jueves, 26 de junio de 2008

Dos poemas de Margaret Atwood, Premio Principe de Asturias de las Letras 2008

Sin nombre

Una pesadilla te asalta con frecuencia:
llega un hombre herido, por la noche,
a tu casa
-situas el agujero en el pecho, a la izquierda...
Su sangre al brotar mancha
tu puerta, al apoyarse,
casi desvaneciéndose...
Quiere que le dejes entrar.
Es como el alma de un amante
muerto y resucitado
hambriento aún
sólo que no está muerto. Y aunque el vello en tus brazos
se eriza y un aire frío
que de él proviene
cruza tu umbral,
no has visto a nadie más vivo que él
cuando te toca, apenas roza tu mano
con la izquierda suya, su mano limpia,
y un "por favor" susurra,
en cualquier idioma...
Tú no eres médico ni nada parecido.
Has llevado una vida normal,
lo que un observador llamaría "sin tacha".
Detrás, en la mesa,
hay un cuenco con fruta,
una silla, un cuchillo,
un plato con pan...
Es primavera, y el viento de la noche
huele, húmedo, a marga removida
y a flores tempranas.
La luna irradia su belleza
que como belleza ves al fin,
tan cálida y ofreciéndolo todo.
... Sólo hay que tomarlo.
Oyes ladrar perros distantes.
La puerta está entreabierta
o entrecerrada:
así permanece y tú no puedes despertar.

Carta a Perséfone

Escribo esta carta, yo, Perséfone,
a las madres zurdas
con sus mantones de flecos negros
y delantales de flores
de los años cuarenta,
con sus zapatillas rosas,
las uñas lacadas de rojo y los nudillos
débiles
que tocaron el piano alguna vez...
Sé de vuestras plantas domésticas
que se marchitaban,
de vuestros muslos gordos
que apretábais con cintas, hendidos
por la mitad
y sé
de las batallas de mutilados
que llamabais sexo,
bajo sábanas de hospital
de las que nunca se habló...
Sé de vuestras propias madres
inválidas, de vuestro aburrimiento
y el brillo enfurecido del parquet,
sé de vuestros padres,
que hubiesen querido hijos varones,
hijos que vuestros cuerpos al fin pronunciarían,
estas palabras
previsibles, estos
tartamudeos de la carne...

De Interlunar (1984)

Versiones de Amparo Arróspide (España)

Hidalgo se viste de plata


lunes, 23 de junio de 2008

Mañutzi, taller literario*

Yo diría que me agradan las anécdotas porque, aunque

sean históricamente falsas, son simbólicamente verdaderas”

Jorge Luis Borges

Las cosas, la gente y los lugares frecuentemente son matizados por las emociones de los encuentros y desencuentros, son lo que imaginamos y sentimos.

Actopan es un lugar perdido en la Geografía del mundo; sin embargo, sabiamente hallado por las historias que requieren ser contadas. Microcosmos de locuras y seres encantadores, de consejas populares a la par de crueles e indiferentes ante el dolor humano. Alienados de carne y hueso que nunca desaparecieron de la memoria, porque a cada loco la gente le inventó su historia o una saga completa.

Hoy, la Literatura encuentra en el cuento los caminos perdidos, las partes desconocidas de las biografías de los tan conocidos. Los locos se redimen, se sublevan, se vuelven un espejo infinito que muestra que el pueblo entero puede estar y ser aún más enfermo.

Estampas que dejaron en algún “caminito” el costumbrismo y apostaron por la búsqueda de sus fantasmas en las historias de otros. Exorcizaron sus demonios en otras pieles . Este universo que bien pudiera ser de Quiroga, de Poe o de Lovecraft es Actopan; la ciudad apacible ahora redescubierta, se torna infinita. Sus personajes callejeros no son ni serán los mismos, la pátina de la ficción los ha vuelto más reales.

