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domingo, 5 de junio de 2011

El árbitro

Eduardo Galeano


El árbitro es arbitrario por definición. Éste es el abominable tirano que ejerce su dictadura sin oposición posible y el ampuloso verdugo que ejecuta su poder absoluto con gestos de ópera. Silbato en boca, el árbitro sopla los vientos de la fatalidad del destino y otorga o anula los goles. Tarjeta en mano, alza los colores de la condenación: el amarillo, que castiga al pecador y lo obliga al arrepentimiento, y el rojo, que lo arroja al exilio.


Los jueces de línea, que ayudan pero no mandan, miran de afuera. Sólo el árbitro entra al campo de juego; y con toda razón se persigna al entrar, no bien se asoma ante la multitud que ruge.


Su trabajo consiste en hacerse odiar. Única unanimidad del fútbol: todos lo odian. Lo silban siempre, jamás lo aplauden.


Nadie corre más que él. Él es el único que está obligado a correr todo el tiempo. Todo el tiempo galopa, deslomándose como un caballo, este intruso que jadea sin descanso entre los veintidós jugadores; y en recompensa de tanto sacrificio, la multitud aúlla exigiendo su cabeza. Desde el principio hasta el fin de cada partido, sudando a mares, el árbitro está obligado a perseguir la blanca pelota que va y viene entre los pies ajenos. Es evidente que le encantaría jugar con ella, pero jamás esa gracia le ha sido otorgada. Cuando la pelota, por accidente, le golpea el cuerpo, todo el público recuerda a su madre. Y sin embargo, con tal de estar ahí, en el sagrado espacio verde donde la pelota rueda y vuela, él aguanta insultos, abucheos, pedradas y maldiciones.


A veces, raras veces, alguna decisión del arbitro coincide con la voluntad del hincha, pero ni así consigue probar su inocencia. Los derrotados pierden por él y los victoriosos ganan a pesar de él. Coartada de todos los errores, explicación de todas las desgracias. Los hinchas tendrían que inventarlo si él no existiera. Cuánto más lo odian, más lo necesitan.


Durante más de un siglo, el árbitro vistió de luto. ¿Por quién? Por él. Ahora disimula con colores.

martes, 4 de enero de 2011

martes, 7 de septiembre de 2010

Teoría de Dulcinea

Juan José Arreola

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En un lugar solitario cuyo nombre no viene al caso hubo un hombre que se pasó la vida eludiendo a la mujer concreta.

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Prefirió el goce manual de la lectura, y se congratulaba eficazmente cada vez que un caballero andante embestía a fondo uno de esos vagos fantasmas femeninos, hechos de virtudes y faldas superpuestas, que aguardan al héroe después de cuatrocientas páginas de hazañas, embustes y despropósitos.

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En el umbral de la vejez, una mujer de carne y hueso puso sitio al anacoreta en su cueva. Con cualquier pretexto entraba al aposento y lo invadía con un fuerte aroma de sudor y de lana, de joven mujer campesina recalentada por el sol.

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El caballero perdió la cabeza, pero lejos de atrapar a la que tenía enfrente, se echó en pos a través de páginas y páginas, de un pomposo engendro de fantasía. Caminó muchas leguas, alanceó corderos y molinos, desbarbó unas cuantas encinas y dio tres o cuatro zapatetas en el aire. Al volver de la búsqueda infructuosa, la muerte le aguardaba en la puerta de su casa. Sólo tuvo tiempo para dictar un testamento cavernoso, desde el fondo de su alma reseca.

-

Pero un rostro polvoriento de pastora se lavó con lágrimas verdaderas, y tuvo un destello inútil ante la tumba del caballero demente.

jueves, 5 de agosto de 2010

miércoles, 28 de julio de 2010

Para la cátedra de literatura

Eduardo Galeano
Enrique Buenaventura estaba bebiendo ron en una taberna de Cali, cuando un desconocido se acercó a la mesa. El hombre se presentó, era de oficio albañil, a sus órdenes, para servirlo:

­Necesito que me escriba una carta. Una carta de amor.
­¿Yo?
­Me han dicho que usted puede.
Enrique no era especialista, pero hinchó el pecho. El albañil aclaró que él no era analfabeto:
­Yo puedo escribir. Pero una carta así, no puedo.

