miércoles, 24 de junio de 2020
viernes, 12 de junio de 2020
El galope de las falangetas
Mi madre me enseñó a escribir a máquina. Lo mismo hizo con
mi hermano menor. En ambos casos para ella fue una manera, más que de
compartir, de heredar su conocimiento individual pues había estudiado para
mecanógrafa y había trabajado como “secretara del director”, puesto reservado
para alguien altamente calificado. De alguna manera quería que sus hijos
aprendieran lo que mejor sabía hacer: escribir a máquina.
Recuerdo entonces con gran emoción que, cuando entré a la
universidad, mi madre me lego enteramente la posesión de una Olivetti Lettera
color crema que habíamos utilizado para los esporádicos trabajos mecanografiados
que pedían en la preparatoria que yo acababa de terminar y en la secundaria que
por ese entonces estaba terminando mi hermano Carlos. Tener la máquina de
escribir en mi habitación fue más que reconfortante, fue un designio avizorado
que comenzaba a cumplirse, el de ser escritor. En aquella máquina de escribir
pasé en limpio los poemas de un primer libro que, por fortuna bien concebida,
desaparecieron en las manos de una primera novia a quien se los regalé
encuadernados como prenda de nuestro eterno amor con caducidad; cuando
terminamos, más por razones de distancia que por otra cosa, en un arranque de
furia los destruyó. Digo que fue una fortuna porque ese libro era francamente
malo, muy malo. También, en otra ocasión, ya entrado en el aquelarre del
segundo semestre de Ciencias de la Comunicación, dediqué un fin de semana
entero, desde la tarde del viernes hasta la noche del domingo, en escribir un
cuento que nos habían pedido como trabajo final de una materia (redacción dos, supongo);
debía tener veinticinco cuartillas en total y como yo ya tenía un floreciente
negocio de hacer más de un trabajo y venderlo al mejor postor, en aquellos tres
días escribí tres cuentos, un total de setenta y cinco cuartillas que, para un
incipiente autor aspirante, eran una barbaridad. Alrededor de un año y medio
después, la Lettera se jubiló gracias a la presencia de una computadora de
escritorio; todo aquello ocurrió cuando el siglo XX apenas agonizaba.
En fin, toda esa cascada de recuerdos se ha volcado en mi memoria
ahora que estoy escribiendo, por primera vez, en una nueva portátil. Pasé más
de un año sin tener una computadora propia, lo que puede no significar nada para
usuarios que les da lo mismo revisar redes sociales o YouTube en la Lap que en
el móvil, pero para alguien como yo, que vive de escribir, resultaba ser una
verdadera monserga. Así que, hacer galopar las falangetas por primera vez sobre
este teclado, escuchar el suave golpeteo de las teclas al ser salvajemente oprimidas
por mis yemas, tener que acostumbrarme a poner el acento que ahora se aloja
junto a la eñe y no junto a la pe como en la computadora prestada que utilicé
hasta ayer, ha sido una maravilla; pero sobre todo, disfrutar y mirar desde
esta orilla, lo que mi madre me enseñó con tanto ahincó porque “seguramente
alguna vez te será útil” y vaya que lo ha sido para mí. El disfrute de esta
mañana es pues, de tal magnitud, que he dejado a un lado lo que la Flaca me
había sugerido para escribir hoy. Ya lo escribiré para la siguiente semana.
Paso cebra
Pareciera que cada viernes esta columna incluye un
obituario. Pero es que la muerte ronda implacable, de cualquier forma en que se
le antoje: haciendo del virus maldito su caniche o con presentaciones en
solitario, le da igual. El meollo del asunto es que se carga a gente que, a
pesar de la distancia geográfica y hasta personal, sentimos muy cercana. Es la
muerte de Pau Donés algo que no puede pasar inadvertido en casi todas las
latitudes hispanoparlantes y tal vez también en otras de extranjería, pues su
música, más que muchas, era un lenguaje universal. Quedan esos versos que
inoculó en mi tierna juventud: “yo nací en la cara mala / llevo la marca del
lado oscuro…”. Él que era el Jarabe de Palo en esencia y en corpulencia y que
nos dejó el mejor eufemismo para el amor de nuestra vida: “Cómo quieres ser mi
amiga…”. Buen viaje Pau, nos vemos pronto.
