viernes, 28 de junio de 2024

Octavio Jiménez o el Minotauro cincurspecto


En una entrevista para la televisión española en 1977, cuando le preguntaron sobre el tema del primero de sus libros publicado con su nombre y titulado “Los Reyes”, un poema dramático sobre el mito de Teseo y aparecido en 1949, Julio Cortazar reflexionaba sobre el Laberinto: “Existe la versión oficial del mito: Teseo es el héroe que entra en el laberinto guiado por el hilo de Ariadna para poder volver a salir y busca a ese moustro espantoso que es el Minotauro, que devora a jóvenes rehenes y entonces lo mata y sale como el gran héroe. Yo vi eso totalmente alrevés: yo vi en el minotauro al poeta, al hombre libre, al hombre diferente y que por lo tanto es el hombre al que la sociedad, el sistema, encierra inmediatamente, a veces lo mete en clínicas psiquiátricas y a veces lo mete en laberintos, en ese caso era un laberinto, y entonces Teseo, en cambio, es el perfecto defensor del orden, él entra allí para hacerle el juego al rey Minos, es un poco el gánster del rey, que va ahí a matar al poeta; y efectivamente en mi poema, cuando conoces el secreto del Minotauro te das cuenta que no se ha comido a nadie, que el Minotauro es un ser inocente que vive con sus rehenes, juega y danza y todos son felices, y entonces llega este joven Teseo, que tiene los procedimientos de un perfecto fascista y lo mata inmediatamente.”

Soy el peregrino en su patria, / camino del cielo rojo en batalla florida; / partido entre la piedra y la flor, / cobijado por Mictlateputli, / el dios del ayer.

En su más reciente poemario “Laberintos de la mente”, Octavio Jiménez asume la personalidad descrita por Cortazar. Él, es el dueño y señor del laberinto, y al mismo tiempo huésped distinguido, indeseado, benévolo, maldito, de esos pasillos intrincados, de rumbos confusos y virajes eternos sin salida. 

Largo trayecto de regreso, / en un inerminable / e inefable laberinto nocturno.

Los temas esenciales del poeta permanecen en estas páginas: el amor y por ende su reverso, que no es el desamor sino el olvido; la realidad versus el sueño y la naturaleza como envolvente y muda banda sonora de esas ensoñaciones y sucesos reales.

Sueñas para no volver a despertar, / para vivir eternamente / la dulce canción del amor.

Pero aparecen en el espectro poético del tepejano nuevas preocupaciones, propias de una pluma que ha envejecido, por fortuna de quienes somos sus lectores más devotos, y que amplía su tesitura poética para abordar aristas, ocultas hasta ahora como deudas reflexivas que comienza a pagar.  

En el pasado / te burlas del presente, / lloras por los macehuales en abril / y apagas la sed del mundo.

El primero de ellos es la prehispanidad, como herencia y consecuencia; el poeta se reconoce como eslabón de una estirpe ancestral, raíz que pinta de cosmogonía la piel y la mirada del mundo, de un imperio ligado íntimamente con la naturaleza y mezclado en los siglos hasta la disolución zafia de la modernidad.

Llora macehual que de tu grandez, / el amante sólo existe.

A partir de reconocer la herencia deformada, se despierta en el poeta, como un desencadenamiento natural y congruente, la memoria, en una poesía social que irrumpe en sus temas como un pulso latente desde hacía tiempo; enfrentar al poder con la palabra, cobijar a los caídos con una voz rebelde a cuello, determinado a que no haya perdón ni haya olvido.

¿Dónde te dejaron? Eran cuarenta y tres / ¡Donde están! / ¡Los queremos vivos! /Clama la madre / Clama el padre / Clama el viento, / Claman las piedras / Clama el sol y la vida. / Claman las voces del 68 / Claman las voces del 71

Pero para desmenuzar la horrenda materialidad de lo que somos, Octavio zurce sus pensamientos con un hilo onírico, de finura extrema, que lo mantiene impoluto en el lodazal en que ha tenido que revolcarse para describirnos como sociedad.

Aun así / no he muerto, / tampoco he resucitado / solo camino penosamente en el frágil hilo / de lo que llaman realidad / herida y andrajosa, / socavada por los más encumbrados en el poder (…)

Es esa, la crítica de nosotros como colectividad, la del propio e indivisible ser que en la intimidad de la lectura se mira en el espejo que Jiménez pule en sus versos, para mostrar en los reflejos, destellos que iluminan los rincones oscuros de su laberinto interno.

