sábado, 12 de julio de 2025
viernes, 4 de julio de 2025
El metaverso poético de Roberto López Moreno
“Qué extraña es la manera en que nos llegan las leyendas. No me refiero a las historias que se cuentan en las noches de apagones y tormenta. No. Me refiero a aquellas personas que, con sus afanes, han moldeado nuestra manera de nombrar al mundo; incluso sin saberlo. Escritores que hace tiempo se detuvieron a poetizar la realidad, cogiendo trozos de imaginación y largos remedos del telar del habla popular; palabras que suenan por aquí y por allá, en el trajín obstinado, en la cotidianidad pestilente, en las vísceras laberínticas de la ciudad que promete acoger a todos quienes a ella llegan, pero que, cual eterna diosa prehispánica, traiciona engullendo sin decoro a los inmigrantes, a los insondables, a los impertérritos, a los inocuos, a los inefables; a los que inevitablemente se han rendido a sus pies para habitarla.
“Pero en esa pléyade de carnada, hay algunos, los pocos, los ungidos por el bálsamo de la literatura, que han logrado domar el instinto del suicida y se han negado a arrojarse en el anonimato; por el contrario, contados son los que heroicamente enarbolan su intelecto para sublevarse a la medianía y dejar, como dicen las citas trillas, una huella en el lodo del tiempo y la realidad.
“Eses es el caso de Roberto López Moreno. De él llega a mis manos y a mis ojos una nueva edición de su clásico “Acá López, tú, el nosotros”. Desde el título me sorprende y me avergüenza; una frase rebuscada que busca atrapar al más ignoto de sus posibles lectores y que por alguna razón yo, lector obsesivo con rasgos de locura, no conocía. Ahí me encuentro a un poeta total y fragmentado; es él mismo, pero a la vez, es todos. Paisajista del lumpen capitalino, que se ha visto obligado a sustituir la fronda de su tierra natal, por la fonda donde comen aquellos que consiguen el pan con el sudor de su frente, de sus manos y de otras partes sudorosamente castas. Un poeta que se ha negado a asumir su condición de “llegado citadino” para asumirse como parte del monstro de las mil cabezas que se camuflajea como ciudad. ¿Es López una de esas mil cabezas? (Que digo mil, millones de cabezas.) No. Él es una lengua. ¿Una de tatas lenguas con las que esas testas se expresan? No, tampoco. Él es la reencarnación de “la lengua”, esa que se mueve al mismo ritmo de la vida entre las calles, los cielos y los infiernos, como viperina astucia, parlante venganza del dolor, la mugre y el destino fatal que todos tenemos impreso en algún recóndito lugar del corazón.
“Prestidigitador de la palabra, calculador y preciso. “Onomatopeyicamente” traduce lo que escucha: palabras que clava en la página como mariposas en un álbum lepìdoterológico y que, aletean cada vez que alguien las pronuncia. Sujeta las palabras del barrio, su barrio, como escupitajos que antes de caer al piso emparenta con parónimos y cacofonías que carga, a todas partes, en la bolsa de la camisa junto a la pluma; las encierra en la jaula del intelecto y las incita a aparearse para que muestren su lado oculto, su doble sentido, el sentido secreto, tal vez, el sentido verdadero.
“Describe la ciudad y a sus personas, a las personas y a sus sentimientos, a los sentimientos y sus contradicciones, pasiones, vicios, alegrías, extrañezas; bellezas, al fin y al cabo. Pero, además, se vuelve el personaje central, el antihéroe, el testigo, el suceso mismo; desde dentro del poema da un salto y se desdobla para sorprendernos, lo encontramos junto a nosotros, acompañándonos en la lectura de su poema y, cuando menos lo esperamos, desaparece para volverse otra vez poesía pura, dura; cura.
“Roberto López Moreno es un poeta de cepa y sepa la bola cuantos versos más seguirá obsequiándonos, obsequioso como es, en sus poemas. ¡Salve!”
lunes, 27 de enero de 2025
viernes, 17 de enero de 2025
Garibay, 102 años
Hace algún tiempo, reflexionaba en este espacio, por dónde empezar a leer a un escritor, por cuál de sus libros quiero decir. En aquel momento la reflexión surgía cuando abordaba a uno de los grandes novelistas de la literatura mexicana, el hidalguense Agustín Ramos. La cuestión es complicada cuando el escritor en cuestión continúa produciendo y llegaba a la conclusión de que se debía iniciar con el libro que se nos cruzara por el camino; la literatura está llena de milagros y estoy convencido de que toparnos con un libro en específico en un momento determinado resulta en una epifanía que no debemos dejar pasar.
En el caso de un escritor ya fallecido, el rumbo de nuestras pesquisas resulta menos incierto. Sobre todo si la relevancia de la obra de ese autor ha merecido unas obras completas o al menos una antología. Ese es el caso de Ricardo Garibay.
Cómo muchos saben Garibay nació en Tulancingo el dieciocho de enero de mil novecientos veintitrés. Pronto su familia se estableció en Ciudad de México y posteriormente el propio Ricardo se afincó en Cuernavaca hasta sus últimos días.
La obra de Garibay es muy vasta, suficiente para que las obras completas, publicadas por el gobierno de Hidalgo y editorial Océano en 2002, merecieran diez tomos de tamaño considerable cada uno y para navegar, con viento en popa, por el cuento, la novela, el testimonio, el teatro, el guion cinematográfico y el periodismo. Esa colección es una especie de mapamundi definitivo que podemos extender frente a nosotros y tomarlo como referencia para abordar una de las obras más importantes de la literatura mexicana del siglo XX; una que se ha vuelto un canon, me atrevería a decir.