Así que bienvenido a este viaje fantástico y misterioso. Y por favor, y por su seguridad; no socorra a los indigentes, no blasfeme en la casa de Dios y aléjese de los payasos…

Jorge Skinfield


*Texto leido el viernes pasado en la presentación que ofrecieron en la Escuela de Artes de Pachuca, los integrantes del taller literario Mañutzi de Actopan, Hidalgo.

martes, 17 de junio de 2008

Nota para un martes cualquiera

El frío traidor no despertó en la ciudad. Permitió que el calor maloliente del verano nos siga atosigando. Eso, además de incomodo para los que nacimos en la nieve, condena mi chaqueta favorita a recluirse en el closet. Enfilo mis huestes hacia el transporte público, el rayo del sol mañanero me arruga el rostro y comienza su malévolo objetivo; tras la tercera cuadra comienzo a transpirar. Llego al ómnibus y para colmo me toca ir de pie. Imagino que bajo mi axilas se asoma ya una mancha de sudor. Me niego a sujetarme del tubo que cuelga del techo del maldito transporte, pero descubro pronto lo difícil que es sujetarse de los tubos que sobre salen de los respaldos de los sillones y que han sido colocados para ello. Transcurre la larga travesía de treinta y seis minutos hasta el centro de la ciudad, durante todo el trayecto me la paso debatiendo sobre la conveniencia o no de subir un brazo; sobre todo porque la cantidad de gente en el diminuto pasillo ha aumentado el calor que rodea mi cuerpo. Se acerca el momento de bajarme de aquí. El último trafico que alarga los minutos antes de llegar es el peor del día. no me importa, subo los brazos para dirigirme a la puerta, que mas da ya nadie me verá con la sonrisa de estar cuchicheando en su interior lo desagradable de esas manchas de sudor en mi camisa. Alcanzo la escalera para el descenso. Ojalá que este chofer no tenga la pericia de parar detenerse exactamente en un charco o un lodazal; la mayoría de quienes conducen estos cacharros lo hacen. Mala suerte, me he ensuciado los zapatos.

Entrega de premio, hoy


lunes, 16 de junio de 2008

Cóctel de letras, en el DF


¡¡No lo dudes ni lo olvides!!

El círculo literario Punto blanco te invita
el lunes 16 de junio, a las 19:00 hrs.

al

CÓCTEL DE LETRAS

En el bar Las hormigas
de la Casa del Poeta
(Álvaro Obregón, Nr. 73 Col. Roma)

Leerán cuentos y poemas, en vivo y a todo color:
Carmen Fuentes
Constanza Roca
Eugenio Valle Molina
Marisa D’Santos
Nora Piambo