La cotidianeidad nos absorbe / nos devora, / nos carcome, / nos derrama el alma, / hasta volvernos / cuerpos vacios.

Pero es el amor la última salida, la cuerda que desatamos del cuello y cogemos con las manos para jalar de ella y alcanzar la orilla; el amor por la persona amada, como último hito para sobrevivir a este siglo que casi alcanza su primer cuarto, atolondrado, enloquecido, maloliente, arrollándonos con su desmañado actuar.

Tu mirada huele a hojas húmedas / caídas de árboles / en el umbral del invierno, / miradas que buscan los sueños olvidados.

No piense el lector en el amor romántico, terso en demasía; al contrario, el amor febril y determinado, alevoso y conciso; húmedo, lacerante y pertinaz.

Soy la luna y tú el sol, / soy el sol y tú la luna, / somos dualidad / eterna en un grabado bajo la piel, / que se funde en lo más profundo / de nuestras almas.

Pero hay tres nuevos destellos poéticos en el Octavio Jiménez que hoy leemos, que más allá de la sorpresa, me tocan y me conmueven, en el mejor sentido de la palabra, me mueven con. El primero de ellos es su fe, siempre presente en sus versos, pero develada hoy para mostrar uno de esos vericuetos de su pensamiento enfrentando la realidad de una época en que la tolerancia lo tolera todo excepto aquello que huela a cristiandad.

Manos que aun sangran por Sodoma, / por la injusticia, / el racismo, / la ambición, / la corrupción, / la pederastia, / la homofobia, / el feminicidio y el aborto. // De esas manos /  fracturadas nació / en medio de la obscuridad / la esperanza, / la inmanencia del amor, / la fraternidad.

El segundo de ellos es el jazz, no la música en general, en exclusiva la síncopa y el contratiempo propio de una música que suena como la vida más que cualquier otra. Referencias sonoras que acompañan los pensamientos y que acompasan sus cavilaciones nocturnas.

Armonías que en el ayer se pintan de gris, / hoy solo son estrofas de un deseo / ahogado en la nostalgia de un sueño. // Notas de un Sax / olvidado en el tejaban del alma, / que dibujan siluetas / en la gélida noche de otoño. // Acordes del piano, / sinfonías adyacentes a la serenidad nocturna.

Y por último, el humor, pulcro pero puntilloso, cuña precisa en el poema titulado “Polvo de estrellas” donde después de sufrir la mordida canina, no le ocurre lo que le habían contado, sin que la secuela pierda encanto.

¡En fin! / hoy desperté / y no me volví polvo de estrella, / soy solamente un sueño / en medio de una resaca / de Diego Rivera.

Como último requiebro me queda decir que este paseo que Octavio Jiménez nos ha dado por los sempiternos laberintos de la memoria, como el mismo los llama, resulta ser una pieza sustancial en el rompecabezas (otro laberinto, al fin) de una obra poética que el autor ha ido forjando en los últimos años; una pieza de forma elegante, madura y estremecedora que describe al poeta desde otra de sus ángulos, lo que en la literatura resulta ser un retrato de cuerpo entero.

Soy la bruma, / Soy la noche, / Soy los recuerdos del hombre, (…) Soy canto, / Soy el viento, / Soy simplemente / el poema.

viernes, 21 de junio de 2024

El día que conocí a Juan Galván Paulin


Las habitaciones de aquella casa eran misteriosas. Desde la fachada se percibía que el paso del tiempo había dejado su huella. Claro que la humedad característica de un pueblo de montaña había sido cómplice en el aporreo que el lugar había sufrido en los últimos años. Muros descarapelados por la humedad, columnas de piedra aferradas al frio y todo aquello que leñame fuere, hinchado permanentemente. Sin embargo, mirándola de lejos y visitándola eventualmente, era de una belleza difícil de describir. Tenía, como todos aquellos lugares que preferimos y donde hemos sido felices, un defecto imperdonable; para ser una Casa de Cultura era víctima de llevar el ominoso nombre de un exgobernador nacido en esa tierra y a la postre flagelado judicialmente por su actuar inmoral. Fue en aquel lugar, donde le conocí.