­¿Y para quién es la carta?
­Para... ella.
­¿Y usted qué quiere decirle?
­Si lo sé, no le pido.
Enrique se rascó la cabeza.
Esa noche, puso manos a la obra.
Al día siguiente, el albañil leyó la carta:
­Eso ­dijo, y le brillaron los ojos­. Eso era. Pero yo no sabía que era eso lo que yo quería decir.

sábado, 26 de junio de 2010

La cofradía de los pájaros muertos (fragmento)

Octavio Jiménez

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Uno a uno van ocupando sus respectivos lugares en una de las jardineras de la plaza municipal de Ixmiquilpan, lo han hecho desde hace más de cincuenta años según cuenta la leyenda local. Actualmente no rebasan los diez miembros, anteriormente eran más de treinta. El tiempo, las enfermedades y de más vicisitudes que traen consigo los años han ido acortando el grupo. El transeúnte cotidiano que pasa por enfrente de su punto de reunión piensa generalmente que se trata de un decena de viejos sin hacer nada, perdiendo el tiempo

La jardinera o “su jardinera” ¾ como a muchos de los habitantes de este pueblo ubicado en el corazón del valle del mezquital les ha dado por decirle ¾ tiene en el centro una centenaria palmera, que en su copa pletórica de palmas teñidas de verdes y amarillos anidan una comunidad compuesta por mas de un centenar de urracas. El pasto alrededor de su base llena de dátiles naranjas y custodiada por margaritones de pétalos blancos y centros de amarillos intensos han sido el escenario de las múltiples charlas de estos ancianos que no rebasan en promedio los ochenta años.

Muchas han sido las veces que algún vecino les ha sugerido integrarse a las actividades que las autoridades municipales o la casa de la tercera edad llevan a cabo para personas como ellas. No se inmutan ante estos comentarios y con orgullo se hacen llamar la “Cofradía de los Pájaros Muertos”.

Recuerdos de antaño, política local y nacional, chistes o simplemente el silencio y la contemplación son sus quehaceres favoritos que dan inicio todos los días a las once la mañana. Antes de esa hora nadie puede ocupar “su jardinera” y de esa tarea se encarga el afamado gremio de los boleros ubicados a un costado de este sagrado lugar.

¾ Mi amigo, no se puede sentar ahí. Ya van a dar las once y es “su jardinera”.

¾Sr. ese lugar pertenece a la cofradía, así que busque otro.

¾Muévanse amigos, ese espacio esta reservado para los valedores de “los pájaros muertos”.

Son las palabras que los aseadores de calzado dirigen a los atónitos visitantes o alguno que otro lugareño despistado.

Son parte del paisaje cotidiano del pueblo. Algunos usan bastón, otros aun conservan su postura erecta. Sus cabezas las cubren con sombreros de palma y los más modernos usan gorra de beisbolista o simplemente dejan a la intemperie sus cabezas ausentes de cabello y si lo existe, blanco en su totalidad.

viernes, 18 de junio de 2010

Del abismo

Logró vencer el vértigo, apagar aquella inmensa sensación que había sentido desde niño. Un instante después llegó al suelo.

martes, 15 de junio de 2010

Encuentro

Tenían todo el tiempo, aquella tarde, para recordar lo que juntos habían vivido. Sin embargo, acababan de conocerse.

miércoles, 7 de abril de 2010

Sueño

Llevaba siglos y siglos con aqulla furia dentro, hasta que una noche se quedó dormido y fue aflojando los puños paretados desde entonces. De sus palmas se escapó el tiempo y comenzó todo.

miércoles, 17 de marzo de 2010

Hambre

Se percató de su desnudez cuando alzó la vista para coger un fruto del árbol donde colgaban sus ropas.

viernes, 15 de enero de 2010

Pétalos

Intrigado por conocer la suerte que le esperaba a su recién inaugurada florería, tomo una margarita, luego otra, otra más, siguió con las rosas, los tulipanes, hasta los claveles; y al fin, la hizo quebrar.

