viernes, 3 de abril de 2020

La soledad en tiempos de pandemia



Qué grotesco se aprecia el virulento apocalipsis que hoy vivimos. Que ofensivamente ordinario ha resultado el fin del mundo. Tan común y corriente que evidencia su impostura. No me mal interprete apreciado lector, la pandemia es muy real, dolorosamente real, pero este momento que vivimos está muy lejos de ser el fin de los tiempos. Esto pasará, como nos han pasado por encima (al menos a los mexicanos) una docena de desgracias en los últimos cincuenta años. Por lo menos.

El coronavirus (me resisto a escribirlo con inicial alta, no se lo merece el maldito) ha venido a poner en peligro y arrebatar la vida de miles y miles de personas alrededor del orbe, pero también a sacudir desde los cimientos la mayor cualidad de la vida moderna: la tranquilidad. Porque lo que tenemos restringida ahora no es la libertad, no es que nos haya “arrebatado” (como escuché en una ridículamente dramático video argentino) la libertad de salir a la calle y de reunirnos con quienes se nos antoje, no. La pandemia ha puesto en jaque la tranquilidad no sólo de preservar la vida, sino también la de movernos por las ciudades, la de buscar el sustento diario, de internarnos en una aglomeración en el transporte público o en el teatro sin sentir temor. Ha sajado la tranquilidad de la sanidad, hoy nos sospechamos enfermos al menor estornudo, nos embadurnamos las manos con gel antibacterial como un rito y nos lavamos las manos (bien hecho, por cierto) cada hora como un sortilegio.

Hace poco más de diez años, cuando la influenza nos orilló a permaneces en nuestras casas, el uso de las redes sociales no estaba tan generalizada o al menos no se habían convertido en el escaparate de las dolencias más personales. En aquellas semanas que nos refugiamos, temerosos hay que decirlo, no pensamos que estábamos aislados del mundo o que el bicho nos tenía presos en nuestras cuevas; al menos no se apreció así. Sabíamos que estábamos cuidando el pellejo, nada más pero nada menos. Hoy en día todos se quejan a sottovoce que no soportan el encierro, que les mata la distancia, que no pueden vivir sin el contacto humano. Son, espero, esa generación de cristal que nos rodea con un dejo de juventud y falso ímpetu.

Algunos de nosotros, por la naturaleza de nuestro oficio o por simple temperamento, lidiamos cómodamente con el aislamiento. Personalmente, en varias ocasiones en mi vida he permanecido sin asomar las narices a la calle por varias semanas, batiéndome a muerte con la titilante página en blanco de la computadora, viajando de la cama al escritorio, del escritorio a la cocina y de regreso, sin mayor inconveniente. Es un buen tiempo para encarar lecturas pendientes, espulgar documentos acumulados, acomodar los libros por tamaños en los plúteos, en fin, tanta cosa que se puede hacer en casa más allá de limpiar debajo de los muebles.

Sin embargo para aquellos que no les resulta tan fácil el confinamiento voluntario, la era digital permite un solaz en la alienación. Podemos palear la soledad comunicándonos con la gente que queremos más allá del desafecto en la línea telefónica (aunque yo he sostenido llamadas de diez horas bastante cálidas), mirarnos en video llamadas, compartir una velada con amigos en aplicaciones para conferencias remotas, cada uno con su copa de tinto en la mano, pero todos vibrando al unísono por el diapasón de la amistad. Podemos compartir nuestros intereses a través de videos, nuestras habilidades tocando un instrumento, nuestra bendita costumbre de leer poesía en voz alta y otras barbaridades que no nos habíamos atrevido a hacer públicas antes. Entiendo que no hay nada como un apretón de manos, un beso amistoso en la mejilla, uno paternal en la frente, una palmada en la espalda, un abrazo.

Son tiempos para poner a prueba la paciencia, la autodisciplina y el tesón; pero también la amistad y el compañerismo. Hay tantas maneras de estar juntos. Porque los verdaderamente vulnerables son los que temen a la soledad, los que luchan en su mente con el encierro, los que empuñan una salud mental debilitada por la supresión de la vida cotidiana y sus fronteras. A ellos son los que tenemos que atender con un puente digital que tal vez les salve la vida. Si usted que me lee lo necesita, por favor escríbame, que habrá mucho que platicar.

martes, 31 de marzo de 2020

Allí, donde termina el arcoiris...

"Somewhere over the Rainbow" - Israel "IZ" Kamakawiwoʻole

viernes, 27 de marzo de 2020

Callar, esa ignominia



La literatura nos ayuda a entender la realidad. Nos da un ojo que gobierne el huracán de la barbarie. Es la estrella del norte que ilumina el oscuro sendero de lo incomprensible, de lo absurdo. En semanas anteriores, ante las noticias sanguinarias de feminicidios y los debates por las marchas de mujeres, recordé uno de los poemarios que más me ha impactado en los últimos años, obra de un escritor tlaxcalteca con profundas raíces hidalguenses.

Los versos han bajado a la tierra,  
llegan con asombro,  
son claros como el costado de mi esperma.

Cohutec Vargas Genis, habría abordado en el 2017 al amor como arma de odio, como punzada y filo, —rastrojo de la muerte, en su libro “El silencio se dice en blasfemia”. Se trata de una colección de 21 poemas divididos en cuatro secciones, las cuales discurren por una gama dulcísona de matices que embriagan al más ajeno de los lectores. Poemas bien logrados que vuelven tangibles las primigenias pasiones de los seres humanos.

