viernes, 4 de julio de 2025

El metaverso poético de Roberto López Moreno



Llega a mi escritorio de trabajo un paquete de libros. Siempre es una alegría, sobre todo, cuando es un libro en el que participo. En este caso se trata del libro colectivo “Palabra de Colibrí 2025 / Encuentro de Letras ‘Roberto López Moreno’”. En el volumen, coordinado por los poetas Marcela Romn y Fran Fierro, participamos 73 autores (poetas y narradores) para celebrar a uno de los escritores más destacados e interesantes de la literatura mexicana reciente: Roberto López Moreno. El poeta, narrador y ensayista, nacido en 1942, nos ha regalado una obra donde el uso del habla popular se combina con un manejo erudito del lenguaje. He tenido la oportunidad de participar en estas páginas para compartir el asombro que Roberto me ha causado y la huella que, me parce, ha dejado indeleblemente en las letras. A continuación mi texto:

“Qué extraña es la manera en que nos llegan las leyendas. No me refiero a las historias que se cuentan en las noches de apagones y tormenta. No. Me refiero a aquellas personas que, con sus afanes, han moldeado nuestra manera de nombrar al mundo; incluso sin saberlo. Escritores que hace tiempo se detuvieron a poetizar la realidad, cogiendo trozos de imaginación y largos remedos del telar del habla popular; palabras que suenan por aquí y por allá, en el trajín obstinado, en la cotidianidad pestilente, en las vísceras laberínticas de la ciudad que promete acoger a todos quienes a ella llegan, pero que, cual eterna diosa prehispánica, traiciona engullendo sin decoro a los inmigrantes, a los insondables, a los impertérritos, a los inocuos, a los inefables; a los que inevitablemente se han rendido a sus pies para habitarla.

“Pero en esa pléyade de carnada, hay algunos, los pocos, los ungidos por el bálsamo de la literatura, que han logrado domar el instinto del suicida y se han negado a arrojarse en el anonimato; por el contrario, contados son los que heroicamente enarbolan su intelecto para sublevarse a la medianía y dejar, como dicen las citas trillas, una huella en el lodo del tiempo y la realidad.

“Eses es el caso de Roberto López Moreno. De él llega a mis manos y a mis ojos una nueva edición de su clásico “Acá López, tú, el nosotros”. Desde el título me sorprende y me avergüenza; una frase rebuscada que busca atrapar al más ignoto de sus posibles lectores y que por alguna razón yo, lector obsesivo con rasgos de locura, no conocía. Ahí me encuentro a un poeta total y fragmentado; es él mismo, pero a la vez, es todos. Paisajista del lumpen capitalino, que se ha visto obligado a sustituir la fronda de su tierra natal, por la fonda donde comen aquellos que consiguen el pan con el sudor de su frente, de sus manos y de otras partes sudorosamente castas. Un poeta que se ha negado a asumir su condición de “llegado citadino” para asumirse como parte del monstro de las mil cabezas que se camuflajea como ciudad. ¿Es López una de esas mil cabezas? (Que digo mil, millones de cabezas.) No. Él es una lengua. ¿Una de tatas lenguas con las que esas testas se expresan? No, tampoco. Él es la reencarnación de “la lengua”, esa que se mueve al mismo ritmo de la vida entre las calles, los cielos y los infiernos, como viperina astucia, parlante venganza del dolor, la mugre y el destino fatal que todos tenemos impreso en algún recóndito lugar del corazón.

“Prestidigitador de la palabra, calculador y preciso. “Onomatopeyicamente” traduce lo que escucha: palabras que clava en la página como mariposas en un álbum lepìdoterológico y que, aletean cada vez que alguien las pronuncia. Sujeta las palabras del barrio, su barrio, como escupitajos que antes de caer al piso emparenta con parónimos y cacofonías que carga, a todas partes, en la bolsa de la camisa junto a la pluma; las encierra en la jaula del intelecto y las incita a aparearse para que muestren su lado oculto, su doble sentido, el sentido secreto, tal vez, el sentido verdadero.

“Describe la ciudad y a sus personas, a las personas y a sus sentimientos, a los sentimientos y sus contradicciones, pasiones, vicios, alegrías, extrañezas; bellezas, al fin y al cabo. Pero, además, se vuelve el personaje central, el antihéroe, el testigo, el suceso mismo; desde dentro del poema da un salto y se desdobla para sorprendernos, lo encontramos junto a nosotros, acompañándonos en la lectura de su poema y, cuando menos lo esperamos, desaparece para volverse otra vez poesía pura, dura; cura.

