viernes, 19 de enero de 2024

El día que José Agustín se equivocó de dedicatoria

Murió José Agustín. Él mismo ya lo había vaticinado en un lacónico mensaje transmitido por sus hijos a la opinión pública a principios de enero. Huelga decir lo que seguramente, estimado lector, ha visto repetidamente en los últimos dos días; principal exponente de la literatura de la onda, prolífico creador, de trato afable y el contertulio que todos quisiéramos tener para charlar de literatura, rock y mil cosas más. 

Lo cierto es que José Agustín nos mostró, casi a todas las generaciones que le precedieron, que la literatura podría ser desenfadada e hilarante; que en ella los jóvenes podíamos escuchar nuestra habla coloquial y nuestras “palabrotas”, que con los libros podíamos dialogar sobes nuestras pasiones adolescentes y que el rock era la banda sonora perfecta para las historias que nos contaba como si fuera nuestro cuate y acabara de darle un trago a la caguama que compartíamos en un corro. Pero más allá de eso, a cada uno de sus lectores nos dejó una marca particular, estableciendo una experiencia autor-lector personal, indeleble y duradera. La mía con él, trascendió la literatura.

Durante dos mil tres y dos mil cuatro, el otrora Consejo Estatal para la Cultura y las Artes de Hidalgo, programó una sería de presentaciones, lecturas y conferencias con destacados escritores, sobre todo mexicanos. Fue así que, por ejemplo, Xavier Velasco pisó suelo pachuqueño con la gira de promoción de su novela ganadora del Alfaguara, “Diablo guardián”; entre muchos otros atores que ahora no viene al caso mencionar. A todas aquellas actividades tuve la oportunidad de asistir como reportero del canal local con el fin de entrevistar a cada uno de los protagonistas. Sobra decir que para mí aquello fue un gozo, en particular, el día que le tocó a José Agustín.

La charla se desarrolló con todo protocolo. El público abarrotó la sala (el Teatro Guillermo Romo de Vivar, para ser exactos) dada la trascendencia del invitado, el cual salió a escena sentado tras una mesa con paño rojo y un micrófono a través del cual nos hizo llegar su opinión sobre la literatura, su pasión por la música, (clásica además de jazz y rock), algunos detonantes de sus libros y destellos de su proceso creativo. Las carcajadas que nos provocó durante un poco más de una hora lograron que todos los presentes saliéramos de la sala con notoria algarabía. 

Como solía ocurrir, el invitado se adentraba en las bambalinas del teatro para salir por una puerta lateral a la galería adjunta, donde firmaba libros y se tomaba fotos con los lectores ahí arremolinados. En ese lapso, yo debía encontrar un rincón bien iluminado para atajar el paso del escritor en turno y darle tiempo a mi camarógrafo para que registrara una serie de preguntas que duraban no más de trece minutos; al terminar, la noche discurría entre risas, flashes y dedicatorias a puño y letra. 

Sin embargo, con José Agustín, esos trece minutos de interrogatorio periodístico no fueron suficientes. Como si no acabara de mostrarnos un extenso catálogo de anécdotas durante su “plática”, fue descosiéndose frente a mi micrófono con otras más, igual de cautivantes y divertidas, lo que provocó que pasado un rato más, los organizadores me hicieran señas para que ya “dejara de molestar al Maestro” y le permitiera firmar los libros de aquellos que ya formaban una larga fila que salía del recinto y que comenzaba al pie de una mesita, ahora de paño azul y sin micrófono, para que estampara “la poderosa”.

La entrevista se terminó abruptamente, pero la charla entre José Agustín y yo, no. Siguió dirigiéndose a mí en una charla de amigos a la que sólo le faltaban un par de cervezas para ser rubricada. Lo acompañé los cuatro o cinco pasos que nos separaban de la mesa de firmas y al ver que yo también cargaba bajo el brazo el ejemplar de una de sus novelas me dijo “Trae pa´cá, que te lo firmo de una vez”.

Se trataba de “Inventando que sueño”, una de sus novelas más experimentales y mejor logradas, cuya lectura disfruté enormemente en mis años preparatorianos. Mientras sacaba del bolsillo de su camisa un bolígrafo, me di cuenta de que el primero de la fila de asiduos lectores (detesto la palabra “admiradores”) era mi amigo Agustín Arteaga (ahora conocido como Whisky Arteaga en las redes sociales), un joven lector efervescente a quien había conocido no hacía mucho y que era hijo de una querida compañera de trabajo durante mi breve paso laboral por las oficinas culturales. La efusividad de nuestro saludo provocó que José Agustín incluyera con naturalidad en nuestra charla a su “medio tocayo”. 

