viernes, 19 de octubre de 2018

Antes del desayuno


Todo me da vueltas. Mi cabeza es aún una espiral interminable que incrementa la velocidad a cada momento. Es mi techo, puedo reconocerlo, aun cuando la luz de esta mañana sea diferente. Trato de levantarme, a pesar de lo pronunciado de la pendiente imaginaria que me lleva al suelo, lo logro con cierta facilidad. El farfullo de los pájaros me atormenta un tanto mientras camino hacia la mesa donde anoche reventábamos en risas y tragos. Busco un cigarrillo sobreviviente para llevarme a la boca. ¿Qué otra búsqueda puede resultar menos fructuosa que la que hace un vicioso como yo entre montañas de colillas sepultadas bajo toneladas de cenizas en cuatro ceniceros atiborrados como fosas comunes de un pueblo en guerra? Tiro algunos vasos, que vierten sobre el mantel su ínfimo contenido, mezcla de cielos vueltos agua, tequila y babas.

Hacía un rato ya que Andrea se había levantado ya. Como es su costumbre corrió a lavarse los dientes para mitigar el mal aliento con que su beso acostumbra despertarme. Fue el chorro de agua del lavabo lo que me despertó. La última imagen que tenia de ella en ese momento no era precisamente una imagen, sino la sensación de su brazo y pierna derechos aprisionándome sobre el colchón, controlando apenas la combinación de coca y licor que impulsaba y frenaba la sangre por mis venas. Entre el cepilleo de los molares inferiores y los molares superiores me grita que ya me levante. Ya estoy levantado alcanzo a responder después de la bocanada de humo que me ha provisto el último cigarro superviviente, medio mutilado hay que decirlo, que alcanzó la luz del nuevo día escondido debajo del plato de botanas.

-Con una chingada Raúl, ¿vas a levantarte o no?-

Podría gritar otra vez que ya me he levantado, pero no puedo dejar de disfrutar el golpe de alquitrán en mis pulmones, chispa detonante de la energía que debemos guardar los fumadores en algún lugar debajo de toda la ceniza que poco a poco va tapiando nuestros pulmones. Escucho a Andrea escupir el último buche ya de agua limpia, cierra la llave y con las manos envueltas en una toalla que las seca sale del baño.

-Si sabes que tienes que levantarte temprano para que jodidos te metes tanta madre. ¡Raúl te estoy hablando!-

Detesto su pérdida de estribos. Yo, a pesar de la resaca amedrentada por los últimos residuos de la cocaína en mi cuerpo, jamás había estado tan tranquilo. Vaya contradicción. Ya estoy levantado Nena, pero no me escucha, sigue parada bajo el quicio de la puerta de la habitación mirando la cama. Raúl, Raúl. Voy a agarrarle las nalgas y darle un beso entre el cabello revuelto cuando se escapa. No alcanzo a tocarla. En medio de gritos desesperado repta sobre el colchón y me sacude. ¿A quién está agitando si yo estoy ahora bajo el quicio de la entrada al cuarto mirando la escena? Raúl, Raúl, Raúl, parece que quiere acabar con todo mi nombre para lograr que el cuerpo que yace inerte entre las sabanas le responda. Ese cuerpo es el mío. Aún viste los calzoncillos rojos que alcance después de la fallida faena sexual de la madrugada. Andrea llora y repite que estoy muerto. No siento nada.

Estoy muerto. Tal vez estoy soñando, pero algo en mi interior me dice que es cierto. Estoy muerto. Tal vez sea la paz con que miro a mi mujer en un rincón, llorando. Sigo sin sentir nada.

Paso cebra
Se instaló la Comisión de Cultura en la Cámara de Diputados., tal cual un berenjenal anunciado. Sergio Mayer, quien en el fondo no es mala persona, le conozco, sino más bien un inocentón que cree, como los milenials, que está descubriendo el hilo negro, el bolillito copeado en el café, se cree el salvador de la cultura en México- Sus miras, estrechas en demasía, le impiden ver y reconocer a los cientos de mujeres y hombres que durante décadas han luchado desde distantitos frentes para que la cultura no sea el adorno político y en cambio se transforme en verdadera política de bienestar social y desarrollo. Estamos atestiguando al chivo en cristalería. Veremos que alcanzamos a hacer con los pedazos que nos deje.

viernes, 12 de octubre de 2018

Los libros del 68 / Última parte



Que manía eso de contar las cosas. No me refiero sólo al hecho de narrarlas, sino también, y sobre todo, de enumerarlas. Lo cierto es que, cincuenta veces de arengar “2 de octubre no se olida” ha ido también dándole forma a un ideario de la memoria. Hemos contado cincuenta veces el 68 y hemos contado el 68 de cincuenta maneras distintas. Cien, doscientas, mil maneras distintas, pero todas pendiendo de la misma raíz, la memoria. Sigo, ya para terminar, mi recuento, arbitrario, personal, bibliografía sentimental pues, del 68:

La noche de Tlatelolco
Elena Poniatowska construyó un libro de muchas voces, testimonios de lo ocurrido en aquellos meses y en la postrera y fatídica Plaza de las Tres Culturas. Escuchó a decenas de personas que airadas, indignadas, quejumbrosas o combativas narraban lo vivido. Así como adobes, con cada testimonio Elenita levanto un muro que sirvió como un monumento que se transformó en faro para aquellos que querían recordar esa ignominiosa historia. Escrito con gran pasión, este es el libro clásico del 68 y una puerta de entrada, para muchos, a un recuerdo que nunca debe ser borrado de la memoria de las futuras generaciones.