“Roberto López Moreno es un poeta de cepa y sepa la bola cuantos versos más seguirá obsequiándonos, obsequioso como es, en sus poemas. ¡Salve!”

viernes, 17 de enero de 2025

Garibay, 102 años

Hace algún tiempo, reflexionaba en este espacio, por dónde empezar a leer a un escritor, por cuál de sus libros quiero decir. En aquel momento la reflexión surgía cuando abordaba a uno de los grandes novelistas de la literatura mexicana, el hidalguense Agustín Ramos. La cuestión es complicada cuando el escritor en cuestión continúa produciendo y llegaba a la conclusión de que se debía iniciar con el libro que se nos cruzara por el camino; la literatura está llena de milagros y estoy convencido de que toparnos con un libro en específico en un momento determinado resulta en una epifanía que no debemos dejar pasar.

En el caso de un escritor ya fallecido, el rumbo de nuestras pesquisas resulta menos incierto. Sobre todo si la relevancia de la obra de ese autor ha merecido unas obras completas o al menos una antología. Ese es el caso de Ricardo Garibay.

Cómo muchos saben Garibay nació en Tulancingo el dieciocho de enero de mil novecientos veintitrés. Pronto su familia se estableció en Ciudad de México y posteriormente el propio Ricardo se afincó en Cuernavaca hasta sus últimos días.

La obra de Garibay es muy vasta, suficiente para que las obras completas, publicadas por el gobierno de Hidalgo y editorial Océano en 2002, merecieran diez tomos de tamaño considerable cada uno y para navegar, con viento en popa, por el cuento, la novela, el testimonio, el teatro, el guion cinematográfico y el periodismo. Esa colección es una especie de mapamundi definitivo que podemos extender frente a nosotros y tomarlo como referencia para abordar una de las obras más importantes de la literatura mexicana del siglo XX; una que se ha vuelto un canon, me atrevería a decir. 

Se sabe de su constancia en el oficio de leer y de su exigencia, implacable diría yo, en el oficio de escribir. Ante todo, don Ricardo era un lector que entregado al disfrute del idioma, un explorador de las palabras que desarrolló una facilidad envidiable para reproducir el habla popular de distintas regiones del país según sus personajes se lo exigieran. Puntilloso, apasionado, entregado en cuerpo y alma al ejercicio de escribir, buscó a toda costa la manera de vivir sin distraerse de su oficio con trabajos mundanos. Aun así, se encargó de encomiendas burocráticas en dependencias como la SCT, Canal 13 y la SEP; encontrando en cada lugar una forma de hacer literatura, escribiendo o hablando de ella. Son famosos sus espacios televisivos, en IMEVISION, la televisión de Morelos y Radio y Televisión de Hidalgo, donde acompañado de diversos intelectuales que escudriñaban todo tipo de temas literarios y por ende, de la vida misma. De los programas que se transmitieron en el canal 3 pachuqueño, existe un volumen espléndido que recoge algunas de esas charlas y que es autoría del arquitecto Luis Corrales Vivar-Cravioto; se llama “Diálogos hidalguenses”.

Quienes tuvieron con él un trato de amistad le recuerdan siempre como un caballero, aun cuando era conocido su carácter reacio, altanero, avasallador. Hacía sus últimos años de vida la exasperación llegaba más pronto que tarde y prefería recluirse en su soledad contenida en su estudio. Hay dos libros más que quisiera mencionar. El primero es “Sendas de Garibay” del escritor y editor Ricardo Venegas, se trata una colección de ensayos, anécdotas y entrevistas que Venegas fue construyendo en múltiples visitas al insigne escritor allá por la década de los noventa. El segundo se titula “Señor mío y Dos mío / Ricardo Garibay: La fiera inteligencia”, obra de Alejandra Atala que da cuenta de los últimos días de la vida de Garibay y de los primeros de la eternidad de Garibay; en una especie de diario Alejandra reflexiona sobre la presencia de don Ricardo en su vida intelectual y personal.

