jueves, 21 de mayo de 2020
viernes, 15 de mayo de 2020
Réquiem por Arturo
Foto: Octavio Jiménez
Vaya miércoles. Maldito día que saja la semana en canal. La
tarde se escurría cansina y bipolar. Una luz obscenamente refulgente venía
perseguida por la tormenta. Después de varias horas metido en la pantalla de la
lap, entre cafés y tele-reuniones de trabajo, me zambullí en las redes sociales
como quien entra a un pileta helada tras un largo rato asolado y sudoroso de
calor. Pero, dentro del agua había un alacrán. La primera línea que me asombra
es un lamento digital de Enrique Olmos, un comentario a una entrada sobre el
escritor hidalguense Arturo Trejo Villafuerte. El corazón me dio un brinco,
como aquel que daban los tocadiscos cuando alguien los golpeaba
accidentalmente. Con rapidez recorrí mi “taimlain” sin encontrar mayor
información. Salí de la sobriedad de Twitter para entrar intempestivamente a la
pachanga que es Facebook, como quien irrumpe en una fiesta buscando al amigo
cuyo auto dejó con las luces encendidas; pero lo que confirmé allí dentro es
que las luces, las llamaradas de un amigo, se habían extinguido. El primer post
que me aguijoneó fue de Virgilio López Ortiz, Adiós Gordo, alcancé a leer entre
tantán letrelería.
La muerte de Arturo Trejo Villafuerte me caló en lo más
hondo. Más allá del intenso escritor que fue, poseía una virtud que pocos
escritores alcanzamos: era un gran amigo. Nacido en Ixmiquilpan en el 53 (fue
el regalo de Navidad para su madre), perteneció a la generación de la Diáspora,
este grupo de escritores hidalguenses nacidos mayoritariamente en los
cincuentas (unos pocos en los sesentas) que emigraron por necesidades
académicas a la Ciudad de México y otros lares, en donde encontraron caldo de
cultivo para ese virus que los carcomía por dentro desde la infancia, la
literatura.
Egresó como comunicólogo de la UNAM y rápidamente alcanzó su
destino en la Universidad de Chapingo donde fue coordinador de Extensión
Universitaria; posición que le permitió, entre muchas otras cosas, echar a
rodas colecciones y revistas literarias. Escribió por aquí y por allá, editó a
diestra y siniestra, ganó premios, menciones honoríficas y participó en docenas
de homenajes y ferias de libros.
Poeta, narrador, cronista y ensayista. Cultivó con avidez
estos géneros manteniendo siempre una constante: la literatura como el festivo
testamento de que se ha vivido. La fuerza de sus obras radicaba en la
experiencia y el análisis, en la recreación del habla y del tono de personajes
e historias vivas, latentes y combatientes en un mundo donde la pasión es el
combustible y el destino.
Afable, bullangero, granjeó una pléyade de amigos que le
admiramos y disfrutamos lo mismo en las páginas de sus libros que en las
sobremesas en las que extendía anécdotas como naipes en un conquián de risas y copas. La generosidad con que brindaba su amistad no conocía límites. Lo
mismo abrazaba física y litertariamente a sus co-generacionales que a las
jóvenes líneas de escritores, y por supuesto, el paisanaje lo estrechaba con
los colegas hidalguenses.
Con Arturo comparto pocas, lastimosamente pocas anécdotas,
pero muy significativas. Arturo me entregó el Premio Estatal de Periodismo en
su calidad de presidente del jurado en 2003. Sus breves palabras de
reconocimiento al trabajo con que gané, las atesoro. No volvimos a vernos hasta
el año pasado, dos veces; la primera creo que en junio, la segunda creo que un
mes después. Charlamos y reímos, brindamos y hablamos de poesía. Me queda ese
recuerdo por supuesto, pero sobre todo guardo, colgado en el corazón, el honor
que significó compartir con él, páginas en los libros antológicos que se
presentaron en esas dos ocasiones; que mi nombre ocupara un lugar junto al suyo en un índice,
nunca lo hubiera imaginado.
Aideé Cervantes Chapa lo designó en una de esas
publicaciones como un Imprescindible de las letras hidalguenses (mexicanas,
diría yo). Sin lugar a duda lo fue, lo es y lo será.