Parte de guerra
Una crónica escrita a cuatro manos por Julio Scherer García y Carlos Monsiváis aparecida hacia finales del siglo XX. En la primera parte Scherer dibuja la realidad de los acontecimientos a partir de los archivos de Marcelino García Barragán, otrora Secretario de la Defensa y que desdibujan la versión oficial del 68. Incluso, establecen por primera vez con total claridad la instrucción, ambigua y alevosa que Díaz Ordaz dio al Jefe del Estado Mayor, el cual apostó en lo alto de los edificios a soldados bien entrenados con la orden de disparar a la multitud. Por su parte Monsivais cree que es imposible vivir sin recordar el 68, la experiencia fundamental de una generación juvenil en la Ciudad de México", por ser este el que "infundió en sus participantes la sensación del cambio súbito de mentalidad... No se sintieron héroes, pero sí partícipes de la resistencia al autoritarismo". Las dos aristas fundamentales de una historia que, nobleza obliga, no echar al olvido.

Yo acuso, poesía perseguida política
Versos testimoniales de rebeldía y denuncia escritor por Leopoldo Ayala entre 1962 y 2003. Poemas que con la vehemencia de quien derriba una muralla se plantan en la memoria como una reverberación onírica que se transforma en una oleada de sentimientos reales y presentes. Conformado por 150 poemas, el volumen parecía en un principio condenado a la ignominia, hasta que, en 2003, fue editado por el Instituto Politécnico Nacional. La poética de Ayala navega a la par de la de Bertolt Brecht; ambos narradores líricos de su tiempo. Para muestra un botón: “Llevo conmigo la batalla de 629 jóvenes que habían cesado de resucitar./ Mis muñecas se doblan murientes en la trinchera de sus gestos.// Llevo conmigo los cuerpos infantiles rotos contra las baldosas/ y que ha regresado el viento./ La sangre de sus cuerpos rotos contra las baldosas,/ que el que sabe del sabor del crimen/ no ha podido hundir en la porosidad del asfalto.// Tlatelolco pisotea la frente y degüella la cabeza que estremecen los gritos.// Y yo acuso”.

Mexico 68: juventud y revolución
José Revueltas, siempre crítico, comprometido y solidario con las causas sociales. El 68 no fue una sorpresa para él (tal vez una consecuencia deseada), sí su de fatídico desenlace. En este libro se compilan todos los textos, la mayoría de ellos inéditos hasta ese momento, escritos durante los meses del Movimiento y después en Lecumberri. Sus páginas contienen una miscelánea de tonos: reflexiones críticas en torno a la autogestión universitaria; apuntes, notas y comentarios políticos, cartas, documentos y notas personales que, en rigor, son un diario del movimiento. Es tal vez, el libro sobre el 68 más crítico y lúcido de todos.

Se me quedan un par de libros sobre el escritorio. Ya habrá ocasión de hablar de ellos. La ocasión llama a preservar la memoria de algo que nunca debe ser olvidado.

viernes, 5 de octubre de 2018

Los libros del 68 / Segunda parte


Todos tenemos nuestro “2 de octubre”. Aquellos que lo vieron acontecer lo conservan de manera vívida a pesar del tiempo transcurrido. Los que aún no nacíamos lo tenemos indeleble a través de las historias, las que nos contaron, las que hemos leído; todas imposibles de olvidar.

Ilustración: Enrique Garnica.

“No olvidar” es la consigna de aque los libros que surgieron después de 1968. Más que el ejercicio literario del testimonio, de la crónica, incluso de la ficción, fueron estandartes que anunciaban a los cuatro vientos lo que nunca debería de ser olvidado. Aquí algunos que siguen ondeando con ímpetu entre los nuevos lectores:

Los días y los años
El admirado Rodolfo Palma Rojo me recordó este libro. Se trata de la primera novela de Luís González de Alba, la cual va más allá del testimonio sobre el movimiento estudiantil, para convertirse en una especie de diario de campaña que da cuenta de la movilización ciudadana a lo largo de un país cansado, ya desde entonces, del tácito estado de sitio en que se encontraba. Desde la mirada de un estudiante y miembro del consejo nacional de huelga, se trasluce la visión colectiva, la carga moral, filosófica y política de un enfrentamiento generacional entre la libertad y la opresión. Un análisis desde las entrañas del movimiento del que el lector no puede salir indemne.

Los símbolos transparentes
Un hidalguense que fue testigo de la masacre del 2 de octubre. Gonzalo Martré era director de la preparatoria número uno de la UNAM en 1968 y estaba presente en la plaza aquella tarde sangrienta. Este libro narra el momento preciso y traza una perspectiva del movimiento, desde las motivaciones de los estudiantes hasta la indiferencia persistente del gobierno. Ganador de un concurso que aseguraba su pronta publicación, durante décadas pesó sobre el libro la censura por atreverse a nombrar a los protagonistas por su nombre. Mención aparte merece la descripción cruda y detallada de los métodos de tortura que llevaron a muchos de los detenidos a la desaparición; a los sobrevivientes a la guerrilla o a las replicas rebeldes como la del jueves de corpus de 1971. Alfaguara publicó hace no mucho la “versión definitiva” de un libro definitivo desde su concepción.

68
Don Paco Ignacio Taibo padre, contaba que había decidió sacar del país a Paco II unos días antes del fatídico 2 de octubre. Sin dotes de clarividencia, el Gato Culto conocía de los alcances de la represión, los había vivido en carne propia.  Es entonces que la visión de Taibo segundo tiene el tamiz de la distancia, pero no de la lejanía con los principios y fundamentos de los estudiantes, sus pares. 40 años después, Paco Ignacio da respuesta a las preguntas formuladas ente las balas y los cuerpos inertes, releyendo sus notas de ese tiempo y reflexionando con la serenidad del ahora. En estas páginas vemos a un autor convencido de que olvidar de dónde venimos sería imperdonable y de que, como decía el Che, “sólo la verdad es revolucionaria y lo demás es de mentiras”. Un libro imprescindible para entenderlos acontecimientos de hace 50 años.