La autenticidad de Garibay le granjeó un sinnúmero de enemistades en el ámbito literario, a lo que se le achaca el escatimo de premios que merecía su pluma. Sin embargo, en lo que va de este siglo, por fortuna, su obra se ha revalorado y ha encontrado nuevos caminos para llegar a las manos de los lectores jóvenes; camino ideal para que el pensamiento de un hombre como Garibay, perdure en el tiempo.

Paso cebra

Este sábado 18 de enero, estaré en la ciudad de Tulancingo con el honor de compartir mesa de conferencia con el querido y admirado Agustín Ramos; ambos hablaremos, desde la perspectiva personal, de la obra de Ricardo Garibay. La cita es a partir de las 4 de la tarde en el Centro Cultural que lleva el nombre del ilustre autor de “Beber un cáliz”. Ojalá que puedan acompañarnos. Nada es mejor para la memoria de un escritor que sus lectores se encuentren y le lean.

viernes, 10 de enero de 2025

La triste e increible historia de la América Mexicana y su Trump desalmado

Por los pasillos digitales se deja sentir el cotilleo desatado por los recientes e hilarantes pronunciamientos del presidente electo de los Estados Unidos, Donald Trump. 

Si bien, en los primeros días tras la arrolladora victoria que obtuvo en las urnas parecía que su discurso tendía a mesurarse, dejando atrás los disparates de la campaña y centrándose en los problemas medulares que convensieron al electorado. Los enérgicas posturas anti-woke y el freno total a las ideologías de género en las escuelas, sumando otras minucias que van contra la agenda 2030 (ahora 2045), consolidaron las simpatías de sus seguidores y le granjearon las voluntades que se mantenían indecisas aun después de la elección; incluso las propuestas antimigrantes y de la posible intervención militar para combatir a los cárteles dentro de nuestro territorio quedaron opacadas. 

Sin embargo, al arrancar el nuevo año, Trump regresó a la arena mediática con una serie de declaraciones que vuelven a posicionarlo en la categoría de “borracho de cantina / peleonero de banqueta”. Además de insistir que va a quitarle la isla de Groenlandia a Dinamarca para anexarla, junto a todo Canadá a los territorios de los EUA, intensiones que por supuesto no le han hecho gracia a ninguna de las naciones aludidas. Además, don Donald, insinuó que usaría la presión económica y posiblemente militar para retomar el control del Canal de Panamá; sin dejar de lado el amague con las deportaciones masivas de inmigrantes latinoamericanos.

Pero la gota que ha derramado el vaso de la estupidez ha sido el capricho de cambiarle el nombre al Golfo de México por el de Golfo de América, pues, en parafraseo Trumpesco, “les pertenece a los gringos”. La reacción de la presidenta de México no se dejó esperar y mostró un mapamundi de 1607, tal vez el primero que intentaba dar una perspectiva total del mundo, donde el territorio de nuestro país cubre gran parte del ahora territorio norteamericano, llegando por el norte más allá de San Francisco y por el sureste hasta La Florida, designándolo como “América Mexicana”. Es por esta razón que al trozo de mar interior entre la península de Yucatán y la ya señalada Florida se le llamó Golfo de México. Si tomamos en cuenta que la fundación de los Estados Unidos data del 4 de julio de 1776, el golfo ya tenía 169 años de llamarse como se llama. Otro dato interesante es que el nombre de América Mexicana era común cuando en 1814 José María Morelos y Pavón lo incluyo en la Constitución de Apatzingan, antecedente de la primera constitución de nuestra nación.

Lo que sigue en este drama binacional seguramente será que, el congreso gringo aprobará el supuesto “cambio de nombre” al golfo y se dará una batalla mediática para tratar de imponerlo; cruzada infructuosa al paso de los años cuando se volverá a la designación conocida y aceptada por todos los organizamos internacionales. Lo mismo ocurrió con Bush hijo, cuando trató de lavar la afrenta de que el gobierno de Francia no quiso apoyarlo en su intervención militar en Irak, pidiéndole a los norteamericanos que cambiaran el nombre de “French fries” por “Free fries” para ordenar unas papas en la ventanilla de comida rápida. Sobra decir que si alguien llegó a hacerlo, el nuevo nombre “libertario” pronto fue olvidado.