Arturo solía decir que la poesía es un camino de vida. Ese
camino ahora es de memoria. Gracias Arturo y nos vemos pronto.
jueves, 14 de mayo de 2020
viernes, 8 de mayo de 2020
El médico que lee poesía
Creo que me he remitido en otras ocasiones a esta breve historia:
Mario Ruoppolo entra intempestivamente a la casa que ocupa, a orillas del mediterráneo,
Pablo Neruda. Está desesperado y asustado; la madre de su amada ha descubierto
que es él, un cartero insulso, quien ha estado enamorando a su hija con poemas
del vate chileno (poemas que por cierto todos hemos usado para el mismo fin,
con disimiles resultados por supuesto). La madre, que sabe muy bien que cuando
las palabras de un hombre andan tan cerca de una mujer las manos no andan muy
lejos, ha dicho que quiere matarlo antes de que termine de seducir a su hija. Mario
increpa la ayuda del poeta. Éste le dice que no es su culpa, que él nunca le dio
permiso para enviarle esos poemas a Beatrice (el mismo nombre que atormentaba a
Dante y a cada hombre sobre la tierra oculto en otros nombres). Mario le
argumenta con toda la sabiduría del mundo concentrada en una frase: “La poesía
no es de quien la escribe sino de quien la necesita”.
La escena pertenece al filme “Il postino” de Michael Radford,
basada en la “Ardiente paciencia” de Antonio Skarmeta. Tanto la novela como el
largometraje pertenecen a todos aquellos que creemos en el poder de la poesía. Por
ello me parece tan mezquino que algunos, lamentablemente muchos, critiquen a
Hugo López-Gatell, el epidemiólogo que comanda el ejército de respuesta ante el
covid-19, haya dedicado un tiempo a leer poesía por iniciática del Fondo de Cultura
Económica.
¿Leer un poema lo distrae verdaderamente de sus ocupaciones?
No pongo en tela de juicio el hecho de que su tarea sea esencial en este
momento que vivimos y su responsabilidad es muy alta. Precisamente por eso es
que debe mostrarse empático, dar una cara humana que las estadísticas dantescas
no le permiten. La poesía que lee no es suya, la voz que usa para articularla
tampoco; es nuestro el poema porque lo necesitamos, es nuestra la voz. En el
medio de una guerra un dejo de humanidad es un lujo, pero es necesario. Indispensable,
diría yo. Si lo que necesitamos es poesía. Sólo la poesía nos hace llevaderos
el aislamiento, el miedo y la incertidumbre. Ese médico que trata de guiarnos
en la oscuridad de la pandemia necesita darnos más aliento y que mejor que con
poesía; y que mejor que sea él quien nos comande y nos aliente que el
presidente.
La lectura del miércoles no debe ser criticada, al
contrario. Es nuestra responsabilidad como especie animarnos unos a otros,
empatizarnos, leernos poesía, compartirnos libros a viva voz, hacernos saber
que no estamos solos aunque no podamos tocarnos.
Sin embargo hay dos cosas que no me gustaron del lópezgatelreading:
que lo haya hecho en una tableta y el poema elegido. Yo hubiera preferido algo
más subversivo dadas las circunstancias que vivimos. Un poema que nos describiera
de cuerpo entero, que describiera la lucha que libramos contra el virus canalla
haciéndonos conscientes de nuestra vulnerabilidad ante los embates imperceptibles,
pero mortales, del enemigo. Me hubiera gustado escuchar ese maravilloso poema
de César Vallejo, “Masa”; un texto que espeluzna a cualquiera:
Al fin de la batalla, / y muerto el
combatiente, vino hacia él un hombre / y le dijo: «¡No mueras, te amo tanto!» /
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo. // Se le acercaron dos y repitiéronle: / «¡No
nos dejes! ¡Valor! ¡Vuelve a la vida!» / Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.
// Acudieron a él veinte, cien, mil, quinientos mil, / clamando «¡Tanto amor y
no poder nada contra la muerte!» / Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo. // Le
rodearon millones de individuos, / con un ruego común: «¡Quédate hermano!» / Pero
el cadáver ¡ay! siguió muriendo. // Entonces todos los hombres de la tierra / le
rodearon; les vio el cadáver triste, emocionado; / incorporóse lentamente, / abrazó
al primer hombre; echóse a andar... //
¡Sí, lo que necesitamos es poesía señores! La mejor prueba
son aquellos que han salido al balcón a compartirla con sus vecinos. Eso deberíamos
hacer todos los vecinos de este mundo en medio de esta guerra que dilatará.
jueves, 7 de mayo de 2020
Recaudo
Leo tu voz
desgranada letra a letra
por tus pulgares.
La recaudo
con la retina y media
que me queda,
descifrando con ellas
confesiones de traza púdica,
refulgentes como tu cuerpo
—manantial—
cuya memoria
aún me azora el corazón.
miércoles, 6 de mayo de 2020
Confección
Conozco de la mustia luz
y de la noche iracunda.
Sé del dolor y de las llagas
que fermentan bajo la piel.
Algo recuerdo de la forma
en que la prisa te fruncía el ceño;
mucho más
de la furia inverosímil
de tu ternura.
Hoy ignoro
los confines del silencio
que sostienen tus palabras;
las orillas de tu risa y sus acantilados;
tus bocetos frugales
si me sostuvieras una mirada.
Pero sobre todo ignoro
la línea con que tu cuerpo
la línea con que tu cuerpo
se ha ido bordando
sobre el viento.
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