Moderador: Eugenio Valle Molina
Lectura de Poesía: Raquel Cruz Coronel

jueves, 12 de junio de 2008

Cuatro frases que hacen crecer la nariz de Pinocho

Eduardo Galeano
10.08.2006
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1 Somos todos culpables de la ruina del planeta
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La salud del mundo está hecha un asco. 'Somos todos responsables', claman las voces de la alarma universal, y la generalización absuelve: si somos todos responsables, nadie lo es. Como conejos se reproducen los nuevos tecnócratas del medio ambiente. Es la tasa de natalidad más alta del mundo: los expertos generan expertos y más expertos que se ocupan de envolver el tema en el papel celofán de la ambigüedad. Ellos fabrican el brumoso lenguaje de las exhortaciones al 'sacrificio de todos' en las declaraciones de los gobiernos y en los solemnes acuerdos internacionales que nadie cumple. Estas cataratas de palabras -inundación que amenaza convertirse en una catástrofe ecológica comparable al agujero del ozono- no se desencadenan gratuitamente. El lenguaje oficial ahoga la realidad para otorgar impunidad a la sociedad de consumo, a quienes la imponen por modelo en nombre del desarrollo y a las grandes empresas que le sacan el jugo. Pero las estadísticas confiesan. Los datos ocultos bajo el palabrerío revelan que el 20 por ciento de la humanidad comete el 80 por ciento de las agresiones contra la naturaleza, crimen que los asesinos llaman suicidio y es la humanidad entera quien paga las consecuencias de la degradación de la tierra, la intoxicación del aire, el envenenamiento del agua, el enloquecimiento del clima y la dilapidación de los recursos naturales no renovables. La señora Harlem Bruntland, quien encabeza el gobierno de Noruega, comprobó recientemente que si los 7 mil millones de pobladores del planeta consumieran lo mismo que los países desarrollados de Occidente, "harían falta 10 planetas como el nuestro para satisfacer todas sus necesidades". Una experiencia imposible. Pero los gobernantes de los países del Sur que prometen el ingreso al Primer Mundo, mágico pasaporte que nos hará a todos ricos y felices, no sólo deberían ser procesados por estafa. No sólo nos están tomando el pelo, no: además, esos gobernantes están cometiendo el delito de apología del crimen. Porque este sistema de vida que se ofrece como paraíso, fundado en la explotación del prójimo y en la aniquilación de la naturaleza, es el que nos está enfermando el cuerpo, nos está envenenando el alma y nos está dejando sin mundo.
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2 Es verde lo que se pinta de verde
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Ahora, los gigantes de la industria química hace su publicidad en color verde, y el Banco Mundial lava su imagen repitiendo la palabra ecología en cada página de sus informes y tiñendo de verde sus préstamos. "En las condiciones de nuestros préstamos hay normas ambientales estrictas", aclara el presidente de la suprema banquería del mundo. Somos todos ecologistas, hasta que alguna medida concreta limita la libertad de contaminación. Cuando se aprobó en el Parlamento del Uruguay una tímida ley de defensa del medio ambiente, las empresas que echan veneno al aire y pudren las aguas se sacaron súbitamente la recién comprada careta verde y gritaron su verdad en términos que podrían ser resumidos así: "los defensores de la naturaleza son abogados de la pobreza, dedicados a sabotear el desarrollo económico y a espantar la inversión extranjera". El Banco Mundial, en cambio, es el principal promotor de la riqueza, el desarrollo y la inversión extranjera. Quizás por reunir tantas virtudes, el Banco manejará, junto a la ONU, el recién creado Fondo para el Medio Ambiente Mundial. Este impuesto a la mala conciencia dispondrá de poco dinero, 100 veces menos de lo que habían pedido los ecologistas, para financiar proyectos que no destruyan la naturaleza. Intención irreprochable, conclusión inevitable: si esos proyectos requieren un fondo especial, el Banco Mundial está admitiendo, de hecho, que todos sus demás proyectos hacen un flaco favor al medio ambiente. El Banco se llama Mundial, como el Fondo Monetario se llama Internacional, pero estos hermanos gemelos viven, cobran y deciden en Washington. Quien paga, manda, y la numerosa tecnocracia jamás escupe el plato donde come. Siendo, como es, el principal acreedor del llamado Tercer Mundo, el Banco Mundial gobierna a nuestros países cautivos que por servicio de deuda pagan a sus acreedores externos 250 mil dólares por minuto, y les impone su política económica en función del dinero que concede o promete. La divinización del mercado, que compra cada vez menos y paga cada vez peor, permite atiborrar de mágicas chucherías a las grandes ciudades del sur del mundo, drogadas por la religión del consumo, mientras los campos se agotan, se pudren las aguas que los alimentan y una costra seca cubre los desiertos que antes fueron bosques.