La plaza
Aparecida apenas tres años después del 68, Luis Spota expuso sin censura, imparcialmente y desde un punto de vista critico a los protagonistas del movimiento que estremeció desde sus cimientos a la sociedad mexicana. Narrado con la gran lucidez que le caracterizaba, este libro tomó como materia prima lo conocido por todos, para transformarlo en el retrato desgarrador de un país convulso. Vitupereado por propios y extraños, la publicación de esta obra la valió a Spota la expulsión del cerrado y elitista círculo (¿de entonces?) de la literatura mexicana, de la cual la historia le reivindicó convirtiéndolo en un clásico. Este libro me lo recuerda mi queridísimo colega Cesar Fernando Montes, gracias amigo.

Puerilmente creí que este recuento sería corto, pero me quedan en el tintero otros tantos títulos dignos de mencionar. Lo dejaremos para la próxima semana si el lector no tiene inconveniente. Mientras tanto, si usted se acuerda de otro libro sobre el movimiento estudiantil de 1968, sabe donde encontrarme. Hasta la próxima.

viernes, 28 de septiembre de 2018

Los libros del 68 / Primera parte



En apenas unos días estaremos recordando uno de los sucesos determinantes en el rumbo histórico de nuestro país. El próximo 2 de octubre se cumplirá medio siglo de la matanza de la Plaza de las Tres Cultura en Tlatelolco. El hecho, aunque doloroso y, sobra decirlo, sanguinario, es un hito en el devenir social de nuestra nación.

Todo lo ocurrido quedó, indeleble, en la memoria colectiva y literaria del fin del siglo pasado; permitiéndonos un rastro fácil de seguir cuando queremos ejercer nuestro derecho al análisis de nuestras circunstancias.

He aquí un breve recuento de aquellos libros que explican, nos explican, el 68 que nos marcó como nación y como individuos, que determino un cambió social y democrático que apenas, cincuenta años después, parece cuajar.

José Trigo
Esta novela de Fernando del Paso, publicada en 1966, parecería ser un presagio, un augurio mal habido. Ocurre en Santiago Tlatelolco y muchos de los acontecimientos que narra parecen ser una suerte de macabra coincidencia con aquellos que se vivieron dos años después en la Plaza de las Tres Culturas. El propio Del Paso supo reconocer su vaticinio, tiempo después de los nefastos sucesos. Un deja vu inverso que explicó desde antes lo que vendría. En sus páginas se lee “Ordenamos entonces los días, y contamos lo sucedido. Los de Nonoaltepec, los de Xatelolco”.

Corriente alterna
En este volumen de ensayos Octavio Paz se lee más insatisfecho e intrigante que nunca. En estas páginas publicadas en 1967 se entrecruzaba la critica social con la experiencia poética, la invención de la soledad con la rebelión. El futuro Nobel sienta la base ideológica de un movimiento que se rebelaría contra el autoritarismo y la desigualdad, señalaría los rasgos surrealistas en la rebeldía juvenil del momento, y las características religiosas y lúdicas de la revolución cultural del año siguiente. Paz inauguró en estas páginas el debate de entonces.
 
La Nausea del Extranjero
Camus y Sartre cimentaron la ideología de lo posguerra en Europa, y en México, aquel ánimo de individualismo floreció en la oposición a las normas establecidas. Las novelas existencialistas hacían trisas la utopía del bien común, desalentaban la participación en movimientos sociales, pero acrecentaban el deseo de romper con las ataduras sociales y políticas para recuperar la propia existencia. Emanciparon lo que buscaban apaciguar.

El hombre unidimensional
No podemos esperar que lo hubiera leído cuando en pleno informe presidencial de 1968 Díaz Ordaz se refirió a Herbert Marcuse como el “filosofo de la destrucción”. Traducido en México por Juan García Ponce, Marcuse fue uno de los filósofos más controvertidos de su tiempo. En “El hombre unidimensional” parte de criticar a Freud y a Hegel, y plantea una sociedad no represiva, donde se pudiera pensar libremente, donde no cupiera el antagonismo entre iguales. Una obra explosiva que explicó nuestra explosión social.

Un Gazapo De perfil
La identidad juvenil del 68 la dibujó la Literatura de la Onda. José Agustín y Gustavo Sainz apostaron al desenfado literario para retomar los valores de la contracultura y llenar de Rock las páginas de sus libros. Educaron sentimentalmente a los jóvenes inyectándoles una conciencia crítica y transformando el lenguaje literario y popular. Representaron la sensibilidad colectiva y el deseo lúdico de experimentar la vida, incentivando la crítica contra la seriedad y la lucha por la individualidad frente a la tiranía paternalista, la de los padres y la del gobierno en turno.

Un vistazo repentino al número de caracteres de esta columna me obliga a hacer una pausa, pero también me da un respiro en esta febril búsqueda de las huellas bibliográficas que antecedieron, cimentaron, acompañaron y precedieron el 2 de octubre tlateltoca.

Poner medio siglo de por medio, nos permite vislumbrar en su justa dimensión esta literatura fundacional de nuestra minumisión.

Continuaré la próxima semana. Mientras tanto, estimado lector, si se le viene a la memoria algún otro título “sesentaiochero” compártalo conmigo por favor.

viernes, 21 de septiembre de 2018

Reportero taumatúrgico

Tengo una memoria del carajo. No quiero robarle la frase a Juan Villoro, pero es cierto. He olvidado cosas de mi propia vida que me gustaría recordar. Por ejemplo, las historias que contábamos, mi madre, mi hermano y yo en la cocina, en las noches que esperábamos que mi padre volviera del trabajo; a veces, según la visita del día, se nos unía alguna prima, una vecina. Eran historias de miedo. Yo me sabía muchas, eso es lo único que recuerdo, que eran muchas, recogidas de otras charlas con los amigos. Las contábamos con euforia y ese escepticismo que claudica a la menor provocación.

