viernes, 26 de abril de 2024

Mi “Rolas”, in memoriam


La muerte de un amigo siempre es un golpe devastador. Al inicio de esta semana la noticia de la muerte de Rolando García García me llegó como un latigazo de realidad. Como siempre antes este tipo de destellos de oscuridad, no quise creerlo en el primer momento, busqué la confirmación en el perfil de su pareja sentimental, otra querida amiga mía, y confirmé con profundo pesar la noticia. 

Rolando García fue un destacado periodista hidalguense. Lo conocí cuando ingresé a colaborar formalmente a Radio y Televisión de Hidalgo en el ya lejano año dos mil. De primera instancia compartimos transmisiones especiales como parte del grupo de conductores en informes de gobierno, aperturas de la Feria, festejos navideños, giras gubernamentales, etc. Pero poco a poco, llevados por las coincidencias que son lentas, pero pertinaces, descubrimos que intereses comunes nos unían más de lo imaginado: el rock, la literatura, el arte y la cultura en general. A partir aquellos años no perdimos la oportunidad de una buena charla y de la escaramuza inteligente de opiniones acerca de la actualidad del mundo, sobre todo cuando por alguna razón, tal vez el simple hecho de la visita, me sorprendía en las cabinas de radio donde era mi sitio permanente de labor profesional.

Astuto, inteligente, sagaz y sumamente profesional; su trabajo como reportero, conductor, productor de televisión y radio, y como articulista de prensa escrita, lo constatan. En algún momento de su devenir profesional comenzó a compartirme sus colaboraciones en semanarios y diarios pachuqueños: recuerdo ahora el semanario Óptica de recordado Beto Herrera y más recientemente La Jornada Hidalgo, donde hacía gala de su humor punzante y mirada perspicaz.

Además de su amistad, tuve la fortuna de ser llamado como invitado a sus proyectos de televisión cultura, sobre todo a “Mapa de nube”, una revista televisiva dedicada al arte y la cultura de Hidalgo donde charlamos un par de ocasiones ante la cámara como lo hacíamos en los pasillos de literatura. Y tuve la oportunidad de participar, también como invitado a uno de sus más hermosos proyectos (junto a Radamés Salanueva), una serie de cápsulas para recordar a otro grande de la cultura de nuestro estado, Ramsés Salanueva, y que fueron transmitidas en 2022. 

Desearía tener más claridad en los recuerdos que me unen a Rolando, pero la pena ata la memoria y la ancla al momento doloroso de la partida. Rolando, Rolax, Rolas lo llamaba anteponiendo el determinante posesivo de la primera persona del singular: mi Rolas. Apenas el doce de febrero intercambiamos unos mensajes de WhatsApp y nos despedimos con el firme propósito de vernos para darnos el abrazo escrito. Descanse en Paz. Le voy a echar mucho de menos.

viernes, 19 de abril de 2024

El triángulo re-invertido


Foto: insurgenciamagisterial.com

El invento más determinante, no el más importante, pero sí el que nos ha definido como sociedad en toda la historia de la humanidad es, sin lugar a dudas, la internet. A través de la red mundial de información hemos sido testigos de innovadores alcances de posibilidades que ya determinaban nuestra existencia en el siglo XX: la prensa escrita, la radio, el cine y la televisión. Incluso la posibilidad de acceder al catálogo de bibliotecas y archivos diversos resultó de gran utilidad para la investigación y la difusión del conocimiento. Las visitas virtuales a museos importantes y lejanos colocaron la cereza sobre el delicioso manjar que significa el aprender y estar informado.

Sin embargo, la aparición y después proliferación de las redes sociales aceleró la ya de por sí vertiginosa avalancha de información y datos diversos que llegan, literalmente gracias a los teléfonos inteligentes y las tabletas electrónicas, a la palma de la mano.

Por otra parte, las mismas redes sociales se han convertido en el escaparate para que aquellos sitios, que han perfeccionado el desarrollo de contenidos que antes eran privilegio de los medios de comunicación masiva del siglo pasado, difundan sus ofertas informativas a diestra y siniestra, con la gran ventaja de la segmentación que los algoritmos cibernéticos realizan de manera inmediata según nuestro perfil y comportamiento dentro de Facebook, X o Instagram.

Hasta aquí todo bien o más o menos bien. Quiero decir, bien, porque la posibilidad de acceso a todo tipo de información es una ventaja absoluta que tenemos quienes en este momento de la historia humana habitamos el planeta; no tan bueno, porque en esa vorágine de información muchas cosas valiosas se pierden, otras posibilidades desagradables, ociosas y aberrantes, alcanzan una divulgación inmerecida. 

Pero, he podido notar, en los últimos meses, que los sitios de información escrita, léanse diarios digitales, portales de noticias, etc., han comenzado a utilizar una práctica que contraviene la esencia de la “nota” como género periodístico. La “noticia”, como piedra angular del ejercicio informativo, debe ser escrita siguiendo reglas específicas que la definen y la diferencian de otros géneros; la principal de ellas es que debe ser escrita en forma de una pirámide invertida, es decir, la información principal debe aparecer al inicio del texto y el resto de la información, la complementaria, debe ser escrita hacia el final. La fórmula es muy simple y por ende, efectiva. Sin embargo, los sitios digitales de información le han dado la vuelta a esa pirámide que debe estar de cabeza para volver a colocarla sobre su base, es decir, la información principal suele aparecer hacia el final del texto, en ocasiones después de dos o tres párrafos que contienen información complementaria y en ocasiones incluso intrascendente. Pero, ¿Por qué dilatar la información principal, que por cierto, es el gancho para que el lector se interese en abrir el vínculo de la nota, contraviniendo todas las técnicas periodísticas? Llevo días con esa pregunta revoloteando en mi cabeza. La razón es tan simple como absurda, porque lo que buscan las plataformas no es informar de manera oportuna y expedita (a veces ni siquiera de forma veraz), sino de hacer que el lector se quede más tiempo en el sitio y que al avanzar en el texto confuso y soso pueda visualizar los anuncios de aquellos patrocinadores que los respaldan. 