jueves, 11 de junio de 2020
viernes, 5 de junio de 2020
El policía que contaba historias
Hace varios meses, mientras mi hija tomaba clases de concina
en el Centro Mineralense de las Artes, encontré, curioseando, algunos libros de
Rubem Fonseca en la biblioteca pública comunitaria que ahí se encuentra (que
por cierto lleva el nombre de Emma Straffon González). Hasta entonces no había
leído a Fonseca, pero había leído mucho acerca de él. Pensé entonces que, tan
solo por ese descubrimiento fortuito, valía la pena sacar mi credencial para el
préstamo a domicilio. Al final de aquella semana las clases de cocina
terminaron y en el medio del disfrute de los postres preparados como graduación
de las lecciones culinarias, me olvidé de la membrecía bibiotecaria.
El pasado de abril aquel asunto volvió a mi memoria, cuando
me enteré de la muerte de Rubem Fonseca. El admirado autor dejó la existencia
corpórea escabulléndosele al maldito virus que tiene vuelto un caos a su
querida Brasil (claro, no sin la ayuda de Balsonaro). Nació en 1925 y tuvo una
destacada carrera literaria a la cual accedió después de desempeñar una
profesión poco relacionada (aparentemente) con la literatura: fue policía.
Fonseca se formó como abogado y a los 27 años inició una
carrera en la policía que lo llevaría a ser Comisario, dedicarse a áreas
relacionadas con la psicología dentro de la corporación y más tarde a asuntos
que tenía que ver más con las relaciones públicas de la policía. También se
especializó en Estados Unidos y fue maestro en la academia policial. Hay que
decir que cuando se piensa en esta parte de la vida de Rubem, uno imagina que
estuvo en la primera línea, la más aguerrida, del trabajo policiaco. La verdad
es que pasó poco tiempo en las calles, sin embargo el ejercicio de la profesión
de salvaguarda le permitió conocer a detalle, en la entraña, un mundo donde la
debilidad y la tragedia humana son caras de la moneda corriente. Es
precisamente aquí, y ahí la importancia de traerlo a colación cuando se habla
de su trabajo literario, donde Rubem Fonseca encontró las historias que quería
contar y con lo cual inicio una brillante carrera literaria a los treinta y
tantos años.
Para lavar la afrenta contra mí mismo de no haberme suscrito
y leído en aquel momento los ejemplares de Rubem en la biblioteca Straffon, me
mandé pedir un libro de este autor esencial para entender el Brasil de la
segunda mitad del siglo XXI y la insipiencia del XXI. Fue así que me hice de
“Historias cortas”, uno de los últimos libros de Fonseca; treinta y ocho
historias donde se despliega la habilidad del autor para mostrarnos lo más vil
de la naturaleza humana pero al mismo tiempo toda la humanidad que ello
encierra. La locura, el desazón, la tragedia de la pobreza y el desamparo de un
futuro inexistente son las líneas divisorias entre las que germina un conjunto
de narraciones precisas, sin oropeles lingüísticos que distraigan la atención y
permitan que el lector se adentre sin remedio a un mundo donde lo áspero es la
textura de la violencia humana en un mundo habitado sólo por seres marginales.
Un libro vertiginoso y divertido que en paralelo nos sacude
y conmueve con personajes que han dejado atrás todo rastro de sensatez, pero en
los cuales cada lector puede reconocer, o encontrar por primera vez, ese dejo
de personalidad que nos negamos a mirar, ese destello de oscuridad que creíamos
una sobra en nuestra alma, pero que resulta ser parte esencial de ella.
Fonseca solía decir que “Un escritor debe tener el coraje
para mostrar lo que la mayoría de la gente teme decir.”, y ese fue el
estandarte de su esgrima. Dejó libros fundamentales en la literatura “negra” (a
mi este mote me desagrada) latinoamericana y se encumbró como un maestro del
género policiaco. A puño de pluma dibujo un vitral donde la luz atravesaba
vidas destruidas por las circunstancias, pero sostenidas por el arrojo de vivir
sin tener derecho a hacerlo. Nadie puede cruzar por estas historias cortas y
salir impoluto. No. Leer a Rubem Fonseca es tender a la intemperie lo que más
nos importa: la certeza que, aparentemente, nos da una vida tranquila.