Durante algunos minutos más, mientras José Agustín, sostenía abierta la portada de mi ejemplar sin aún escribir nada, seguimos hablando y riéndonos, ahora los tres. En algún momento, al darme cuenta de que la impaciencia del rededor aumentaba, hice un gesto para que al fin este escritor, que resulto ser un “cuate a todo dar”, pudiera dedicarme su novela. Así lo hizo, después de poner mi nombre, con una abigarrada y apretada caligrafía. 

Pero la charla no menguaba, cerró el libro y me lo entregó sin apenas darse cuenta mientras seguía hablando y riendo. De igual manera, como quien mira de lejos un suceso, recibió los dos o tres ejemplares que Whisky le extendió. Los puso sobre la mesa, tomo el primero de ellos, abatió la portada y mientras que nos miraba, seguía hablando y riéndose, miraba la página destinada para la dedicatoria, nos miraba de nuevo, reía, no paraba de hablar, hasta que de pronto hizo una pausa y se inclinó sobre la siguiente dedicatoria. Whisky lo sacó de su marasmo, con una expresión que parecía un balde de agua fría. “No soy Abraham. Me llamo Agustín”. El “Jefe de La onda” nos miró con escepticismo, releyó lo que había escrito y mientras un “Ay güey, me equivoqué” salía de su boca, garabateaba sobre la página uno el nombre equivocado. 

Aprovechando el pequeño alboroto que provocó la pifia, aproveché para despedirme de él- José Agustín, tras completar la dedicatoria tachoneada, se levantó para corresponder el abrazo que le di como despedida, pero también como agradecimiento, tanto por lo ocurrido en aquella tarde-noche, como por lo que hizo conmigo como lector. Ahora, cuando miro la página tres de mi ejemplar de “Inventando que sueño”, pienso que Whisky tiene un ejemplar similar, con una enmendadura de la mismísima pluma de José Agustín.



viernes, 12 de enero de 2024

Las entrañas del Boom en un epistolario


Si algo nos ha arrebatado la inmediatez digital es el espíritu epistolar. No, estimado lector. No es lo mismo escribir correos electrónicos o mensajes de whatsapp, menos aún publicaciones de facebook, instagram o twitter, por más bien escritos y elocuentes que resulten. Nada de estos nuevos atajos por las rutas del internet pueden compararse con la costumbre de escribir una carta hecha y derecha, ya fuera de puño y letra o mecanografiada (impresa pues, después de teclearla en una Olivetti Lettera o ya en todo caso en la laptop), firmarla, meterla en un sobre, escribir al frente los datos del destinatario, en una esquina o el anverso los del remitente, llevarla a la oficina postal, comprar y posteriormente pegar los timbres después de lamerlos por la cara de pegatina para finalmente arrojarla por la rendija del buzón como una botella al mar. Ahí empiezan, parafraseando a Aronoldo Kraus, “las dosis de enorme emoción, la cual aumentaba mientas se aguardaba la respuesta”. Si lo que dice el mismo Kraus es cierto; “Las cartas o recados en papel acercan; son vehículos irremplazables”; estamos entonces, ante un libro único en la literatura latinoamericana.

“Las cartas del Boom” recoge doscientas siete cartas intercambiadas por los cuatro autores más importantes de este movimiento literario: Julio Cortazar, Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa. La escaramuza epistolar inició en 1955, teniendo sus años más copiosos entre 1962 y 1976, mostrando un decaimiento considerable hasta la última carta registrada en 2012.

¿Por qué elegir sólo estos cuatro autores sin contar a otros que, con igual talento, ejercieron sus quehaceres literarios con intensidad en esos mismos años? Los criterios, muy lógicos fueron cuatro, comentan los editores en las primeras páginas; que hayan escrito novelas “totalizantes”,  que forjaron una amistad sólida, yo diría aglutinante, entre los cuatro, que compartían una vocación política y por último, que sus obras tuvieron una difusión importante y un impacto social y artístico innegable. Además nadie puede poner en tela de juicio la importancia que este póker de literatos ha tenido en el ideario literario no sólo de los países de habla castellana, sino del mundo en general.

A lo largo de esta charla a cuatro bandas, aparecen una larga lista de autores que los convocantes consideraban sus iguales; Alejo Carpentier, Jorge Amado, Pablo Neruda, Juan Goytisolo, Octavio Paz y José Emilio Pacheco, por mencionar sólo media docena; dejando prueba fehaciente de que formaban parte de una gran máquina imaginativa que estaba cambiando la manera de contar, a través de los libros, la realidad que se acontecía en Hispanoamérica.

