viernes, 6 de noviembre de 2020

Benedetti por Serrat


Era tal vez la primera parte de 1989. Yo salía del “bronch” dominical con mis padres y mi hermano. Era uno de esos restaurantes americanos con jorongo, menú mexicano y nombre de entrada a una hacienda. Siempre que nos acercábamos a la caja de uno de esos lugares yo hacia girar el carrusel de libros que se encontraba a un costado. Lo hacía con la esperanza de encontrar un título que llamara mi atención. Por ese entonces mis intereses lectores estaban enfilados a la poesía, había leído los únicos cuatro poetas que habitaban la biblioteca de mi padre: Neruda, Luis Villoro, Gorostiza y López Velarde. En una de esas vueltas el carrusel de acrílico me ofreció una portada verdeazulada que vociferaba un título por demás elocuente: “Poemas de la oficina y del hoy por hoy”. De inmediato lo tomé y le pedí a mi padre que me lo comprara; él que nunca regateo nada a sus hijos y menos cuando se trataba de libros, dijo sí de inmediato, no sin hacer una mueca al notar que el libro contenía poemas (nunca ha sido un gran lector de poesía). Pasé la tarde de aquel domingo devorando el ejemplar, el cual no era muy voluminoso, por el contrario, su delgadez me permitió regodearme en lo que dentro encontrar, a uno que se volvió mi poeta favorito de inmediato: Mario Benedetti.

Una de las pocas cosas loables que nos trajo este 2020 ha sido el centenario del natalicio del uruguayo, quien sin duda es uno de los poetas más importantes de nuestra lengua. Cultivo todos los géneros literarios: la poesía, la prosa, la dramaturgia y el ensayo. Lo hizo con ahínco y brillantez. Sus lectores se cuentan por multitudes y el cariño que se le prodiga dio pie a que el catorce de septiembre (su cumpleaños número cien) las redes sociales se inundaran de múltiples muestras de afecto y celebraciones. De todas ellas, una de las mas significativas fue la que hizo su casa editorial en la última etapa de su vida, Alfaguara, con la edición de una antología de su poesía, la cual se presentó en la sede del Instituto Cervantes en Madrid el mero día del centenario.

En sí misma, la antología tiene un gran valor, pero adquiere una significación mayor por quien la confeccionó; Joan Manuel Serrat hizo la selección y el prólogo. En ella se encuentran los 145 poemas (y un puñado de haikus) que para el catalán son los más significativos del vate uruguayo. Serrat hubiera querido que fuera más amplia “pero las dimensiones del volumen dictan su rigor”, dice. Joan Manuel nos cuenta que la poesía de Mario está íntimamente relacionada con sus andanzas biográficas y descubre un zurcido oculto en la obra del poeta más leído y cantado de Iberoamérica. Divide la obra en tres partes: la primera, titulada “La nostalgia provoca exilio”, contiene los libros publicados entre 1948 y 1973; la segunda, “El exilio provoca nostalgia” con poemas de 1973 a 1984; y la tercera, “El desexilio” que abarca los últimos 22 años de producción poética, entre 1986 y 2008.

En cada sección, se aprecia la voz inconfundible del poeta, su inteligencia y humor, con una selección que deja ver las distintas aristas con que abordó durante toda su vida sus temas fundacionales: el amor, la memoria, el exilio, la muerte. Se va notando la evolución de un estilo cotidiano, diáfano y honesto que nunca sucumbió a las corrientes y a las modas literarias; sostuvo la pluma con temple para surcar la literatura latinoamericana con viento en popa, profundizando siempre en el más humano de nuestros resquicios interiores.

A mi gusto, a la selección del Catalán sólo le falta un poema, “Asunción de ti”, aquel que cierra el primer libro de Mario: “Quién hubiera creído que se hallaba / sola en el aire, oculta, / tu mirada (…)”. Pero por definición, toda antología estará incompleta y será un pretexto para ir en pos de aquellos textos que nos marcaron, no solo en la juventud, también en la adultez donde todos nos azoramos por los golpes de timón que da la vida, dejando en claro que cada día se lucha, como hizo Benedetti, por vencer, no a la muerte, ya quisiéramos, sino al olvido. Sumergirse en este libro es la mejor celebración a su vida; a través de su obra.

viernes, 30 de octubre de 2020

Un filme aporofóbico

 

Aporofobia. Término acuñado por la filósofa Adela Cortina a finales del siglo pasado. La Real Academia de la Lengua Española lo incluyó en su Diccionario apenas en 2010. Significa el miedo a la pobreza. Cortina explica que esta fobia se basa a la proyección de vernos en la circunstancia de la precariedad; la repelemos, la simple idea de la pobreza nos desquicia, la detestamos.

En esa idea, alojada en el lóbulo más picapedrestre de nuestro cerebro, se basa el nuevo filme del Michel Franco, “Nuevo orden”. La película propone ser una distopia sobre lo que pasaría si la clase baja de este país se emancipara violentamente contra aquellos que todo lo tienen, contra el sector de la población mexicana donde esta alojada la mayoría de la riqueza económica. Sin embargo, la historia se queda en la superficie din llegar analizar las causas y las consecuencias del principal problema de nuestro país: la desigualdad.

El filme inicia con una secuencia de imágenes y sonidos, donde el color, la luz, la pulcritud contrastan con flashes de cadáveres amontonados, con una maría verdes que desciende las escaleras, con habitaciones lúgubres y una mujer desnuda, bajo la lluvia con el mismo color verde que escurría enredado en el cuello. Esos primeros minutos prometen una propuesta visual atractiva y llena de simbolismos, al más puro estilo de Fellini o de Peter Greenaway, donde la historia será contada, además de los personajes, por las atmosferas y los objetos. Pero no es así. Con una cadencia aún rescatable la película se desinfla sin remedio.

La historia ocurre en una mansión del Pedregal, donde una familia acomodada departe su felicidad con un ciento de invitados impecablemente ataviados para la boda que se celebra. Alrededor, extraños sucesos inquietan a aquellos invitados que recién llegan, comenzando a imperar un ambiente de incertidumbre. Hasta ahí, la habilidad del joven y galardonado director parece sostenerse con firmeza hacia un devenir dramático propositivo.

Durante la celebración, los personajes se van delimitando nítidamente, marcando dos bandos que conviven, aparentemente, en paz; por un lado, la familia millonaria, los Novello con sus intereses económicos con un alto funcionario del gobierno y por otro, la servidumbre que mira con desprecio y envidia los excesos y el despilfarro. De pronto, la sensación de que algo pasa en la ciudad transciende las calles aledañas y se presenta dentro de la propiedad en la persona de individuos que en primera instancia amedrentan, dando paso inmediato de la amenaza, al asesinato y al saqueo. Brillan en sus rostros morenos, la sonrisa de la venganza, el desquite de siglos de sobajamiento al fin lavados en el acto de sustraer las joyas, el dinero de la caja fuerte; de sorrajarle un tiro en la nuca a la patrona. Sobra decir que las escenas son difíciles de soportar.

Tras el asalto a la mansión nos damos cuenta de que lo mismo ha pasado por toda la ciudad. Por vericuetos del destino sobrevive el padre con dos tiros, el hijo mayor que ha perdido asesinada a su esposa embarazada y la hija casadera que ha salido del domicilio justo antes de que las fieras entraran a arrasarlo todo. Sin embargo, ella, Marianne, se refugia en la casa de los miembros de la servidumbre y al día siguiente es secuestrada por las fuerzas militares cuando aparentemente van a ayudarle a volver a su casa.

A partir de ese momento la historia naufraga y se centra en los intentos pasivos de su familia que mueve todas las influencias necesarias para tratar de rescatarla de sus captores, sin saber que son las mismas fuerzas del orden las que han establecido una prisión oculta donde ocurren todo tipo de vejaciones a prisioneros “güeros” y de ropas finas. El circo dantesco termina con el triunfo de la hegemonía económica que justicia publica y sumariamente, a la clase popular, como una victoria más del verdadero mándalas en México: el dinero.