Pero el que no olvida es Arturo Cruz. Reportero de oficio —de lucha libre, para acabarla de amolar—, poeta en ciernes, radioasta del pancracio volcado a narrador de lo paranormal. El origen de su pasión por lo oculto es la radio. Atraído desde muy joven por programas radiofónicos como Los cuervos de la luna de Iñaki Manero o Argonáutica de Jordi Soler, guardó celosamente su deseo de narrar lo que da miedo, lo que para algunos es indecible; lo que eriza la piel del más duro.

Arturo recuerda a maestros que, durante su formación profesional, sembraron en su inconsciente el deseo de redactar correctamente, el amor por el lenguaje, el rigor de quien usa la palabra escrita como artilugio para comunicar; recuerda con especial afecto al poeta Diego José y al musicólogo Benjamín Acosta. 

Un buen día, Cruz decidió que ya era momento de escribir sobre lo que hace años le apasionaba y dio el paso (mucho más trascedente que el de Neil Armstrong sobre la superficie lunar) de incursionar en la narrativa como valsa para atravesar el mar; aquel que nos separa de los lectores y nos incita a la conquista de la emoción del otro.

Ese es el génesis principal de Relatos de lo paranormal / Vivencias y ficciones de experiencias sobrenaturales, libro que contiene nueve relatos, ocho ficciones y una anécdota, que conservan el más primigenio de los temores, a aquello que no conocemos y que por ello nos atemoriza.


El autor pasa de escribir lo que ve, como buen reportero, a “procrear” literariamente lo que imagina; a dar forma desde la nada a las historias que han ido forjándose en su mente, aquellas que ha escuchado innumerables veces de los labios de su madre, por ejemplo.

Arturo entonces transforma la escritura en una forma de liberación, una manera holística de abordar el mundo; lo paranormal siempre lo ha seguido desde la tierna infancia y es el prisma con el que instintivamente mira el mundo. Anécdotas que forjaron parte de su personalidad, de los gestos que hace cuando explica su pasión, que habitan sin que lo sepamos en las interlineas de sus crónicas periodísticas.

Escribe desde el escepticismo más ferviente, desde el compromiso recalcitrante de aquel cuya palabra es el único oropel digno de presumir, digno para comprometerse; se entrega a la narración de sus historias como lo hace en la descripción de los lances suicidas que adornan la primara plana de la sección deportes.

Este reportero de lo paranormal nos regala una secuencia creativa que le divierte y le conmueve. Se atreve, abre puertas de un género poco explorado, casi en la nulidad, en Hidalgo y le imprime su sello, como quien sabe que ha pisado una playa virgen tras descender de una carabela. Explora dimisiones paralelas, la conciencia acrecentada, se vuelve parte de lo inconmensurable, es una voz que clama en un desierto ensordecido por el blackmetal noruego y las estridencias de La Castañeada; su soundtrack.

Este libro es uno de los debuts más revolucionarios de los últimos tiempos en nuestro estado y por ello, nadie debe dejar de leerlo. En horabuena.

Paso cebra
Hoy, mañana y pasado mañana, una treintena de escritores —jóvenes y no tan jóvenes, 14 poetas, 14 narradores y dos ensayistas, 10 mujeres, el resto hombres— se reunirán en la Biblioteca Central Ricardo Garibay a leer, opinar y charlar lo nuevo de su creación. Esta maravillosa iniciativa, impulsada desde su origen hasta su cristalización por el poeta y traductor Paul Olvera, es no solamente una oportunidad que tenemos los literatos (más bien huraños y ansiosos por permanecer aislados del mundo) de interrelacionarnos con nuestros colegas, sino, además, de poner al fuego de la opinión colectiva los textos que estamos fabricando ahora; compartir es exhibir nuestra dificultad por escribir decentemente.

Es así como hoy viernes entre las 15 y las 20 horas, mañana sábado entre las 14 y las 19 horas y el domingo entre las 10 a 14 horas. ahí andaremos. Espero que puedan darse el tiempo de acompañarnos y escucharnos.

martes, 18 de septiembre de 2018

2do. Foro Literario Hidalguense / Participantes y programación


Participantes del Segundo Foro Literario Hidalguense

Poesía
• Julio  Romano  Obregón
• Ilse  Susana  Sánchez  
• Javier  Jaen  Gaspar
• Carlos  Córdova  Mata
• Martha  Miranda  Gómez
• Suzel  Gómez  Sánchez
• Abraham  Chinchillas
• Josué  Ledesma  
• León  Cuevas
• Luis  Tovar  Flores
• América  Femat  Viveros
• Ulises  Martínez  Zamora
• Rosa  Maqueda  Vicente
• Erick  Alan  Hernández  


Cuento
• Cristian  Negrete  Perales
• Enid  Adriana  Carrillo  
• Aldo  León  Guzmán
• Luis  Manuel  García  Aguirre
• Rafael  Tiburcio  García
• Jorge  Luis  Roldán  Uribe
• Laura  Esperanza  Guerrero  
• Yovani  Hernández  López
• Diego  Castillo  Quintero
• Rosalí  de  la  Fuente  
• Oscar  Raúl  Pérez  Cabrera
• Oscar  Baños  Huerta
• Ernestina  Guerrero  Chávez
• Miguel  Ángel  Hernández  Acosta