En este intercambio de ideas, trazadas sobre el tiempo como estelas que conservan su dirección y su forma, podemos apreciar varios aspectos de las personalidades de los cuatro autores. Por principio, queda clara la estima que se tuvieron, la cual, inició en todos los casos con una admiración sincera y un deseo de diálogo que sólo se forma cuando uno ha encontrado a una “alma gemela” (perdone usted la cursilería), prefiero llamarlo “un intelecto reflejo”. Después los “vasos comunicantes” en sus influencias literarias, compartiendo no solo sus deslumbramientos como lectores sino incluso sus fobias. Me resulta muy divertido la manera campechana que tenían Fuentes y García Márquez en las cartas que se dirigían entre ellos, cambiando el tono a cierta solemnidad cuando el colombiano comenzó a escribirle a Vargas Llosa o cuando Carlos se distendía casi hasta el ensayo compartiendo impresiones con Cortazar. Es precisamente Julio, quien fiel a su costumbre de escriba descomunal, se escurre lentamente como la espuma del mar sobre la playa, cuando expone sus ideas ante la manera en que la obra de sus compinches le impresiona.

Conocer el andamiaje de las personalidades mostradas en estas cartas por sus autores, completa no sólo la visión que se tiene de cada uno de ellos, sino que permite al lector más avezado de sus libros, mirar desde un punto de vista panóptico su legado literario; para el lector apneas entrenado en las novelas de cualquiera de los cuatro, es una oportunidad de adentrarse en el universo personal de las mentes que construyeron la novela latinoamericana en el siglo XX. Un libro que se disfruta como una inmersión en la forja de novelas como Cien Años de Soledad de García Márquez, La Ciudad y los Perros de Vargas Llosa, Rayuela de Cortazar o Terra Nostra de fuentes, por mencionar sólo algunas.

No está de más subrayar el arduo trabajo de quienes dieron forma a este libro: Carlos Aguirre, Gerald Martín, Javier Murguía y Augusto Wong Campos, quienes se apoyaron fundamentalmente en los Archivos de Carlos Fuentes (que guardó todas las cartas que recibió y copia de las que envío) y Mario Vargas Llosa (él sólo guardó las que recibió). Ambos escritores tuvieron desde muy temprano la idea de que estaban construyendo un mapa íntimo sobre lo que pasaba en las entrañas del Boom y que en su momento sería descubierto como una guía muy personal de sus avatares más recónditos. Ese momento es ahora.

“Las cartas del Boom” es uno de los mejores libros publicados el año pasado y desde ya un referente para aquellos que admiren a la cuarteta completa (o como “solistas literarios”), ya sea como llanos lectores o como investigadores de este movimiento, cultural y social, de la novela en América Latina.

Paso cebra

El gran José Agustín se ha despedido. Hasta la redacción de estas líneas su salud se reporta delicada. En días pasados escribió en un papel “Con esto ya mi trabajo aquí se va terminando”. Luego, pidió la presencia de un sacerdote amigo de la familia. Sus lectores fervientes, tenemos el corazón acongojado.

viernes, 5 de enero de 2024

Los libros que celebraremos en 2024

Cada año que inicia es una buena oportunidad para la celebración, no sólo de la propia existencia y el tiempo que frente a nosotros se extiende como un puente colgante sumido en la bruma que envuelve la otra ladera de la montaña que es la vida, sino también la memoria que ciclicamente vuelve a nosotros en forma de aniversarios.

Para este recien estrenado dos mil veinticuatro, los aniversarios de indole cultural y especificamente de orden bibliófilo resultan por demás interesantes. Empecemos por los libros que cumplen cien años de haberse publicado: 

La montaña mágica (Der Zauberberg) novela del alemán Tomas Mann, considerada su obra fundamental y una de las cumbres de la literatura universal. Narra la visita de Hans Castorp a un sanatorio de los Alpes a visitar a un familiar. Ahí, poco a poco y gracias a la grandilocuencia del lugar, Hans ira adentrandose en el paisaje hasta formar parte del sitio, lo que le permitirá hacer una disertación profunda sobre la condición humana. 

El Manifiesto del surrealismo (Manifeste du surréalisme) fue publicado orginalmente como una especie de prólogo al libro Poisson Soluble del propio Andre Breton en la revista Surréalisme, a inicios de octubre de 1924, sin embargo un par de semanas después, ambos textos aparecieron por separado dando pie al canón de uno de los movimientos artísticos más importantes del siglo XX.

En américa celebraremos el centanario de dos libros, el primero de ellos es La vorágine, del colombiano José Eustasio Rivera, considerada su obra maestra y una joya de la literatura regional del siglo pasado. Narra la travesía que emprenden Arturo Cova y Alicia; él, un boehmio que la ha convencido a ella de huir juntos al interior de la selva para evitar que Alicia se hundiera en el matimonio mal avenido con un terrateniente que los persigue. Dentro de la amazonía, la historia de la pareja es un pretexto para denunciar la violencia y la explotación que prevalecía al interior de la selva so pretexto de la fiebre del caucho ocurrida entre finales del siglo XIX y principios del XX. Esta novela, inicia con una de las frases más poderosas de la literatura escrita en español: “Antes que me hubiera apasionado por mujer alguna, jugué mi corazón al azar y me lo ganó la violencia.”