La película termina siendo apenas un panfleto, una alegoría que grita a los cuatro vientos el terror que nos provocan los pobres, sin la mínima intención de analizar sus consecuencias y sus posibles soluciones; los ricos y los pobres son dos especies que aparentan convivir en armonía, unos sirviéndose de los otros y nunca viceversa, pero con la convicción de que en cualquier momento el equilibrio puede romperse estableciendo un nuevo orden donde, por supuesto, seguirán mandando los de siempre.

viernes, 23 de octubre de 2020

La estirpe de la maldad

 Nómada de las tempestades, / estibador del caos ineludible, / del destrozamiento.

En el duelo vernáculo más famoso del cine mexicano, Jorge “Bueno” Negrete increpa a Pedro “Malo” Infante, su facineroso talante, haciendo referencia a su abuelo: “¡Uy que malo! Hay que comprarle su león.” Pedro Malo entonces, ¿era malo por tradición o por herencia?, ¿por vocación o por talento?, ¿por decisión? Al fin de cuentas el malo no eran tan malo y el bueno tampoco tan bueno.

Estas filosóficas preguntas sobre la maldad humana, su origen y destino, son abordadas con inteligencia y causticidad en el nuevo libro del poeta Hans Giébe “Linaje de Caín” y aparecido en una nueva colección (de la que aún no se sabe mucho) denominada “Aires del Festival Internacional de Poesía Ignacio Rodríguez Galván” y auspiciada por la LXIV Legislatura del Congreso del Estado de Hidalgo.

El libro, un poema de largo aliento plagado de matices diversos, recorre desde el inicio de los tiempos, según la tradición judeo-cristiana, la maldad en el mundo. La inquina fundada cuando el primogénito del primogénito de todos los tiempos alza la mano contra el benjamín primigenio. Caín inaugura la venganza en el mundo y también el exilio; celoso de su hermano lo asesina y después huye.

Caín se pierde en oasis refulgentes / con su pequeña rémora / diestra en lo maligno.

Con una habilidad envidiable, Giébe traza un poema profundo y melancólico, que recorre sin pausa, pero sin apresuramiento, los recovecos de lo malo, encontrándose no sin sorpresa que ellos se encuentran en lo más recóndito de nosotros mismos. Sin que le tiemble la mano, el poeta escribe: (…) el linaje de Caín es ventisca asoladora; nos impulsa y nos azora, dilata nuestras pupilas y nos provoca empuñar un arma de aire hasta hacernos daño. Pero el odio no puede estar presente sin el amor o su ausencia.

“Dime, madre, si de niño / el charco transparente contenía mi rostro. / Dime, si el labio seco de las aves se fundía / en la hoguera de otro labio. / ¡respóndeme! / si el sello de maldad es indeleble / en el corazón de cada uno de nosotros”

Con destreza Hans Giébe va entrelazando la luz con la oscuridad, dejando ver que en el feroz rencor del condenado la añoranza y el deseo de dejar de deambular por el mundo aparecen como fulgores de esa maldad que todos destilamos; esa, la humana, la que por difícil que sea de creer, a pesar de todo, está cargada de bondad, de benevolencia.

Y de pronto… / la sangre vagaba insomne en las paredes.

Pero el poeta no se queda a pastar en las lindes del personaje aludido. No. Va más allá y deja caer el puño sobre la mesa para señalar el abuso de los poderos; el odio, la persecución, las guerras, el genocidio. Su crítica es puntual y coloca al acusado frente a nosotros, poniendo un espejo delante de todo aquel que quiera mirar. La maldad somos nosotros, está intrínseca en nuestra naturaleza; “no hay una bueno”. El linaje maldito lo tenemos todos, la heredad de la malicia nos persigue y traza una línea de sangre a través de nosotros… para perpetuarse.

Veneros en una realidad que no caduca, / cañadas que rústicos lamentos nos segregan / en genocidios maquillados / más allá de los vestigios citadinos. / Expertos son en el cultivo de cadáveres.

Con este libro Hans Giébe se devela como uno de los mejores poetas hidalguenses. Nacido en Pachuca, ha sabido cultivar la universalidad necesaria que todo escritor necesita para alcanzar una voz propia, pero sobre todo, en cada verso salta a la vista su amplio bagaje enciclopédico, tan falto en estos tiempos en que cualquier, con dos versitos descoloridos se autonombra poeta en las redes sociales. Si alguien quiere encontrar una propuesta poética honesta y bien sostenida en la más antigua de las tradiciones, debe asomarse a las páginas de “Linaje de Caín”. Al cabo que no hay maldad más austera que la de los poetas.

Es cierto, el Caído se va al infierno, / pero con lira en mano / con la intención de estragar nuestras dolencias / y los clamores de los condenados.

sábado, 17 de octubre de 2020

Una Nobel salvaje

 

Foto: Foro Abierto

La gran Margo Glantz aceptó en un tuit que no la conocía, que no la había leído. Otros en cambio, expertos de rebote, lisonjearon a la nueva Nobel sin siquiera conocer su obra. Un galardón bien merecido, dicen los que verdaderamente la han leído. Sin duda, la designación de Louise Glück sorprendió a todo el mundo, incluyendo por supuesto, el literario. La autora nació en Nueva York en 1943, radica en Cambridge, Massachusetts donde enseña inglés en la Universidad de Yale. Tiene ascendencia húngara y judía, de ahí la peculiaridad de su apellido y es una de las figuras más importantes de la literatura contemporánea en inglés. Ella misma reconoce haber tenido, en algún momento de su vida, ambiciones literarias, las cuales declinó para llevar una vida dedicada “a otras cosas”, sospecho que se refería a “escribir”, ejercicio que la llevó a convertirse en la mujer número diecisiete en recibir este premio.

Da // comienzo ahora el tiempo en el que oye otra vez / ese latido que es la narración / del mar, al alba cuando su atracción es más / fuerte.

Al conceder el Premio Noel de Literatura 2020, la Academia sueca destacó de la obra de Glück: "su inconfundible voz poética que con austera belleza universaliza la existencia individual". Pero no sólo es una poeta importante en lengua inglesa, su obra ha sido traducida al español, en la editorial Pre-Textos, cosechando una importante pléyade de lectores; poemarios como “Averno”, “Ararat”, “El iris salvaje” (Premio Pulitzer en 1993), “Las siete edades”, “Praderas”, “Una vida de pueblo” o “Vita nova”, y sus ensayos reunidos en “Pruebas y teorías”.

(…) No necesito / seguirte adonde estás ahora, / hundido en la ponzoña de este campo, para / saber la causa de tu huida, de tu humana /pasión, de tu rabia (…)

Sus temas circundan a la infancia, la familia como núcleo, la intrincada relación entre los padres y los hijos, el vínculo invencible de los hermanos, echando mano de vez en vez de lo clásico, entre mitos y alegorías, para describir un mundo en el que lo individual es el reflejo y ojo de agua de lo universal. Su poesía abreva de la tradición norteamericana donde asoman Whitman y T.S. Eliot, ocupando un lugar importante en la literatura desde los años ochenta, dando a su creadora un lugar en el gusto de los lectores.

Así se vive cuando tienes un corazón helado. / Como yo: entre sombras, arrastrándose sobre la roca fría, / bajo las copas inmensas de los arces. / El sol apenas me alcanza.

Pero la austeridad de su obra es reflejo de su personalidad. Es conocida la anécdota de cómo suele presentarse: “Soy Louise Glück. Glück se escribe con una ü con diéresis, y el apellido es de origen húngaro. Enseño y escribo poesía”. Sus amigos la reconocen tímida y con un gran sentido del humor, callada y celosa de su privacidad, la cual se vio alterada la semana pasada por la presencia de docenas de reporteros que frente a su casa deseaban registrar sus primeras impresiones al darse la noticia de su Nobel.

El trigo cosechado, almacenado; seca / la última fruta: el tiempo / que se acumula, sin usar, / ¿también termina?