Ensayo
• Claudia  Leticia  Amado  Flores
• Irving  Jesús  Hernández  Carbajal


Programación

Viernes  –  21  de  septiembre
15:00-15:20 Bienvenida  –  Todos
15:20-15:40 Julio Romano Obregón
15:40-16:00 Aldo León Guzmán
16:00-16:20 León Cuevas
16:20-16:40 Oscar Baños Huerta
16:40-17:00 Ilse Susana Sánchez
Descanso de 60 minutos (17:00-18:00)
18:00-18:20 América Femat Viveros
18:20-18:40 Irving Jesús Hernández Carbajal
18:40-19:00 Rosalí de la Fuente
19:00-19:20 Carlos Córdova Mata
19:20-19:40 Enid Adriana Carrillo
19:40-20:00 Cierre  –


Sábado  –  22  de  septiembre
14:00-14:20 Apertura  –
14:20-14:40 Martha Miranda Gómez
14:40-15:00 Luis Manuel García Aguirre
15:00-15:20 Josué Ledesma
15:20-15:40 Rafael Tiburcio García
15:40-16:00 Suzel Gómez Sánchez
Descanso de 60 minutos (16:00-17:00)
17:00-16:20 Cristian Negrete Perales
17:20-16:40 Claudia Leticia Amado Flores
17:40-18:00 Abraham Chinchillas
18:00-18:20 Laura Esperanza Guerrero
18:20-18:40 Javier Jaen Gaspar
18:40-19:00 Cierre  –


Domingo  –  23  de  septiembre
10:00-10:20 Apertura  –
10:20-10:40 Jorge Luis Roldán Uribe
10:40-11:00 Yovani Hernández López
11:00-11:20 Luis Tovar Flores
11:20-11:40 Diego Castillo Quintero
11:40-12:00 Ulises Martínez Zamora
12:00-12:20 Oscar Raúl Pérez Cabrera
12:20-12:40 Rosa Maqueda Vicente
12:40-13:00 Ernestina Guerrero Chávez
13:00-13:20 Erick Alan Hernández
13:20-13:40 Miguel Ángel Hernández Acosta

13:40-14:00 Cierre  –  Paul  Olvera


viernes, 14 de septiembre de 2018

Horizontal, seis letras…


(Esta es la última vez que te quiero.
En serio te lo digo.)
Jaime Sabines

El resto del día en que me enamoré de ti ha durado hasta hoy. Hace siente año que te quiero. Sería mentir si dijera que llegaste a mi vida sin que te esperará. Te esperaba. Te esperaba sin saberlo. Hacia ya tiempo que te había visto y nunca pude imaginarte tan nítida como aquella tarde en que me resumiste tu vida entre el tintineo de las tazas y un café que se enfriaba tan rápido como tus palabras. Cuando te fuiste apresurada no pude decirte que te llamaría. Que, aunque no lo quisiera, no podría evitarlo. Que, aunque no fuera correcto, mi corazón ya te pertenecía irremediablemente.

Tengo un amigo que dice que el corazón es un perro que se arroja por la ventana. Yo me arrojé entero. Caímos sin percatarnos en la espiral de deseo que nuestros mensajes de texto formaron. Tenias miedo. Estabas aterrada tras nuestro primer beso. Yo, calmo como siempre, intuía la condena, el precio que habría de pagar por postrarme ante quien eras; un augurio.

El número de tu departamento era el mismo de tu cumpleaños. La noche que al fin sucumbimos a la tormenta fuimos felices. Desnudos y de madrugada, nuestro abrazo habría podido derrumbar todos los montes, edificar todas las ruinas. Emancipamos todo el torrente que nos habíamos guardado y el rio que de allí fluyó duró catorce meses.

Escribí tu nombre en un crucigrama que no preguntaba por ti. Eras tú la sisma de todas mis dudas, la certeza que me asombraba. En todos esos primeros días de felicidad fuiste tú y nadie más que tú. Mi coincidencia favorita. Mi último suspiro antes de la pesadilla. Minaste mi existencia con letras y canciones, con lugares visitados e inexistentes donde después te me aparecías, cuando nos dejamos.

Ilusos. Creímos que la distancia era la cura para nuestro contagio. Creímos que amor de otras personas nos mantendría inmunes a los que fuimos antes. Estábamos equivocados. Cuatro años después volvía a ser yo para ti y tu entre todas las mujeres. La primera madrugada de un julio hicimos del amor un pokar. Nos reencontramos en el mismo lugar en el que nos habíamos despedido; nuestros cuerpos. Tu estabas herida por un hombre indeciso, ilusionada con un amor lejano. Yo estaba herido por tu olor que conserve la mañana siguiente. Y la siguiente. Y la siguiente.

Tras meses de asaltar mi casa para tomarme desapareciste sin decir nada. Fue tu venganza por mi anterior abandono. Pero la tersa ladera del tiempo nos hizo caer de nuevo, uno al lado del otro, meses después. Allí estábamos de nuevo, como si todo, sin nada que perder. A partir de entonces volviste a ser tú y nadie más que tú. Nos sabíamos exactos el uno para el otro, pero ya cubiertos de infortunio. La historia que compartíamos, las traiciones, los adioses, crecieron en nosotros como un cáncer de mil rostros. Silencioso. Eran demasiadas voces para ignorarlas.

Aun así, me regalaste tus mañanas para prepárate el café, las arduas jornadas para escribirte menajes inofensivos, tus tardes para leer mientras tu domabas la Mac con las yemas. Tu cuerpo preciso, la exacta armonía de nuestro deseo, la sincronía de la llegada. Tus noches para despertar a la menor provocación de un sueño intranquilo, una respiración a contratiempo, durmiendo a ratos atracado a tu cintura. Las charlas interminables. Los enojos cotidianos. Un silencio incómodo. Tus anhelos contenidos en el frágil empaque de mis posibilidades de cumplirlos. Al cabo, no pudimos mantener a flote el amor que nos quedaba. Sobra decir que naufragamos. Rotos, nos despedimos.