El segundo, es tal vez el poemario más famoso y leido de la lengua castellana, Veinte poemas de amor y una canción desesperada, libro que Pablo Neruda publicó con tan solo diesinueve años y que marcó las líndes por las cuales navegaría su poesía, contundente y profunda; el erotismo, la libertad, la pasión y el desamparo. Un libro que contiene todo lo “moderno” que un poeta podía ser en ese momento convinandolo con una inocencia que de ya cultivaba en su interior la grandeza literaria de su autor.

Este año también se celebrarán los setenta y cinco años de la publicación de El Aleph de Jorge Luis Borgues y 1984 de George Orwell. El primero es la colección de cuentos más importante del autor argentino y del cual se conserva su manuscrito, lo que ha permitido desentrañar el interesante proceso de escritura del autor, la construcción de sus personajes y los “metaversos literarios” (para estar en la actualidad) por donde consideró llevar sus historias. El segundo es la distopia más importante de las escritas en la primera mitad del siglo XX. En ella, el autor británico nacido en la india, explora la presesncia totalitaria del Gran Hermano hasta en la intimidad más recondita de todos los seres humanos, en su momento se “leyó” en ella una crítica al stalinismo, resultando a la postre una descripción cabal de los regímenes totalitarios que proliferarían por el orbe en la segunda mitad del siglo.

Y por último, celebraremos medio siglo de la aparición de Carrie, la primera novela publicada por Stephen King. Narra la escalofriante historia de una joven atormentada que en plena adolescencia va transformandose en un ser de poderes paranormales con el único fin de vengarse de aquellos que le han dañado, sembrando el terror por toda la ciudad mientras lo hace. La atmosfera que el autor logra a lo largo del libro era apenas un atisbo de la maestría con que dominaría el género.

Durante el 2024 el mundo también estará celebrando los sesenta años de Mafalda, pero de eso hablaremos con amplitud en otra oportunidad.

Paso cebra

Aprovecho la reinauguración de este espacio para desear a usted, querido lector, un venturoso y bendecido 2024, compartiendo la ferviente esperanza de que cada día de este nuevo año traerá para usted y lo suyos, sólo lo mejor. Felicitaciones. Hasta la próxima semana. 

https://sintesis.com.mx/hidalgo/2024/01/04/transeunte-solitario-22/

sábado, 29 de octubre de 2022

Trigésimo cuarto Certamen la Orguidea de Plata



Hace mucho tiempo, antes de los tiempos de Cervantes, las justas literarias recibian el nombre de Juegos Florales; en virtud de que al ganador se le otorgaba una pequeña flor de oro como premio. En muchos lugares de Europa, sobre todo en Francia y España, algunos concursos literarios siguen recibiendo este mote, incluso en México, hay estados o municipios que llevan a cabo sus juegos florales como máxima justa entre los escritores de la región.

En Hidalgo, la actividad cultural viva más antigua de su historia son unos juegos florales que, aunque no llevan esa designación, ofrece como máxima presea la escultura de una flor. Me refiero al Certamen de Composición Poética Canto a mi Tierra Hñahñu que entrega como premio de priemer lugar la Orquidea de Plata.

Este premio es una de las actividades más arraigadas de la región y ha sido defendida e impulsada con dedicación y entrega por diferentes grupos de mujeres y homres que defienden la tradición poética que abreve y nutre la cosmovisión hñähñu. Durante estos treinta y cuatro años la codiciada Orquídea de Plata la han obtenido una pléyade de escritores que han aportado su visión literaria sobre la vida en el Valle del Mezquital, ellos han sido Homero Conde Betancourt, Jorge Avilés Martínez, Matías del Ángel Romero, Abraham Pérez López, José Alfredo Ortíz Villa, Alberto Avilés Cortés. Reyna Pérez Pérez, Pablo Mendoza Moreno, Miguel Ángel Oropeza Hernández, Marías del Ángel Romero, Venancio Morten Neria, Mayté Olivares, Óscar Baños Huerta, Zuleima Aidé Ángeles Gómez, Yolanda Hernández Esteban, César Bernardo Moreno Santos, Xico Jaén, José Javier Hernández Cano, Idelfonso Jaén Gasoar, María Isabel Pérez León y Francisco Leonardo Ángeles Santiago, ganadores de las emisiones hasta el 2019.

El trabajo de estos poétas está bellamente compilado en una edición impulsada por el PACMyC 2020, permitiendo conocer las voces, las miradas y el sentir de quienes han plasmado en palabras su amor por la tierra hñähñu.

En lo personal, tuve la oportunidad de participar en dos años consecutivos, 2011 y 2012, oteniendo en ambas ocaciones un honroso segundo lugar, en virtud de que yo no soy un escritor oriundo del Valle. Por el contrario, son un admirador fervoroso de su cutlura, su cosmovisión e identidad, reconociéndola como una de las más sólidas, no sólo del estado de Hidalgo, sino de todo el país.