Entraste en mi sueño el día de la blasfemia,  
te deposité en el preámbulo del invierno, 
(…)

La principal tarea social de los escritores radica en convertir a la literatura en una instantánea del tiempo que nos ha tocado vivir, dándole voz a quienes no la tienen, a aquellos que se les ha negado la posibilidad de usarla o que les ha sido arrebatada junto con la vida. Porque callar es un reniego, Cohutec toma ese cometido y lo enarbola como un privilegio prestando sus versos para que aquellas mujeres que han sufrido o sufren violencia, incluyendo en este catálogo de infamias la más extrema de las misoginias, el feminicidio.

Camina entre las víctima que se llevaron la tristeza,  
llega a mi lado clandestina,  
coloca en manos piedras de interrogación 
(…)

Vargas Genis logra explorar el tema sin caer en los lugares comunes, prestando la belleza de sus versos para destacar lo más horrendo de la naturaleza humana, la fatídica angustia de las víctimas y la sinuosa aflicción a la que son condenadas las familias de las asesinadas. Particularmente el texto “Poema para Alexis”, construido a partir y con extractos de la noticia de un feminicidio, proyecta una fuerza que nos coge desde la primera línea llevándonos por un descarnado relato, atroz y vil, en que el “amor” mal entendido amordaza el futuro, lo desmiembra y lo encarna en el cuerpo sin vida de una chica asesinada a manos de su novio; alcanza un tono oscuro y torvo, convirtiéndolo en uno de los mejores poemas del autor.

Dejamos nuestras almas rondando las lámparas,  
entró el viento con un evo que regresa,  
tu sonrisa era esa estrella que se apaga.

Este poemario nos lleva también a otros lares, a valles donde lo místico y lo pagano cruzan sus aminos para elevar poemas de un virtuosismo multicolor, en los que el poeta habita como dentro del templo lleno de luz, adorando a ese dios que nos creamos todos aquellos que alguna vez hemos experimentado el balsámico enamoramiento: la mujer.

La luciérnaga enciende metáforas, 
lleva en su vientre un ala prisionera,  
recuerdo que transita por mi espalda,  
escalofrío que revela mi muerte en un secreto.

En estas páginas somos testigos de la evolución, lenta pero precisa, de la poética de Cohutec Vargas. La materia prima con que ha urdido estos poemas es el dolor puro, incluso ese que persiste agazapado en la trastienda de la felicidad; transformando la más pestilente de las realidades en un fino elixir para la memoria.

Estos son los últimos vestigios  
de dolor que me quedaron,  
sin destinatario, ni epístola,  
ruinas que gotean  
a la orilla de estos tiempos, 
(…)

En estos tiempos de aislamiento voluntario “El silencio se dice en blasfemia” de Cohutec Vargas Genis, es una lectura obligada para mantener los pies en la realidad y tender un puente de miras a otras pandemias que han azotado a nuestra sociedad mucho antes que el coronavirus como lo han sido los feminicidios. Una lectura obligada para nuestro tiempo.

viernes, 20 de marzo de 2020

Un milagro que vale la pena


¿Qué de nosotros sería, si no escribiéramos de amor? Porque después de todo se escribe de aquello que lo mantiene a uno vivo, en vilo, al filo de un abismo que todos, de una u otra manera, nos ocupamos en evitar: el olvido. Nada de lo que ocurre en nuestro mundo, interno o externo, es ajeno al amor, incluso aquello que nos lastima está íntimamente relacionado con el antagonismo del amor que no es el odio, sino el miedo.


El poeta colombiano, antioqueño para ser exactos, Edilson Villa M. conoce bien las pócimas que de la combinación del amor y la poesía resultan, pero sobre todo, conoce los efectos, las transformaciones que en nuestro interior provocan y el ineludible destino de aquellos, que usándolas, se aman con desquicio.

A ti te canto, oh mujer océano, telúrica y etérea; / a ti, bendita sacerdotisa de la noche (…)

En su más reciente poemario “El haikú de la escalera”, editado en México por la editorial hidalguense Cipselas, Edilson enfila sus baterías líricas a la mujer como objeto preciado y depositario de su amor. La pasión, el desenfreno, pero también la fraternidad, el cariño son las estrategias con que los poemas de este libro se van urdiendo, dejando en cada página mapas en los que las grafías señalan los lugares donde los amantes se encuentran, se han encontrado o se encontrarán.

Una mujer me espera / en la estación. / Peldaño a peldaño / un tren avanza / a través de la escalera.

No es un libro de haikús, pero el espíritu de este breve arte poético japonés empapa cada poema en una suerte de encabalgamiento que va desde un breve poema de tres versos, dejándose caer, con tiento y destreza, por el devenir de textos que van aumentando su aliento e imprimen en el lector un deleite al ser testigos de la pasión del que el poeta va dejando cuenta (por una mujer, imaginaria tal vez, qué importa cuando lo vivido ha ocurrido, al menos, al momento de escribirlo).

(…) que nos cruzaremos muchas veces / y nos entregamos todo el amor / y el dolor apenas necesario / para no alejarnos demasiado.

Pero todo amor conlleva una espera, una zozobra; el desaliento de un momento que no llega, que se vuelve esa utopía que Eduardo Galeano señaló como el motor de nuestras búsquedas. Es ahí, en esa herencia latinoamericana de plasmar la realidad cotidiana, donde Edilson Villa M. desata sus más íntimos anhelos para dejarnos una colección de poemas fresca y revitalizante que ondea las principales características que logran que un libro sea un espejo: la sencillez y la profundidad.

Ríos que, en fin, se confunden / y seguimos siendo uno,

La reflexión que siempre se agradece en un buen poema, en este autor es un rasgo natural; filosofo de formación, carga sus textos con señales que dejan un rastro tan oculto como evidente del tiempo que le ha tocado vivir, visto desde el tragaluz del amor de pareja, del amor prometido, del amor consumado y consumido.