El simple hecho de que este año el premio literario más prestigiado del mundo haya reconocido la poesía es ya lago para celebrar, tanto como la oportunidad que nos da de conocer una poeta “nueva” para muchos y con una obra profundamente valiosa. Me queda la sensación de que el Nobel ha mantenido su vocación de astrolabio para guiarnos en el tempestuoso mundo literario moderno, encontrando el solaz siempre deseado en un escritor que vale la pena leer. Muchos discuten si la Academia tiende a reconocer escritores “desconocidos”. Nada más errado. Glück es tan importante como lo era Coetzee o García Márquez en su momento, tal vez no tan conocidos en el mundo entero al momento de convertirse en Nobeles, pero sí, ya con una obra merecedora de la universalidad.

¡Salve la nueva Nobel de Literatura!

viernes, 9 de octubre de 2020

Mafalda y Quino

 

Murió el gran Quino. La oleada de pésames y muestras de compungimiento no se dejaron esperar en las redes sociales más conocidas en occidente: tuiter y feisbuk. La mayoría, por no decir todas, se sentían reales, verdaderas y es que Joaquín Salador Lavado Tejón forjó el humor de toda la generación equis, los xennials, algunos millennials y de refilón algunos centennials que ya comienzan a asomar las narices en su historieta más conocida: Mafalda.

Y es que toda la juventud hispanoamericana que ya estamos arribando a los cincuenta recordamos con gran gozo el tiempo que pasamos leyendo la tira de esa pequeña, analítica e incisiva, que miraba el mundo desde una ciudad latinoamericana que eran todas las ciudades del continente a la vez. En ese mundo que ella describía y descubría, se plateaban los temas más álgidos que rodeaban nuestra infancia y la adultez que nos rodeaba: la economía, el dinero que no alcanza, el padre que trabaja de sol a sol y poco está en casa, la madre multitareas que vive dedicada a resolver con vocación inquebrantable el berenjenal del hogar, el peligro de la guerra atómica, etc.

Mafalda constituyó el paso de nuestra inocencia literaria forjada por Emilio Salgari y Julio Verne, a una madurez intelectual que exigía sacar la mirada de las páginas de los libros y observar el mundo y lo que en él estaba ocurriendo. Los sucesos ocurridos a finales de los años sesenta en todo el mundo y sus consecuencias sociales y políticas en nuestra América durante las dos décadas que le siguieron, eran un escenario donde sólo el humor podía devolvernos la esperanza. Quino convirtió a su niña en un crisol donde podíamos entender y formular nuestras hipótesis personales sobre temas que nuestros padres de vez en cuando ponían sobre la mesa después del desayuno familiar de los domingos. Fue nuestro acceso a las preocupaciones de los “grandes” desde la perspectiva de una “igual” a nosotros; Mafalda era una niña que nos enseñaba a pensar y dilucidar las noticas de la televisión o los comentarios de la radio, las injusticias de nuestro alrededor y los abusos ocultos de una clase política (militar en muchos países sudamericanos) que podían ser descubiertos si tan solo se fijaba por un largo rato la mirada en sus acciones.

A través de esos recuadros trazados a lápiz y seriados descubrimos que no a todo el mundo le gusta la sopa, que el mar es un indeciso, que el sol que nos toca es el mismo que iluminó a Chopin, que nuestra madre deseaba tener una vida propia, que existen las clases sociales, que hay quienes sólo se preocupan por ganar dinero, que también a otros les gustan los Beatles y que los amigos son para siempre.

Quino forjó nuestra conciencia participativa, lo hizo en mujeres y hombres que han encabezado los movimientos sociales que han dado forma al mundo del siglo XXI, en una generación en la que aún creemos que podemos salvar el mundo, terminar con las injusticias y detener el abuso de los poderosos, entre otras sutiles utopías.

Hoy, a la luz de la muerte de su creador, sorprende algo de lo que pocos se habían dado cuenta, una característica significativa para que Mafalda tuviera el poder de formarnos social y políticamente: Quino no creó un personaje varón, eligió una piba para darle voz a su visión de la última parte del siglo XX. El hecho de que Mafalda sea una mujer ha golpeado contundentemente las percepciones de su alcance después de veinte años del nuevo siglo. Ninguno de sus lectores nos detuvimos a pensar “es una niña, ¿por qué opina?”, o peor aún “es mujer, ¿por qué hacerle caso?”; por el contrario, le hacíamos caso, la escuchábamos con interés, reproducíamos sus opiniones y al cabo, la convertimos en una amiga que nos contaba cosas que nos divertían y nos hacían pensar.

Mafalda significa el eje principal de la obra “quiniana”, sosteniendo vertebralmente un humor fino y profundo en otros cartones y otras historietas con que el autor nos sacudía desde la conciencia, hasta la quijada. Sería bueno que ahora, nosotros, hagamos que su trabajo sostenga su influencia en las nuevas y futuras generaciones.

viernes, 2 de octubre de 2020

Las cicatrices de la hegemonía

 Foto: Quadratín Hidalgo

Pasé toda mi juventud y la primera parte de mi adultez queriendo tener una hija. El Creador me la concedió un poco antes de cumplir los 32 años. Fue mi graduación como padre y la consolidación de mi sueño ligero. Sobre todo, porque al tenerla en mis brazos entendí lo difícil que sería para ella enfrentar las circunstancias de este mundo, y sobre todo de este país, siendo mujer.

La Marea Verde acaba de dar un vuelco que impactó contundentemente a la ciudad de Pachuca. No es la primera vez que los colectivos feministas se manifiestan en nuestras calles, de hecho, el movimiento se ha manifestado desde hace muchos, muchos años, alcanzando uno de pináculos con la conformación del Consejo Ciudadano que hoy rige la ciudad. Tal vez fue en ese ambiente, en el que las participantes decidieron dar un paso más y atraer la atención de propios y extraños con un acto determinante: plasmar sus exigencias en el Reloj Monumental.

No fue raro que las opiniones se polarizaran y que se despertara esa doble moral tan escondida pero tan significativa en el temperamento de los pachuqueños. Todos son libres de expresar su apoyo o desacuerdo en cuanto a un suceso, pero lo lamentable son las escaramuzas de insultos y oprobios entre quienes se siente vulnerados por la pinta sobre un monumento y quienes defienden el derecho de que la mujer viva sin tener miedo.

Eso es todavía más lamentable. Los verdaderos culpables de las pintas del reloj somos los machos que hemos ejercido una hegemonía estúpida y arcaica para mantener el control de las mujeres. El movimiento feminista sólo ha trasladado las cicatrices que les hemos provocado a los trazos hechos con espray sobre la piedra. La sociedad parsimoniosa que se divide se vuelve cómplice de un hecho que a todas luces no debería de ocurrir: nadie, absolutamente nadie, mucho menos las mujeres, deberían de tener miedo de salir a la calle o de ser agredidas, insultadas, violadas o asesinadas sólo por el hecho de ser mujeres. ¿En qué clase de país vivimos, que esto es pan de todos los días?

Lo cierto es que, las mujeres que protestaron “atentando” contra el emblema de esta ciudad no deberían estar solas; deberíamos todos, verbigracia los hombres que luchamos todos los días por detectar y transformar nuestros rasgos machistas; acompañarlas, codo a codo como diría el centenario Benedetti, porque no queremos más que tengan miedo.

Las pintas se quitarán de la piedra, tal vez no completamente, pero serán imperceptibles, y tal vez ninguna de ellas devuelva la vida de aquellas que ya fueron asesinadas o desaparecidas, sin embargo, podrán salvar a otras que están o estarán en riesgo de ser víctimas de sus padres, novios, esposos, compañeros de clase o de simples extraños que por la calle se creen con el derecho de tomarlas o destruirlas.

Creo que sí, una de nuestras mujeres cercanas fuera la víctima, actuaríamos, sin pensarlo. Yo pintaría el Reloj y quemaría toda la ciudad si mi hija o mi novia desaparecieran, si fueran asesinadas, no dejaría piedra sobre piedras hasta que se hiciera justicia y la violencia se detuviera, porque no es solamente el hecho de capturar a los asesinos, hay que parar la situación que nos ha traído hasta aquí.