El pasado sábado 22 de octubre se desarrolló la Ceremonia de Premiación de la XXXIV edición de estos juegos florales en el centro cultural “Nthenhai” (Tierra colorada) de Santiago de Anaya. Tuve el honor de formar parte del jurado y de apreciar, sin cortapisas, el talento, pero sobre todo el amor que tienen los participantes por su origen.

Ser jurado de un concurso nunca es fácil. Cada texto debe ser evaluado conforme al total de los participantes, y es en ese momento, que uno como jurado se da cuenta de que cada uno de los participantes ha dado lo mejor que sí y que esa entrega personal e íntima del poeta resulta en sí misma el mejor poema jamás escrito. Sin embargo, como jurados debemos apreciar los valores literarios de cada texto y sobreponerlos al primiegio impulso de adorar la tierra propia a través de las palabras. No es una tarea fácil y jamás lo será.

En este año los ganadores fueron: primer lugar para el poema titulado “Constelación del norte” de la poeta Rosa Maqueda, escrito originalmente en hñähñu y con una traducción al español, donde la tradición y el presente se conjugan en el tiempo para enseñorear la grandeza del Valle del Mezquital; el segundo lugar fue para el poema “Dendri” del extraordinario poeta ixmiquilpenze Rogelio Perusquía, un texto dedicado al gran artísta Francisco Luna Tavera, que permite condensar, en la mirada del poeta, la esencia que determina al Mezquital; y en tercer lugar un intimo poema de Xico Jaen, donde el Valle y sus limites se interiorisan en el sentimiento del poeta hacia la perona amada, volviéndola un elemento más de la identidad que lo forja.

Felicito a las autoridades municipales de Santiago de Anaya por hacer lo posible para mantener vivo este certamen literario y agradezco la entrega de las compañeras que desde la biblioteca pública de Santiago de Anaya, hacen posible que nos regocijemos con el talento de aquellos que abrieron y mostraron su sentir por la tierra que alberga su pasado, su presente y su futuro.

Enhorabuena por todos los participantes y felicitaciones a los ganadores. ¡Salve la poesía!

viernes, 21 de octubre de 2022

Ha muerto el Marqués de Real del Monte

Imagino al pueblo en su bullicio habitual de medio día. Imagino la bruma endémica de octubre atenuar la luminosidad del sol de otoño, aderezando con un ligero sopor las calles sinuosas del pueblo de montaña. Imagino a un hombre, ataviado completamente de negro, envuelto en una capa y con un sombreo de oficial, dirigirse solemnemente al jardín central del pueblo, desenrollar el bando fúnebre y con voz firme proclamar: ¡Atención todos! Hoy ha muerto el Marqués de Real del Monte. Elevado momentáneamente sobre la punta de sus pies haría chocar los tacones de su calzado como la claqueta cinematográfica que da paso a una escena en que todos los pobladores que lo han escuchado detienen su andar para guardar un minuto de silencio.

Esto debería haber ocurrido el lunes pasado. Pero no fue así. A mi la noticia me sorprendió mirando una publicación en ‘feisbuc’. Entraba con mi hija a un sitio que expende ensaladas de todos tamaños cuando la querida doctora Verónica Kugelme dijo digitalmente que el maestro Luis Rublúo había fallecido. La muerte de un amigo siempre cae como un balde de agua fría sobre la espalda, siempre se siente como una punzada en el medio del pecho, siempre deja escapar un “¡Carajo!” que sorprende y a veces ofende a quien lo escucha, siempre hace recordar aquel verso esgrimido por el argentino Oliverio Girondo: “Muerte puta, muerte cruel.”

El pasado lunes 17 de octubre falleció el más longevo de los historiadores hidalguenses. Nacido en Real del Monte en 1940. Desde muy joven eligió la letra escrita para expresarse a pesar de la negativa de su padre. Ahí fue cuando adoptó el seudónimo (heterónimo, díra yo), del “Marqués de Real del Monte”. La coronación de su osadía juvenil en la prensa local sería cuando su padre le hiciera notar que ese tal “marquesderealdelmonte” escribía muy bien. A partir de ahí las alas de este autor se desplegarían para emprender un vuelo majestuoso en la literatura y la historiografía hidalguense.

Afincó su estancia en la Ciudad de México (que disputó en más de una ocasión su paisanaje) para estudiar Derecho e Historia. Desarrolló desde muy temprano una prolífica bibliografía que le permitiría navegar en diversos géneros como la poesía, el ensayo, la historia. Nunca se desligó de sus raíces mineralmenteses, ni hidalguenses. Encabezó instituciones culturales y escribió devotamente sobre su tierra. De todos los múltiples premios que recibió, dos los consideraba la confirmación de su hidalguía: el Premio de Ciencias y Bellas Artes, Hidalgo 1980 y la Charola de Plata de Honor en Real del Monte en 2008. Esto a pesar de haber recibido premios nacionales e internacionales que también recibieron en su momento personajes como Migule León Portilla.