jueves, 14 de enero de 2010

Responso en el Club Dominó

José Manuel Solá

Parecía una aldea y sin embargo ya era casi un pueblo con sus casas de madera y mampostería y una población que se acercaba a los quince mil habitantes. Allí casi todos se conocían y conocían las circunstancias de cada cual. En particular el párroco, que absolvía de los pecados a aquellos que aún se arrodillaban en el confesionario cuando ya el secreto había sido comentado por toda la población y el pecador había sido juzgado, absuelto o censurado, tras las puertas cerradas de cada hogar.
Después de haber pasado veintiocho años a cargo de esta parroquia olvidada, el padre Oscar Yáñez conocía las interioridades de cada familia y no había situación de pecado que un padrenuestro, tres avemarías y una ofrenda generosa no resolvieran. Y cada miércoles en la tarde, al ponerse el sol, Padre Yáñez se despojaba de la sotana y se reunía con un grupo de hombres del pueblo en el Club Dominó, frente a la plaza, a conversar, escuchar la radio, beber vino, jugar dominó o sencillamente a analizar las noticias de la semana. Ya todos conocían sus posiciones, sus puntos de vista y los giros de su discurso; una mirada suya podía significar un no o una aprobación tácita a cualquier asunto.
Usualmente, cuando la tertulia se prolongaba hasta altas horas, Ramón, el propietario del café, entregaba la llave a alguno de los circunstantes para que cerrara y él se retiraba a su hogar.
Kian llegó a principios de marzo con su mochila y su sonrisa triste al pueblo. Puede haber tenido veintitrés años de edad, pero, quién sabe. Nadie supo jamás de dónde procedía o dónde se alojaba pues al atardecer desaparecía sin dejar rastro. Además era parco en la conversación, tanto que a veces las preguntas lograban una mirada serena como única respuesta. Ofreció sus servicios de jardinero y hortelano por lo que pudieran pagarle, ya fuese un almuerzo o algunas monedas. En pocos días se encontró trabajando en la casa de Herminio, el boticario.
Sin descanso, arreglaba verjas, desyerbaba y sembraba de la inagotable provisión de semillas y bulbos que contenía su mochila: orquídeas, margaritas, hortensias, girasoles, begonias, gloria de la mañana y geranios, cientos de geranios.
Dos cosas asombraban a cuantos le observaban. Aparte de la azada que usa para el desyerbo, Kian no utilizaba algún otro implemento agrícola o de jardinería; abría la tierra con sus propias manos, las que hundía casi con ternura con cada semilla que sembraba o con cada trasplante y volvía a reunir la tierra en torno a la bellota o al bulbo con la mansedumbre de una caricia.
Lo otro, ¡ah!, lo otro era la rapidez y la lozanía con que crecía cada planta, los pétalos en todo su esplendor, los tallos recios y maduros, las hojas verdes y frescas.
El pueblo se fue llenando de pequeños jardines y de saludables huertos. Las verjas caídas estaban siendo enderezadas y reparadas por el joven a quien, después de un tiempo, la gente dejó de prestar mayor atención. Trabajó en la casa de Miguel Soto, el alcalde; en el jardín de la escuela y en la residencia de Orlando Morales, uno de los dos abogados del pueblo. El otro abogado, Manuel Dávila, era un hombre muy viejo y vivía en un semi retiro, por lo que dedicaba gran parte de sus horas a trabajar en los alrededores de su casa, la que sin ser pretenciosa era sobriamente elegante y acogedora. Fue el Licenciado Dávila una de las pocas personas con las que se le vio conversar y sentarse a tomar café. En una ocasión hasta los escucharon reír. Kian disfrutaba, además, de la compañía de los niños.
El hijo del fontanero se llamaba Junio y el niño, de apenas seis años de edad, aparecía en el momento menos esperado, en el lugar en que se encontrase Kian trabajando la tierra. Hacía preguntas, se ponía en cuclillas a su lado, intercambiaban frases y sonrisas y en ocasiones el jardinero ponía semillas, bulbos o gusanos en su mano mientras describía sus características.
Una mañana de fines de marzo, Kian observó que Junio se movía agitado junto a un árbol al otro lado de la calle. En un momento dado sus miradas se cruzaron y Junio aprovechó para, con un movimiento de la mano, pedirle que cruzara la calle. Junto a él y con el cuello ensangrentado, yacía Topo, su constante compañía, su perro.
-¿Qué le sucedió?
-¡No sé!... Anoche no regresó a casa y lo buscamos y lo buscamos… Ahora acabo de encontrarlo aquí; está herido y no sé cómo llevarlo a casa pues no me deja tocarlo… creo que me morderá si lo hago…
-Veamos – se arrodilló junto al perro que, extrañamente, no se movió cuando Kian bajó las manos hasta el cuello. –Son perdigones… alguien le disparó durante la noche.
Sus manos permanecieron sobre la herida por unos instantes. La respiración del animal comenzó a normalizarse y de pronto se incorporó, la cola moviéndose alegremente, el hocico oliscando las manos de Kian. En el cuello no quedaba mancha alguna de sangre ni señal de la herida. El jardinero arrojó los perdigones lejos de sí y regresó a sus tareas al otro lado de la calle.