viernes, 29 de mayo de 2020
El mensaje
Titilaba con una monotonía cibernética. Lucecita nimia con
ínfulas de espectacular luminoso: hibernación. Su fulgor perene iluminaba el
pequeño caos de la mesa de trabajo. Los bolígrafos que esgrimen sobre el papel
las notas que se resbalan de la memoria. Un cuaderno de argollas con pastas
duras donde una caligrafía apretada se organiza por colores; el morado para las
frases ordinarias, el rosa para lo que hay que destacar, el azul para las
palabras importantes y el verde, sólo por no dejar de usarlo. A un costado, la
taza de café que apuntaló el ligero desvelo para poder terminar los encargos de
la oficina y que en sus paredes internas conserva las manchas chorreantes del
último trago; en el borde, ligeramente, se esboza la marca de su boca entintada
con un labial tenue, reservado tal cual ella.
La oscuridad flota en la habitación. Puede sujetarse,
colocarse sobre la palma y de un soplido empujarla contra sí misma como un
cumulo de nubes azabaches. En el silencio, su respiración se mece. A lo lejos
la ciudad da sus últimos alientos en el opening
de la madrugada mientras la laptop, abierta de fauces, resplandece. Un mensaje ha
llegado, titila insistente en la pantalla. Ha caído en la lap antes de alcanzar
el móvil que duerme plácidamente en el buró, junto a ella, entregado a la amnistía
nocturna del No Molestar. El mensaje insiste, quiere ser leído de inmediato, lo
que contiene es importante para él y con eso le basta para creer que es
importante para ella, cuyo sueño no ha sido mínimamente perturbado. El mensaje
se molesta, todos quieren recibir menajes, son la especia predilecta para
comunicar, quién no quiere recibirlos, todo el mundo los espera incluso con
ansiedad. Pero ella no, ella duerme, ni siquiera el ritmo de su respiración se
ha alterado, eso es inconcebible. El mensaje pierde los estribos, se desespera,
este oprobrio debe ser vengado.
Furibundo salta de la pantalla, cruza no sin dificultad el
cristal LED y rueda hasta la orilla de la mesa. Con habilidad se descuelga y
usa la pata más cercana como tubo de bomberos. Se mueve con agilidad por el piso
laminado, esquiva los cojines que han caído por tierra, y se agazapa de
espaldas al pie de la cama. Espera un momento. Con atención se da cuenta que
ella sigue profundamente dormida. Él mismo, respira profundo y comienza a
reptar por los pliegues de la colcha desbordada hasta el piso. Sube, decidido,
siente el motín de la furia recorrerle la venas y golpetear las sienes. Alcanza
la cima y se encuentra de frente con su rostro. Ella, ahí, plácidamente dormida
mientras él, presto a darle las noticias que espera, ha sido ignorado y privado
de cumplir con su cometido de mensaje. Con sigiloso odio se escabulle entre las
sabanas y encuentra su cuello. Ella apenas lo nota y sigue navegando en la
profundidad del sueño. El mensaje la sujeta firmemente y respira profundo antes
de comenzar a oprimir.
El olor de ella, a canela y manzana, ingresa en su binario
sistema y todo rencor desaparece. Desconcertado, al mensaje le toma un instante
darse cuenta. Recuesta su rostro y se abandona al calor de la piel de ella.
Nada importa ahora, no hay prisa que se desboque. Al mensaje ya no le importa
esperar unas horas antes de ser leído por ella, ahora sólo incumbe acurrucarse
en el tierno ímpetu de su dormir. Le dirá lo que tiene que decirle cuando
despierte.
Paso cebra
Murió el gran Leo Acosta. Alfajayuquense, hidalguense,
mexicano y universal. Nació en 1932. Fue, debo decir es, una de las figuras más
destacadas que ha dado Hidalgo en el arte. Grabador, pintor, litógrafo. Su
prestigió lo llevó de la orejas a destacar dentro y fuera de nuestro país. Alguna
vez, en una entrevista, Leo dijo que el arte era una fiesta, “inagotable fuente
de placer que día con día comparto con todos aquellos que me rodean”. Pero,
puntilloso como era, apasionado de su quehacer, cerró aquella charla
periodística diciendo: “Aún persisten aquellos hedonistas que saben que el gozo
inteligente también es una forma de enfrentar a la barbarie”. Persistirás entre
nosotros Leo. Nos vemos pronto.