Su producción literaria llega a los setenta libros. Cuatro de ellos me vienen a la memoria y descansan en los plúteos de mi biblioteca. El primero de ellos es “Juego de Palabras ( Antología inquieta de ensayos)”, publicado en el estado de Nuevo León, donde un joven Rublúo de treinta y ocho años hace gala de su vocación analítica y demuestra una pluma incisiva y dedicada; el segundo es “Viajes alrededor de la biblia”, en donde el autor ensaya su perspectiva franca sobre su fe y recrea pasajes que van más allá de lo dogmático; el tercero es un libro que tuve la fortuna de editar, “Efigie de caudillos”, la celebración que el autor hace de doscientos años de independencia y que apareció en 2012 majestuosamente editado por el Gobierno del Estado de Hidalgo y; “Real del Monte Virreinal, crónicas de un viejo mineral”, un volumen dedicado a su terruño (y que tuve el privilegio de conocer desde su manuscrito) que explora, desde la Conquista hasta el establecimiento de la nación mexicana, los avatares históricos de su pueblo, este libro fue publicado apenas el año pasado como un acto de justicia a la estatura del autor.

He tenido la fortuna de haber compartido con el Marqués de Real del Montemomentos entrañables. A lo largo de seis o siente años compartimos un desayuno que se prolongaba más allá del medio día; lo inauguramos en un restaurante tipo americano de la Calzada de Tlalpan (apenas a unas cuadras de su casa) y lo perpetuamos en el restaurante de un hotel que mira a la cara sur del Reloj Monumental de Pachuca. Lo que ahí hablamos, conforma un tesoro de conocimiento y amistad que guardo celosamente en la memoria y el corazón.

Lamento profundamente no haber asistido a la ceremonia que celebraba los cincuenta años del CEINHAC; el Centro de Investigaciones Históricas A.C., agrupación que ha fomentado, impulsado y construido la investigación histórica de Hidalgo desde 1972 y de la cual Luis Rublúo formó parte de su fundación. De haber estado allí, le hubiera saludado, abrazado y seguramente no le habría dicho cuánto le admiraba, cuánto le quería y cuánto añoraba nuestras pláticas.

Creo, fervientemente, que los restos de Luis Rublúo Islas, Marqués de Real del Monte, deberían descansar en la Rotonda de Hidalguenses Ilustres. Estoy seguro, que la nueva autoridad estatal, sensible a la cultura más que otras administraciones, hará lo propio para que esto ocurra.

Don Luis, mientras viva, no le voy a olvidar.



viernes, 14 de octubre de 2022

Primer réquiem para mi padre

“A menudo el sepulcro encierra, sin saberlo, 

dos corazones en el mismo ataúd.” 

ALPHONSE DE LAMARTINE

0

Hoy ha muerto mi padre. Muchas veces pensé que esa frase tardaría mucho en llegar a mis labios. La sabía inexorable, agazapada en el futuro, presta para romperme en pedazos llegado el momento. Pero el momento llegó antes de lo sospechado. Resonó en el instante en que escuché la desesperación de mi madre en el teléfono: ¡Tú papá está muy mal! Por azarosa fortuna tardé tres minutos en llegar a su lecho; durante esos ciento ochenta segundos en mi cabeza rebotaba una canica cuyo eco repetía “No quiero” tratando de conjurar el minuto de enfrentarme con su muerte. Y ahí estuve yo, al pie de su cama, tocando su cuerpo helado, besando su frente mientras murmuraba un agradecimiento sincero. Mirándolo, fijamente, tan hermoso como era.

1

No amé a mi padre desde el principio. Durante los primeros seis años el amor por mi Tata ensombreció su presencia en mi vida. Pronto, arrebatado del trono que mi abuelo me había conferido y que se había llevado consigo a la tumba, fui rescatado por los ojos de un hombre que miraba en mí el universo todo. Mi Rey, solía decirme, blandiendo la espada de su estirpe sobre mis hombros, poniendo a mis pies un humilde reino que a la postre sería una herencia de libros. 

Trabajaba de sol a sol. Por las mañanas, muy temprano, el retumbar de su voz mientras charlaba con mi madre me despertaba. El sonido de la licuadora que preparaba su licuado era el preámbulo para tener que levantarme. Por las noches, cuando ya estaba acostado, ese mismo trueno de su voz preguntando por sus hijos me daba la calma última para conciliar el sueño.

Siempre le he temido al mar. Él era mi faro.