Junio se quedó en la acera, junto al perro, inmóvil, sin decir palabra. Contemplaba al hombre que ya hundía sus manos en la tierra. Entonces caminó hasta él y se puso de cuclillas a su lado.
-¿Cómo lo hiciste?
-Sh… no digas nada. A nadie, ¿sabes?
Los ojos de Kian reflejaban cierta severidad. Entonces Junio tocó a su perro en el lomo y echó a correr calle abajo.
El primer lunes de mayo Kian se dirigía, mochila al hombro, a trabajar en el patio de la casa de arquitectura colonial de Plácido Lebrón, el dueño de la vieja ebanistería. La noche anterior había llovido y ya el sol y la fresca brisa de la mañana habían despejado la humedad, dejando en su lugar un suave olor a naturaleza viva. Llenó sus pulmones de aire y levantó el rostro en dirección al sol de tal modo que su corta barba dorada se aclaró como si fuera de trigo. Entonces escuchó cierta algarabía y no pudo evitar caminar hacia el lugar de donde provenía el llanto y las voces de los curiosos.
-¿Qué ha pasado? –preguntó a Rafi Vélez, uno de los vecinos.
-Es la niña de Paco González, el guardián de la fábrica; se cayó por la escalera y se ha hecho una herida en la frente, debe tener el cráneo fracturado… se ve muy mal… ya fueron a buscarlo, a Paco, usted sabe, pues nadie se atreve moverla.
De entre los cabellos de la niña se iba deshaciendo un hilván incontenible de sangre. Kian miró a su alrededor con inquietud. Entonces su mirada se encontró con la de Junio que parecía leerle los pensamientos. Así permanecieron unos segundos. Finalmente y sin quitar sus ojos de los de Kian, el niño caminó hasta éste y tomándolo de la mano lo atrajo hasta donde la niña permanecía tirada, gimiendo.
-Sánala… Por favor…
El silencio se hizo en la concurrencia; Kian no se movía y la gente se miraba entre sí como buscando explicación al gesto del niño.
-Sánala… ¿sí? –repitió.
Por un momento la mirada de Kian se perdió calle abajo y comprendió que Francisco tardaría en llegar. Por otro lado, el Doctor Goytía, después de tantos años de atender a cada enfermo del pueblo, había aceptado una plaza en el hospital del pueblo vecino y se había mudado con sus libros, sus plantas, su gato y su parafernalia científica, sabrá Dios a dónde. Entonces, sin decir palabra, se arrodilló junto a la niña cuyo cuerpo comenzaba a dar muestras de convulsión. Con suavidad bajó las manos hasta el cabello de la niña y así permaneció por un largo y silencioso minuto.
Poco a poco la respiración y los movimientos de Valentina fueron estabilizándose; aspiró profunda, cálidamente… Entonces abrió los ojos y los dejó suspendidos en la mirada como de ámbar claro de Kian. Luego le sonrió. Su frente estaba limpia, la piel sin siquiera un rasguño. Cuando Francisco llegó, ya Kian era una silueta que se perdía calle abajo contra la luz de la mañana.
La noticia corrió de puerta en puerta; las especulaciones pasaron de oído en oído. “Es un santo. Es un hechicero. No, no, te digo que es un santo. Una persona común con el don de hacer milagros. Algo de brujo tiene, ¿no ven cómo todo florece? ¡Qué va!, es un fraude, un prestidigitador, un vagabundo…”
Pese a todo, con el transcurso de las semanas, la gente comenzó a acudir a él. Para el dolor de muelas. Para el catarro común. “Por mi buena suerte, perderemos la casita si no la pagamos”, le imploraban discretamente algunos. “Ay, que la nena consiga un buen marido, se me está quedando…”Pero la respuesta invariablemente era un silencio profundo y una mirada llena de dulzura. Entonces la gente se retiraba, unos desencantados, otros con cierto grado de resentimiento oculto.
En una ocasión, sin embargo, entró a la humilde vivienda de Carmen Rosa, la costurera. Ya se retiraba y el atardecer, anaranjado y púrpura, se movía detrás de las nubes de suaves sombras crepusculares. Pero al subir la acera sus ojos se encontraron con los de Pablo, que caminaba lentamente por el balcón de madera con toda la pesadumbre del mundo sobre los hombros. Se acercó a la breve escalera y permaneció en silencio, de pie, la mirada baja, los pensamientos aquietados, frente al hombre a cuyas piernas se aferraban dos niños y una niña. Adentro se movía una persona junto a la joven mujer a la que apenas hacía seis meses se le había diagnosticado cáncer.
Por un rato, los ojos de ambos hombres se volvieron hacia el mismo punto en el horizonte. Ya el atardecer se alargaba tímidamente sobre los árboles. Kian volvió a acomodarse la mochila y cuando parecía que se marcharía Pablo habló.
-Yo solo no puedo…
Entonces Kian se descolgó la mochila y sin hablar subió los tres escalones. Seguido por el hombre y los tres niños pasó al dormitorio donde la mujer respiraba con dificultad. Los ojos abiertos, desmesuradamente abiertos, se movían de un lado a otro como si fueran en busca de la vida, de la paz, del oxígeno, como con el miedo que clama desde lo más profundo. La piel, de una palidez amarillenta, parecía una prolongación del harapo de luz que se extendía desde la linterna de gas kerosén. La mujer que la acompañaba se retiró a una esquina de la habitación.
Entonces Kian tomó en las suyas una de las manos de Carmen Rosa.