¿Usted, estimado lector, no haría lo mismo?

viernes, 25 de septiembre de 2020

La cultura, accidental

Al inicio del sexenio del presidente Andrés Manuel López Obrador, la esperanza de un cambio en el planteamiento de las políticas públicas dirigidas a sectores que por tradición habían sido soslayadas (en el mejor de los casos) como la ciencia, el deporte y la cultura prevalecía como un rayo de luz en el medio de la noche. Pronto, muy pronto esa luminaria se apagó y vimos la cancelación de programas, fideicomisos, etc. Sin embargo, la comunidad cultural no se agüitó y seguimos pugnando por mejores condiciones para el desarrollo del arte y la cultura. La pandemia que ha asolado al mundo a lo largo de este año empeoró las condiciones de creadores y artistas que se quedaron prácticamente sin la posibilidad de “ofertar” su arte. Esto provocó que se encontraran nuevos mecanismos digitales que aún se están explorando y que, aunque no generan los mismos ingresos que la taquilla física de un espectáculo, sí han paleado un poco la crisis del sector cultural.

En esta debatir diario por reactivar la cultura, las declaraciones del presidente en su mañanera del miércoles no nos sorprenden, a pesar de que en estricto sentido son como un balde de agua fría en una madrugada de enero. Palabras más, palabras menos, el mandatario dijo que “contrario a la percepción que existe, su gobierno sí está apoyando a la cultura del país a través de becas para los hijos de familias de escasos recursos”, pero no se detuvo allí, continuó (lea usted detenidamente) "lo demás es accesorio". Le decía, es un balde de agua fría, sin embargo, ya no nos caló como debía.

Para escribir esta columna busqué en el Diccionario de la Real Academia de la Lengua la palabra “Accesorio”: “Que dependen de lo principal o se le une por accidente”; sus sinónimos son lapidarios: “accidental”, “secundario”, “suplementario”.

El dicho del presidente es una muestra más de su desprecio por la cultura y su desarrollo. No sólo por las expresiones culturales desde el folclor, las que se forjan en la calle, en las salas de conciertos, en las bibliotecas, los teatros las que son resultado del estudio y la academia; a las expresiones que conforman una de las muchas riquezas que tiene México: su diversidad cultural.

De manera “accidental” este país ha tenido grandes músicos, directoras de orquesta que conducen en el extranjero sin despeinarse, actores que conquistan tablados y pantallas, bailarines que dan bofetón con guante blanco a los del Bolshoi, escritores que producen una literatura digna de leerse, de traducirse y de premiarse en el mundo (ahí de pasada hasta un Nobel), etc. Una lista prácticamente interminable de sucesos que posicionan a México como uno de los países de habla hispana con mayor desarrollo cultural a pesar de las políticas federales para impulsarlo.

El dicho en sí es un oprobio, pero lo más preocupante radica en que quien dirige los destinos públicos de la cultura crea que por dar becas a estudiantes (de escasos recursos o no) la cultura se apoya. Se supondría que, en el mejor de los casos, el destino de esos recursos estudiantiles va dirigido a subsanar las necesidades de los jóvenes frente a sus retos escolares: materiales, transporte, hospedajes, fotocopias, internet, etc.; no para pagar entradas al museo, al teatro, a la danza, comprar libros o descargar discos de jazz. ¡Qué bueno sería que les alcanzara para todo eso! Que el ingreso per cápita o “per beca” diera para que la juventud se convirtiera en consumidor de cultura, de verdadera cultura, completando un circulo que desde siempre se ha querido cerrar entre los creadores y la creación de público.

Pero no es así. La entrega de becas, por más universal que sea, no es una forma de apoyar la cultura, en ninguna circunstancia. No mezclemos la gimnasia con la magnesia. Sí el presupuesto no alcanza, como nunca ha alcanzado en ningún sexenio que se recuerde, para el sector cultural, deberían proponerse políticas públicas que incentivaran el consumo de arte, incentivos para creadores (becas pues, como las que desaparecieron), fideicomisos (como esos que también cancelaron), incubadoras de empresas creativas que permitan que el sector, vapuleado por todos los flancos, tenga un respiro.

Pero no. No será en este sexenio.

sábado, 5 de septiembre de 2020

Oráculo cáustico

Foto: Iniciátika - Blooger


Los libros acompañan la vida. Son reflejo, uno de la otra y viceversa. Son detonante y en ocasiones fragua de la realidad. Los libros ayudan a entender, acomodar, reflexionar sobre los sucesos que nos determinan y en ocasiones son los propios libros los que determinan la vida y le dan rumbo. En la historia bibliográfica de Hidalgo he ocurrido un suceso probablemente irrepetible que, durante esta semana, ha tomado tintes délficos.

Hace dieciséis años la escena política y literaria se cimbró con la parición de La Sosa nostra, porrismo y gobierno coludidos en Hidalgo, del combatiente escritor y periodista Alfredo Rivera Flores. En él, Alfredo hacia un recuento puntual y panorámico de las tropelías cometidas por quien hasta el lunes pasado fuera líder del conocido Grupo Universidad ⸺conjunto de funcionarios emanados de la máxima casa de estudios de la entidad y que a la postre cooptaron al Movimiento de Regeneración Nacional ampliando su territorio político al congreso local y, teniendo como fin último, estorbar el actuar del gobierno estatal como un “verdadero” grupo de choque político.

El libro en cuestión era resultado de una exhaustiva investigación del periodista que fue conjuntando las voces de aquellos que habían sido testigos (el mismo, por ejemplo) de los abusos y delitos de quienes, en lejanos años ya, manejaban la Federación de Estudiantes Universitarios, para después documentarlos e hilarlos en un cúmulo de las historias más oscuras de la historia hidalguense. Golpizas, secuestros, violaciones, destrucción de inmuebles públicos y una larga lista de desmanes que flotaban en la memoria y se resguardaban en el silencio de toda una generación que los presenció desde la impotencia, o en algunos casos, desde la complicidad.

A los pocos meses de la aparición del libro, el personaje aludido en titulo y portada, demandó al autor, al prologuista (el gran Granados Chapa) y al artista diseñador de la portada (Enrique Garnica) por daño moral, pretendiendo la ridícula cantidad de 16 millones de pesos para su compensación. Al paso de los años, Granados Chapa y Garnica fueron Absueltos y el acoso recayó en Rivera Flores. El juicio, convertido en el alegato judicial más largo interpuesto contra un periodista en la historia de nuestro país, tuvo una resolución a principios de este año, cuando la pandemia comenzaba a asolar los cinco continentes. ¿La resolución? Una indemnización reducida a un poco más de setecientos mil pesos que Alfredo tuvo que pagar a un hombre acusado de malversar, al menos, más de cincuenta y ocho millones de pesos.

Sin embargo, al tamiz de la detención de Gerardo en la Ciudad de México, La Sosa nostra… ha tomado relevancia y ha reafirmado su carácter de libro de culto, leyenda que comenzó cuando a raíz de la demanda, prácticamente dejó de circular. Pero, además, se establece como uno de los mayores atentados contra la libertad de expresión en nuestro estado (por donde se le mire), llenando de vergüenza al sistema judicial de nuestro país dado rumbo que tomó y las consecuencias de las acciones del personaje “dañado”.

El libro, ya prácticamente imposible de conseguir en papel, ha comenzado a circular en formato pe-de-efe por los servicios de mensajería e incluso las redes sociales. El impulso establece también un nuevo referente en la vida bibliográfica hidalguense, pues lo convierte en el único libro que ha tenido una segunda edición digital, de creación espontánea (con tintes piratescos) y que ha despertado nuevamente el interés de propios y extraños ⸺ahora también de las nuevas generaciones⸺, en una práctica poco generalizada en la vida pública, la memoria; la preservación de las historias recientes como señales en un mapa que nos permita, si eso fuera posible, predecir el futuro de los acontecimientos.

Por lo pronto, el libro de Alfredo ha remontado el interés y es un buen momento para echarle una lectura o relectura, que nos permita apuntalar o reedificar nuestra mirada crítica de la realidad.

viernes, 21 de agosto de 2020

Murakami y la vara del funambulista

Guardar el equilibrio: habilidad pocas veces vista; característica fundamental para avanzar sin trastabillar. Todo en la vida debe tener equilibrio. Los ingredientes de un guiso, equilibrados para un buen sabor.  La pasión desenfrenada, equilibrada para no arrojarse al precipicio de la soledad. Una buena película, equilibrada en su ritmo y línea argumental para que no nos pese a los quince minutos de iniciada. Un buen libro, no se diga, equilibrado para llegar al final y cerrarlo con la sensación de que algo se echa de menos.