Se sabe de su constancia en el oficio de leer y de su exigencia, implacable diría yo, en el oficio de escribir. Ante todo, don Ricardo era un lector que entregado al disfrute del idioma, un explorador de las palabras que desarrolló una facilidad envidiable para reproducir el habla popular de distintas regiones del país según sus personajes se lo exigieran. Puntilloso, apasionado, entregado en cuerpo y alma al ejercicio de escribir, buscó a toda costa la manera de vivir sin distraerse de su oficio con trabajos mundanos. Aun así, se encargó de encomiendas burocráticas en dependencias como la SCT, Canal 13 y la SEP; encontrando en cada lugar una forma de hacer literatura, escribiendo o hablando de ella. Son famosos sus espacios televisivos, en IMEVISION, la televisión de Morelos y Radio y Televisión de Hidalgo, donde acompañado de diversos intelectuales que escudriñaban todo tipo de temas literarios y por ende, de la vida misma. De los programas que se transmitieron en el canal 3 pachuqueño, existe un volumen espléndido que recoge algunas de esas charlas y que es autoría del arquitecto Luis Corrales Vivar-Cravioto; se llama “Diálogos hidalguenses”.
Quienes tuvieron con él un trato de amistad le recuerdan siempre como un caballero, aun cuando era conocido su carácter reacio, altanero, avasallador. Hacía sus últimos años de vida la exasperación llegaba más pronto que tarde y prefería recluirse en su soledad contenida en su estudio. Hay dos libros más que quisiera mencionar. El primero es “Sendas de Garibay” del escritor y editor Ricardo Venegas, se trata una colección de ensayos, anécdotas y entrevistas que Venegas fue construyendo en múltiples visitas al insigne escritor allá por la década de los noventa. El segundo se titula “Señor mío y Dos mío / Ricardo Garibay: La fiera inteligencia”, obra de Alejandra Atala que da cuenta de los últimos días de la vida de Garibay y de los primeros de la eternidad de Garibay; en una especie de diario Alejandra reflexiona sobre la presencia de don Ricardo en su vida intelectual y personal.
La autenticidad de Garibay le granjeó un sinnúmero de enemistades en el ámbito literario, a lo que se le achaca el escatimo de premios que merecía su pluma. Sin embargo, en lo que va de este siglo, por fortuna, su obra se ha revalorado y ha encontrado nuevos caminos para llegar a las manos de los lectores jóvenes; camino ideal para que el pensamiento de un hombre como Garibay, perdure en el tiempo.
Paso cebra
Este sábado 18 de enero, estaré en la ciudad de Tulancingo con el honor de compartir mesa de conferencia con el querido y admirado Agustín Ramos; ambos hablaremos, desde la perspectiva personal, de la obra de Ricardo Garibay. La cita es a partir de las 4 de la tarde en el Centro Cultural que lleva el nombre del ilustre autor de “Beber un cáliz”. Ojalá que puedan acompañarnos. Nada es mejor para la memoria de un escritor que sus lectores se encuentren y le lean.
viernes, 10 de enero de 2025
La triste e increible historia de la América Mexicana y su Trump desalmado
Por los pasillos digitales se deja sentir el cotilleo desatado por los recientes e hilarantes pronunciamientos del presidente electo de los Estados Unidos, Donald Trump.
Si bien, en los primeros días tras la arrolladora victoria que obtuvo en las urnas parecía que su discurso tendía a mesurarse, dejando atrás los disparates de la campaña y centrándose en los problemas medulares que convensieron al electorado. Los enérgicas posturas anti-woke y el freno total a las ideologías de género en las escuelas, sumando otras minucias que van contra la agenda 2030 (ahora 2045), consolidaron las simpatías de sus seguidores y le granjearon las voluntades que se mantenían indecisas aun después de la elección; incluso las propuestas antimigrantes y de la posible intervención militar para combatir a los cárteles dentro de nuestro territorio quedaron opacadas.
Sin embargo, al arrancar el nuevo año, Trump regresó a la arena mediática con una serie de declaraciones que vuelven a posicionarlo en la categoría de “borracho de cantina / peleonero de banqueta”. Además de insistir que va a quitarle la isla de Groenlandia a Dinamarca para anexarla, junto a todo Canadá a los territorios de los EUA, intensiones que por supuesto no le han hecho gracia a ninguna de las naciones aludidas. Además, don Donald, insinuó que usaría la presión económica y posiblemente militar para retomar el control del Canal de Panamá; sin dejar de lado el amague con las deportaciones masivas de inmigrantes latinoamericanos.
Pero la gota que ha derramado el vaso de la estupidez ha sido el capricho de cambiarle el nombre al Golfo de México por el de Golfo de América, pues, en parafraseo Trumpesco, “les pertenece a los gringos”. La reacción de la presidenta de México no se dejó esperar y mostró un mapamundi de 1607, tal vez el primero que intentaba dar una perspectiva total del mundo, donde el territorio de nuestro país cubre gran parte del ahora territorio norteamericano, llegando por el norte más allá de San Francisco y por el sureste hasta La Florida, designándolo como “América Mexicana”. Es por esta razón que al trozo de mar interior entre la península de Yucatán y la ya señalada Florida se le llamó Golfo de México. Si tomamos en cuenta que la fundación de los Estados Unidos data del 4 de julio de 1776, el golfo ya tenía 169 años de llamarse como se llama. Otro dato interesante es que el nombre de América Mexicana era común cuando en 1814 José María Morelos y Pavón lo incluyo en la Constitución de Apatzingan, antecedente de la primera constitución de nuestra nación.
Lo que sigue en este drama binacional seguramente será que, el congreso gringo aprobará el supuesto “cambio de nombre” al golfo y se dará una batalla mediática para tratar de imponerlo; cruzada infructuosa al paso de los años cuando se volverá a la designación conocida y aceptada por todos los organizamos internacionales. Lo mismo ocurrió con Bush hijo, cuando trató de lavar la afrenta de que el gobierno de Francia no quiso apoyarlo en su intervención militar en Irak, pidiéndole a los norteamericanos que cambiaran el nombre de “French fries” por “Free fries” para ordenar unas papas en la ventanilla de comida rápida. Sobra decir que si alguien llegó a hacerlo, el nuevo nombre “libertario” pronto fue olvidado.