 

2

Muchos años habitamos en el paraíso. Pero en todo solaz, por más terso que parezca, va germinando una tormenta feroz. Nos azotó algunos años después, por largo tiempo. El iceberg de mi adolescencia impactó directamente contra la proa de su crisis de la mediana edad. Madurada mi voz, calca casi perfecta de su tono, hacia retumbar la casa cuando discutíamos por la hora nocturna de llegada, por mis calificaciones deficientes, por la vocación elegida, por destellos que forjan la vida a partir de esas diferencias. Lo odié a muerte porque lo entendía eterno. Lo entendí sin parcialidades cuando mis propios hijos me ascendieron a su mismo rango.

3

Férreo y determinado. Me enseñó a nunca bajar la mirada, pero a estar siempre del lado de los débiles. Su alma siempre combativa, su ideología de izquierda, creía como el Che que “sólo la verdad es revolucionaria y todo lo demás es de mentiras” mientras ocultaba a toda costa sus errores para que no fueran patrón de mis propias equivocaciones. Fuimos corrientes que abrevaron de un mismo manantial, con cursos tan iguales que se distanciaron para embravecerse.

Los libros que a mí me gustaban le parecían insulsos, los que él prefería los encontraba demasiado filosóficos. “No lees suficiente”, fue su manera de convertirme en un lector obsesivo.

4

Jorge, te encuentro en las líneas que cruzan de este a oeste mi frente.

5

Te percibo en mi andar siempre deprisa y distraído. En todos mis modos.

6

Te miro en los reflejos callejeros que me devuelven esa imagen mía de ti.

7

Mi padre aprendió a anudarse las corbatas mirando una película. Yo aprendí a amar el cine observando cómo se acicalaba para ir al trabajo. Nunca ante mí se dio por vencido. Lo miré llorar sólo una vez recordando a un amigo muerto. Siempre se quejó de todo, pero me enseñó a despreciar a los rastreros, los advenedizos; a desconfiar de aquellos que aseguraban saberlo todo. “Si quieres lucir algo, no lo presumas”, así solía firmar sus correos electrónicos. Nunca llegó tarde y mis propias circunstancias me llevaron a afinar esa obsesión suya por aprovechar el tiempo. Carpe Diem. Heredé su capacidad de gozo y florecí en una bonanza que solo presumen los pudientes, sin que nosotros lo hayamos sido jamás.

Estuvimos distanciados algo más de dos años. No vale la pena desenterrar las razones. Pero aquel tiempo de desierto me calaba tan profundo que decidí ponerle fin un día de su cumpleaños. Una carta que palabras más, palabras menos, le advertía que la pandemia o la propia edad podía cargar con cualquier de los dos y en el patíbulo permanente que es la vida, no valía la pena cosechar la tierra de por medio. Al fin, el Creador nos regaló casi año y medio (le falló por dos días), de una amistad plena, sincera. De una admiración correspondida. De un amor sin cortapisas. Una confianza que sólo emerge del fango de los más arraigados rencores. Pasamos largos ratos en su biblioteca charlando sobre política, sobre el pasado, sobre la vida que quería seguir forjando mañana. 

Desayunamos juntos tres días la semana de su muerte. En ninguna tuve la osadía de decirle que lo amaba. 

9

Hoy llevamos las cenizas de mi padre al cementerio. Mi madre había programado el día para que mi hermano pudiera asistir, sin embargo, no pudo eludir responsabilidades del trabajo. Aun así, la fecha estaba pactada con el cementerio. Al medio día, cuando el sol saja en canal todo lo que está a su alcance, llegamos a la zona de nichos del camposanto. El día no era para nada sombrío ni pesaroso. Por el contrario, era inocuo, nublado apenas como peculiaridad, pero insultantemente ordinario. Para nada un día doloroso para el mundo en el que un hombre acuda al funeral de su padre. Después de todo, hace un mes y y cuatro días que falleció. En aquel momento mi madre decidió postergar el “entierro” de los restos hasta un mejor momento. Pero nunca hay un “mejor momento”. El dolor ocupa todos los minutos de todas las horas de todos los días que preceden a la ausencia. Todos. Un amigo me escribió un mensaje de condolencias al día siguiente del velorio: el padre, decía, es más de la mitad de lo que uno es. Me he quedado entonces con un cuarto, en el mejor de los casos con dos quintas partes de mi escancia. Eso es lo que traigo, invisible para los demás. Soy un colgajo que una vez fue el hijo de un hombre vivo.



viernes, 22 de julio de 2022

Perseguir o acompañar: un mismo caminar en la poesía*


“Gómez Jattin, según un repartidor de periódicos que lo vio ayer por la mañana, se bañó y se vistió, como pocas veces lo hacía, y se dirigió hacia el sector de la India Catalina donde se arrojó a un bus y murió atropellado.”