Foto: Estación Libro

Equilibrio es la palabra que me queda, como resabio, al terminar “La muerte del comendador / Libro 2”, el libro publicado más reciente de afamado Haruki Murakami. No es la primera vez que el autor japones apuesta por historia en fascículos, ya lo había hecho con 1Q84, la orwelliana historia de amor entre una instructora de gimnasio y un matemático que ocurre en un Japón distópico. A partir de la elección de la “forma” en que presentaría su nueva historia, parecería que Murakami ha zurcido con detenimiento y punto invisible, señales que nos recuerdan algunos de sus libros anteriores ⸺incluso en frases dictadas por su narrador principal, un pintor recluido en una casa perteneciente a uno de sus ídolos artísticos (y padre de un amigo suyo), Tomohiko Amada. En ese lugar enclavado en las montañas ocurren sucesos sobrenaturales que tienen más que ver con la filosofía del concepto y la idea que con apariciones fantásticas de seres que parece salirse de un cuadro y tomar vida. Es este punto, donde el autor explaya esa habilidad ensayística con que soporta ideológicamente sus historias y un rasgo sustancial en el estilo de este escritor constantemente candidateado para el Nobel. Temas como la soledad, los recuerdos, el tiempo como ungüento para las heridas emocionales, aparecen como estelas que recorren la trama de la novela. Aun cuando el autor ya había tocado varios de ellos, lo hace desde perspectivas novedosas que se entremezclan con su habilidad para mantener al lector interesado y en ocasiones al filo de la página; siempre que se lee a Murakami uno quiere seguir y seguir.

Pero, además, sucesos que ocurren en las páginas de La muerte del comendador… reaparecen como esas señales de las que hablaba antes y que son atisbos a su pasado escritural; como si quisiera hacer un recuento o incluso ajustar cuentas con sus historias anteriores. En este libro, al igual que en Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, un agujero en el suelo es una puerta a una dimensión que determina la realidad; alguno de los personajes, un solitario millonario, bien podría ser protagonista de un nuevo cuento para Los hombres sin mujeres; anécdotas del narrador que bien podrían ser parte de las narraciones de Después del terremoto, entre otros guiños.

Si bien, Murakami ejerce con soltura su vocación de narrador, La muerte… es también un arriesgue en el estricto sentido del escritor ficción; describir  mundos fantásticos y hacer hablar a personajes que en ellos habitan es siempre una delicada esgrima de la que Murakami sale bien librado.

Murakami no se repite con esta novela, se recrea y permite a sus lectores regocijarse con esa habilidad para avanzar sin tambalearse en las alturas, con una trama tersa y sorprendente. Si bien es una nueva oportunidad de gozo para los seguidores de este autor japones amante del jazz y del running, no creo que sea una buena puerta de entrada a su literatura; podría parecer densa y seguramente ahuyentaría a un lector novato.

La muerte del comendador / Libro 2, merece mucho la pena como segunda parte y completa una historia ambiciosa y lúcida de un escritor que narra por el puro y llano placer de hacerlo, como una pirueta que se aprecia a la distancia pero que eriza la piel del más despistado. Leamos a Murakami que camina despacio, en las alturas, sosteniendo el equilibrio en sus manos.

viernes, 7 de agosto de 2020

La identidad, esa “terkedad”

La identidad. La circunstancia de lo que somos, porque somos nosotros y no otro, u otros; porque nuestros rasgos y nuestras características no son iguales a las de nadie más (¿estamos seguros?). Para lograr la identidad se crece, para obtenerla se busca, se experimenta, para defenderla se “es”. Pero en un mundo ⸺capitalista, consumista, o el mote de moda que se le quiera poner, donde se es “uno más” a la hora de ser “uno mismo”⸺, la identidad alcanza un valor que pocos saben apreciar.

Ya no estoy aquí de Fernando Frías de la Parra es una exploración profunda sobre la identidad, particularmente de Ulises y su tribu urbana “Los Terkos”. Ubicada en un tiempo y en un lugar determinados, 2011 y las afueras de Monterrey respectivamente, el filme nos sumerge en uno de los momentos más oscuros de la guerra contra el narcotráfico impuesta por el entonces presidente Felipe Calderón. En aquellos tiempos, donde “aunque no lo pareciera íbamos ganando” (habrá que preguntarse quién había elaborado ese eslogan de quinta, si los malos o los buenos, sin que sepamos bien a bien quien era quien), los cárteles asolaban los barrios que rodeaban las ciudades, primero en busca de escondites, segunda en busca de secuaces. Cientos, si no es que miles de jóvenes sin más futuro que el hambre que les rebanaba por dentro, accedían a realizar trabajos dantescos por un puñado de billetes, accediendo con prisa a la única puerta posible para salir de ese negocio: la muerte. En ese ambiente de degradación social acelerada, la fascinación por la cumbia colombiana resulta una burbuja de protección (apenas invencible) para un grupo de jóvenes autodenominados los “Kolombias”, que se reúnen para bailar y bailar en los barrios conurbados de Monterrey ⸺como diversión, como protesta, pero también como resistencia al mundo que desmoronándose los rodeaba.

La película, somatiza perfectamente el ambiente violento en las luchas, intimas o intrapersonales, de la tribu de “Los Terkos”, quienes tienen que negociar con distintos actores suburbanos (teporochos, malvivientes, sicarios), para no ceder en el terreno de su solaz; el baile es incluso el antídoto para salvar a los más chavos de su incursión en las filas narcas. En esos avatares, Ulises el Terko, se ve injustamente señalado por el cartel (asumimos que son los Zetas aunque no se les nombre) y debe ser exiliado para salvar la vida en Nueva York. Es ahí, donde dan “más sombra los limoneros que la estatua de la libertad”, donde su identidad toma otro matiz y es, por un lado, despreciada por los propios mexicanos, a la vez que es admirada por los otros grupos equivocadamente reconocidos como minoritarios en los Estados Unidos. Una chica de origen chino, Lin, se interesa por él y por su esencia enarbolada en su vestimenta y su peinado; el fleco cortado hasta las cejas, las patillas largas desbordan las mandíbulas y remata el peinado un penacho, además las camisetas holgadas en extremo, los pantalones anchos rematados en los tobillos para dejar lucir los tenis pero sobre todo, los pasos de un baile que es como un rito, donde los pies van de atrás para adelante, con cadencia, sosteniendo en la ingravidez el resto del cuerpo mientras los brazos extendidos hacia la espalda como un plumaje cuyos colores sólo pueden ser apreciados por los iniciados.

La película se aleja de todos los clichés posibles y nos muestra otra manera de ver a aquellos que también fueron daño colateral de la guerra contra el narco: los que tuvieron que dejar su terruño para esconderse de la violencia sin saber que estaría esperándoles pacientemente a que volvieran.

Ulises Terko, como el Ulises de Horacio, vuelve a su tierra, pero en su caso, deportado, pasado por la cárcel y con vicisitudes a cuestas que le han cambiado por fuera, pero sobre todo por dentro, a una tierra yerma donde lo único que seguía floreciendo era muertos y miseria. Como hasta ahora.

Ya no estoy aquí ganó el Ojo a Mejor Largometraje y del Premio del Público a Largometraje Mexicano en el pasado Festival Internacional de Cine de Morelia, y abre una nueva manera de mirar del cine mexicano, en una nueva era que seguramente traerá muchas propuestas agradables y otros tantos lobos vestido de ovejas, por supuesto. Esperemos saber distinguirlos.

Paso cebra

El pasado viernes, hace exactamente una semana, apareció la última edición impresa de este diario (Síntesis de Hidalgo) y por extraños hilos movidos por el juguetón duende del destino, esta columna de temas misceláneos, apareció. Reitero mi agradecimiento a la directora de este diario (Gracias Georgina) y admiro el lance de este proyecto para dar un paso, doloroso pero valiente, hacia la digitalización absoluta de la oferta informativa. Muchos diarios en el mundo, El País de España, por ejemplo, han aventurado el futuro en este sentido. Síntesis es el primero en hacerlo en Hidalgo, según creo. Eso vale. Vale mucho.

viernes, 24 de julio de 2020

¿Nueva normalidad o nueva realidad?