En fin que los disparates el inquilino que entra a la casa blanca la próxima semana será nuevamente el sello de una administración que prometía más de lo que su “razón” puede lograr.
viernes, 27 de diciembre de 2024
El penoso deber de mirar caer a los héroes
Hay quien opina que nunca deberíamos atestiguar la caída de nuestros héroes. Sin embargo, al pasar de los años, la falibilidad de aquellos que admiramos otorga una dimensión distinta a nuestra propia manera de ver las cosas, a perspectiva y en directo; una sensación de desolación mezclada con un poco de satisfacción de haber cumplido la difícil tarea del deponente de una desgracia. Esa sensación de desamparo me ha acogido durante la lectura de “La ciudad y sus muros inciertos” la más reciente novela del japones Haruki Murakami y, aunque mi objetivo principal como reseñista es el de contagiar el entusiasmo que me ha provocado la lectura de algún libro (procuro no escribir sobre libros que no me gustaron), la relación de amistad literaria que me une con el autor de hoy me obliga.
Mi relación lector-escritor con Murakami no tiene ni diez años. Fue en dos mil quince cuando leí con avidez una novela de la que había escuchado muy buenos comentarios: “Tokio Blues”. En cinco días repartidos entre aquel diciembre y su subsecuente enero, descubrí un autor cautivante con una historia que, un poco más, un poco menos, hablaba de un trozo de mi propia juventud. A partir de esa epifanía fui explorando ya un total de catorce libros hasta el chasco de la semana pasada. Falta decir que en esas lecturas repartidas en los últimos nueve años incorporé al menos tres libros a mi lista de preferencias personales: “Los años de peregrinación del chico sin color” (la que considero la mejor novela de Murakami y de la que estuve hablando ayer en un café con mi querido y viejo amigo Arnulfo Islas), “Crónica del pájaro que da cuerda al mundo” y “De qué hablo cuando hablo de correr”.
Sin embargo, la lectura de “La ciudad…” fue verdaderamente agonizate. Ya desde los dos títulos anteriores, “La muerte del comendador” (tomo I y tomo II) y el libro de cuentos “Primera persona del singular”, Murakami comenzó a perder el brío que le caracteriza como autor. En “La muerte del…” pude ver a un escritor que dilataba demasiado las escenas, que se aburría en los ambientes descritos y por momentos divagaba en reflexiones que ya habíamos abordado páginas atrás; mientras que en “Primera persona…” se apareció como un autor ávido de entregar el libro a la editorial sin haberlo concluido del todo; cuentos aparentemente sin terminar, pues. El resabio perduró, pero no fue determinante para que, como ferviente lector de Murakami, no le diera la oportunidad a la nueva novela.
“La ciudad…” tropieza desde el principio develando el detonante narrativo de la historia: la relación amorosa (a un nivel platónico) que engarza las vidas de un joven y una joven en la adolescencia y la cual será resuelta al paso del tiempo, en la adultez. Este argumento resulta repetitivo en relación a otras novelas del japones (como “Tokio…” y “Los años de peregrinación…”, por citar sólo dos), sin embargo hasta ese punto podría ser una propuesta, que, aunque conocida por sus lectores, se resolviese de manera novedosa en cuando a sus libros anteriores. Sin embargo, la esperanza dura poco cuando a la historia Murakami le adosa un mundo de fantasía donde el adorno principal son unicornios salvajes, pero gradualmente domesticados (vaya contradicción). Aun cuando el autor nos ha presentado historias oníricas o incluso inmersas en la fantasía (pienso en los misteriosos sueños eróticos que navegan por “Crónica del pájaro…” y los personajes de pinturas tradicionales que cobran vida en “La muerte…”), todas habían sido cuidadas con la quirúrgica manera en que un escritor va surciendo, de manera oculta, el interior de una historia que nos resulta verosímil; característica imprescindible, esta última, para que el lector se quede. A partir de ahí, hablo de las primeras veinte páginas, la novela tropieza con todo lo que encuentra y va aflojando la cuerda con que se sostiene la atención de un lector hasta dejarlo caer por la borda a un mar enrarecido de más de quinientas páginas. Una verdadera lástima.
Esta experiencia lectora me recuerdo algo que leí en el muro de un colega, parafraseando, “Lo que importa son los libros, no los autores que tanto se ensalzan”. Es cierto. Aun cuando uno recurre a autores que ha disfrutado como una apuesta segura, ninguno es infalible y pude darnos con una chanada en las narices (como por ejemplo, “Memoria de mis putas tristes” del Gabo), presentando libros no tan buenos como los anteriores o los que nos han gustado; es natural que un autor tenga altibajos en su obra, sobre todo si ha sido prolífica. Y aunque no ocurre en todos los casos, a veces los libros postreros de un autor van perdiendo el lustre de los primeros. En el caso de Murakami la tendencia es en picada.
Paso cebra
Esta es la última columna del año. Gracias por su lectura semanal y permanente. Deseo de corazón que los anhelos que le rodean a usted y los suyos, sean cumplidos. Nos leemos en el 2025.
viernes, 13 de diciembre de 2024
La literatura, soledad y compañía
Escribir es un oficio solitario. En general, si lo piensa usted bien estimado lector, la literatura es en esencia un quehacer solitario. Se escribe en aislamiento, arrebatando tiempo a los amigos, la familia, los amantes. Pero también se lee en retiro, a solas, aunque leamos en el transporte atiborrado de la hora pico, nos encontramos sumergidos en la intimidad solitaria, en todo caso compartida con el autor, de la lectura. No soslayo en absoluto los círculos de lectura, por el contrario, me parece admirable el arrebato de compartir con otros ese disfrute individual. Yo, como seguramente ya ha adivinado usted, padezco un pudor lector terco e irrenunciable; el egoísmo propio del bibliófilo.
