martes, 19 de agosto de 2008

¿Qué forma tiene la poesía?: Notas sobre los caligramas de Alejandra Craules Bretón

Recuerdo la primera vez que leí un caligrama. Tenía catorce años y tomaba mi primer curso de poesía con el extinto Luis Ignacio Helgera, al cual por cierto se le hecha mucho de menos. Se trataba de un caligrama de Julio Torri, estudiábamos la poesía en prosa mexicana y Torri aparecía como uno de los principales exponentes. Aquel era un caligrama sobre la luna, ennegrecida por las letras pero reluciente por como era descrita. El tema me interesó sobre manera, la posibilidad de dibujar sobre una hoja de papel con las palabras, más allá de su naturaleza de signo, me cautivó. Vale la pena recordar que el signo lingüístico escrito, es decir la letra, tiene como principal misión la de representar gráficamente un sonido. Sin embargo como es habitual, algunos escritores no se conforman con esa simple posibilidad, por el contrario, buscan que el conjunto de esas letras en palabras, de esas palabras en oraciones y de esas oraciones en párrafos, formen sobre el papel una imagen que en si misma tiene un sentido, más allá del sentido interno del poema, quiero decir, del tema que trate.

¿Pero qué es exactamente un caligrama? El caligrama es poesía para mirar. En el caligrama el poema dibuja un objeto relacionado con el tema principal del mismo poema. Por ejemplo, si el poema habla de una mesa, se escribe o acomoda el texto en forma de mesa. Esta manera de presentar el texto de un poema tiene su origen mismo en la materia primigenia del lenguaje escrito; es decir, en un principio la escritura fue de carácter pictográfico, ideográfico o una combinación de ambos. Tiempo después se formaron los alfabetos unificando los signos que representaban sonidos y las palabras que representaban conceptos.

Los primeros caligramas conocidos pertenecen a los poetas griegos del periodo helenístico, entre los siglos IV y III a. C.) En aquellos tiempos a la forma se le conocía como “technopaegnia” y en latín eran conocidos como “Carmina figurata”. Los primeros autores “caligramístas” fueron Simias de Rodas, Teócrito y Dosiadas. Desde ese momento hasta el siglo XX esta forma poética ha tenido un tratamiento continuado, aunque desigual, con periodos de auge como el que experimenta desde el inicio de la vanguardia. Es en este periodo en el que el poeta vanguardista Guillaume Apollinaire se convirtió en un famoso creador de caligramas. Fue él quien idealiza el verso libre rompiendo toda estructura hasta entonces conocida y representa la imagen del discurso dibujándola con las propias palabras del poema.

La poesía en castellano ha tenido grandes creadores de caligramas. El poeta chileno Vicente Huidobro incluyó su primer caligrama, titulado “Triángulo armónico” en su libro Canciones en la noche de 1913. También el mexicano Juan José Tablada, el cubano Guillermo Cabreara Infante, el argentino Oliverio Girando o el uruguayo Francisco Acuña de Figueroa crearon caligramas extraordinarios.

Como podrá imaginarse el arte del caligrama ha evolucionado de su hechura artesanal, a una más sencilla y casi automática. Inicialmente con tinta, pluma y papel se daba forma a los dibujos que en sus viseras guardaban las palabras del poema, tiempo después, el uso de la máquina de escribir refresco la manera en que el acomodo de las palabras formaban las figuras, permitiendo no solamente mejor legibilidad, sino también más cantidad de texto en sus entrañas. Es la computadora y los procesadores de palabras que impactan fuertemente en la hechura del caligrama. En tiempo de modernidad computacional parecería que acomodar palabras creando formas es simplemente obra de un clic. Es tal vez por eso que los poetas afectos a esta combinación de literatura y arte visual, ha vuelto a los orígenes. El riesgo de abusar de la tecnóloga que facilita el dibujar formas pensables e impensables como un texto ha exigido que la tinta y el papel vuelvan a dar rienda suelta a la creatividad.

Este es el caso de Alejandra Craules Bretón. Poeta de imágenes sórdidas y apocalípticas, de música suave y cadenciosa. Beligerante de lo íntimo nos encierra en una serie de laberintos en los que seguramente seremos el minotauro y no Teseo. Disfrutando del poder magnánimo, casi de dios, que la poesía permite, nos enseña las formas que navegan en su mente y que hemos olvidado en toda su belleza y concisión.




Laberinto no. 18

El tiempo
callado
Acento
extraño
Aliento
penetra emociones
Inquieto
tacto de viento
Moreno
perfecto eclipsa
mi vientre lácteo

En este caligrama las palabras son las paredes de un laberinto que nos enfrenta en cada quiebre a lo que el poema escupe. Nos restriega en el rostro la imposibilidad absoluta de salir de él impolutos, sin heridas. No podemos más que aspirara al rol del minotauro, jamás al de Teseo. La irregularidad de los diferentes papeles en que Craules Bretón trabajó los caligramas, sugieren una suerte de diario de viaje llevado en servilletas, trozos de papel, papeles reciclados negados a morir, etc. En ellos la espontaneidad y la sorpresa al descubrir como si fuera por vez primera el mundo que nos rodea esta latente. Renombrar las cosas mostrando también las formas que tiene al más puro estilo del viajero que plasma en su diario lo que en la lejanía ha encontrado y esta deseoso de mostrar en el mundo conocido.



Laberinto no. 19 (del amor o del masoquismo)

Blanca o jaspeada
en tierras lejanas
quizá nórdicas o mediterráneas
desplegaste tus alas
Aquí
pequeña ciudad
tercermundista
muda y en ruinas
tu faz cambia
tu nombre no es el mismo
tu aliento no aviva sueños apagados
¿Para qué aleteaste mariposa?
¿Para qué despertaste
de tu sueño de crisálida?
Con los ojos en llamas
y las manos atadas
a unos pétalos secos
en medio de mis palabras
Ahora soy
la prometida del caos
enredada
entre sus puños sangrantes
aguardo indulgencia


Una mariposa aletea dentro de este caligrama, en el que la forma arquetípica de lo bello, la naturaleza y la alegría de vida, contrasta con el hastío y la desolación que el tema del poema encierra. Una mariposa que más que ver volar valdría más la pena apedrear.

Alejandra Craules se posiciona, con esta experiencia, como una poeta arrojada y sin ataduras, ni estilísticas, ni de forma; ha encontrado a base de impetuosidad una voz propia dentro y fuera de sus textos. Va un paso adelante no solamente de los poetas que habitamos esta tierra, sino de muchos poetas de nuestra generación, marcha a la par de muchos poetas extranjeros que han encontrado en la poesía una travesía de vida, una forma de respirar. Es en la poesía visual y experimental en que los caligramas han germinado en este nuevo siglo. El convertir al poema y la hoja en que habita en una experiencia que involucre, si es posible, todos los sentidos, es su mayor apuesta. Es con ellos, con los sentidos completos, con los que se deben “leer” los caligramas de Alejandra Craules Bretón.
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Pachuca de Soto, Hidalgo. 18 de agosto de 2008

1 comentario:

  1. Exacto el comentario sobre estos laberintos: Uno no puede ser sino el minotauro.

    Curiosamente, el laberinto-mariposa no tiene salida...

    Felicidades a Alejandra y gracias por comentar sobre esta excelente poetisa.

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