Foto: 65ymás.com

Llevo un rato tratando de iniciar esta columna, pero un manojo de mensajes de distintos amigos me abruma. Unos luchando en carne propia con el virus maldito, ya contagiados, enfrentando el escozor de la muerte que extiende sus tentáculos asquerosos por todo el cuerpo; otra querida amiga desde Italia, sufriendo el fallecimiento de seres queridos acá en México y padeciendo las noticias de saber a otros familiares enfermos al mismo tiempo. Parecería que el covicho nos cierra el círculo y nos deja en la precariedad de la incertidumbre. Tememos por nuestros seres amados de avanzada edad, para los que padecen otras enfermedades periféricamente mortales, asustados por escuchar un estornudo o sentir una punzada en la garganta que en otros momentos sería desdeñada y que hoy se presenta como un posible augurio maldecido.

Entre esta montaña rusa de desazones y esperanzas la perspectiva del futuro es cada vez más incierta y postergada sin una fecha precisa para volver a lo que se ha denominado la “nueva normalidad”. Que eufemismo más desafortunado; de lo único que podemos tener seguridad es de que nada volverá a ser normal, ni por asomo. Precisamente ayer, la Flaca escuchaba un “güebinario” donde el ponente, un terapeuta reconocido, planteaba no una nueva normalidad, sino una “nueva realidad”.

El bicho desalmado ha sido un hito en la historia moderna del mundo, una abertura en canal que divide el antes y el ahora de nuestra vida como núcleos humanos. Cambió la faz de nuestras ciudades volviéndolas por momentos desiertos invisiblemente contaminados (recuerdo ahora que los pobladores de la zona de exclusión de Chernóbil no querían dejar sus tierras porque no podían ver con sus propios ojos aquello que los amenazaba) y poco a poco han ido evolucionando en territorios a los que nos aventuramos con temor, por ejemplo, cuando tenemos que salir forzosamente a hacer la compra.

Los espacios públicos se han transformado en la medida de la afectación que ha tenido y tendrá la nueva realidad de nuestra interacción humana. Somos seres sociales, que necesitamos del otro, del contacto con los congéneres para estructurar la percepción que tenemos de nuestro entorno; sin embargo, la nueva realidad a la que hemos ingresado nos marca constantes y determinantes límites de acercamiento con otras personas. El uso del tapabocas, los protocolos sanitarios para ingresar a algún sitio y la sana distancia son fronteras de cristal que no podremos transgredir y que perfilarán la interacción humana no solamente de nuestra generación y de la generación de infantes que ya ha ingresado en un mundo “distante”, sino de las generaciones venideras que observarán con la misma rareza un reproductor de casets que un apretón de manos como saludo.

Esa distancia de seguridad nos ha orillado al uso de la tecnología para continuar más o menos en el mismo ritmo con nuestras tareas habituales. Hemos descubierto no solo la comodidad de las reuniones sino también su conveniencia y eficacia para resolver problemas de trabajo sin tener que movernos. Con seguridad, en nuestra nueva realidad hibrida privilegiaremos el “jomofis” y las relaciones humanas de oficina quedarán prácticamente anuladas a menos que nos espere una interacción paulatina y acotada como ya he referido.

Por último, una ventaja; ante la avalancha de expertis fraudulenta sobre la pandemia (sobre todo por “couchins” de la salud) y la desinformación sistemática que procura ocultar tras la información del covid, otros no menos maquiavélicos intereses, hemos comenzado a generar una cautela sobre lo que leemos, escuchamos, pero sobre todo creemos.

En esta nueva realidad de distanciamiento en el que ya nos encontramos, preservaremos entonces un abrazo, una palmada en la espalda, un beso en la mejilla o la palma abierta para los más cercanos, los que siempre valen la pena el riesgo y no podemos dejar de tocar, como un vestigio de que fuimos una raza afectiva. 

viernes, 17 de julio de 2020

Nostalgias pandémicas



Apenas hace un par de días, mi querido y admirado Rafa Pérez Gay reflexionaba sobre la nostalgia de ir a nadar, la cual le ha provocado el encierro y la posibilidad nula de regresar al agua para el fortalecimiento físico y la recreación espiritual; flotar como en una enorme pileta amniótica como recuerdo vivido del ya lejano vientre materno. Recogiendo esa hebra, sobre lo que extrañamos en el encierro pandémico, me rodean un par de nostalgias propias, granjeadas en estos tiempos en que me quedo en casa (más por preferencia que por obligación) y que salir me provoca un certero temor que no había experimentado antes en mi vida.

Yo extraño correr y rodar. Mi hija dice que cuando menciono la palabra “rodar”, se imagina que caigo hecho cochinilla por las escaleras, aunque sabe perfectamente que me refiero a montar la bicicleta. Los gringos dicen “saiclin”, la traducción más adecuada sería “bicicletear”, aunque lo más común en el español mexicano sea “pedalear. Extraño pues, pedalear.

Aunque la actividad no resulta muy riesgosa (según algunos expertos), la ejecución del “jomofis” no me exige ir a ningún lado. La Bucéfala (como todo buen ciclista urbano que se respete he bautizado mi bicicleta, emulando el nombre maravilloso que Alejandro Magno le puso a su equino predilecto, un azabache oriental), retoza sosegada en el jardín trasero y ha reiterado su derecho al descanso con una ponchadura en la llanta delantera. Su uso pues, ha quedado confinado al futuro, tal vez no muy cercano según los números que va anotándose la pandemia, cuando tenga que volver a la oficina a realizar mis labores.

Pero la nostalgia que verdaderamente me infringe dolor es la de correr. He leído un puñado de artículos que describen los riesgos de que, en el sendero elegido para trotar, una estela de partículas salivales quede suspendida y sea absorbida por el corredor quien, bufando como bestia herida, ingiera en una respiración atolondrada que exija abrir la boca; sobra decir que yo soy el corredor de la boca abierta. Por otro lado, hay quienes sugieren elegir zonas poco transitadas para que el “raner” no se encuentre con esta ponzoña flotante, sin embargo, el tiempo estimado de supervivencia y ululación de las partículas mentadas es de varias horas. Por tanto, en la balanza, gana ser precavido y estático.

No piense, estimado lector, que no he intentado vencer los temores. Lo he hecho y me he aventurado a un par de entrenamientos melifluos en la comodidad del adoquín de las privadas circundantes a mi casa. Han sido suficiente para enfrentarme al deterioro que el encierro de un poco más de tres meses ha provocado en mi resistencia. Sin embargo, se extraña la sensación de libertad que provoca salir a correr, la reticencia inicial de los músculos, el beneplácito que recorre el cuerpo cuando ya se ha desperezado, el sudor que empieza a modular la temperatura corporal y que termina como en cascada después de los cinco kilómetros. Pero sobre todo, se hecha de menos la calma con que se puede pensar cuando se está en propia, única y correlona compañía; esos diálogos internos en los que se discuten temas de tal trascendencia que sólo pueden ser tratados con la razón enteramente puesta en ellos; esas charlas internas donde salen a relucir las pifias cometidas en el pasado y que nos siguen haciendo renguear como piedras en los zapatos; o la oportunidad de describir con detenimiento momentos o personas instaladas en otros tiempos y que han quedado atrás.

En fin, que es esa mezcla, entre el extenuante cansancio físico y el descanso interior, lo que de verdad hace falta. También hace falta beber un trago con amigos o pasear analíticamente por los museos. Pero de esas otras carencias pandémicas hablaremos en otra mejor ocasión.