Sin embargo, el acto de escribir tiene otra cara, como una moneda que llevamos oculta en el bolsillo y que resguardamos como amuleto; seguramente porque nos fue obsequiada por alguien especial o simplemente porque su valor financiero se ejerce en otras latitudes. En esa cara oculta, ya sea sol o águila, se ocultan las presentaciones literarias. La fiesta en que el escritor abandona la soledad de su estudio para celebrar el acto mismo de la literatura, en el mejor de los casos con lectores interesados en sus dichos de papel y, aunque se comparta en voz alta el contenido del lanzamiento editorial, apenas se lee algo como anzuelo que sumerja a los posibles lectores en la soledad lectora de la que hablábamos antes. Son pues, encuentros fugaces de individuos que no ven la hora de adquirir el libro presentado, dar por concluida su asistencia en el acto y escapar a toda prisa a la soledad de su lugar favorito para leer. No se diga el autor, que regresa del agasajo revitalizado por la felicidad que implica haber presenciado un milagro: la conclusión de ese largo, atemporal, ubicuo e improbable círculo de comunicación que significan los libros.
Digo todo esto al final de la gira de presentaciones de mi último libro; una selección personal de mi trabajo como periodista cultural y que até bajo el mismo nombre de esta columna: “Transeúnte solitario”. Fueron catorce semanas de presentaciones, entrevistas, viajes, charlas, visitas, comidas, abrazos, comentarios, de desavenencias y convites, de organizar, agendar y atender las fechas pactadas, de disponer los días enteros alrededor del libro y de amor, mucho amor, sobre todo amor. Así fue como la Troyana, que por suerte en esta gira me acompañó a todas partes, describió lo que ocurría en cada actividad: ¡Cuánto amor!, dijo mientras admiraba lo refulgente que puede ser la cara oculta de mi actividad como escritor, lustre que sólo otorga la presencia de los lectores en la vida de quien esto escribe. Gracias a todos quienes participaron de alguna forma en esta oblonga y refrescante celebración. A todos ustedes, de corazón, muchas gracias.
El libro en cuestión casi agota existencias por lo que he regresado a la faceta principal, vocación verdadera, del escritor: la soledad del escritorio de trabajo. Retomo las tareas cotidianas y encaro un nuevo proyecto literario, ambicioso y desafiante que por el momento me entusiasma más que atemorizarme. A ver cuánto me dura la valentía.
Paso cebra
Para terminar, una confesión: retomar hoy esta columna, tras catorce semanas de no escribirla, ha sido un gran reto para mí. Al iniciarla, los dedos bailotearon torpemente sobre el teclado de la mac, pero, a estas alturas ya parlotean con usted, descarados y vehementes, en esta soledad acompañada en la que coincidimos usted y yo, por fortuna, cada semana. Gracias por su lectura. Hasta la próxima semana.
viernes, 11 de octubre de 2024
¿Quién es la Nobel de Literatura 2024?
Imagen: Academia Sueca
Con mucha sorpresa se recibió, tanto en los círculos literarios como entre los lectores en general, la noticia de que la Academia Sueca había designado a la escritora surcoreana Han Kang como Premio Nobel de Literatura 2024.
A partir del escándalo que se desató en 2018, sobre la filtración de los nombres de los candidatos y sospechas de corruptelas en la designación de los ganadores del premio literario más prestigioso del orbe, la Academia ha sorprendido cada año con designaciones que se alejan mucho de las quinielas literarias, las estadísticas de ventas y la fama mediática de aquellos escritores que supuestamente son “favoritos” o “merecedores” del Nobel.
La falibilidad de estas “ternas” radica en que la muchedumbre aficionada a la literatura (y los juegos de azar) observa en los escritores propuestos aspectos que van más allá de su calidad literaria, la cual sin duda, es de primer nivel pues encontramos siempre enlistados a autores como Salman Rushdie, Anne Carson, la china Can Xue, el maravilloso Mircea Cărtărescu y hasta el más vendido en las estanterías Haruki Murakami. Pero la Academia ha demostrado que, desde hace por lo menos ocho años, ha apostado por autores que tienen una sólida trayectoria literaria más o menos alejada de los reflectores digitales, la cual ha sido construida con una observación íntima y precisa de la condición humana de aquellos que hemos habitado los últimos años del siglo XX y lo que va del XXI.
Es así que, la Academia Sueca dijo que la obra de la surcoreana "confronta traumas históricos y conjuntos de reglas invisibles". Además, "Tiene una conciencia única de las conexiones entre el cuerpo y el alma, los vivos y los muertos, y en su estilo poético y experimental se ha convertido en una innovadora de la prosa contemporánea".
Han Kang nació en noviembre de 1970 en Ciudad Metropolitana de Gwangju, Corea del Sur. Su padre, Han Seung-won, era novelista he influyo determinantemente en el camino literario de su hija. Sus primeros poemas aparecieron en la revista surcoreana “Literatura y sociedad” en 1993. Dos años después publicó su primer libro de relatos titulado "El amor de Yeosu".
Su obra más reconocida es "La vegetariana", publicada en tres partes desde 2007. Este libro la hizo acreedora al prestigioso premio Booker Internacional en 2016. Además de este libro pueden encontrarse en español los libros “Blanco”, “Actos humanos” y “Lecciones de griego”.