En fin que los disparates el inquilino que entra a la casa blanca la próxima semana será nuevamente el sello de una administración que prometía más de lo que su “razón” puede lograr.

viernes, 3 de enero de 2025

Los festejos literarios del 2025

Inicia el 2025, convulso y beligerante, cargando en los bolsillos una serie de festejos literarios por demás interesantes, que pueden ser un buen pretexto para leer o releer algún libro o a un autor que puedo permanecer lejano hasta ahora para nosotros o inserto ya en las listas de preferencias, conocidas ahora como el “top” de lo que preferimos leer. 

Empecemos por los autores. Este nuevo año se cumplen doscientos cincuenta años del nacimiento de la novelista británica Jane Austen. También se estarán conmemorando los ciento cincuenta años del nacimiento del gran escritor alemán Thomas Mann; del poeta y novelista austriaco Rainer Maria Rilke; y del más joven de la generación del 98 de la poesía española, Antonio Machado. En los centenarios, recordaremos a no de los autores más radicales de la literatura japonesa del siglo XX, Yukio Mishima; y de dos de las escritoras españolas más queridas por propios y extraños, Carmen Martín Gaite y Ana María Matute. En cuanto a los aniversarios luctuosos recordaremos los ciento cincuenta años de la muerte de Hans Christian Andersen, un gran poeta danés, pero conocido mundialmente por sus cuentos para infantes; y cincuenta años del fallecimiento de Hannah Arendt, una de las filósofas y teórica política más influyentes del siglo pasado, cuyo pensamiento aún permea en la actualidad.

En cuanto a libros celebrados, este año la lista es fascinantes. Se cumplirán cien años de la publicación de “La señora Dalloway”, la que fuera la cuarta novela publicada por Virginia Woolf y que nos presenta el flujo de conciencia del personaje central, Clarissa Dalloway, a través del cual Woolf nos presenta un retrato fiel de la estructura social de la Gran Bretaña posterior a la Primera Guerra Mundial; “El proceso”, novela de Franz Kafka, publicada de manera póstuma y consideran inacabada, pero valorada como una de las novelas más imporatantes del siglo XX por su crítica a la inaccesibilidad a la justicia; y “El gran Gatsby”, la obra maestra de Francis Scott Fitzgerald donde explora la decadencia y el idealismo de la sociedad de Long Island, los excesos y el oropel característico de los años veinte, llena de jazz y art decó, como una ácida advertencia de la vaciedad del “sueño americano”.

Un caso especial de este año será la conmemoración de los 1900 años del Evangelio de Juan. Aunque algunos arqueólogos han datado la fecha en el 135 d.C., la mayoría de especialistas han coincido en que el fragmento más antiguo de este libro es del 125 d.C. Se trata de un fragmento conocido como el Papiro de Rylands (llamado así por el lugar donde se conserva, la biblioteca John Rylands en Mánchester) que contiene unos pocos versículos de Juan 18. Este evangelio es considerado uno de los de mayor influencia en la fe cristiana pero también en la literatura universal, por su carácter canónico y su autoría por parte de uno de los discípulos de Jesucristo y testigo ocular de los hechos divinos de Su ministerio. Cabe aclarar que se cree que el Evangelio de Juan pudo ser escrito alrededor del año 70, pues comenzó a circular aproximadamente en el 89 o 90, dando así décadas suficientes para su copiado y distribución a lugares tan remotos en ese momento, como el interior de Egipto, lugar donde fue localizado la copia de Rylands.

En la literatura mexicana, estaremos recordando el décimo aniversario del otorgamiento del Premio de Literatura en Lengua Castellana Miguel de Cervantes (máximo galardón de la literatura en español), a nuestro ilustre y recodado Fernando del Paso.

Para rematar, la curiosidad literaria del 2025, será que, por primera vez una ciudad de lengua portuguesa será designada como Capital Mundial del Libro por la UNESCO; Río de Janeiro.

