo para volverla apreciable. Ahora, a su paso, aquella luz grisácea todo lo cegaba.
Tras las presentaciones de rigor subimos y nos apostamos rededor de la aquella mesa dispuestos a la batalla. Desenfundamos los textos y nos dispusimos a leerlos cual esgrimistas que confían en sus gestos; guardia, paso atrás, paso adelante y fondo, sin mucho fondo. Galván Paulin nos miraba y hacia anotaciones cautas pero contundentes. Nos apercibía sobre aquello que la literatura exige sin cortapisas y el compromiso que pocos asumen sobre usar las palabras no como obtusas y blandengues armas, sino como herramientas que ocultan un filo lacerante a la menor provocación.
Cuando me llegó el turno extendía ante sus ojos un poema merecedor de toda mi ufanía. Me escuchó leerlo con la paciencia que sólo poseen aquellos que conocen los desenlaces. Tras un compás de espera, Juan rompió el silencio. Fue releyendo cada verso mío tasajeando los adjetivos, haciendo trisas las redundancias, pisoteando el falso oropel de las rimas forzadas y dejó, como un ramaje desnudo, la esencia de mi poema. Petrificado, me di cuenta de que acababa de presenciar el acto literario en su más pura expresión. Me di cuenta que Juan Galván Paulin me acababa de enseñar que, en la poesía, para decir el todo, hay que alcanzar el quid. Ante mí, se extendió el verdadero significado del acto de escribir.
Han pasado veinticinco años de aquel día, pero estoy seguro de que hoy que vuelva a encontrarme con él, confirmaré lo que aquí he escrito.
viernes, 19 de enero de 2024
El día que José Agustín se equivocó de dedicatoria
Murió José Agustín. Él mismo ya lo había vaticinado en un lacónico mensaje transmitido por sus hijos a la opinión pública a principios de enero. Huelga decir lo que seguramente, estimado lector, ha visto repetidamente en los últimos dos días; principal exponente de la literatura de la onda, prolífico creador, de trato afable y el contertulio que todos quisiéramos tener para charlar de literatura, rock y mil cosas más.
Lo cierto es que José Agustín nos mostró, casi a todas las generaciones que le precedieron, que la literatura podría ser desenfadada e hilarante; que en ella los jóvenes podíamos escuchar nuestra habla coloquial y nuestras “palabrotas”, que con los libros podíamos dialogar sobes nuestras pasiones adolescentes y que el rock era la banda sonora perfecta para las historias que nos contaba como si fuera nuestro cuate y acabara de darle un trago a la caguama que compartíamos en un corro. Pero más allá de eso, a cada uno de sus lectores nos dejó una marca particular, estableciendo una experiencia autor-lector personal, indeleble y duradera. La mía con él, trascendió la literatura.
Durante dos mil tres y dos mil cuatro, el otrora Consejo Estatal para la Cultura y las Artes de Hidalgo, programó una sería de presentaciones, lecturas y conferencias con destacados escritores, sobre todo mexicanos. Fue así que, por ejemplo, Xavier Velasco pisó suelo pachuqueño con la gira de promoción de su novela ganadora del Alfaguara, “Diablo guardián”; entre muchos otros atores que ahora no viene al caso mencionar. A todas aquellas actividades tuve la oportunidad de asistir como reportero del canal local con el fin de entrevistar a cada uno de los protagonistas. Sobra decir que para mí aquello fue un gozo, en particular, el día que le tocó a José Agustín.
La charla se desarrolló con todo protocolo. El público abarrotó la sala (el Teatro Guillermo Romo de Vivar, para ser exactos) dada la trascendencia del invitado, el cual salió a escena sentado tras una mesa con paño rojo y un micrófono a través del cual nos hizo llegar su opinión sobre la literatura, su pasión por la música, (clásica además de jazz y rock), algunos detonantes de sus libros y destellos de su proceso creativo. Las carcajadas que nos provocó durante un poco más de una hora lograron que todos los presentes saliéramos de la sala con notoria algarabía.
Como solía ocurrir, el invitado se adentraba en las bambalinas del teatro para salir por una puerta lateral a la galería adjunta, donde firmaba libros y se tomaba fotos con los lectores ahí arremolinados. En ese lapso, yo debía encontrar un rincón bien iluminado para atajar el paso del escritor en turno y darle tiempo a mi camarógrafo para que registrara una serie de preguntas que duraban no más de trece minutos; al terminar, la noche discurría entre risas, flashes y dedicatorias a puño y letra.