Que cuando seas yo, / cuando te enamores e alguien como tú, / conocerás la noche.

Una cierto que una editorial independiente como Cipeselas se empeñe en traernos, en ediciones en papel, la poética latinoamericana reciente; un acto milagroso que nos recuerda que el amor es también ese puente que nos conecta y nos separa, esa certeza de saberse acompañado aun cuando se está solo.

Paso cebra
“El haikú de la escalera” de Edilsón Villa M., estaba programado para ser presentado mañana sábado en la Biblioteca Ricardo Garibay, como parte de las celebraciones del 21 de marzo, Día de la Poesía. Sin embargo, por acertadas medidas de prevención, las actividades en todas las bibliotecas de Hidalgo, han sido suspendidas. De cualquier manera y con el ánimo de mantener la poesía viva como recurso infalible para la angustia (y la compañía para muchos durante el aislamiento), la editorial Cipselas  realizará una presentación que se transmitirá a través de su página de Facebook (cipselased) el mismo sábado 21 de marzo a las 17 horas desde el café Puerta Niebla. Nos vemos en línea para acompañarlos.

jueves, 19 de marzo de 2020

Lo íntimo de nuestros demonios y ángeles


Por Cohutec Vargas Genis

Reseña para la exposición pictórica.
Bermellones Dantescos
De Omar Rangel Merino

“La gente de nuestro tiempo no se ha visto nunca realmente retratada y, por tanto, carece de un sentido visual de sí misma. Hoy, el retrato es siempre directa o indirectamente fotográfico, pero la imagen del ser más profundo del hombre ha dejado de existir.”
Odd Nerdrum

En la evolución humana, la  imagen del rostro en la conciencia del hombre lo alejó de su carácter de bestia, para transformarlo en la posibilidad de un ser que conoce a partir de sí mismo, el universo, al otro y la construcción de divinidad que cada quien acepta  para remanso en los tiempos lúgubres de su existencia.


Nada existe en él,  que le permita el reconocimiento de sí mismo, que el reflejo de su expresión  en lo que conocemos como conciencia, ahí, en ese instante,  el ser humano inicia el camino más difícil... el del autoconocimiento, labor que pocos hombres terminan en vida.

Dice Jung,  “Un hombre que no ha pasado a través del infierno de sus pasiones no las ha superado nunca” la pasión aquí descrita, no es otra cosa que el reconocimiento de la ambivalencia que escribimos a diario entre lo que queremos y lo que en verdad somos, dentro y fuera de nuestra vida.

Así, el rostro, es la llave que poseemos para dibujar en la mirada del  otro,  lo que queremos que piense, escondiendo o revelando, a voluntad, nuestros demonios o nuestros ángeles que cotidianamente se enfrentan en los infiernos que nos gobiernan.

La verdadera revelación de ésta obra, no está en los colores agobiantes y densos, ni en los trazos que en ocasiones desgarran y en otras delinean, ni en la textura que este joven pretende (a su corta edad) mostrar violenta y estremecedoramente; por si fuera  poco todos estos atributos, Omar Rangel, rompe con la generación de lo liso, lo fotogénico, lo limpio, lo plano, lo bonito, para traernos a la realidad llena de escaras, escamas, cicatrices, charcos de lágrimas y sangre, y utiliza para ello, el primer reflejo que se requiere para encontrar la identidad que en estos tiempos de desarraigo ya ni siquiera se busca.


Dialogo con él y le preguntó si conoce a los artistas de su región, apenas y los ubica, sin embargo, logra lo que todos hemos buscado en años de trabajo: el reconocimiento de la identidad en estos días de extravío digital y estupidez tecnológica, el encuentro con nuestra esencia simplemente humana.

Veo en su obra la búsqueda del rostro que lo defina, pero al hacerlo nos reta a definirnos o redefinirnos y ese ejercicio es el valor más grande que nos comparte.

Entre demonios, ángeles, ilusiones, retratos, expresiones, mitos y andróginos bucles, su obra se transforma en un laberinto de posibilidades donde cada quien elegirá su salida o entrada más engañosa o más asertiva.


Me revela sus influencias, Goya, Ressendi, Adolphe, pero el artista aquí encuentra una renovación  subterránea, la de aquel pintor que retaría al arte moderno diciendo -Soy un mendigo en el mundo de los otros- Odd Nerdrum.

Así el joven artista nos muestra este primer experimento que tiene extremos, donde se busca y nos encuentra, donde dibuja y se retrata, donde nos muestra quien no está frente a su obra, sino quien se encuentra en ella.

Los miedos predominan en el trazo y el color, la incertidumbre está en todas las miradas, los labios suplican y la tranquilidad está ausente, y ahí quizá está la búsqueda mayor, la que hemos perdido en estos tiempos de sangre, hierro y un cúmulo de “me gusta”  que son el retrato de la violencia que todos vemos fuera y nadie actúa para cambiarla.

Auguro para Omar Rangel Merino, artista de tierras Atlixcas, un prometedor futuro en el agónico mundo del arte social y útil en la construcción de la comunidad.

Pachuca, Hidalgo, marzo 2020.

PD. La obra se encuentra en la casa de los Aguilar, Una bella casona en el centro histórico de Atlixco Puebla.
¡Visítenla!

viernes, 28 de febrero de 2020

Senza una donna


Foto: Malvestida,com

El título de hoy proviene de aquella lastimera pero pegajosa canción compuesta e interpretada por el músico italiano Zucchero, mitad Bob Dylan mitad Joe Cocker, y que se convirtió en una oda noventera para los despechados perpetuos (muchos lo éramos); su versión más famosa es una a dueto con el meloso cantante norteamericano Paul Young (terror de los diabéticos); incluso tienen una versión a dueto con fabuloso Sting (¡ver para creer!). Y miren que a mí, la canción me gusta.