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3 Entre el capital y el trabajo, la ecología es neutral
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Se podrá decir cualquier cosa de Al Capone, pero él era un caballero: el bueno de Al siempre enviaba flores a los velorios de sus víctimas... Las empresas gigantes de la industria química, petrolera y automovilística pagaron buena parte de los gastos de la Eco 92. La conferencia internacional que en Río de Janeiro se ocupó de la agonía del planeta. Y esa conferencia, llamada Cumbre de la Tierra, no condenó a las transnacionales que producen contaminación y viven de ella, y ni siquiera pronunció una palabra contra la ilimitada libertad de comercio que hace posible la venta de veneno. En el gran baile de máscaras del fin de milenio, hasta la industria química se viste de verde. La angustia ecológica perturba el sueño de los mayores laboratorios del mundo, que para ayudar a la naturaleza están inventando nuevos cultivos biotecnológicos. Pero estos desvelos científicos no se proponen encontrar plantas más resistentes a las plagas sin ayuda química, sino que buscan nuevas plantas capaces de resistir los plaguicidas y herbicidas que esos mismos laboratorios producen. De las 10 empresas productoras de semillas más grandes del mundo, seis fabrican pesticidas (Sandoz, Ciba-Geigy, Dekalb, Pfiezer, Upjohn, Shell, ICI). La industria química no tiene tendencias masoquistas. La recuperación del planeta o lo que nos quede de él implica la denuncia de la impunidad del dinero y la libertad humana. La ecología neutral, que más bien se parece a la jardinería, se hace cómplice de la injusticia de un mundo donde la comida sana, el agua limpia, el aire puro y el silencio no son derechos de todos sino privilegios de los pocos que pueden pagarlos. Chico Mendes, obrero del caucho, cayó asesinado a fines del 1988, en la Amazonía brasileña, por creer lo que creía: que la militancia ecológica no puede divorciarse de la lucha social. Chico creía que la floresta amazónica no será salvada mientras no se haga la reforma agraria en Brasil. Cinco años después del crimen, los obispos brasileños denunciaron que más de 100 trabajadores rurales mueren asesinados cada año en la lucha por la tierra, y calcularon que cuatro millones de campesinos sin trabajo van a las ciudades desde las plantaciones del interior.Adaptando las cifras de cada país, la declaración de los obispos retrata a toda América Latina. Las grandes ciudades latinoamericanas, hinchadas a reventar por la incesante invasión de exiliados del campo, son una catástrofe ecológica: una catástrofe que no se puede entender ni cambiar dentro de los límites de la ecología, sorda ante el clamor social y ciega ante el compromiso político.
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4 La naturaleza está fuera de nosotros
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En sus 10 mandamientos, Dios olvidó mencionar a la naturaleza. Entre las órdenes que nos envió desde el monte Sinaí, el Señor hubiera podido agregar, pongamos por caso: "Honrarás a la naturaleza de la que formas parte". Pero no se le ocurrió. Hace cinco siglos, cuando América fue apresada por el mercado mundial, la civilización invasora confundió a la ecología con la idolatría. La comunión con la naturaleza era pecado. Y merecía castigo. Según las crónicas de la Conquista., los indios nómadas que usaban cortezas para vestirse jamás desollaban el tronco entero, para no aniquilar el árbol, y los indios sedentarios plantaban cultivos diversos y con períodos de descanso, para no cansar a la tierra. La civilización que venía a imponer los devastadores monocultivos de exportación no podía entender a las culturas integradas a la naturaleza, y las confundió con la vocación demoníaca o la ignorancia. Para la civilización que dice ser occidental y cristiana, la naturaleza era una bestia feroz que había que domar y castigar para que funcionara como una máquina, puesta a nuestro servicio desde siempre y para siempre. La naturaleza, que era eterna, nos debía esclavitud. Muy recientemente nos hemos enterado de que la naturaleza se cansa, como nosotros, sus hijos, y hemos sabido que, como nosotros, puede morir asesinada. Ya no se habla de someter a la naturaleza, ahora hasta sus verdugos dicen que hay que protegerla. Pero en uno u otro caso, naturaleza sometida y naturaleza protegida, ella está fuera de nosotros. La civilización que confunde a los relojes con el tiempo, al crecimiento con el desarrollo y a lo grandote con la grandeza, también confunde a la naturaleza con el paisaje, mientras el mundo, laberinto sin centro, se dedica a romper su propio cielo.