Paso cebra

Deseo de corazón estimado lector, que el nuevo año que iniciamos ya traiga para usted dicha y bienestar para usted y los suyos. Como anhelo extra, espero que me permita la oportunidad de encontrarnos en este espacio cada semana. ¡Feliz años nuevo 2025!

viernes, 27 de diciembre de 2024

El penoso deber de mirar caer a los héroes


Hay quien opina que nunca deberíamos atestiguar la caída de nuestros héroes. Sin embargo, al pasar de los años, la falibilidad de aquellos que admiramos otorga una dimensión distinta a nuestra propia manera de ver las cosas, a perspectiva y en directo; una sensación de desolación mezclada con un poco de satisfacción de haber cumplido la difícil tarea del deponente de una desgracia. Esa sensación de desamparo me ha acogido durante la lectura de “La ciudad y sus muros inciertos” la más reciente novela del japones Haruki Murakami y, aunque mi objetivo principal como reseñista es el de contagiar el entusiasmo que me ha provocado la lectura de algún libro (procuro no escribir sobre libros que no me gustaron), la relación de amistad literaria que me une con el autor de hoy me obliga.

Mi relación lector-escritor con Murakami no tiene ni diez años. Fue en dos mil quince cuando leí con avidez una novela de la que había escuchado muy buenos comentarios: “Tokio Blues”. En cinco días repartidos entre aquel diciembre y su subsecuente enero, descubrí un autor cautivante con una historia que, un poco más, un poco menos, hablaba de un trozo de mi propia juventud. A partir de esa epifanía fui explorando ya un total de catorce libros hasta el chasco de la semana pasada. Falta decir que en esas lecturas repartidas en los últimos nueve años incorporé al menos tres libros a mi lista de preferencias personales: “Los años de peregrinación del chico sin color” (la que considero la mejor novela de Murakami y de la que estuve hablando ayer en un café con mi querido y viejo amigo Arnulfo Islas), “Crónica del pájaro que da cuerda al mundo” y “De qué hablo cuando hablo de correr”.

Sin embargo, la lectura de “La ciudad…” fue verdaderamente agonizate. Ya desde los dos títulos anteriores, “La muerte del comendador” (tomo I y tomo II) y el libro de cuentos “Primera persona del singular”, Murakami comenzó a perder el brío que le caracteriza como autor. En “La muerte del…” pude ver a un escritor que dilataba demasiado las escenas, que se aburría en los ambientes descritos y por momentos divagaba en reflexiones que ya habíamos abordado páginas atrás; mientras que en “Primera persona…” se apareció como un autor ávido de entregar el libro a la editorial sin haberlo concluido del todo; cuentos aparentemente sin terminar, pues. El resabio perduró, pero no fue determinante para que, como ferviente lector de Murakami, no le diera la oportunidad a la nueva novela.

“La ciudad…” tropieza desde el principio develando el detonante narrativo de la historia: la relación amorosa (a un nivel platónico) que engarza las vidas de un joven y una joven en la adolescencia y la cual será resuelta al paso del tiempo, en la adultez. Este argumento resulta repetitivo en relación a otras novelas del japones (como “Tokio…” y “Los años de peregrinación…”, por citar sólo dos), sin embargo hasta ese punto podría ser una propuesta, que, aunque conocida por sus lectores, se resolviese de manera novedosa en cuando a sus libros anteriores. Sin embargo, la esperanza dura poco cuando a la historia Murakami le adosa un mundo de fantasía donde el adorno principal son unicornios salvajes, pero gradualmente domesticados (vaya contradicción). Aun cuando el autor nos ha presentado historias oníricas o incluso inmersas en la fantasía (pienso en los misteriosos sueños eróticos que navegan por “Crónica del pájaro…” y los personajes de pinturas tradicionales que cobran vida en “La muerte…”), todas habían sido cuidadas con la quirúrgica manera en que un escritor va surciendo, de manera oculta, el interior de una historia que nos resulta verosímil; característica imprescindible, esta última, para que el lector se quede. A partir de ahí, hablo de las primeras veinte páginas, la novela tropieza con todo lo que encuentra y va aflojando la cuerda con que se sostiene la atención de un lector hasta dejarlo caer por la borda a un mar enrarecido de más de quinientas páginas. Una verdadera lástima.

Esta experiencia lectora me recuerdo algo que leí en el muro de un colega, parafraseando, “Lo que importa son los libros, no los autores que tanto se ensalzan”. Es cierto. Aun cuando uno recurre a autores que ha disfrutado como una apuesta segura, ninguno es infalible y pude darnos con una chanada en las narices (como por ejemplo, “Memoria de mis putas tristes” del Gabo), presentando libros no tan buenos como los anteriores o los que nos han gustado; es natural que un autor tenga altibajos en su obra, sobre todo si ha sido prolífica. Y aunque no ocurre en todos los casos, a veces los libros postreros de un autor van perdiendo el lustre de los primeros. En el caso de Murakami la tendencia es en picada. 