Así inicia la nota del diario colombiano “El Tiempo”, en la edición del veintitres de mayo de 1997, dando cuenta del fallecimiento de uno de los poetas más importantes de las letras colombianas y por ende, de las letras latinoamericanas contemporáneas: Raúl Gómez Jattin.

Sin que lo supiéramos, o para decirlo más acertadamente, sin que la mayoría de los amantes de la literatura lo supiéramos, la región del caribe colombiano nos había dado, en los albores del ombligo del siglo XX, dos grandes escritores. Uno de ellos, conocido y reconocido: Gabriel García Márquez; el otro, desconocido pero monumental. Nacido en 1945 y muerto nueve días antes de cumplir los cincuenta y dos años, el poeta Jattin publicó diez poemarios, el último de ellos de manera póstuma. Sobré él, dada su grandeza literaria, se han realizado dos antologías y tres libros biblio-biográficos en su patria. Este libro que comentamos hoy, es el primero que da cuenta de su vida y obra en suelo mexicano.

¿Cómo es eso posible? Gracias al ahínco y la pasión del escritor tabasqueño Ricardo Ávila Alexander, quién, sin arrebatarle las anécdotas propias que lo llevaron a escribir este libro las cuales ya comentará en este medio día, nos regala la única biografía-poético-ensayística sobre uno de los autores más sobresalientes de la literatura colombiana.

En estas páginas, Ávila Alexander nos regala un retrato minucioso y profundo sobre un escritor que fue considerado el mito del poeta maldito caribeño; el Rimbaud colombiano. ¿Es esta una exageración? ¿Un mote gratuito? No. Jattin traza a lo largo de su vida una obra cuyo tema esencial es Colombia; en sus temas más hermosos y terribles: el selvático paisaje rural, la niñez sexualizada, las mujeres virtuosas o sometidas sexualmente, y la homosexualidad del pueblo.

En esas aguas, tan complementarias como contradictorias, la pluma de este poeta mítico dibuja con pulso firme la cotidianidad mitológica de su región natal “eróticamente desbordado” y, diría yo, vívidamente torrencial.

Para Jattin, la carne y la poesía implican ser parte del mundo que se penetra desde la marginalidad, desde la inmundicia; el poeta como un locom es decir, un pleonasmo.

La contundencia de su obra fue opacada por el momento histórico que le tocó vivir. Sus temas y la manera descarnada con que los abordaba pasaron desapercibidos tras la ominosa bruma del narcotráfico y su terror instaurado en las décadas de los 80’s y 90’s en Colombia.

Sin embargo, Ricardo Ávila rescata desde la raíz y siguiendo su ruta poética, a un autor que reconoce diametral, nacido en su misma región del mundo; y es que siempre he pensado, y no soy el único, que el caribe empieza en la angostura territorial de México: Tabasco; y culmina más allá de Cereté, la tierra natal de nuestro poeta caribeñamente maldito.

¿Pero, quién persigue a quién? ¿Es Ávila Alexander quien sigue el rastro de Jattin? ¿O es Gómez Jattin quien aminora el paso y deja pasar de largo a Ricardo para seguirlo mientras lo busca? Yo creo que se acompañan. Van del brazo sin saberlo, en el tiempo, en la distancia que sólo puede vencer un puente indestructible que solemos llamar poesía.

Ricardo Ávila nos dice que “caminamos ciegos y sin manos para detener el tiempo”. Esa es su vocación en estas páginas que son al tono,  un diario de viaje, una biografía, un ensayo, una fantasmagórica e imaginaria conversación con un poeta que vive eternamente en sus versos; entre ambos poetas hay inmarcesibles vasos comunicantes, rasgos comunes, temas compartidos: la pasión y la poesía; es decir, la vida.

Para el autor de este libro, la poesía es la apuesta vital hacia lo desconocido; es la libertad del lenguaje, porque la lírica permite experimentar nuevos territorios. En esta región recién descubierta por Ricardo, se nos muestra un páramo donde el lenguaje no tiene fronteras, donde Pellicer es la roca y José Manuel Roca es la falsa cúspide de una montaña cuyo nombre es Raúl González Jattin.

Para Ricardo Ávila Alexander la poesía de Jattin es “un crepúsculo de sombras (…) que nadie ha comprendido”. Sin embargo, a través de su texto envuelve al personaje en un bagaje literario universal que haría sonrojar a más de un autor encumbrado.

Nuestro Nobel, Octavio Paz dijo que “Jattin es el único de los grandes poetas del siglo XX colombiano que hace de su obra un remanso de cordura en medio de un país en donde el lenguaje de las balas y las bombas había acallado a todos los poetas.”

Hoy, otro poeta, Ricardo Ávila Alexander, nos lo presenta en su más descarnado y fidedigno retrato.

 

*Texto escrito para la presentación de “Tras los pasos de Jattin” 

de Ricardo Ávila Alexander el 22 de julio de 2022, en la FLIyJ Hidalgo 2022.