Si alguno hubiera pasado junto a la humilde vivienda habría podido ver el resplandor dorado en la ventana de la alcoba, esa energía que se filtraba como una intensa herida de luz por entre las hendiduras de madera…

Al día siguiente y por primera vez en dos meses, Carmen Rosa salió al balcón acompañada de Pablo. Las murmuraciones y los comentarios en voz baja se reanudaron y en esta ocasión hasta el mismo párroco se hizo receptor de toda clase de confidencias.
El miércoles, el grupo acostumbrado fue llegando al Club Dominó. Cuando el Párroco entró la discusión era acalorada.
-¿Ven cómo mira a las mujeres del pueblo? Si realmente es un santo, ¿por qué sana a unos mientras a otros no?
-Algo busca, algo busca este hombre. ¡Y yo aseguro que es un farsante!
-¡Bah!, es un pelagatos, eso es lo que es. A mi me tiene sin cuidado. Padre, ¿qué cree usted de todo esto?
Ahora le hablaban, no a Yáñez, el amigo, el contertulio, sino al sacerdote, al teólogo, al varón de Dios. Sólo le llamaban Padre cuando buscaban el ejercicio de su autoridad en alguna disputa que no podían resolver. Aunque después cada cuál haría lo que le viniera en gana. El párroco llenó la pipa con picadura y la encendió con deliberada calma, le dio varias chupadas suaves y se volvió al mesero.
-Pon una botella de vino, Ramón; trae cuatro vasos.
Exhaló y miró a cada uno a los ojos.
-¿Y bien? –preguntó Panchi sin quitarse el palillo de dientes de entre los labios. A su lado, Emilio y Rafael esperaban sus palabras con igual ansiedad.
-Yo he reflexionado largamente sobre este asunto. Y he orado. He orado mucho, ¿saben? Pienso que este hombre, quien quiera que sea, es un peligro para la iglesia, para la fe de los ignorantes, de los humildes. Ellos son los que más me preocupan. Algunos hasta han dejado de ir a misa. Tú, Rafael, por cierto, ¿cuándo fue la última vez que fuiste a misa?
-Yo… bueno, yo…
-Ahora no importa, luego hablaremos de eso. Escuchen, en los varios meses que anda suelto por el pueblo sólo ha visitado la iglesia una vez. Si fuera santo, como ya algunos lo proclaman por ahí, ¿no es en la iglesia el lugar donde debería encontrarse? Sin embargo, en la única ocasión en que visitó el templo se puso de pie y se marchó cuando aún no terminaba la homilía. ¡Qué falta de respeto! Yo lo observé, lo observé, lo vi salir. Hasta sonreía. ¿Qué le hizo gracia? ¿De qué se burlaba? A mí que me registren. Este vino está agrio… ¡Ramón! ¡Ramón! ¿Que qué busca? ¿Que quién es? No tengo idea. A lo mejor… Bueno, hace poco lo he visto confraternizando con el Licenciado Dávila y –por si ustedes no lo saben- Dávila es un masón de clavo pasado.
-Hablan de plantas, de semillas… -intervino Ramón que ya se acercaba a la mesa.
-¡De mierda es que hablan! –dio un manotazo en la mesa y luego le extendió la botella. –Cámbiame este vino, que no sirve, anda.
-A ese hombre hay que sacarlo del pueblo –intervino Rafael.
-Kian.
-A Kian, como se llame.