Como sea, el título es un pretexto idóneo para reflexionar sobre lo que va a ocurrir el próximo lunes 9 de marzo. Nótese que no digo “lo que podría ocurrir”, dejando el futuro al caprichoso azar, sino la sentencia precisa de “lo que va a ocurrir”, porque algo serio va a ocurrir.

No se lea esto con un tono catastrofista, por el contrario, debemos observar detenidamente los hechos que ocurrirán el próximo lunes como testigos de una poderosa, tal vez la más poderosa de la formas de protestar de la que han echado mano las mujeres mexicanas en toda nuestra historia: su ausencia.

Parafraseando a Cortazar, “hay ausencias que son todo un triunfo” y las ausencias del próximo lunes lo son ya de antemano, al menos las de aquellas mujeres que desde ya están dispuestas a sumarse a este día en que sustraerán su presencia de la vida cotidiana. Otras, en cambio, han expresado su disentimiento a la propuesta y dudan o han negado ya su anexión (qué palabra tan fea) a la “huelga femenina”; están en todo su derecho y eso debe ser respetado tanto como el deseo de ausentarse.

Sin embargo, lo que ocurrirá el lunes es de tal envergadura como el movimiento de la No Violencia de Gandhi en el siglo pasado y que inspirara a lo lardo de él a tantos otros como Martín Luther King. Es importante aclarar que las mujeres no están en una “desobediencia civil pacífica”, sino que su decisión de retrasarse de la vida nacional es una Protesta en Voz Alta que nadie debe minimizar, tergiversar o combatir, mucho menos un gobierno “progresista” como el que se presume en el poder de este país.

La ausencia femenina será un hito en la historia de las revoluciones de México, porque eso es precisamente lo que está sucediendo; el entorno hostil y violento en el que todas, o casi todas, las mujeres mexicanas (y de muchas otras partes del mundo, hay que decirlo) viven requiere de una transformación, de una re-evolución, que permita entender los nuevos roles que en la sociedad del siglo XXI debemos jugar mujeres y hombres. El nuevo feminismo y la nueva masculinidad son retos que debemos encarar los susodichos, sin miramientos, sin rencores, sin reproches, pues entre más tardemos en restablecer el respeto y la fraternidad como puentes inequívocos para la convivencia, será mucho más dolores para todos.

El lunes próximo hay que poner faltas a las alumnas que se ausenten (como propuso el maestro queretano), que los pendientes de las compañeras de trabajo se acumulen, que las decisiones no puedan ser tomadas, que no haya instrucciones que seguir, que los oficios se amontonen, que las llamadas no sean atendidas, que las juntas no puedan llevarse a cabo por falta quórum, que los medios de comunicación tengan que buscar con qué llenar los espacios de las conductoras, locutoras, productoras, que no asistan; que en las fábricas la producción tenga que reducirse a la mitad ese día.

No debemos, bajo ninguna circunstancia, caer en la tentación de hacer parecer que no pasa nada si no hay mujeres, no debemos ocultar que su presencia no es necesaria, que podemos llevar la vida sin ellas; por el contrario, debemos impulsar que el objetivo se cumpla: este país no podrá funcionar el lunes 9 de marzo porque las mujeres mexicanas están hartas de tener miedo, de no poder denunciar cuando son violentadas porque cuanto lo hacen vuelven a serlo con la estigmatización, hartas de no poder estar seguras ni en casa, ni en la calle, ni en el trabajo. Hartas. De tantas cosas.

Estamos ante un hecho que cambiará el rumbo social de nuestro país. Incluso, pienso, que podría mostrar una vereda oculta hasta ahora, por donde podamos al fin vislumbrar sororidad. Porque esa vereda existe, estoy seguro. Zucchero empieza cantando: “I’m gona change de world”.

martes, 25 de febrero de 2020

viernes, 21 de febrero de 2020

Contar para existir


Sin duda la vocación más antigua es la memoria, ejercida con el primigenio arte de contar historias. Aún antes de que el hombre lo hiciera en el interior de una caverna, o alrededor del fuego recién descubierto, las historias se forman cuando esa voz (inexistente dicen los psicólogos), dentro de nuestra cabeza nos la cuenta. Es una desesperada lucha contra el peor de los cataclismos, el olvido; es la necesidad de recordar, no precisamente lo que somos, sino lo que hemos vivido.


Ese arrojo es la materia prima de En esta parte del mundo del narrador tulense Carlos Ramos, quien extiende ante los ojos del lector diez historias sobre el amor y la muerte, sobre los afectos y sus abismos, sobre la esperanza y sus naufragios. Historias que el autor vierte sobre el papel como quien grita en silencio lo que merece ser salvado de las llamas de la desmemoria, mostrando un estilo literario cada vez más conciso y entregado al más puro placer de contar historias.

La segunda vocación más antigua es entonces, la de escuchar; la de recrearnos en lo que han vivido otros —sobre este libro mejor será decir: lo que han “muerto” otros—, la de minimizar nuestras propias desgracias con las desventuras que nos cuentan, la de conmovernos en cualquier dirección posible en la cartografía universal de la experiencia humana.

En este su tercer libro, Carlos Ramos no oculta su configuración de pensamiento (filósofo de formación), por el contrario, oculta entre líneas de cada historia un análisis profundo del vivir, único requisito necesario para devenir en la muerte. Desde el sitio del mundo que le ha tocado habitar, tiende una serie de aristas selladas por su particular visión del mundo que muestra cada vez más los prematuros achaques de un siglo convulso de vocación.