Su prosa poética engloba historias de un de una profunda humanidad donde describe la lucha permanente del ser humano por enfrentar sus limitaciones, sean físicas o emocionales, para superar los límites que nos encierran en la deshumanización del mundo moderno. Precisamente en "Lecciones de griego" (aparecido apenas el año pasado), Han explora la relación de un profesor de griego que está perdiendo la vista y una mujer que ha perdido su capacidad de hablar; en ello el destello del amor, se asoma.
Han Kang se convierte en la primera mujer asiática en recibir el Nobel de Literatura y ocupa el lugar 18 en la lista de mujeres que han sido galardonadas con este premio.
Enhorabuena para la literatura surcoreana, para la literatura escrita por mujeres y para la literatura universal.
viernes, 4 de octubre de 2024
Presidenta con “a”
Sin duda alguna, presenciar la toma de protesta de una mujer a la presidencia de la república ha sido un hecho conmovedor. Más allá de las filias y las fobias políticas, el hecho en sí, es más que un hito histórico en México; significa un cambio radical en el esquema de los roles de género, sociales y por supuesto políticos que, a pesar de lo que se diga, siguen siendo sesgadamente tradicionales.
El inicio de un nuevo sexenio, encabezado por Claudia Sheinbaum, genera una serie de expectativas y renueva las esperanzas de corregir los rumbos que se presumen inciertos en una serie de políticas establecidas por AMLO que han generado descontento e incertidumbre en sectores de la población que no se contaban en los detractores de la 4T, por el contrario, eran grupos sociales que miraban con aprobación la llegada de la izquierda a la posición más alta de la política nacional. Creo fervientemente que, si su partido y la sombra de Andrés Manuel la dejan, la doctora podrá imprimir un sello personal a su presidencia que cambiará definitivamente la forma de mirar y ejercer el poder, y el acceso de las mujeres a esas posiciones. Reitero, si la dejan, podríamos pensar en que el suceso de tener una presidenta de México pueda repetirse dentro de seis años y un poco más.
Debo confesar que la única incomodidad que me generaba la posibilidad de que una mujer ganara la elección presidencial era de tipo lingüístico. Me explico. La palabra “presidente” significa “quien preside”, explicado burdamente es “el ente que preside”, por lo tanto incluye ambos géneros. De tal manera una mujer es “atacante” o “donante” y no “atacanta” o “donanta”. Hasta ahí, la resolución idiomática me era sencilla y me disponía a pasar seis años (cuando menos) discutiendo sobre el uso correcto de la “presidente Sheinbaum”. Pero como detesto a los quejosos, sobre todo a aquellos que querellan sin fundamento, me sumergí en la gramática española para sustentar mi perorata.
Cabe aquí una anécdota personal. Durante varios años me dediqué profesionalmente a escribir discursos sobre temas educativos. El primer tropezón en aquella andanza fue la obligatoriedad de usar el mentado “lenguaje inclusivo”. No me refiero a las idioteces de “todes”, “alumnes” o “amigues”, sino a la exigencia del “alumnas y alumnos”, “maestros y maestras”, “las y los estudiantes”, haciendo de los mensajes un trompicar continuo e innecesario. Si embargo, tras largos debates con mi entonces jefe (un viejo amigo al que quiero enormemente, Juan Benito Ramírez), juntos llegamos a la conclusión que el hecho de llevar ciertas palabras a la reiteración de ambos géneros era una deuda histórica de la peor ofensa social que ha azotado a este país: la invisibilización de las mujeres. Por lo tanto, mencionarlas significaba la reivindicación de su derecho a ser vistas, de reconocer su presencia y la importancia de su quehacer en todos los ámbitos sociales. A partir de ese día, deje de escribir esos discursos malhumorado.
Resulta entonces que el malhumorado lingüístico ocasional que esto escribe, encontró que la Real Academia de la Lengua Española, efectivamente ha aceptado el término “presidenta” ¡desde hace más de dos siglos! El registro académico en el diccionario de un femenino válido en términos como “dependienta”, “asistenta”, “infanta” o “intendenta” data de ¡1803! Esto incluye por supuesto, la designación de “presidenta”.
Una vez aclarado que nombrar a una jefa de estado “presidenta” no corresponde a las caprichosas modas del lenguaje “inclusive”, sino que tiene un fundamento lingüístico basado en “la presencia de las mujeres en distintos campos (que) ha dado lugar a la flexión con la partícula -a en nombres de profesiones u oficios”, según la nota de la misma RAE, le doy la bienvenida a la nueva presidenta de México, deseando que le vaya bien para que le vaya bien a esta patria, todavía tan maltrecha y tristemente dividida.
viernes, 20 de septiembre de 2024
Pachuca bajo el agua
Hace un poco más de setenta y cinco años, el veinticuatro de julio de mil novecientos cuarenta y nueve, Pachuca sufrió la peor inundación de su historia, significando la catástrofe más grande del siglo XX airoso. Según nos cuenta Juan Manuel Menes Llaguno, Cronista del Estado de Hidalgo, en su libro “Pachuca: Un tiempo y un espacio en la historia”, por ahí de las cuatro y media de la tarde un aguacero de no más de diez minutos azoto el centro de la ciudad, pronto se convirtió en una llovizna que no asustó a nadie. Lo que en ese momento nadie sospechaba es que el pírrico diluvio era el reflejo de una tromba que se había cernido al norte de la ciudad y que había descargado una considerable cantidad de agua, así lo narra Menes: “(…) el enorme torrente recibido en la cañada, pronto encontró camino entre los escarpados cerros de San Cristóbal y la Magdalena y se precipitó sobre el reducido cause del río de las Avenidas, arrastrando a su paso, piedras, troncos y un inmenso caudal de lodo, que al llegar al puente sobre el que estaba construido el Mercado Juárez, fue apilando rápidamente todos aquellos materiales hasta formar en ese lugar un dique que impidió el libre paso del agua.” En minutos las calles de Zaragoza, Allende e Hidalgo quedaron bajo el agua; el nivel cubrió algunas marquesinas y las fotografías del suceso son verdaderamente impresionantes. En su momento se identificaron sesenta y siete y alrededor de cien desaparecidos; sin embargo, nunca se dio a conocer un balance final de la tragedia en cuanto al coste humano.