Sin embargo, con José Agustín, esos trece minutos de interrogatorio periodístico no fueron suficientes. Como si no acabara de mostrarnos un extenso catálogo de anécdotas durante su “plática”, fue descosiéndose frente a mi micrófono con otras más, igual de cautivantes y divertidas, lo que provocó que pasado un rato más, los organizadores me hicieran señas para que ya “dejara de molestar al Maestro” y le permitiera firmar los libros de aquellos que ya formaban una larga fila que salía del recinto y que comenzaba al pie de una mesita, ahora de paño azul y sin micrófono, para que estampara “la poderosa”.
La entrevista se terminó abruptamente, pero la charla entre José Agustín y yo, no. Siguió dirigiéndose a mí en una charla de amigos a la que sólo le faltaban un par de cervezas para ser rubricada. Lo acompañé los cuatro o cinco pasos que nos separaban de la mesa de firmas y al ver que yo también cargaba bajo el brazo el ejemplar de una de sus novelas me dijo “Trae pa´cá, que te lo firmo de una vez”.
Se trataba de “Inventando que sueño”, una de sus novelas más experimentales y mejor logradas, cuya lectura disfruté enormemente en mis años preparatorianos. Mientras sacaba del bolsillo de su camisa un bolígrafo, me di cuenta de que el primero de la fila de asiduos lectores (detesto la palabra “admiradores”) era mi amigo Agustín Arteaga (ahora conocido como Whisky Arteaga en las redes sociales), un joven lector efervescente a quien había conocido no hacía mucho y que era hijo de una querida compañera de trabajo durante mi breve paso laboral por las oficinas culturales. La efusividad de nuestro saludo provocó que José Agustín incluyera con naturalidad en nuestra charla a su “medio tocayo”.
Durante algunos minutos más, mientras José Agustín, sostenía abierta la portada de mi ejemplar sin aún escribir nada, seguimos hablando y riéndonos, ahora los tres. En algún momento, al darme cuenta de que la impaciencia del rededor aumentaba, hice un gesto para que al fin este escritor, que resulto ser un “cuate a todo dar”, pudiera dedicarme su novela. Así lo hizo, después de poner mi nombre, con una abigarrada y apretada caligrafía.
Pero la charla no menguaba, cerró el libro y me lo entregó sin apenas darse cuenta mientras seguía hablando y riendo. De igual manera, como quien mira de lejos un suceso, recibió los dos o tres ejemplares que Whisky le extendió. Los puso sobre la mesa, tomo el primero de ellos, abatió la portada y mientras que nos miraba, seguía hablando y riéndose, miraba la página destinada para la dedicatoria, nos miraba de nuevo, reía, no paraba de hablar, hasta que de pronto hizo una pausa y se inclinó sobre la siguiente dedicatoria. Whisky lo sacó de su marasmo, con una expresión que parecía un balde de agua fría. “No soy Abraham. Me llamo Agustín”. El “Jefe de La onda” nos miró con escepticismo, releyó lo que había escrito y mientras un “Ay güey, me equivoqué” salía de su boca, garabateaba sobre la página uno el nombre equivocado.
Aprovechando el pequeño alboroto que provocó la pifia, aproveché para despedirme de él- José Agustín, tras completar la dedicatoria tachoneada, se levantó para corresponder el abrazo que le di como despedida, pero también como agradecimiento, tanto por lo ocurrido en aquella tarde-noche, como por lo que hizo conmigo como lector. Ahora, cuando miro la página tres de mi ejemplar de “Inventando que sueño”, pienso que Whisky tiene un ejemplar similar, con una enmendadura de la mismísima pluma de José Agustín.
viernes, 21 de octubre de 2022
Ha muerto el Marqués de Real del Monte
Imagino al pueblo en su bullicio habitual de medio día. Imagino la bruma endémica de octubre atenuar la luminosidad del sol de otoño, aderezando con un ligero sopor las calles sinuosas del pueblo de montaña. Imagino a un hombre, ataviado completamente de negro, envuelto en una capa y con un sombreo de oficial, dirigirse solemnemente al jardín central del pueblo, desenrollar el bando fúnebre y con voz firme proclamar: ¡Atención todos! Hoy ha muerto el Marqués de Real del Monte. Elevado momentáneamente sobre la punta de sus pies haría chocar los tacones de su calzado como la claqueta cinematográfica que da paso a una escena en que todos los pobladores que lo han escuchado detienen su andar para guardar un minuto de silencio.