Paso cebra
Las calles se han notado pululantes, lo que no esta mal; pero los cubrebocas lucen descolocados y la sana distancia enfermiza. No bajemos la guardia ante el maldito bicho corona-virulento. Cuidémonos todos para vencerlo.

viernes, 10 de julio de 2020

Selfi mutuo con tapabocas


Hace muchos años la Flaca compró un polimorfo portarretratos para colgar en la pared. Le caben diez fotos de diversos tamaños. De inmediato lo llenó con imágenes de familia, amigos cercanos y nosotros, quiero decir de ella y yo. Al paso del tiempo y por diversas circunstancias las imágenes fueron relevadas y vueltas a poner en su lugar. Hasta hace dos días se le podía apreciar prácticamente igual que en su primera distribución de recuerdos. Incluso, mirándolo detenidamente, llegué a pensar que las formas y colores de esos retratos se habrían ya mimetizado con el cristal que las protegía. Pero no fue así. En un arranque de emoción y con un puñado de retratos compartidos, la Flaca decidió cambiar todas las fotos, colocar en lugar de los rostros de amigos y familiares nuestros selfis mutuos más afortunados (incluso uno donde aparecemos embozados contra la pandemia). El espacio alcanzó también para las amigas más cercanas y las criaturas más queridos. Pero, sobre todo, hubo espacio para desbocar la pulsión de conservar a la vista aquellos momentos determinantes para eso que llamamos felicidad; son tan pocos que bien vale la pena tenerlos a la mano y resguardarlos del olvido.

La fascinación por los retratos data de la época helenística y generalizó el uso del retrato honorífico con fines enteramente públicos y el uso del retrato privado como parte del culto a los antepasados; iniciaba la república. Sin embargo, sin adscribirnos solamente a esa línea estética, todas las cultura, antiguas o modernas, desarrollaron técnicas, primero escultóricas y después pictóricas, para preservar la memoria de aquellos que merecían reconocimiento o simplemente no debían ser olvidados. Hacía el siglo XIX, la fotografía suplió las necesidades “retratísticas” que se habían practicado hasta ese momento en el lienzo y la piedra, dando lugar a una de las costumbres más interesantes de esa época: las tarjetas de visita. La costumbre dictaba que las personas pertenecientes a la clase alta tuvieran un retrato, individual o de familia, reproducido en un papel grueso que era llevado como presente de agradecimiento a la casa de alguien que les invitaba; esa tarjeta se dejaba y en ocasiones era colocada en un portarretrato como evidencia del encuentro.

Dando un salto elíptico en el tiempo, la tecnología nos ha permitido volver a la costumbre de las tarjetas de visita con características digitales de retratos que compartimos vía guatsap o mesanyer. Ya pocas veces, o tal vez sea nula la posibilidad, imprimimos en papel fotográfico o corriente, los recuerdos que nos merecen la pena. Nos parece tan arcaico e inútil como escribir cartas de puño y letra. De ahí que el impulso de colgar en la pared nuestra obsesión por detener el tiempo, sea un acto de rebeldía ante la costumbre de almacenar cientos y cientos de imágenes en nuestro teléfono móvil. Como quien decide que, de toda esa avalancha de momentos, un puñado son suficientemente importantes para convertirlas en el decorado permanente de nuestra confinada cotidianidad. Ahora la Flaca y yo, somos nuestro mejor paisaje.

Paso cebra
Murió el compositor que más le ha dado al séptimo arte. Dotó de maravillosos sonidos a imágenes que se volvieron icónicas en la pantalla de plata. Con profundo arraigo en la academia, siempre estuvo dispuesto a la experimentación y la búsqueda sonora. Le dio sonido al western, a la rabia y la fe en la selva guaraní, o al deleite de lo prohibido como los besos recortados de las películas por la censura. Sus bandas sonoras eran un disfrute total, desde las más famosas, como la ya referida Cinema Paradiso, hasta una que otra que aparentemente pasó sin pena ni gloria, como la escrita para la película Wolf de Mike Nichols, donde un Jack Nicholson licántropo recorre la ciudad en una atmosfera cargada de suspenso provocada enteramente por la música de Ennio Morricone. Eso era, sobre todo, el músico italiano, un creador de atmósferas, de imágenes sonoras que vuelven a nuestra memoria aún antes de las imágenes que acompañaban, al contrario de los truenos donde primero nos azora el fulgor y luego el estruendo. Morricone era un trueno inverso. Descanse en paz.

viernes, 3 de julio de 2020

El andamiaje de la memoria



En dos días cumplo años. Cuarenta y seis, para ser exactos. Se dicen más fácil de lo que se cargan, sin embargo, como podrá imaginarse, el día me significa una franca celebración. A pesar de ser un hombre de pocos amigos (nulos diría la Flaca no sin sorpresa y congoja), los días de mi cumpleaños siempre he tenido la fortuna de estar acompañado, me gusta cocinar una cena especial y brindar por una marca más en la cuenta de la existencia; una vuelta más al sol, dicen los astronómicos; un capítulo más de experiencias, dicen los bibliófilos; o un peldaño más en la vida, dicen aquellos que aún no saben cuánto, a cierta edad, rechinan las rodillas.

Lo cierto es que, desde hace algunos años, en los días que rodean mi birtdei, me asalta un enjambre de pensamientos sobre esa extraña e instintiva manía que tenemos los seres humanos por contar el tiempo. No sólo por contar “nuestro tiempo”, el tiempo que vivimos y encasillarlo, por ejemplo, en épocas durante las cuales nuestro cuerpo va determinando el desarrollo con su metamorfosis. Sino también el tiempo como medida arbitraría y conceptual de algo que va avanzando y que no se detiene; algo que incluso tiene un valor que se traduce en una ganancia o en una pérdida. El tiempo como medida de nuestro día; del periodo matutino en que volvemos a soñar entre una alarma y otra, del intervalo que usamos para lavarnos los dientes o atarnos los zapatos, de la porción que pasamos frente a la computadora, sentados en la oficina o embotellados en el tráfico. El tiempo como marcaje de nuestra noche; la cantidad de descanso que programamos, los momentos que ocupa nuestro cerebro para el acomodo onírico de nuestros pensamientos, el momento justo en que somos expulsados del paraíso nebuloso del sueño para arrojarnos desnudos a la realidad helada de un día por estrenar.

El tiempo es el andamiaje de la memoria, la distancia entre esto que somo ahora y nuestros recuerdos; hace tanto tiempo que nos conocemos, hace ya estos años que murió fulano; como un puente colgante que nos conecta con una de las orillas del acantilado de nuestra existencia y que vemos con nostalgia desde una orilla que parece real sin que podamos volver los pasos atrás sobre esos maderos desvencijados y atados por las sogas de la nostalgia. Pero ¿en verdad ha pasado todo ese tiempo que hemos contado? ¿Por qué aceptamos a ciegas la cuenta que siguen los almanaques y los relojes? Porque necesitamos de ese sostén que es el tiempo para sentirnos seguros, como el capitán cuya única certeza ante la inmensidad del océano es la nave que comanda.

Nadie podría meter la mano en un zafacón lleno de recuerdos atemporales y sacar memorias sin el oropel del momento en que tuvieron lugar; aquel primer carrito de metal, aquella muñeca, sin la emoción de la infancia que enaltezca su valor; las fotos de ese primer viaje por cuenta propia sin la juventud que sostenga su importancia o el traje usado en una boda que quién sabe cuándo ocurrió.

El tiempo nos sostiene, nos da rumbo, nos indica hacia donde mirar según el estado de ánimo en que nos encontremos, da orden al caos que por momentos se vuelve la vida de cualquiera o nos permite el lujo del desequilibrio en la tersa disposición de lo que somos.

El tiempo no es oro, es vía férrea, es faro a toda costa, es vaivén que nos desboca y nos ataja. Nos deja ver, de vez en vez, por la rendija de los años, cuánto hemos cambiado y cuánto han cambiado quienes nos rodean. Para colmo nos permite ese pecadillo de mirarnos como hemos sido a través del tiempo y azorarnos por la sorpresa o el arrepentimiento, según sea el caso.