Este hecho histórico de nuestra ciudad ha estado dando vueltas en mi cabeza desde hace días, cuando tiro por viaje, Pachuca y su zona conurbada se ha visto azotada, sorprendida pordría decirse, por trombas que han convertido múltiples vialidades en verdaderos canales improvisados para que la cantidad de agua pueda encontrar fuga. La venencia accidental aflora lo mismo en las calles del centro de la ciudad, las colonias cercanas a ella, pero también y sobre todo en las colonias que se han asentado en el sur de la ciudad y que navegan, literalmente hablando, en las colindancias con Zempoala y otros municipios conurbados.
Tal parece que hemos olvidado que el crecimiento urbano, razón y consecuencia del desarrollo económico y social de la ciudad, trae consigo retos para los que probablemente no nos hemos preparado. No sorprende que los aguaceros aneguen las colonias sureñas de Pachuca, pues todas ellas están asentadas en antiguas tierras de cultivo; por el contrario es raro que lugares que hasta el año pasado no sufrían de problemas de encharcamientos (considerando charcos tamaño llorarás) ahora se vean sobrepasados por los niveles de la corriente que lo mismo traer basura que piedras y lodo. El agua tiene memoria, dicen, y está claro que recuerda muy bien que antes de nosotros, ella recorría los lares a entero placer… y le gustaba retozar en ellos.
Las inundaciones también han ocurrido en otros lugares; desde la zona conurbada de la CDMX, hasta otras ciudades como Monterrey, Guadalajara, Querétaro, Puebla y otros. También la amenaza está presente en municipios hidalguense que ya han visto desgracias provocadas por las inundaciones en otros tiempos como Tulancingo y Tula, con el terrible desbordamiento del río Tula hace no muchos años.
No es raro que una de las obras más grande de infraestructura urbana en la ciudad de México durante los últimos años sea el Túnel Emisor Oriente, un conducto de dimensiones insospechadas que pretende mantener a la capital a flote; sin conseguirlo del todo.
A setenta y cinco años de la peor tragedia provocada por agua en la ciudad de Pachuca deberíamos tomar medidas, determinantes y urgentes, para que estas inundaciones de temporal (que debemos asumir como una constante ascendente en los próximos años debido al cambio climático), no desemboquen en una desgracia más grande de la que ya le ha provocado a los afectados; debemos evitar a toda costa que los niveles de agua y la ferocidad del torrente no nos cobre una factura más alta que la de mil novecientos cuarenta y nueve.
viernes, 13 de septiembre de 2024
Poquísimas nueces para el ruidero digital
Uno de los tantos gustos que comparto con la Troyana es la radio hablada. Al conocernos descubrimos que en nuestra juventud primera escuchábamos las mismas estaciones y preferíamos el mismo tipo de música, con excepciones que no comprendemos el uno del otro; INXS a mí me parece sobrevalorado y a ella Génesis le resulta incomprensible. Sin embargo el gusto por escuchar como forma de adquirir información es compartida. Así coincidimos también como escuchas del recordado Germán Dehesa y otros líderes de opinión (iba a usar el adjetivo “intelectuales” pero no siempre son la misma cosa) que han emigrado con mayor o menor éxito a los podcasts y que continúan en la preferencia auditiva de la mujer que tomó el riesgo de casarse conmigo y que mientras yo escribo esto escucha apoltronada en los sillones del jardín a Martha Debayle.
Quien no ha emigrado del todo y menos de buena gana al mundo de podcast soy yo. Llámeme usted antiguo estimado lector, pero encuentro caótico el enlistado masivo de opciones que ofrecen las plataformas sonoras; me hace falta la estructura lineal de la radio, horizontal en el cuadrante, vertical en la programación. Tantas opciones me apabullan y pronto extinguen la curiosidad que me llevó a buscar algo nuevo e interesante.
Pero lo que verdaderamente mata mi deseo de sumergirme en el mundo del podcast e incluso de los canales de YouTube es el sensacionalismo trivial con que se proclaman. Me explico. Hace varias semanas, después de acompañar el desayuno con “El Noti” (un podcast informativo que es de lo mejorcito que uno encuentra en “cibersonoroespacio”), el dial digital nos condujo a un contenido titulado, parafraseando, “El primer asesino seria de mujeres en México”. De entrada la frase resulta interesante si lo que estamos por escuchar es un documental sonoro sobre la historia de Goyo Cárdenas, el criminal considerado como el primer asesino serial en nuestro país, o digamos, escuchar el descubrimiento que algún historiador hizo al desmenuzar los informes policiales de finales del siglo XIX que habrían confirmado que Francisco Guerrero Pérez, mejor conocido como “El Chalequero”, era realmente el macabro pionero del asesinato sistematizado y continuo, y quien fue encontrado culpable de asesinar alrededor de 20 prostitutas entre los años de 1880 y 1888 en la Ciudad de México.
Pero no. El podcast, con su versión de video, versa sobre la conversación con un reo de no más de 35 años de edad que se encuentra recluido en alguna cárcel de la ciudad de México por el asesinato de sus padres; es decir, por parricida y matricida. En eses caso “la serie” de crímenes resulto muy corta. No demerito a la conductora quien se presenta como experta en temas relacionados con crímenes de todo tipo y quien dejó muy claro durante la charla que sí conocía, al menos, la historia de Goyo Cárdenas; lo desconcertante es que el título del material, sea una ocurrencia de algo que se dijo durante la entrevista y que resulta ser solamente un dato periférico y no el meollo de la conversación. Es decir, un sensacionalismo torpe y epidérmico; ya lo decía Shakespeare, “Mucho ruido y pocas nueces”.