Me fui sin separarme de tu lado y te llevo a todas partes escrita en el extremo de una línea de sangre que del otro lado llega al corazón. Serás tú entre todas las mujeres. Lo presiento. Carajo.

Me despido de ti en público, aunque el público aquí presente no sepa quienes somos, no sepa del amor que nos urdimos el uno al otro, no sepa de las calles donde te atreviste a tomar mi mano, de las puertas que toqué para dejarte flores. Que deseo que aquel día llegue a su fin. Que todas las noches te sueño. Que tendré que dejar de dormir a partir de ahora.

Foto: Abraham Chinchillas

sábado, 8 de septiembre de 2018

Acaxochitlán: palabra que florece



Escribir sobre el pasado es una afición extraña. Así lo parece cuando reparamos en que escribimos para el futuro, para acrecentar la fe en un futuro, posible o imposible, donde alguien nos lea. Ahí el paradigma, escribir sobre lo pasado para alimentar el futuro. Esa es la tarea del cronista.

A mis manos, y a mis ojos, llega el proyecto editorial Palabra en flor, díptico publicado por Ediciones Mayahuel con un apoyo del Programa para las Culturas Municipales y Comunitarias de Hidalgo. Ambos libros dan cuenta de la historia, pero, sobre todo, del patrimonio cultural, tangible e intangible, del bello municipio de Acaxochitlán.

Hablo de estos dos libros sin poder definir cual es el primero de ellos, no están seriados, cada uno convive con el otro con la misma naturalidad con que cada uno puede ser tomado por individual. Elijo aquel cuyo subtitulo versa Apuntes del patrimonio cultural de Acaxochitlán, y que adorna su portada con la reproducción de un hermoso óleo de Fortino Oliver Rosales. Es el volumen más delgado, contiene un recuento general de personajes, composiciones musicales, bienes muebles e inmuebles, así como del acervo documental histórico del municipio; remata con la lista completa (hasta la fecha) de los presidentes municipales, así como con una lista de fiestas realizadas tradicionalmente en sus comunidades.

El volumen con mayor paginado, segundo en esta arbitraria selección, se subtitula Ecos y Voces de Acaxochitlán y muestra en la portada a don Antonio Martínez Cruz, uno de los muchos habitantes y adultos mayores que el autor entrevisto para ir dándole forma a su investigación; además de las horas invertidas en la investigación documental. Las páginas de este segundo libro escarban en lo profundo y van con detalle desde los antecedentes históricos, la toponimia y el gentilicio, los relatos que la memoria de los mayores nos ha preservado, las descripciones de las danzas, los usos vocales, los detalles de los rituales y los actos festivos, los conocimientos y usos relacionados con la naturaleza, las técnicas artesanales, y los olores y sabores de la gastronomía de Acaxochitlán.

Pero ¿para qué compilar datos sobre el patrimonio cultural de un lugar? Para preservarlo. Sólo se cuida lo que se ama, solo se ama lo que se conoce. El espíritu de este proyecto es hacer que los habitantes de Acaxochitlán revaloren todas aquellas cosas que les rodean y que han sido elementos del desarrollo cultural de su pueblo. Es trasladar al presente con palabras, aquello que en el silencio hubiera sido consumido por el olvido.

En el prólogo de ambos volúmenes, el destacado antropólogo hidalguense, Alberto Avilés Cortés, escribe: “No escapa nada a las manos de Arturo Castelán Zacatenco, todo es aprendido, desmenuzado e interpretado a la luz de nuestro tiempo”. Esa es la tarea del cronista moderno; no sólo de ser un simple compilador, sino la de convertirse en un alquimista que somete al crisol el pasado para forjar a golpe de pluma el futuro.”

La edición, cuidadosamente trabajada, carece por espacio del acervo fotográfico que el autor fue también formando y que complementa lo dicho a través de los textos. Ahí la posibilidad de una segunda edición en un futuro no muy lejano.

Sobresaliente es el trabajo de Arturo Castelán Zacatenco, uno de los miembros más jóvenes del Consejo Hidalguense de la Crónica, agrupación que cumple ya ocho años de vida y que se encarga de la talacha para compilar, poco a poco, la historia de los municipios del estado de Hidalgo. Hago votos para que su labor continúe y para que cada cronista nos comparta el amor por su terruño en historias que con orgullo se portan en el corazón.

Paso de baca

Así es como el ayuntamiento de A Coruña ha designado las manchas blancas que una empresa de lácteos ha dibujado en un cruce peatonal. Dicen los oriundos que ese paso, no cebra, sino baca, sí los representa pues en Galicia se produce más de la mitad de la leche de toda España. Los gallegos dicen que la cebra no habla de ellos, los mugidos de la baca sí; “Donde hay una vaca hay esperanza, cuatro patas y una ubre sobre las que construir un futuro (…)” dice la nota de El País, sobre el asunto que ha sorprendido a propios y a extraños. Mientras tanto, nosotros, acá, decimos, ¡muuu!



viernes, 31 de agosto de 2018

La certeza de un sendero oculto



Entre el caudal de días / un sendero de pasos detenidos.

Escribir es un acto de rebeldía. En estos tiempos de redes sociales y “feik nius”, escribir poesía es un acto de valentía. Hacer llegar esa poesía a través de los mismos caminos digitales e inmediatos donde pasean liviandades y perezas es una bravuconada. Tal vez por eso, es por lo que la poeta hidalguense América Femat Viveros ha decidido titular “Irrupción” a su segundo libro; una compilación de poemas sueltos que fueron sembrados lo mismo en revistas literarias digitales, publicaciones de “feisbuc” o antologías en papel. La ilusión de ser leída en lo inmediato, por lectores a los que tal vez no tenga acceso de manera física, ha crecido en el sueño de mostrar esos versos en el soporte por excelencia de la literatura, el papel. 