Está práctica, más comercial que periodística, comienza a volverse un “ruido” dentro de la red y que si no se evita, puede perjudicar la percepción de credibilidad que muchos sitios han logrado en los internautas informativos. 

viernes, 12 de abril de 2024

Gabo y el último fruto de su ceiba


Acabo de terminar la lectura del último libro de Gabriel García Márquez. Esta expresión, “el último libro de…” pocas veces adquiere todo el peso de su significado. ¿Cuántas veces no hemos compartido con amigos la noticia de que acabamos de leer el último libro de fulano, autor que nos hace quedar como idiotas cuando al cabo de un tiempo lanza una novedad editorial. Sólo tras la muerte de un escritor, podemos asegurar que hemos leído su obra última, a veces póstuma y siempre y cuando los estudiosos de sus archivos no encuentren un folio perdido en los recónditos parajes digitales de un disco duro o en las polvozas carpetas de una estantería. Pero a pesar de esos riesgos, lo dicho por la familia y el editor de Gabo nos asegura que “En agosto nos vemos” es la última obra de ficción de Nobel colombiano; para delicia de sus lectores más fervientes y ocasión de sus detractores de temporada.

“En agosto nos vemos” es una novela breve que narra las visitas de su protagonista, Ana Magdalena Bach, a una isla del caribe colombiano donde se encuentra enterrada su madre. Cada agosto visita el cementerio para dejar flores la tumba materna y tomarse una noche de libertad como paréntesis a una vida apuntalada en un matrimonio perdurablemente estable y feliz. En esos visitas, que a lo largo de algunos años se repiten puntualmente, la protagonista va explorando sensaciones, sentimientos, recuerdos y sospechas que le van dando forma a su adultez y el inminente arribo a la edad tercera. 

El libro, sobra decirlo, es una delicia. Si bien por momentos puede parecer una obra inacabada, un boceto de algo que no se concluyo, por largos ratos podemos disfrutar del oficio de la pluma de García Márquez, la poética de sus ambientes, el grosor innato para describir a las personas por dentro y por fuera, de sopesar su presencia como narrador omnisciente para dar paso a que cada personaje se muestre en todo su esplendor. Hay páginas enteras donde los admiradores del colombiano podemos encontrarlo de cuerpo entero, literariamente hablando, fuerte y rozagante, blandiendo su narrativa con la agilidad de un esgrimista consumado. Sin embargo, el ritmo de la historia por momentos tropieza, se desbarranca en la sensación de que faltan líneas, párrafos, páginas para llegar al desenlace de un capítulo o para hacer patente el paso lento y desgarrador de un largo año en la vida de la protagonista. Sus descripciones, detalladas, precisas y determinantes, también dejan en el ambiente el aroma de que la historia daba para una novela grosa de esas que consolidaron su carrera literaria y que sus lectores guardamos en algún lugar de nuestra lista de libros favoritos.

En un principio, pensé que “En agosto nos vemos” era apenas el esbozo de un libro que daba para más. Sin embargo, al final de los seis capítulos de la historia, el último editor de Gabo, Cristóbal Pera, nos convida de la historia detrás del libro, rompiendo el mito que algunos sostenían con la consigna de que la novela había sido publicada contra la voluntad del autor. La historia de “En agosto…” inicialmente formaba parte de un proyecto más grande, un libro con cinco historias que hablaran del amor en la edad adulta. En 1999, Gabo compartió en una entrevista el hecho de que ya trabajaba en ese proyecto y que tenía dos de las cinco historias terminadas. Ante la imposibilidad de continuar con las historias faltantes, la primera de ellas se convirtió en la novela “Memoria de mis putas tristes”, ese sí, un libro menor en su obra y poco merecedor del genio de Gabo. La segunda historia, la de Agosto, fue publicada en parcialidades tanto en España como en Colombia y ocupó los esfuerzos de su autor hasta el año 2004, cuando puso punto final a la quinta versión de su manuscrito con la anotación clara de que le enorgullecía. 

Perea nos narra con apreciable nostalgia, las dificultades que Gabo enfrento con su memoria para poder concretar la versión final de este libro; los trabajos que realizó junto a la secretaría particular del escritor para perseguir los detalles más minuciosos en los archivos tanto digitales como los que custodia la Universidad de Austin, una vez que Rodrigo y Gonzalo, hijos del matrimonio García Barcha, decidieron compartir con los lectores este tesoro escondido. Por lo tanto, este último libro nos es un boceto, es una novela echa y derecha que no llegó a más por deseo y determinación propia del autor, que seguramente, consciente de las limitaciones que le iba poniendo al Alzheimer, quiso dar su último suspiro literario con una obra propia de sus más consagrados esfuerzos.

La obra literaria de Gabriel García Márquez es como una ceiba (árbol de su infancia caribeña y que aparece en repetidas ocasiones a lo largo y ancho de muchos de sus libros), de troncos altos y raíces tabulares, frondoso en el misticismo de un universo particularmente universal que le permitió lectores en todo el mundo y que abrió paso, junto a los otros autores del Boom, para que la literatura latinoamericana fuera reconocida con personalidad propia y temple imbatible; “En agosto nos vemos” es su último fruto y vale la pena probarlo.