Me gustaría pensar que el o los profesionales que se encargan de titular estos programas están distraídos, tienen una sobrecarga de trabajo que no les permite el tiempo necesario para analizar el resultado de lo grabado y encontrar un título que englobe la esencia del trabajo. Pero lo que creo más probable es que la ligereza con que se denominan o cabecean (para usar el argot periodístico) estos materiales obedece más a la escasa cultura general de quien lo hace, agravado por el nulo instrés por la investigación (miren que el dato del Chalequero lo conseguí en una deslustrada y apresurada indagación por la Red). Cabe observar que los nuevos profesionales de la comunicación que han egresado recientemente y han comenzado a laborar en estos espacios, pertenecen a la generación Millennial, la misma a la que en años recientes agarrábamos de chacota por tener en sus filas a seres que creen que están descubriendo el mundo y que antes de ellos nada existía. Pensándolo bien, la mofa resultó ser una realidad que ha comenzado a dar molestias y pena ajena.
Paso cebra
No crea el lector que me he olvidado que debo la segunda parte de la conversación que tuve con los escritores Ricardo Stern y Rogelio Perusquía en la pasada FUL 37 sobre la novela del primero “Hablan despiertos”. Es que se me atravesó la urgencia de la reflexión de hoy. Nos leemos la próxima semana.
domingo, 1 de septiembre de 2024
En septiembre regresa El Ojo de Faetón
Les hacemos una cordial invitación para acompañarnos a este nuevo ciclo de ponencias y conversatorios que se realizará en la ciudad de Pachuca. El espacio anfitrión en esta ocasión es el Foro Cultural Casa Amajac, un lugar para la creación, la promoción y el disfrute de las artes (Av. Río Amajac 203, colonia Terrazas).
PROGRAMA
Sesión 1 • Apertura
Sábado 7 septiembre, 16:00 hrs.
«José Gorostiza y Philipp Mainländer»
La aventura poético-filosófica hacia la Nada
Ponente: Ernesto Moreno
Modera: Daro Soberanes
Sesión 2
Sábado 14 septiembre, 16:00 hrs.
«El taller literario con infancias y juventudes»
Ejercicios de escritura poética desde la creación colectiva
Ponente: Laura Esperanza
Modera: América Femat Viveros
Sesión 3
Sábado 21 septiembre, 16:00 hrs.
«¿A quién le pertenece esto que está escrito?»
Reflexiones en torno a la relación entre el autor y ¿su obra?
Ponente: Irving Jesús Hernández Carbajal
Modera: Juan Guillermo Lera
Sesión 4
Sábado 28 septiembre, 16:00 hrs.
«El lugar de las imágenes en la poesía»
Un acercamiento a los conceptos de El Arco y la Lira desde la antropología de la imagen
Ponente: Perla Ibarra
Modera: América Femat Viveros
Sesión 5
Sábado 5 octubre, 16:00 hrs.
«El Coloquio de las perras»
Luna Miguel: la ira y la recuperación histórica de las mujeres en la literatura de Latinoamérica de los años 90
Ponente: Tania Martínez Suárez
Modera: Daro Soberanes
Sesión 6 • Clausura
Sábado 12 octubre, 16:00 hrs.
«En busca de la palabra silvestre»
Un acercamiento a la ecopoesía latinoamericana
Ponente: Jovany Cruz Flores
Modera: Juan Guillermo Lera
Evento presencial (Entrada libre). Transmisión en vivo vía la página del círculo.
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El panóptico de poesía es un encuentro inexorable en su debate, pero de ningún modo concluyente en sus afirmaciones, ya que no consideramos ni definitivo ni fehaciente cualquier argumento ante la naturaleza de la poesía; todo es más acorde a la pluralidad, el reconocimiento y la tolerancia en que el círculo se desenvuelve.
El Ojo de Faetón no forma parte de ningún programa institucional público o privado, por lo tanto, es autónomo, autogestivo e independiente.
Coordinadores del círculo:
Alejandra Estrada Velázquez, América Femat Viveros, Daro Soberanes y Juan Guillermo Lera.
lunes, 26 de agosto de 2024
"Transeúnte solitario" se presenta en la FUL 37 este martes 27 de agosto
viernes, 23 de agosto de 2024
Una manzana en trozos o la poesía de Sebastián Montiel
Hace unos días durante un taller de modernidad poética en el que participo como estudiante, atribuí al poeta equivocado unos versos muy conocidos: “Hoy me gusta la vida mucho menos, / pero siempre me gusta vivir. / Ya lo decía.” En un principio creí que eran de Benedetti, tras dudarlo un momento aseguré que eran del chiapaneco Sabines. El lector sabrá disculpar la pifia literaria que cometí y la cual tarde varios días en identificar; los versos pertenecen al gran César Vallejo. Sin embargo, confundir esos versos, que son algunos de mis favoritos sobra decir, tienen como origen que es la vida y la condición en que la vivimos los poetas, el lei motiv primigenio de la creación poética. Desde el ya mencionado Vallejo, pasando por Pessoa, Whitman, Baudelaire, y un largo etc., los poetas se muestran como seres heridos de realidad, enfrentados, en una dualidad que toca en la otra orilla la fascinación, con la época que les ha tocado vivir.
Caída tras caída / Me iba doblegando / como una planta marchita / por la sequía de la desesperación.
Por tanto Sebastián Montiel se manifiesta como un poeta en esa estirpe esencial da cuenta de su propia lucha, que en su caso, tiene dos frentes, el mundo que le rodea, y la particular condición física que le ha determinado en ese mundo. Abordo primero las batallas con el exterior.