Paso cebra

Esta es la última columna del año. Gracias por su lectura semanal y permanente. Deseo de corazón que los anhelos que le rodean a usted y los suyos, sean cumplidos. Nos leemos en el 2025.

viernes, 20 de diciembre de 2024

Desayuno de cumpleaños con futbol

Es miércoles. Llevo cuatro días aporreado por una gripe marca ACME, pero como me sentí mejor al despertar asisto al desayuno de cumpleaños de un amigo. En la pared norte del restaurante cuelga un televisor de dimensiones apabullantes donde se advierte la trama del partido de futbol más esperado del momento: el Club Pachuca contra el Real Madrid. Mis “vastos” conocimientos futbolísticos no me permiten entender bien a bien en que clase de torneo un equipo mexicano, el más antiguo de la comarca, se enfrenta a un equipo español, considerado por muchos el mejor de la península ibérica. En fin que sin mucha ciencia por resolver me siento a la tertulia cumpleañera en un lugar donde es prácticamente imposible no mirar los movimientos vertiginosos con los que las cámaras tratan de seguirle el rumbo al balón y retratar a su paso a quienes tratan de atajarlo, detenerlo, aventajarlo. “Hasta ayer era un bulto que sólo se quejaba y comía”, respondo a la pregunta de cómo he estado. ¿Hasta ayer?, interviene con amoroso sarcasmo mi mujer mientras me abraza, yo alcanzo a atajar diciendo “Hoy soy un bulto que se queja, come y además se mueve”, entre las risas desatadas puedo ver en la pantalla reflejado mi lance en el hombre vestido de amarillo que acaba de salvar de un gol tempranero al Pachuca, ignoro su nombre, por ahora prefiero dejarlo así para no volver personal mi desprecio si llegan a perder los “Tuzos”. La mesera, abrumada por el laúd repentino de comensales futboleros que ha casi coptado el establecimiento nos mira con desprecio a la pareja recién llegada a una mesa donde ya la mayoría apresura el plato de enchiladas y carne asada con entusiasmo de llagar pronto al pastel de festejado. Cuando noto que podemos quedarnos rezagados ante los pedidos de las otras mesas recien llegadas, me apresuro a alzar la mano al igual que el arbitro que marca una tarjeta de amonestación a un español de aspecto “no español” que con el uniforme merengue le ha entrado fuerte a un coterráneo mío. Pido aprisa, sin perder detalle del encuentro televisivo, unos chilaquiles rojos con huevo para mi y unos huevos divorciados verdes para la Troyana, en ambos casos tiernos en cuanto al nivel de cocimiento, anote también dos cafés y un poco de pan de mesa. La velocidad tortuguil pero enérgica de mi pedido hace, no sé cómo, que la mesera se confunda y no alcance a anotar nada, ¿Qué me dijo?, me hace voltear a verla en el preciso momento en que dentro del área chica Vinicius de un tijeretazo burla a Carlos Moreno y le pone a Mbapeé un servicio que no podía tener otro destino que el fondo de la red. Un lamento generalizado resuena en los comensales que me rodeaban y que también están metidos en el encuentro mañanero. Desdeño continuar con la orden de los platillos y me enfoco en ver qué ha sucedido, la repetición doblemente repetida muestra el golazo que acaban de acomodarnos. ¡Pinches gachupines!, sale de mi boca la rabia ancestral de Moctezuma Xocoyotzin. Pero esos no son españoles, dice alguien en la mesa, son africanos. “También la Liga Africana de Naciones puede irse mucho a la chin…”, pero tampoco son africanos, alcanzo a reflexionar antes de desatar otro problema diplomático con mi futbolera pasión villamelona. Uno es brasileño y el otro francés, dice Quique que ya ataca el último trozo de cecina en su plato huasteco de cumpleaños. Peor tantito, pienso, “oscuras fuerzas multinacionales tratan de vencernos”, digo temeroso del complot cuando el café llega por fin frente a nosotros. Guardando una vaga, muy vaga esperanza de que el marcador cambie a favor nuestro trato de poner mi atención a la charla del festejo, los chistes repetinos, las carcajadas, las bromas por la edad del agasajado, las anécdotas compartidas, etc. De reojo siento que me vuelve el alma al cuerpo cuando los “Tuzos” se acercan y tienen un lance casi heroico. Han llegado nuestros platillos y trato de calmar mi ansia de aficionado compungido entre las tortillas fritas bañadas con salsa de chile huajillo, crema, queso, cebolla y un toque de cilantro, cuando de pronto, Rodrygo, otro de esos jugadores españoletes que han nacido en Brasil, acomoda el balón en la esquina de la portería pachuqueña. El tiro ha sido en el dudoso filo del fuera del lugar por lo que el arbitro, de aspecto egipcio y que resulta ser venezolano, revisa en el VAR en donde en vez de pedirse una pura y dos con sal, sale convencido de que el fuera de juego, efectivamente está fuera del lugar y da por bueno el gol. Aprieto un pedazo de bolillo con la diestra mientras que con la siniestra tomo un bocado de desconsuelo. Aprovechando el medio tiempo aplaudimos y cantamos Las Mañanitas a Quique que no ha querido pedir un trozo de pastel para evitar a toda costa las delatoras velítas de cumpleaños. El trabajo de todos nos hace apresurar la despedida, la cual empujo con desespero cuando veo que la trama del segundo tiempo es también de terror para los “Tuzos”. Ya no pude ver como Moreno casi ataja el penal del tal Vinicius en el minuto ochenta, punto final del marcador de tres a cero. Es el sino del villamelon, desperdiciar su repentina emoción en partidos concenados al fracaso.; la espuma de la amarga cerveza de raiz. Vuelvo a mi gripa y a las actividades de día. Cuando menos pude acompañar a Enrique en su desayuno de cumpleaños.