La inmensa puerta, de madera por supuesto, estaba siempre abierta, dispuesta como los brazos abiertos de una madre que espera paciente la vuelta de los suyos. Al entrar un recibidor con piso de cantera bifurcaba el andar a un auditorio a la derecha o al patio central si se seguía de frente. Desde ese patio, también con piso y columnas de cantera, se accedía a los claustros remodelados hacía no mucho para albergar estudiantes de disciplinas artísticas. En ellos, el mobiliario era común, pizarrón blanco, mesas, sillas, en algunos, butacas. Las ventanas, con marcos y estructura también de madera rústica, dejaba pasar en cuadrantes una luz que escatimaba los rincones y era apenas suficiente para iluminar una mesa colocada cerca de ellas. Los claroscuros poblaban los espacios, parecían ser residentes que nos observaban detenidamente y sigilosos toleraban el chirriar de nuestras pisadas sobre la duela mortecina.

Hoy vas a conocer a mi maestro, me decía Luzma, con una emoción sinceramente desbordada; tomar su taller ha cambiado mi forma de escribir. Después de pasar un rato sentados en la orilla de la fuente mirando las ranas cardinales por cuyas bocas salía expulsado un torrente de agua inagotable, nos adentramos en las vísceras de la casa, abotagadas por el relente pertinaz de aquel otoño realmontense. 

Seguimos el murmullo que nos condujo al salón principal de la segunda planta. Un gran ventanal de piso a techo, abierto de par en par, privilegiaba el lugar con mejor iluminación y aire fresco. Después de colocar nuestras pertenencias para señalar el lugar que ocuparíamos en la mesa dispuesta para el trabajo, nos asomamos al balcón y antes de que pudiéramos retomar el hilo de nuestra charla, entró en el ámbito de nuestra vista el Maestro. 

Su caminar sereno abrió en canal la marea de turistas sabatinos que habían comenzado a mosquear la mañana. Marcaba con su bastón el tiempo preciso en que cada uno de sus pasos caía sobre los adoquines. Su traje de tres piezas, impecable como su calzado, el ala del sombrero que se levantaba acompasada a su mirada le completaba la estampa de heredero indiscutible de la estirpe inglesa que otrora vio bonanza en aquel paraje minero. Sostenía un portafolios de piel como único pertrecho de absoluta sabiduría. Unos anteojos de armazón fino, la barba apenas encanecida hasta el pecho, la mirada diáfana de profeta. Ahí viene, dijo Luzma mientras le agitaba un saludo con la mano, al que Juan Galván Paulin correspondió con una sonrisa franca y una leve inclinación de cabeza.

Recuerdo una inquietud especial cuando Luzma y yo bajamos las escaleras, prestos a recibirlo. ¿Quién era aquel hombre que con su céfiro había ajustado la emoción del día? ¿Qué podía salir de la pluma de un escritor cuyo tamaño no tiene nada que ver con su estatura física? ¿Qué podrían hacerte las palabras de alguien que sin decirlas ya te ha tocado? Aquel hálito que me había impresionado hacía apenas unos momentos irrumpió en las entrañas de la casa dando un vuelco a la umbría reinante, no para disiparla, sólo para volverla apreciable. Ahora, a su paso, aquella luz grisácea todo lo cegaba.

Tras las presentaciones de rigor subimos y nos apostamos rededor de la aquella mesa dispuestos a la batalla. Desenfundamos los textos y nos dispusimos a leerlos cual esgrimistas que confían en sus gestos; guardia, paso atrás, paso adelante y fondo, sin mucho fondo. Galván Paulin nos miraba y hacia anotaciones cautas pero contundentes. Nos apercibía sobre aquello que la literatura exige sin cortapisas y el compromiso que pocos asumen sobre usar las palabras no como obtusas y blandengues armas, sino como herramientas que ocultan un filo lacerante a la menor provocación.

Cuando me llegó el turno extendía ante sus ojos un poema merecedor de toda mi ufanía. Me escuchó leerlo con la paciencia que sólo poseen aquellos que conocen los desenlaces. Tras un compás de espera, Juan rompió el silencio. Fue releyendo cada verso mío tasajeando los adjetivos, haciendo trisas las redundancias, pisoteando el falso oropel de las rimas forzadas y dejó, como un ramaje desnudo, la esencia de mi poema. Petrificado, me di cuenta de que acababa de presenciar el acto literario en su más pura expresión. Me di cuenta que Juan Galván Paulin me acababa de enseñar que, en la poesía, para decir el todo, hay que alcanzar el quid. Ante mí, se extendió el verdadero significado del acto de escribir.

Han pasado veinticinco años de aquel día, pero estoy seguro de que hoy que vuelva a encontrarme con él, confirmaré lo que aquí he escrito.