(…) soplamos al invento de las discordias de las leyes cotidianas / y unos a los otros se arraigan en la quejumbre (…)
Sin ser el rasgo principal, me alegra encontrar en este nuevo poemario la crítica propia de quien no se encuentra agusto en el mundo, rasgo inequívoco del artista, que determina el carácter de rebeldía que todo escritor debe de portar como arma de cargo; es la necesidad de transformar la realidad que despreciamos en el arte que nos haga reflexionar.
Los aludidos van por ahí, / convenciendo votos a cambio de promesas; en la hielera, los afluentes del gentío.
Pero el enfrentamiento con el mundo “de afuera” parte de su contemplación, de la influencia que provoca en nuestros sentidos, en la experiencia vivida que tenemos de aquello que nos toca, que nos seduce el paisaje; a más pura usanza del poeta ingenuo de Schiller, no entendido como el vate bobalicón, por el contrario, aquel que ha quedado atrapado en el poder de la naturaleza y desata a partir de ella sus pensamientos y sus emociones.
(…) mi rostro en aquel día de campo / con el viento que me hacía de nuevo compañía / moviendo en sinfonía las copas de los árboles.
La noche se despedaza en sus riberas / cuando la marea se eleva en un instante, / y la luna / lame / un trozo de océano.
Es aquello que conmueve al poeta el punto de partida para hablar de la divinidad, por un lado del poeta como creador absoluto de su poema, donde impone las lindes de lo imaginado y lo vivido, por otro lado, la presencia indescriptible y permanente del creador de todo lo conocido y por conocer, como el alter ego de quien busca la liberta en lo que escribe.
(…) alguien mostró su silueta / lo sentía a mi lado, / tocaba su mano / y estaba todo en calma, / no quería despertar, / ligero yacía / como un pájaro en vuelo.
Esa conciencia de la fragilidad propia es el punto donde las visiones del universo exterior e interior se encuentran. En este su segundo poemario, Sebastián alza la voz como quien ha encontrado el sonido perfecto para su alma, el sonido de los versos que son dictados a la conciencia desde un lugar remoto para ser transformados con la voz interior que nos acompaña en todo momento, permitiéndonos a los poetas narrar las cicatrices que nos custodian de por vida.
Estoy bien adaptado a ese cuerpo sin control preciso, / Aunque a veces, me rebelo / como si fuéramos tigres / combatiéndonos a garras por el pantano sosegado
El poeta Montiel ha descubierto que cada poema es una declaración ideológica, sentimental de aquello en que cree y en lo que ha fundado la religión de la resistencia y la resiliencia como proverbios inherentes de la discapacidad motora que lo apresa, sabiendo con certeza que alzar la voz, alzar el verso, es la única manera de vencer y conquistar la vida plena.
Retoma las pancartas del manifiesto / corriendo en las arterias del tiempo; / no pares, no pares / que a los alevosos segundos les vale.
En estos Manifiestos, Sebastián Montiel se confirma como un poeta de cepa, uno de los jóvenes autores que más busca el oficio y que en esa pesquisa desbordad comienza a labrar un estilo y su arte poética, la manera en que mira la poesía como forma de expresión, pero también como forma de vida, la vida del poeta que no se da tregua para nombrar la belleza.
Un buen día / y el poema / enmarca su fin / al crepúsculo.
Pero las palabras que este poeta va labrando tiene como telón la soledad y el silencio, estancias imprescindibles para aquel que se sabe acompañado en las letras; el del poeta es un oficio ingrato, requiere intimidad para forjarse y compañía para esparcirse, la compañía de los lectores que descubrirán sus palabras en la mudez de estas páginas parlantes.
Te veo desde la ausencia del ruido, // ingiero un sabor de calma / que va deslizándose / como un anfibio sin ojos / en mi garganta (…)
Este poeta lo es no sólo por el estilo que ha elegido para expresarse (o es el estilo quien elige al autor, eso dicen los que saben), este autor que hoy nos convoca es poeta porque conserva en su decir los temas esenciales desde que el primer verso se escribió en el planeta: el amor, la pasión, el olvido, pero también la ciudad y la noche.
Noche sin palabras, retumbante, / como la melancolía tormentosa; / submarinos que nos advierten / de las corrientes sin censura.
El dolor parece permanentemente en sus versos. Ese dolor físico que se soporta por el dolor del alma, de un corazón maltrecho de rechazo, de la indeferencia y del desprecio que el mundo tiene por los poetas y por aquellos seres de condición aparentemente frágil, distinta, amenazante.
Dejo caer el sufrimiento / en el blanco trino del violín (…)
Las cinco partes en que está dividido este poemario son también una alegoría poética, la cual está confirmada en uno de los poemas de la colección. Tal vez el poeta no fue consciente y no se percató de que en el poema Manzana verde estaba describiendo sus afanes y la intención oculta en ellos. No me extraña que estos versos no revelaran su naturaleza premonitoria ante sus ojos; es suele ocurrir en un libro que adquiere vida propia y se le escapa de las manos a quien lo escribe.
El tiempo toma un trozo, me hace compañía. / Cae en el piso un trozo, un perro viene y lo devora. / Un pájaro llega a la ventana de la cocina, y le invito un trozo. / Mi madre se come un trozo, ni la vi. / Una niña pelirroja toma un trozo, y se va al colegio. / Trozo, te encontré en un amuleto y te comí.
Los poemas de Sebastián Montiel son trozos que se escabullen en el tiempo, que alcanzan al más distraído y lo acompañan sigilosamente, que apabullan con su sabor y su olor, es decir con su belleza, y que al fin de cuentas logran su cometido: que los manifiestos nos alcancen a todos, nos llenen de sabiduría y nos lleven a un lugar donde pertenecer, como la manzana del paraíso, como la manzana que comí esta mañana antes de salir de casa.
Van y vienen los manifiestos; / se estacionan en todas partes, / rompen silencios, / se destrozan en adyacencias, / vuelan y saltan / de patria en patria.