jueves, 28 de mayo de 2020
viernes, 22 de mayo de 2020
Los días que vivimos enmascarados
Es adrede. Desde hace días ronda por mi mente el título de
aquel primer libro de cuentos de Carlos Fuentes, “Los días enmascarados”. El
realismo mexicanizado en potencia. Cuentos que espeluznan al más cauto. Una
delicia de la narrativa del siglo XX mexicano. Pero aun cuando ninguna de las
narraciones incluidas ahí hablan de un virus siquiera, el título regresa a mi
cabeza como una canica que insiste testaruda en seguir el declive de una mesa;
sobre todo cuando por necesidades alimentarias, he tenido que salir a la calle
en estos tiempos de pandemia.
Los cubre bocas (acabo de buscar un sinónimo en mi
diccionario y no he encontrado ninguno con el que pueda sustituir esta pobre
palabra sobre-utilizada en los últimos meses); decía que los tapabocas se han
convertido en una polimorfa vorágine de la modernidad. Su comercialización ha
impulsado cualquier cantidad de “emprendedores” que los ofertan en una amplia
diversidad de colores, diseños, tamaños y hasta materiales, algunos de los
cuales no te impiden el aliento como solo logra hacerlo el amor de tu vida. Los
expendios pululan, desde comercios formales, hasta oportunistas (en el mejor
sentido de la palabra) que a la orilla de una calle transitada o una esquina
abren la puerta trasera de sus vehículos y los venden como en un outlet
ambulante. Lleve la barrera contra el bicho, la salvación de la fiebre que te
abrasa hasta consumirte, la benevolente respuesta a la ecuación de dolor y
muerte que azota al mundo, todo en una paquetito de tres piezas por 20 pesos.
Pero estos esparadrapos tensados desde detrás de las orejas,
también nos han vuelto una sociedad que interactúa con exagerada parquedad, tal
cual una convención de maniquíes donde sólo se intercambian miradas perdidas.
Los diques de tela contra la marea alta de partículas nos ha robado los gestos
que con la parte baja de nuestro rostro completamos lo que decimos y lo que no
decimos, la expresión de alegría, de sorpresa, la mueca de tedio cuando una
charla nos aburre, la tímida erupción de un beso que lanzamos al aire y hasta
el burlesco afán cuando le sacamos la lengua a alguien.
Los días de encierro pues, no mejoran cuando salimos a la
calle y no solamente no podemos abrazarnos o estrecharnos la mano, dejarnos un
beso en la mejilla como signo de fraterna relación, sino que además no podemos
sonreírnos entre nosotros, ya no se diga que en ocasiones apenas logramos
escuchar a nuestro interlocutor con las bocas calzadas en esos bozales
confeccionados e inmunizados. Deshumanizados. La deshumanización de nuestros
rostros. La anulación parcial de los gestos con hemos armado un código secreto
con los nuestros y que usamos como arma defensiva contra los ajenos.
Pero pensamos, ilusamente dicen los estrategas de la salud,
que cuando logremos ponerle la pata en el cuello al virus, todo volverá a ser
como antes. A las charlas en las calles, los cafés, a lo brazos que te rodean
al encuentro, al frote cariñoso de los labios en las mejillas, a las palmadas
en la espalda, al tomarnos de las manos para brincar juntos un charco dejado
por la lluvia reciente. Parece que no, que deberemos acostumbrarnos. Que entre
las cosas que debemos echarnos encima, además de las llaves, el móvil, las
gafas de sol, deberemos incluir sin excepción la botellita de solución con
setenta por ciento de alcohol, un par de guantes desechables y el mentado
esparadrapo para enmascararnos. Y esa normalidad anómala podría durar, dicen,
meses tal vez años, es decir, una eternidad.
El virus hijodeputa no has llevado a ocultarnos en nuestras
casas, a apoltronarnos en lo que por momentos nos representa un paraíso, pero
que en otros toma decorado de mazmorra. Nos ha llevado a ocultarnos de nosotros
mismos, a ser una colección de espejos cubiertos donde no se refleje el rostro
de la bestia que ronda por las habitaciones. ¿Sobreviviremos a estos malditos
días enmascarados? Ojalá.
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