Esto debería haber ocurrido el lunes pasado. Pero no fue así. A mi la noticia me sorprendió mirando una publicación en ‘feisbuc’. Entraba con mi hija a un sitio que expende ensaladas de todos tamaños cuando la querida doctora Verónica Kugelme dijo digitalmente que el maestro Luis Rublúo había fallecido. La muerte de un amigo siempre cae como un balde de agua fría sobre la espalda, siempre se siente como una punzada en el medio del pecho, siempre deja escapar un “¡Carajo!” que sorprende y a veces ofende a quien lo escucha, siempre hace recordar aquel verso esgrimido por el argentino Oliverio Girondo: “Muerte puta, muerte cruel.”
El pasado lunes 17 de octubre falleció el más longevo de los historiadores hidalguenses. Nacido en Real del Monte en 1940. Desde muy joven eligió la letra escrita para expresarse a pesar de la negativa de su padre. Ahí fue cuando adoptó el seudónimo (heterónimo, díra yo), del “Marqués de Real del Monte”. La coronación de su osadía juvenil en la prensa local sería cuando su padre le hiciera notar que ese tal “marquesderealdelmonte” escribía muy bien. A partir de ahí las alas de este autor se desplegarían para emprender un vuelo majestuoso en la literatura y la historiografía hidalguense.
Afincó su estancia en la Ciudad de México (que disputó en más de una ocasión su paisanaje) para estudiar Derecho e Historia. Desarrolló desde muy temprano una prolífica bibliografía que le permitiría navegar en diversos géneros como la poesía, el ensayo, la historia. Nunca se desligó de sus raíces mineralmenteses, ni hidalguenses. Encabezó instituciones culturales y escribió devotamente sobre su tierra. De todos los múltiples premios que recibió, dos los consideraba la confirmación de su hidalguía: el Premio de Ciencias y Bellas Artes, Hidalgo 1980 y la Charola de Plata de Honor en Real del Monte en 2008. Esto a pesar de haber recibido premios nacionales e internacionales que también recibieron en su momento personajes como Migule León Portilla.
Su producción literaria llega a los setenta libros. Cuatro de ellos me vienen a la memoria y descansan en los plúteos de mi biblioteca. El primero de ellos es “Juego de Palabras ( Antología inquieta de ensayos)”, publicado en el estado de Nuevo León, donde un joven Rublúo de treinta y ocho años hace gala de su vocación analítica y demuestra una pluma incisiva y dedicada; el segundo es “Viajes alrededor de la biblia”, en donde el autor ensaya su perspectiva franca sobre su fe y recrea pasajes que van más allá de lo dogmático; el tercero es un libro que tuve la fortuna de editar, “Efigie de caudillos”, la celebración que el autor hace de doscientos años de independencia y que apareció en 2012 majestuosamente editado por el Gobierno del Estado de Hidalgo y; “Real del Monte Virreinal, crónicas de un viejo mineral”, un volumen dedicado a su terruño (y que tuve el privilegio de conocer desde su manuscrito) que explora, desde la Conquista hasta el establecimiento de la nación mexicana, los avatares históricos de su pueblo, este libro fue publicado apenas el año pasado como un acto de justicia a la estatura del autor.
He tenido la fortuna de haber compartido con el Marqués de Real del Montemomentos entrañables. A lo largo de seis o siente años compartimos un desayuno que se prolongaba más allá del medio día; lo inauguramos en un restaurante tipo americano de la Calzada de Tlalpan (apenas a unas cuadras de su casa) y lo perpetuamos en el restaurante de un hotel que mira a la cara sur del Reloj Monumental de Pachuca. Lo que ahí hablamos, conforma un tesoro de conocimiento y amistad que guardo celosamente en la memoria y el corazón.
Lamento profundamente no haber asistido a la ceremonia que celebraba los cincuenta años del CEINHAC; el Centro de Investigaciones Históricas A.C., agrupación que ha fomentado, impulsado y construido la investigación histórica de Hidalgo desde 1972 y de la cual Luis Rublúo formó parte de su fundación. De haber estado allí, le hubiera saludado, abrazado y seguramente no le habría dicho cuánto le admiraba, cuánto le quería y cuánto añoraba nuestras pláticas.
Creo, fervientemente, que los restos de Luis Rublúo Islas, Marqués de Real del Monte, deberían descansar en la Rotonda de Hidalguenses Ilustres. Estoy seguro, que la nueva autoridad estatal, sensible a la cultura más que otras administraciones, hará lo propio para que esto ocurra.
Don Luis, mientras viva, no le voy a olvidar.