Ramos logra esmerilar la estructura tradicional del cuento, aparentemente sencilla pero quisquillosamente compleja, atrapando al lector desde la primera frase para, una vez bien sujeto, sacudirlo hasta encararlo a un final sorpresivo que lo envuelve en el cristalino afluente de la reflexión. Cada historia es un pretexto para diseccionar nuestro personal cúmulo de creencias y ni el lector más inocente logra sustraerse a ello.

Al final, el narrador nos cede el paso a la tercera vocación más antigua, la de considerar lo que nos rodea, meditando lenta o velozmente sobre lo que cada historia nos siembra, como un camino de migajas de pan, único camino posible para volver al hogar, a la posibilidad de también vivir en la piel de los otros que habitan en el iracundo encierro de la literatura.

El autor fecha sus historias para hacer del libro una especia de diario de viaje, donde cada anotación, entrada dirían los blogueros, señala las coordenadas precisas donde la realidad y la imaginación se encuentran para darle forma al atisbo encerrado en el recuerdo. Es entonces cuando la vida y la muerte avanzan entrelazadas como una enredadera que lo cubre todo a su paso ocultando su forma original para darle la forma de quien las ejerce con pasión y desconcierto, con resignación y tacto. Somos nosotros, los partidarios del vivir, aquellos que nos entregamos sin reservas al gozo que nos ofrecen estas páginas. Al fin y al cabo, ya lo había dicho Juan Villoro, “Vivir mata”.

Paso cebra
Este libro, como algunos otros que han aparecido en los últimos años tanto de Carlos Ramos como de otros autores, son el resultado de los trabajos del Círculo de Narrativa Tolteca, iniciativa del periodista, escritor y promotor cultural Hugo Santiago Sánchez, que ha agrupado a un puñado de jóvenes escritores que se están labrando un camino dentro de la literatura hidalguense. Resulta interesante que, los movimientos más interesantes literariamente hablando florezcan en el suroeste del estado; Tepeji del Rio ha albergado múltiples actividades para fomentar y difundir la literatura desde hace más de veinticinco años gracias al tesón de Toño Zambrano y Octavio Jiménez. Habrá que mantener la mirada enfocada en esa dirección.

viernes, 14 de febrero de 2020

Un soslayar que lastima


Foto: Cuartoscuro

Yo quería hoy, hablar de amor. Pero tal vez se habla de amor cuando se habla contra el odio. El odio que no solamente se expresa con un insulto en los labios y un cuchillo en la mano, también el que se siembra la irrespetuosa manía del morbo y en la lastimera obsesión de eludir aquello que incomoda a lo políticamente correcto, aunque lo políticamente correcto es completamente alejado de la realidad que vivimos.

El feminicidio de Ingrid Escamilla ha cimbrado a la sociedad mexicana hasta el tuétano. Los hechos narrados con frialdad por el marido perpetrador son de una crudeza apenas comparada con la más sanguinaria de las películas snuff; la mató, por unos celos incontrolables según su dicho, para después, enfrentado a la dimensión de lo que acababa de cometer, mutilar el cuerpo para tratar de deshacerse de él, todo frente a los ojos de su hijo autista adolescente. Por supuesto que al leerlo resulta increíble e inimaginable, sin embargo, la realidad supera, como siempre, la más perversa de las imaginaciones.

Pero lo peor de todo es que la brutalidad del caso no sorprende, por el contrario, es una constante que se va agravando en cada feminicidio; la saña que el asesino infringe a su acto implica una absoluta falta de humanidad y por ende ejemplifica la complejidad extrema en la nueva convivencia entre géneros la cual por momentos parece imposible de armonizarse.

Los hechos posteriores que han rodeado el feminicidio de Ingrid Escamilla son parte medular del mismo odio que muestra su asesinato. Por un lado, la publicación irresponsable de imágenes del cuerpo de la víctima desollado desde las mejillas hasta los tobillos, la cual se atribuye a uno de los peritos o servidores públicos que acudieron primeramente al lugar de los hechos. Estas fotografías, imposibles de olvidar una vez que se miran, desatan nuevamente la polémica de hasta dónde deben llegar los medios de comunicación en su afán y misión de informar, pero también pone sobre la mesa la ética que debería prevalecer en el uso de las redes sociales por parte de usuarios comunes que fueron, al fin de cuentas, quienes viralizaron y hasta se mofaron de la estampa dantesca. ¿Deben los medios de comunicación evitar mostrar la realidad cruda de un hecho como este? ¿Sirve apenas una descripción escrita para que la opinión pública realmente pueda imaginarse la rusticidad de lo acontecido? ¿Contribuye a su erradicación mostrar un feminicidio de esta manera? Evidentemente no. Muchas expertas han coincidido que la exhibición espectacular de los casos de feminicidio sólo ayuda a trivializar el hecho, incluso, diría yo, a vulgarizarlo.