II

Un viernes en la mañana Kian se encontró con Antonio Fagundo, el dueño de la única fábrica del pueblo. Casi todo el que tenía un empleo se lo debía a él. Por sus facciones parecía europeo, nórdico, más bien. Por otro lado, sus ademanes, su actitud, su visión de la vida, eran autoritarios, rudos, rayanos en la insolencia de aquellos que están acostumbrados a dar órdenes. Se le cruzó en el camino.
-Lo necesito.
Kian lo miró impasiblemente a los ojos. Luego se hizo a un lado para proseguir su camino pero Fagundo lo sujetó por un brazo.
-Le dije que lo necesito. Es mi hijo mayor que está…
-No puedo hacer nada…
-Mire, vamos a hablar, hablando se entiende la gente –sacó un fajo de billetes de su bolsillo- ¿Cuál es su precio?
-Le he dicho que no puedo hacer nada.
-¡Maldita sea, toma! –y virándole la mano trató inútilmente de obligarlo a tomar el dinero. Los billetes se dispersaron por la calle.
-Lo siento mucho, por favor, créame, no hay nada que pueda hacer…
Con la ira saltándosele por los ojos el hombre sujetó a Kian por las solapas de la camisa. Sin inmutarse, éste mantuvo su serena mirada en la del otro hombre. Entonces, con un brusco resacón, el empresario tiró al joven al suelo. La mochila se abrió y algunas de las semillas se regaron por la calle. Sin decir palabra, Kian se incorporó, recogió sus pertenencias y siguió su rumbo.
-Dejó morir a mi hijo –decía Fagundo el lunes en la noche a Rafael, Panchi y Emilio. Jamás habían visto llorar a este hombre y esa noche no sería la excepción, pero la mezcla de dolor, rabia y ron habían logrado que todos los pecados del hombre se presentaran en su rostro en toda su desnudez.
Se quedaron hasta muy tarde, hablando y bebiendo, en una mesa, en una esquina. A las once de la noche Ramón le dio las llaves del local a Emilio y se marchó. Salieron de madrugada y se fueron conversando hasta ver llegar a Kian. Venía tarareando una canción feliz.
Allí mismo lo mataron. Allí mismo las botas de Emilio le destrozaron el hígado y le reventaron un pulmón y lo dejaron con los ojos abiertos por la sorpresa y el dolor; allí cayó sin poder siquiera gritar cuando uno de los golpes de Rafael le hundió la tráquea; allí mismo se derrumbó sobre el rocío de sangre que se le saltó de la garganta muda y apretada. Ya estaba muerto cuando Fagundo le disparó. Y todo era quietud y silencio cuando Panchi dejó escapar su risita como de conejo, encendió un cigarrillo y sin decir palabra orinó sobre la cara de Kian haciendo que la sangre se licuara aún más y se tornara amarillenta. Los demás lo imitaron y la risita como de conejo nervioso se repitió varias veces más.
Lo enterraron cerca, a pocos metros de la carretera. Lo enterraron con la mochila y las semillas y los bulbos que ya nadie vería florecer.
Al principio en el pueblo extrañaron su ausencia; luego pensaron que era una persona excéntrica que según había llegado se había marchado.
En cuestión de meses los jardines comenzaron a marchitarse por el descuido. La hojarasca era arrastrada por el viento y una profunda sensación de abandono y decadencia vagabundeaba por las calles solitarias.