viernes, 13 de diciembre de 2024

La literatura, soledad y compañía

Escribir es un oficio solitario. En general, si lo piensa usted bien estimado lector, la literatura es en esencia un quehacer solitario. Se escribe en aislamiento, arrebatando tiempo a los amigos, la familia, los amantes. Pero también se lee en retiro, a solas, aunque leamos en el transporte atiborrado de la hora pico, nos encontramos sumergidos en la intimidad solitaria, en todo caso compartida con el autor, de la lectura. No soslayo en absoluto los círculos de lectura, por el contrario, me parece admirable el arrebato de compartir con otros ese disfrute individual. Yo, como seguramente ya ha adivinado usted, padezco un pudor lector terco e irrenunciable; el egoísmo propio del bibliófilo.

Sin embargo, el acto de escribir tiene otra cara, como una moneda que llevamos oculta en el bolsillo y que resguardamos como amuleto; seguramente porque nos fue obsequiada por alguien especial o simplemente porque su valor financiero se ejerce en otras latitudes. En esa cara oculta, ya sea sol o águila, se ocultan las presentaciones literarias. La fiesta en que el escritor abandona la soledad de su estudio para celebrar el acto mismo de la literatura, en el mejor de los casos con lectores interesados en sus dichos de papel y, aunque se comparta en voz alta el contenido del lanzamiento editorial, apenas se lee algo como anzuelo que sumerja a los posibles lectores en la soledad lectora de la que hablábamos antes. Son pues, encuentros fugaces de individuos que no ven la hora de adquirir el libro presentado, dar por concluida su asistencia en el acto y escapar a toda prisa a la soledad de su lugar favorito para leer. No se diga el autor, que regresa del agasajo revitalizado por la felicidad que implica haber presenciado un milagro: la conclusión de ese largo, atemporal, ubicuo e improbable círculo de comunicación que significan los libros.

Digo todo esto al final de la gira de presentaciones de mi último libro; una selección personal de mi trabajo como periodista cultural y que até bajo el mismo nombre de esta columna: “Transeúnte solitario”. Fueron catorce semanas de presentaciones, entrevistas, viajes, charlas, visitas, comidas, abrazos, comentarios, de desavenencias y convites, de organizar, agendar y atender las fechas pactadas, de disponer los días enteros alrededor del libro y de amor, mucho amor, sobre todo amor. Así fue como la Troyana, que por suerte en esta gira me acompañó a todas partes, describió lo que ocurría en cada actividad: ¡Cuánto amor!, dijo mientras admiraba lo refulgente que puede ser la cara oculta de mi actividad como escritor, lustre que sólo otorga la presencia de los lectores en la vida de quien esto escribe. Gracias a todos quienes participaron de alguna forma en esta oblonga y refrescante celebración. A todos ustedes, de corazón, muchas gracias.