Pero por otro lado, lo que más lastima es la ligereza con que la autoridad, la máxima autoridad responsable de la seguridad y el bienestar de los ciudadanos, trata de minimizar el caso. Si bien, para hacer honor a la verdad, el mandatario mexicano no dijo textualmente que no “quería que los feminicidios opacaran la rifa del avión”, sin embargo su frase esconde un cierto desprecio hacia un hecho que vulnera con total impunidad el derecho de las mujeres a vivir tranquilas: “Miren, no quiero que el tema sea nada más lo del feminicidio; ya está muy claro. Se ha manipulado mucho sobre este asunto en los medios…”. Cierto, el tema no es solamente el feminicidio de Ingrid Escamilla, el tema es también los 10 casos diarios de mujeres asesinadas a manos de machos recalcitrantes que no logran resolver el galimatías de su nuevo rol masculino, el tema es también que no importa si están en la calle, en el trabajo o en su propia casa (como lo estaba Ingrid) para que su vida corra peligro, el tema es que la autoridad no parece hacer nada para evitar que estos crímenes sigan ocurriendo, el tema es que cuando algo así ocurre, por la gravedad de su significado, todo, todo, pasa a segundo término. Pero, ¿acaso los hombres en este país estamos haciendo algo para que las mujeres dejen de ser asesinadas por el simple hecho de serlo? ¿O es que también lo estamos soslayando?

domingo, 9 de febrero de 2020

Así comienzan las noches de esta semana...

con un quinteto formidable: Bela Fleck, Sam Bush, Jerry Douglas, Mark O'Connor y Edgar Myer.

viernes, 7 de febrero de 2020

La crítica como un faro


Conmovió a propios, y seguro estoy, que no a extraños. La muerte de George Steiner fue un silencioso pero duro golpe a la literatura y en general al humanismo contemporáneo.

Steiner tenía 90 años al morir. Había nacido en París en abril de 1929. Fue ensayista, escritor de ficción, profesor y crítico literario. Este último quehacer le dio prestigio y acuño hordas de seguidores durante los treinta años en que fue el crítico literario de la prestigiada revista The New Yorker. Su veta como ensayista fue inagotable, abordando temas como la traducción, la relación entre los maestros y los estudiantes, la transmisión del conocimiento, el analfabetismo y la cultura en general. Exploró con dedicación de anticuario temas como la dificultad de la filosofía en el mundo contemporáneo, el destino inefable de la poesía y el sentido moral de la literatura, sus límites y acantilados.

Generó polémica con sus colegas, tanto académicos como críticos literarios, pero siempre apostó por la esquiva elegancia del silencio y la sabía decisión de vivir lejos de los reflectores y el a veces sórdido ambiente literario. Su legado bibliográfico es extenso y enlista libros como: Errata, Diez (posibles) razones posibles para la tristeza del pensamiento y el fascinante Los libros que nunca he escrito

En twitter, el escritor hidalguense Julio Romano me recordó una de las frases de Steiner que lo describían de cuerpo entero: ¿Quién sería crítico si pudiera ser escritor? Pero, ¿era Steiner un escritor frustrado habitando el interior del crítico literario? No lo creo. George Steiner era un literato que leía (aunque pareciera imposible, existen escritores que no leen), que añoraba el disfrute inocente del lector promedio, ese que se entrega sin miramientos a la historia que alguien le cuenta en un puñado de páginas capturadas entre dos pastas, sólo durante el tiempo que tarda en leer el libro, para después olvidarlo. Steiner sentía nostalgia por esa candidez rebasada por un pensamiento veloz que tendía análisis profundos como raíces de un árbol de cientos de años. Era un escritor consumado y en cada página de su pensamiento era trazada sobre el papel como si su única misión fuera la de ser borrada, arracada del resto, desplazada para dar oportunidad a que el pensamiento siga floreciendo a ritmo de cuestionamientos que señalan el rumbo que ha tomado y debería tomar la literatura contemporánea.

La gran mayoría de los escritores afirman no leer a los críticos literarios. Tal vez lo hacen en secreto o cuando vapulean libros de otros, nunca cuando hacen trizas los propios. ¿Para quién escriben entonces los críticos literarios? Sin duda, para los lectores.

Sus ensayos han sido una luz para toda una generación no sólo de escritores, sino de intelectuales que vieron desmoronarse todas y cada una de las certezas sobre las que fue construido el siglo XX. La barbarie moderna y la identidad ocuparon sus últimos años y dejaron rastro de ello en los libros como: La barbarie de la ignorancia y La idea de Europa.
Su partida marca un hito en la cultura del mundo contemporánea. Ha muerto el último gran intelectual de nuestra época.

En una de sus últimas entrevistas, dada al suplemento Babelia del diario español El País, trazó –como aquella famosa foto en la que con el obturador abierto Picasso dibuja en la oscuridad un toro con una luz que sostenía en su mano––, algunas de las frases que destilan su esencia como humanista y como hombre; me quedo con dos de ellas: “el poema que vive en nosotros cambia como nosotros” y “una mesa, buen café y unos libros… eso es una patria”.

Y eso era, su patria.

Paso cebra
En días pasados tomó protesta la primera mesa directiva de la Academia de Nacional de Poesía de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística corresponsalía Hidalgo. En sus filas descubro poetas conocidos y con un trabajo destacado, tanto en las letras como en su promoción. Hago votos para que su presencia en la escena literaria hidalguense se deje sentir para bien. Enhorabuena.

viernes, 31 de enero de 2020

Xico Jaen: evocar como acto poético



El origen de la palabra “traducir”, es el mismo de “traición”. Empuñamos la vocación de Judas cuando nos empeñamos en esparcir la literatura en lenguas ajenas a su origen, cuando buscamos alcanzar una vastedad babélica donde las palabras que nos sacuden se tornen distintas y vibren en la misma frecuencia que lectores lejanos, desconocidos, inalcanzables.

Se desdobla la mañana / con la última quimera de la noche. / Todo continúa dormido (…)

Pero Xico Jaen no traiciona. Viene de una tierra donde los ancestros se llevan a todas partes como amuleto que libra del mal de ojo. Vive en un patria bífida donde dos lenguas conviven en una danza llena de colores, olores y sabores; sonidos todos. Originario del municipio de Santiago de Anaya, Jaen es un poeta joven que desde niño se preguntaba por qué en la escuela se hablaba un idioma que no era el de casa; aprendió el hñahñú mientras su madre lo amamantaba y lo echo a volar como un pájaro de barro donde viajaban los cariños, el amor y los nombres nuevos de las cosas que se miraban por primera vez.