III

Un jueves al atardecer, a principios de noviembre, llegó un hombre al pueblo y ocupó una habitación en la casa de huéspedes, al final de la calle. En las escasas ocasiones en que se le vio, durante los primeros dos días, conversaba y escuchaba las historias de los niños del pueblo.
Sus ademanes eran amables y seguros, pausados, con una autoridad honda. El domingo por la tarde entró al Club Dominó. Ramón se le acercó y el hombre le pidió agua. Solamente agua. Tenía sed, dijo. Y pagó por el agua.
No conversaba. Se entretenía mirando a través del cristal de la ventana. Solamente volvía la mirada cuando entraba algún parroquiano, entonces lo observaba con discreción y luego volvía a su jarro de agua, a leer el periódico o a mirar por la ventana.
El domingo y el lunes entraron Rafael y Emilio. El martes entró solamente Panchi.

El miércoles entraron todos.

Antonio Fagundo se había hecho miembro asiduo del pequeño círculo. Usualmente era él quien pagaba la cuenta de los miércoles por lo cual el dispendio en el consumo de bebidas rebasaba los límites. El último en llegar fue Yáñez. Este era más mesurado en el consumo de vino e igual a Fagundo mantenía el equilibrio cuando salían del lugar.
A las ocho de la noche el resto de los parroquianos había abandonado el Club Dominó. Sólo quedaba el grupo de cinco hombres. Y el otro, el desconocido.
Estuvieron conversando en voz alta hasta cerca de las diez. Como todos los miércoles, Ramón le entregó las llaves a Emilio y colgó el delantal en una silla detrás del mostrador. Al pasar junto al desconocido se detuvo un momento.
-Si desea algo más puede pedirlo a cualquiera de ellos.
-Gracias.
Al cerrarse la puerta el hombre hizo girar su silla con lentitud. Ahora los observaba; miraba al grupo con tranquila intensidad. Así se mantuvo por un rato. Una sensación de inquietud fue descendiendo sobre la mesa del grupo que ahora callaba. Finalmente, Fagundo habló.
-Escuche, amigo… ¿podemos ayudarlo?
Sin decir palabra el hombre se puso de pie y caminó hacia ellos. Se detuvo frente al grupo. Ahora todos lo observaban con atención. Era más alto de lo que en principio parecía. Su cabello negro era ciertamente largo para esos tiempos. Descansaba las manos sobre la hebilla de su cinturón. Su voz profunda y grave, su propia presencia, su mirada, parecieron comenzar a ejercer su autoridad y su dominio en la sala. Las palabras descendieron con poder hasta la mesa.
-Busco a mi hermano.
Reconocieron aquella mirada por la que parecían asomarse todo el horror y toda la angustia de la humanidad, todo el dolor de milenios de crímenes impunes, toda la tristeza y el llanto de los inocentes. Pero no pudieron moverse. Una sensación de frío y terror los mantenía inmóviles, mudos, en cada silla. Afuera el rótulo de neón comenzó a parpadear y finalmente estalló con un chisporroteo de luces y descargas eléctricas.
Entonces el hombre abrió los brazos y tras abrir los brazos desplegó sus alas, unas alas asombrosas, unas alas inmensas y llenas de luz.
Nadie supo jamás lo que sucedió allí. Durante una hora el establecimiento se vio inundado con un resplandor azul que aleteaba y se extendía hasta los viejos adoquines de la calle. Luego fue decreciendo hasta desaparecer por completo. Sólo podemos suponer que algo tan hermoso y tan terrible como el amor y como la muerte ocurrió aquella noche en el Club Dominó.
De Emilio, Rafael, Panchi y Fagundo no se volvió a saber. Tal vez abandonaron el pueblo esa misma noche… ¡quién sabe! Sobre la mesa y por el piso encontraron cientos de dólares desparramados.
Al amanecer, los gritos del párroco despertaron a los vecinos del centro del pueblo. Tras andar varios pasos caía, una y otra vez, de rodillas. Esa misma tarde se lo llevaron y hasta el último día de su vida estuvo encerrado llorando, mortificándose, hilando y deshilando incoherencias en la angustiosa espera del exterminador, ángel u hombre, que un día vendrá por él.

miércoles, 18 de noviembre de 2009

sábado, 7 de noviembre de 2009

lunes, 23 de febrero de 2009

viernes, 30 de enero de 2009

Artista

Su talento era indiscutible, todos querían verlo sobre el escenario, hasta que un día contrajo la mala costumbre de cobrar por ello.