El libro en cuestión casi agota existencias por lo que he regresado a la faceta principal, vocación verdadera, del escritor: la soledad del escritorio de trabajo. Retomo las tareas cotidianas y encaro un nuevo proyecto literario, ambicioso y desafiante que por el momento me entusiasma más que atemorizarme. A ver cuánto me dura la valentía. 

Paso cebra

Para terminar, una confesión: retomar hoy esta columna, tras catorce semanas de no escribirla, ha sido un gran reto para mí. Al iniciarla, los dedos bailotearon torpemente sobre el teclado de la mac, pero, a estas alturas ya parlotean con usted, descarados y vehementes, en esta soledad acompañada en la que coincidimos usted y yo, por fortuna, cada semana. Gracias por su lectura. Hasta la próxima semana.

viernes, 11 de octubre de 2024

¿Quién es la Nobel de Literatura 2024?

Imagen: Academia Sueca


Con mucha sorpresa se recibió, tanto en los círculos literarios como entre los lectores en general, la noticia de que la Academia Sueca había designado a la escritora surcoreana Han Kang como Premio Nobel de Literatura 2024.

A partir del escándalo que se desató en 2018, sobre la filtración de los nombres de los candidatos y sospechas de corruptelas en la designación de los ganadores del premio literario más prestigioso del orbe, la Academia ha sorprendido cada año con designaciones que se alejan mucho de las quinielas literarias, las estadísticas de ventas y la fama mediática de aquellos escritores que supuestamente son “favoritos” o “merecedores” del Nobel.

La falibilidad de estas “ternas” radica en que la muchedumbre aficionada a la literatura (y los juegos de azar) observa en los escritores propuestos aspectos que van más allá de su calidad literaria, la cual sin duda, es de primer nivel pues encontramos siempre enlistados a autores como Salman Rushdie, Anne Carson, la china Can Xue, el maravilloso Mircea Cărtărescu y hasta el más vendido en las estanterías Haruki Murakami. Pero la Academia ha demostrado que, desde hace por lo menos ocho años, ha apostado por autores que tienen una sólida trayectoria literaria más o menos alejada de los reflectores digitales, la cual ha sido construida con una observación íntima y precisa de la condición humana de aquellos que hemos habitado los últimos años del siglo XX y lo que va del XXI.

Es así que, la Academia Sueca dijo que la obra de la surcoreana "confronta traumas históricos y conjuntos de reglas invisibles". Además, "Tiene una conciencia única de las conexiones entre el cuerpo y el alma, los vivos y los muertos, y en su estilo poético y experimental se ha convertido en una innovadora de la prosa contemporánea".

Han Kang nació en noviembre de 1970 en Ciudad Metropolitana de Gwangju, Corea del Sur. Su padre, Han Seung-won, era novelista he influyo determinantemente en el camino literario de su hija. Sus primeros poemas aparecieron en la revista surcoreana “Literatura y sociedad” en 1993. Dos años después publicó su primer libro de relatos titulado "El amor de Yeosu".

Su obra más reconocida es "La vegetariana", publicada en tres partes desde 2007. Este libro la hizo acreedora al prestigioso premio Booker Internacional en 2016. Además de este libro pueden encontrarse en español los libros “Blanco”, “Actos humanos” y “Lecciones de griego”.

Su prosa poética engloba historias de un de una profunda humanidad donde describe la lucha permanente del ser humano por enfrentar sus limitaciones, sean físicas o emocionales, para superar los límites que nos encierran en la deshumanización del mundo moderno. Precisamente en "Lecciones de griego" (aparecido apenas el año pasado), Han explora la relación de un profesor de griego que está perdiendo la vista y una mujer que ha perdido su capacidad de hablar; en ello el destello del amor, se asoma.

Han Kang se convierte en la primera mujer asiática en recibir el Nobel de Literatura y ocupa el lugar 18 en la lista de mujeres que han sido galardonadas con este premio.

Enhorabuena para la literatura surcoreana, para la literatura escrita por mujeres y para la literatura universal.