Brotan colores / rancios y punzantes, / se esparcen silenciosos / en el pellejo agreste de la tierra.

Pero la realidad de su tierra lo ha marcado tanto como las caricias de su madre. Aprendió español entre pupitres entregándose desde entonces el gozo de mirar a través de las palabras el mundo; dos miradas sonoras que no siempre sonaban bien juntas. Cuando Xico encontró la poesía, descubrió en ella el sortilegio para que sus dos lenguas, la materna y la social, lograran cohabitar en paz dentro suyo; decidió entonces que no traicionaría a ninguna, sino que moldearía una a partir de la otra y viceversa, para alcanzar los sonidos que trazaran a versos su paso por el mundo.

Cuando la oscura muerte venga / a desgajar mi nombre, / y me haga suyo, / se va a quedar herida la orilla del lenguaje, / en tanto que la tierra (…)

Fue entonces que el Pájaro azul (significado e Xico) comenzó a cantar desde la primigenia palabra de su madre, experimentando con sonidos y expresiones que mostraran tal cual es la crudeza de un entorno envuelto por el desierto y la lejanía, extrayendo a pulso de poesía la belleza que dormita en el interior de una región que históricamente parece condenada al ostracismo, revistiéndola de su natural esencia a través de una poesía cargada de evocaciones a los ancestros, a la naturaleza, al dolor, la memoria y la esperanza, que germinan en tonos fraternales cuando el mismo poeta hace versiones de esos cantos en español.

Soy maguey, pulque derramado en el altar de tu boca (…)

En su más reciente libro, “Canto Roto (N’a ra thuhu xa ntuni)” Xico Jaen nos regala 17 poemas con dos reflejos, uno en hñahñú, el reverso en español, en los que logra hablarnos del Valle del Mezquital desde una perspectiva inusitadamente bella, forjada por el amor que sus ancestro le han heredado en un montón de recuerdos, historias, miradas; no sólo su madre, su padre, sino también la comunidad toda, como una familia que se ha ido diseminando a lo largo y ancho de un desierto que ha llegado a un destino que transforma su rostro pero no su espíritu, donde radica el verdadero valor de una tradición literaria peculiar en las letras hidalguenses.

Expiran entre cardos sus cantos rotos, / rota está su vida; / abismo original de palabra y viento.

El libro, bellamente cuidado por el maestro Alberto Avilés Cortés para Ediciones Mayahuel, con una aportada diseñada por el ilustrador campechano David Canul “El pájaro Toj”, es una oportunidad extraordinaria para leer una poesía alejada de fatuas modas poéticas, un poesía honesta que busca la evocación pero también la supervivencia de una lengua que nunca ha estado en peligro de extinción, por el contrario, Xico Jaen canta en una lengua viva como ninguna, porque encierra las aspiraciones de su pueblo.

Paso cebra
“Canto roto” de Xico Jaen se presenta junto al poemario “El tren” —escrito en Tu`un Savi (mixteco) — de la escritora oaxaqueña Nadia López García, mañana sábado 1 de febrero a las 19:00 hrs. en el Radio Express Café ubicado en el costado sur del Jardín Colón en el Centro Histórico de Pachuca. Ojalá podamos encontrarnos por allá.

viernes, 24 de enero de 2020

Una bitácora del dolor



Alguien me dijo alguna vez que no es el amor lo que nos mueve; es el miedo. El miedo a no alcanzar el amor, a no mantenerlo, a perderlo. El miedo es angustia, sobre algo cierto o imaginado. Pero cuando el miedo se transfigura en aquello que sólo acechaba y se vuelve real, tangible, acontece el dolor, el peor de todos, ese que sin ubicación precisa recorre con su filo todo el cuerpo; a veces el alma, sobre todo el alma.

En “Perseguir la noche”, el escritor mexicano Rafael Pérez Gay ha dejado cuenta de su encuentro con el dolor, ese miedo transfigurado en la posibilidad de perder la vida. A partir de la celebración de su cumpleaños número cincuenta, el escritor llega puntualmente a presenciar el deterioro del cuerpo, el suyo propio, a partir de señales inequívocas de que algo en la maquinaria de carne y huesos está mal funcionando. ¿El diagnostico?, cáncer. Como buen narrador de cepa que es, sabe que la única manera de sujetar las riendas de una realidad desbocada es transformándola en literatura; él mismo lo explica en esta frase: Cuando llega el momento de sufrir, como la pasión, el dolor expulsa al lenguaje.

Y el dolor lo expulsa, al lenguaje y a quien lo urde en su interior. El narrador vuelve a ser su personaje y toma distancia de sí mismo para analizar lo que le ocurre, para darse libertad y volver al pasado como única estancia donde el presente es soportable, de enlistar a sus fantasmas y exigirles cuenta de aquello que dejaron inconcluso entre ellos, de hablar de los excesos cometidos en nombre de comprobar que se está vivo y, sobre todo, para soportar la esa ridícula imagen de marioneta en que uno se transforma cuando se está enfermo, verdaderamente enfermo.

Los partes de esta guerra cruda contra la enfermedad y la aproximación de la muerte van mezclándose con las obsesiones del autor, una en particular, un suceso histórico acaecido durante las incursiones bohemias por la ciudad de México de un grupo de Modernistas compuesto por José Juan Tablada, Julio Ruelas, Ciro B. Ceballos, Bernardo Couto y Alberto Leduc. Para alejarse de la enfermedad a cuestas, recorre la Ciudad siguiendo el mapa de sus recuerdos, persiguiendo la esencia de la vida y la sospecha de la muerte; la suya propia, pero también aquella muerte que marcaría el destino de estos escritores que transbordaron, pluma en mano, del siglo XIX al XX, dando tumbos entre el Salón Bach y la casa de Madame Lara, donde la perdición esta disponible en la misma bandeja que la pasión. Los cinco vates sucumben, sibaritas de la carne y las humedades.