Hay que decir que todas estas pavadas, no son otra cosa que la habilidad que he desarrollado para no pasar el día de mi cumpleaños arrinconado por el miedo que le tengo al deterioro; esa jodida e inexorable tarea que nos endilgan sin preguntarnos al debutar en este mundo: el envejecer. Pero de eso charlaremos después, cuando ya me haya hecho un poco más viejo.

viernes, 26 de junio de 2020

Hasta un punto del agua



En un rincón de Rayuela, Gregorovius recuerda algo que Chestov había dicho, algo referente a una pecera con un lado movible, con una de sus caras de cristal que se puede retirar para probar algo: que el pez, habituado a nadar sólo cierta distancia no se atreve a continuar y explorar lo que hay del otro lado de esa frontera imaginaria (la frontera de cristal de Carlos Fuentes). El pez llegaría hasta un punto del agua y regresaría, daría la vuelta sobre su tenue estela “(…) sin saber que ya no hay obstáculo, que bastaría seguir avanzando…”

El síndrome del pez de Rayuela nos acecha fuera del confinamiento frente a la “nuevanormalidad” que tanto se anuncia. El semáforo epidemiológico va camaleónicamente transformándose en el anuncio de que pronto, para algunos de nosotros demasiado pronto, tendremos que regresar a la cotidianidad que conocíamos como “lo normal”. En ella, muchas de las cosas que hacíamos sin pensarlo habrán cambiado para siempre; deberemos, con seguridad, analizar nuestro comportamiento antes de entregarnos sin reparo a los saludos de beso (costumbre desconcertante para muchos y degradable en la mayoría de las ocasiones), los apretones de manos, los abrazos, las aglomeraciones en los bancos, la cercanía entre los escritorios de trabajo, a sostener el tubo del transporte público a mano limpia tal cual hacemos con las mancuernas del gimnasio, etc.

Sin duda nuestra dinámica social, cargada de ese característico y maravilloso surrealismo mexicano, se habrá trastocado para no volver a ser la misma que antes. Pero ¿nadaremos en el exterior con la misma libertad de antaño? ¿O volveremos sobre nuestros pasos pensando que el cristal sigue allí acotando nuestra pesera particular? Mantendremos, con seguridad, aquellos limites que nos parecían insoportable al inicio del confinamiento y que, día tras día, nos proveyeron de una seguridad disfrazada de comodidad, dentro de la cual, aprendimos a disfrutar de ese espacio al que sólo accedíamos unas pocas horas diurnas antes y después del trabajo o la escuela.

Ahora que las puertas poco a poco se han ido abriendo, salir se ha vuelto una opción poco elegida y hemos preferido la reconfortante posibilidad de hacer todo a distancia. Rara vez optaremos por ir al centro comercial sobre la posibilidad de comprar en línea, tardaremos en volver a los bares y haremos de nuestras reuniones virtuales la mejor manera de convivir con los amigos. No solamente alternaremos el trabajo y el estudio en porcentajes de asistencia, estoy convencido de que también la vida social la iremos dosificando, yo no creo volver al cine y asistir a una exposición o una obra de teatro será algo que sopesaré detenidamente.

Entonces, el cristal que nos irán retirando poco a poco en las siguientes semanas no será suficiente para que nos aventuremos a explorar nuevamente el exterior (suena a frase de narración post apocalíptica); nadaremos hasta un punto en el agua y no más. Se amoldará la vida más hacia el interior de nuestras peseras construidas con ese diáfano cristal que nos permite ver la realidad (aunque a veces sea empañado por las hordas de bots) que son las redes sociales y en general la internet.

Nos hemos convertido en la generación, el cardumen será mejor decir, que prefirió nadar hasta donde estaba la pared traslucida y volver. Tal vez no sea tan malo si pensamos que los científicos más sensatos auguran un retorno al confinamiento al ocurrir un rebrote pandémico. Ya nos hemos acostumbrado.

Paso cebra
En las últimas semanas han fallecido un par de amigos entrañables y no había tenido palabras para hablar de ello. El primero en irse fue César Tovar, contertulio entrañable y un caballero con todas sus letras, su muerte caló en mí, profundamente. El segundo, Toño Meza, no sorprende la cantidad y la calidad de los mensajes diseminados por las redes sociales en su memoria; afable y siempre dispuesto a tender una mano en lo profesional y en lo personal. Se han ido dos en esta paranoica manía que tiene el destino de quitarnos a los amigos.

viernes, 12 de junio de 2020

El galope de las falangetas


Mi madre me enseñó a escribir a máquina. Lo mismo hizo con mi hermano menor. En ambos casos para ella fue una manera, más que de compartir, de heredar su conocimiento individual pues había estudiado para mecanógrafa y había trabajado como “secretara del director”, puesto reservado para alguien altamente calificado. De alguna manera quería que sus hijos aprendieran lo que mejor sabía hacer: escribir a máquina.


Recuerdo entonces con gran emoción que, cuando entré a la universidad, mi madre me lego enteramente la posesión de una Olivetti Lettera color crema que habíamos utilizado para los esporádicos trabajos mecanografiados que pedían en la preparatoria que yo acababa de terminar y en la secundaria que por ese entonces estaba terminando mi hermano Carlos. Tener la máquina de escribir en mi habitación fue más que reconfortante, fue un designio avizorado que comenzaba a cumplirse, el de ser escritor. En aquella máquina de escribir pasé en limpio los poemas de un primer libro que, por fortuna bien concebida, desaparecieron en las manos de una primera novia a quien se los regalé encuadernados como prenda de nuestro eterno amor con caducidad; cuando terminamos, más por razones de distancia que por otra cosa, en un arranque de furia los destruyó. Digo que fue una fortuna porque ese libro era francamente malo, muy malo. También, en otra ocasión, ya entrado en el aquelarre del segundo semestre de Ciencias de la Comunicación, dediqué un fin de semana entero, desde la tarde del viernes hasta la noche del domingo, en escribir un cuento que nos habían pedido como trabajo final de una materia (redacción dos, supongo); debía tener veinticinco cuartillas en total y como yo ya tenía un floreciente negocio de hacer más de un trabajo y venderlo al mejor postor, en aquellos tres días escribí tres cuentos, un total de setenta y cinco cuartillas que, para un incipiente autor aspirante, eran una barbaridad. Alrededor de un año y medio después, la Lettera se jubiló gracias a la presencia de una computadora de escritorio; todo aquello ocurrió cuando el siglo XX apenas agonizaba.

En fin, toda esa cascada de recuerdos se ha volcado en mi memoria ahora que estoy escribiendo, por primera vez, en una nueva portátil. Pasé más de un año sin tener una computadora propia, lo que puede no significar nada para usuarios que les da lo mismo revisar redes sociales o YouTube en la Lap que en el móvil, pero para alguien como yo, que vive de escribir, resultaba ser una verdadera monserga. Así que, hacer galopar las falangetas por primera vez sobre este teclado, escuchar el suave golpeteo de las teclas al ser salvajemente oprimidas por mis yemas, tener que acostumbrarme a poner el acento que ahora se aloja junto a la eñe y no junto a la pe como en la computadora prestada que utilicé hasta ayer, ha sido una maravilla; pero sobre todo, disfrutar y mirar desde esta orilla, lo que mi madre me enseñó con tanto ahincó porque “seguramente alguna vez te será útil” y vaya que lo ha sido para mí. El disfrute de esta mañana es pues, de tal magnitud, que he dejado a un lado lo que la Flaca me había sugerido para escribir hoy. Ya lo escribiré para la siguiente semana.

Paso cebra
Pareciera que cada viernes esta columna incluye un obituario. Pero es que la muerte ronda implacable, de cualquier forma en que se le antoje: haciendo del virus maldito su caniche o con presentaciones en solitario, le da igual. El meollo del asunto es que se carga a gente que, a pesar de la distancia geográfica y hasta personal, sentimos muy cercana. Es la muerte de Pau Donés algo que no puede pasar inadvertido en casi todas las latitudes hispanoparlantes y tal vez también en otras de extranjería, pues su música, más que muchas, era un lenguaje universal. Quedan esos versos que inoculó en mi tierna juventud: “yo nací en la cara mala / llevo la marca del lado oscuro…”. Él que era el Jarabe de Palo en esencia y en corpulencia y que nos dejó el mejor eufemismo para el amor de nuestra vida: “Cómo quieres ser mi amiga…”. Buen viaje Pau, nos vemos pronto.