La devorada luz que destila el acantilado / de mi sexo, / la revocada ola / parida entre las piernas de las rocas, / la derramada sed e la mar de los cuerpos (…)

Desbordan el erotismo febril de quien se sabe amada, deseada, también aquellos elementos que ya han estado presentes en sus poemas anteriores: el misticismo y la intimidad de una emoción, el amor materno, la nostalgia. Aparece, irrumpen debería decir, el agua y los pájaros; desde el universo diminuto de una lagrima hasta el embravecido mar que estalla en el pecho, el aleteo suave de colibrí hasta el batiente vuelo presuroso de la noche. El amor esta ahí, inocente y cristalino. Ay de aquel que detonó estos versos. Pobre diablo al saber que los ha perdido.

Una casa, una mesa, un silencio, / momificada sinfonía.

Asoman de pronto sus influencias, poetas que en las lecturas favoritas van dejando un rastro interno, aparentemente de origen ignoto, pero que llevan la poesía de América por rumbos que la misma poeta no sospecha y se aparecen de pronto para florecer transformados, novedosos. Ahí deambulan Rubén Bonifaz Nuño y Wislawa Szimborska, Jair Cortés y Rosario Castellanos. Estamos ante una escritora que lee, se nota a leguas. La poeta enmudece con el único lenguaje perfecto, la poesía.

No esperes de pronto / un remordimiento estalle, / volcada polvareda hacia un desierto.

Nada deja al azar de la inspiración. Es clara y precisa en sus imágenes, meticulosa en la cadencia que imprime a cada verso y enseñoreándose urde el “todo” que significa cada poema. Su madurez literaria es evidente. Se abra paso como quien entra en la maleza, con la seguridad de que entre la hierba hay un camino para andar. Alguien ya lo ha recorrido. Tal vez no.

La palabra mía se vuelve / selva y enredadera del insomnio (…)

“Irrupción” es también el inicio de otro sueño, el de la editorial independiente Cipselas. Esos pequeños pétalos delgados, puntiagudos y volátiles de los Dientes de león, que al soplar se marchan en desbandada. Dicen que, si alguno de ellos te entra al ojo, te deja ciego. Deseo que cada libro que produzcan tenga el mismo efecto, pero viceversa.

El alfabeto es pequeño para una estela / de tres puntas que me persigue donde / existo.

América Femat Viveros es consciente de su destino, ese destino compartido por todos los poetas que sabemos que nunca podremos dejar de escribir. En esa conciencia se ha ganado un lugar en la poesía de Hidalgo, el cual nunca nadie se lo podrá quitar.

Paso cebra

Desde este cruce quiero felicitar a la escritora hidalguense María Ruiz, quien obtuvo la semana pasada el Premio de Narrativa Infantil Caleidoscopio 2018, en la categoría Cristal. Este premio convocado en la ciudad de Aguascalientes por Tera Ediciones es una gran oportunidad para reconocer a aquellos que dedican su pluma a los lectores más pequeños. María Ruíz ha dedicado su trabajo literario a recuperar la memoria de su pueblo, Huasca de Ocampo, y también a incentivar la imaginación y el deseo lector de los niños. Es además una escritora de gran imaginación y habilidad narrativa, el titulo del cuento ganador es apenas un botón: “Mariquita dedos en la nariz”. Vale la pena celebrarlo. Es un buen momento para la literatura para niños que se escribe en Hidalgo. ¡Felicidades flaca!

miércoles, 29 de agosto de 2018

El andamiaje íntimo del miedo mutuo



¿Qué sentido tiene reseñar un libro que ha dejado de ser novedad literaria? El trabajo de los reseñistas tiene mucho que ver con la oportunidad periodística de dar a conocer algo nuevo, la primicia editorial para sus lectores. Sin embargo, aquellos que semana con semana nos sentamos frente a la titilante blancura de la computadora para esbozar, la mayoría de las veces sin mucho tino, ideas alrededor de un libro que nos ha impresionado o sobre el que nos han encargado escribir algo, somos afortunados por la posibilidad simple y llana de hablar, mejor sería decir “escribir”, sobre lo que nos apasiona: los libros.

A mi me sucede ahora aquello de estar impresionado y es que acabo de terminar la lectura de La isla del padre la más reciente novela (aparecida en 2015, cabe decir), del escritor bilbaíno Fernando Marías. El libro, escrito con fineza, es profundamente conmovedor. En sus páginas el autor va narrando los últimos días de vida de su padre, con quien ha tenido a lo largo de la vida una relación íntima, aunque difícil; entre ellos dos se ha establecido desde el primer momento una tensión amorosa especial a la que le ha dado por llamar “el miedo mutuo”. Ese vínculo padre e hijo, indisoluble pero intrincado lo lleva a narrar la vida de su padre como último homenaje a quien no solamente le dio la vida, sino que le dio, a través de su trabajo como hombre de mar, el sostén económico, moral y sentimental para formarse como un hombre, en este caso, de cine y de letras.

Salta a la vista la admiración, el cariño acumulado en las largas ausencias marítimas de las cuales, su padre volvía cargado de regalos ─para Fernando y sus hermanos─ así como de historias que compartía con sus tres hijos pero que se arraigaban en el mayor de ellos, el niño que intentaría llevar a la pantalla de plata esas historias y que terminaría plasmando parte de ellas en paginas memorables de la novelística española reciente.