Los laberintos que Pérez Gay recorre en este libro se encarnan lo mismo en hospitales, en ascensos perturbadoramente nostálgicos a las Lomas de Chapultepec, en la timorata oscuridad de bares, salones de baile y prostíbulos. Él mismo se encarna en un Teseo que encara al Minotauro de su infancia, batiéndose contra los recuerdos que conserva de su madre, de su padre y de esa época familiar en que todo parecía ser mucho mejor de lo que realmente era. Aunque se gane, nadie vuelve impoluto de esa batalla.

“Perseguir la noche”, cierra una trilogía, completada con las novelas “Nos acompañan los muertos” y la conmovedora y maravillosa “El cerebro de mi hermano”, en la que Rafael mezcla de manera exquisita su historia, la de su familia, con la de una ciudad que se transforma constantemente, guardando su esencia en cada rincón y reguardando celosamente recuerdos que arroja de vez en vez para calmar el apetito nostálgico de quienes hemos nacidos en ella y seguimos absortos a su polimorfa grandeza.

Nada en este libro es un desperdicio. Salpicado de humor (sobre todo negro ante las circunstancias) y líneas contundentes que ponen la vida en su lugar, “Perseguir la noche” es la constancia de que Rafael Pérez Gay es uno de los mejores narradores contemporáneos en México y, por supuesto, un sobreviviente.

viernes, 17 de enero de 2020

El mundo secreto del Puxk’uai



Conocer la cosmogonía de los pueblos originarios de nuestro país representa una gran oportunidad para sumergirnos en un mundo lleno de simbolismos, donde la relación con la naturaleza es precisa para explicar la existencia del hombre; no representa un viaje al pasado, nada más equivocado que eso, significa una experiencia en culturas vivas que a la par, o a veces en contra, avanzan con la mal llamada “modernidad” de occidente, en muchos casos esta manera ancestral de ver el mundo supera o se superpone a la telaraña caótica de teléfonos inteligentes, tabletas y redes sociales.

Una de estas exploraciones está contenida en el libro “Puxk’uai. Un ser de la oscuridad en la cosmovisión otomí” del joven investigador Víctor Manuel Caro Sevilla, en el cual aborda la leyenda del Puxk’uai o bruja que dice; todos los seres humanos tenemos un espíritu de la bruja o el nahual, ese espíritu (femenino y maligno), es un animal que se transforma, pero si intentamos matarlo, también vamos muriendo.

Este ser de la oscuridad está íntimamente ligado con las creencias de la región otomí de Tenango de Doria y toma diversas fisonomías, como una cigüeña, como murciélago, un guajolote o un zopilote (entre otros animales), todos negros, todos con alas que permanecen en la mitología de los pobladores y la cual se ha mantenido como un vínculo intergeneracional.

Víctor Manuel se dio a la tarea de entrevistar a pobladores cuyas edades oscilantes entre los 38 y los 83 años (capicúa cabalístico) para conocer a través de la tradición oral las variantes y las evoluciones que la bruja y los seres propios de la oscuridad habían tenido en el ideario local. De esta manera logró obtener descripciones y anécdotas que no solamente encerraban intriga y espanto para quienes las vivieron, sino también una interesante e indisoluble relación de los vivos con los ancestros, con su entorno y con la muerte. El investigador complementa las declaraciones con dibujos de los propios participantes donde los elementos característicos se mantienen; el cerro de donde el Puxk’uai baja, el fuego y el humo para que se transforme, o el pie que la bruja se corta y deja en tierra cuando se transforma en animal en el que se aprecia el otro pie humano. Se aparecen en los techos, en las ventanas, acechan a hombres y mujeres para hacerlos morir induciendo el sueño, duermen también a los perros para que no delaten su presencia a ladridos; las narraciones, todas, encierran una riqueza cultural inconmensurable.

Las historias compiladas en tres comunidades y la cabecera municipal de Tenango de Doria son un tesoro de la memoria y la tradición de una región sumamente interesante para realizar investigaciones de este tipo pues ahí confluyen diversas lenguas como otomí, náhuatl, tepehua, totonaco y español con población tanto indígena como mestiza. Así lo señala en la presentación Jacques Garlinier, etnólogo francés quien desde hace cincuenta años ha dedicado sus investigaciones al mundo otomí de la Sierra Madre Oriental y que es considerado una eminencia en el tema. Garlinier también destaca el valor de esta investigación coma la oportunidad de conocer la “vida nocturna” de los campesinos como una forma de adentrarnos más en su mirada y su experiencia de vida en una región que solo puede describirse como paradisiaca.

La publicación apareció recientemente gracias a la edición por parte del Instituto Humboldt de Investigaciones Pluridisciplinarias en Humanidades A.C., establecida en Ixmiquilpan; la asociación alemana Ánimo e.V., Asociación para la comunicación intercultural con México; el Colegio del Estado de Hidalgo y la Universidad Intercultural del Estado de Hidalgo y está basado en el trabajo de titulación de Caro Sevilla como licenciado en Legua y Cultura.

Víctor Manuel Caro Sevilla nos regala pues un libro extraordinario de interés académico pero también un libro para aquellos lectores interesados en conocer más de las tradiciones y la cosmovisión de  aquellos que sabiamente creen que el bienestar y la integridad del cuerpo dependen de la relación con nuestros ancestros.