Me atrevo a decir que los primogénitos tenemos una relación especial con el padre. Somos de pronto su viva imagen y pasamos gran parte de la vida tratando de no serlo. Los hermanos menores no llevan esa carga, otras quizás. Al cabo el tiempo aplaca esa intentona golpista contra los genes y los rasgos de carácter que vamos heredando en el convivir cotidiano. Yo mismo, me anudo las corbatas igual que mi padre tras años de combatir contra el inexorable destino de ser idéntico a él. Alguna vez he confundido mi propio reflejo en un escaparate lejano con la efigie de mi padre, e incluso, sorprendido, he apurado el paso para saludarlo.

Sobra decir que La isla del padre es un libro de amor. Un libro de memorias que hace latente el amor sostenido entre sus protagonistas y el amor que llevó a su hechura. Fernando Marías va narrando la historia y al mismo tiempo nos va diciendo “cómo” es que va narrando la historia, logrando una suerte de ilusión literaria donde podemos ver el interior de un edificio asomados desde los andamios que cubren y sostienen su fachada. Las batallas libradas en la soledad de la habitación del hospital donde su padre dio su último aliento, su última promesa; en la soledad de la casa familiar ya vacía; en la soledad de los trenes que lo llevan de nuevo a su natal Bilbao desde Madrid para ir escribiendo página por página una historia que, mientras esta siendo escrita, mantiene a su padre vivo escribiendo el libro junto a él. Una esgrima emocional va trazando por el aire los pasajes de la memoria que se mezclan con el presente, azarosos pero causales de una historia que merecía ser contada.

Y por si fuera poco la intensidad del sentimiento que motiva la novela, en ella podemos apreciar la otra pasión de Marías: el cine. No solamente a través de las anécdotas de la infancia en las que su padre compartió el disfrute de una película, en ocasiones prohibida para los menores por la exagerada censura franquista, en una habitual sala de cine, sino también en el planteamiento estético, incluso narrativo de algunos pasajes del libro. En especial el que cierra la novela: un plano cerrado del rostro sudoroso de su padre, boxeando a solas contra el saco de entrenamiento en el interior de un barco, la toma se abre y se aleja hasta el punto de la nave cruzando el océano impulsado por el “humilde viento implacable de los puños de mi padre”.

La isla del padre es una novela única que avanza por el amoroso y feroz viento de los puños de Fernando Marías.

viernes, 24 de agosto de 2018

Paz babélico: notas sobre su trabajo como traductor


Ilustración: Román Rivas

A raíz de la muerte de su viuda, Marie-José Tramini, ocurrida a finales del julio pasado, el legado del Nobel mexicano Octavio Paz ha vuelto estar en el ojo del debate. Y es que Marie-Jo se había convertido, incluso antes del fallecimiento del escritor, en custodia feroz del archivo de Paz, el cual debe estar inmensamente enriquecido con notas, tal vez inéditos y minucias que bien pueden dar para una o varias investigaciones literarias sobre uno de los personajes más importantes de la cultura mexicana. Ahora, cuando la musa se ha reunido con el poeta en el punto más luminoso de la llama doble, la comunidad intelectual esta preocupada por el destino que tendrá ese legado, el cual, en opinión de la mayoría, debería ser custodiado, administrado y divulgado por las autoridades culturales de nuestro país. Mientras eso ocurre quiero trajinarnar sobre una de sus facetas, la más intima a mi juicio, la de traductor.

Octavio Paz fue sin lugar a duda un traductor de cepa. Dicho adjetivo se suma a la innumerable cantidad de oficios literarios que ejerció. Este, el de traductor es tal vez uno de los que generan menos discrepancias, tal vez, porque en él imprimía dos de sus más grandes pasiones: la lectura y la creación poética.

La mayoría de sus traducciones se contienen en “Versiones y diversiones”, volumen en el cual se confirma que el impulso primigenio que lo llevó a este ejercicio fue siempre el deseo de compartir con otros lo que a él mismo hacia disfrutar. Es el resultado de la pasión y la casualidad, escribió.

Reflexionaba, siempre con su característica elocuencia, sobre el ejercicio de traducir: El punto de partida del traductor no es el lenguaje en movimiento, materia prima del poeta, sino el lenguaje fijo del poema. (…) Su operación es inversa a la del poeta; no se trata de construir son signos móviles un texto inamovible sino demostrar los elementos de ese texto, poner de nuevo en circulación los signos y devolverlos al lenguaje.

El destino final de su ejercicio como traductor era el mismo del resto de sus incursiones literarias: la creación. Pero al ser traductor sustituía por gozo la academicidad y la reflexión. El punto de partida fueron poemas escritos en otras lenguas; el de llegada, la tentativa de escribir, con ellos, poemas en la mía. Era por ello no incluía los poemas en lengua original, sino solamente las versiones que de ellos menaban como un poema nuevo, buscando lo que otros grandes traductores buscaron.

Paz no solamente traducía de las lenguas que hablaba, también de otras en las cuales, sus incursiones eran apoyadas por amigos: para traducir del sueco se ayudó del poeta rumano Pierre Zekeli; para traducir del chino recurrió no solamente transcripciones fonéticas y traducciones interlineales, sino que también se acogió al consejo del poeta Wai-lim Yip.

Mención especial merece la traducción que realizó de Basho, permitiendo por primera vez a una lengua occidental el embelesamiento del haiku. En dicha aventura Paz no solamente fue apoyado por Eikichi Hayashiya, sino que ejerció con entera libertan la creación ideal de la traducción poética: crear imágenes, cadencias, músicas similares a través de idiomas distintos. Se destacó como un traductor audaz, rodeando de polémica sus versiones.

Entre los autores que tradujo están: Apollinaire, Pessoa, Michaux, Gunnar Ekelöf y el mencionado Basho. Para completar la geografía estética de los gustos de Paz es necesario mencionar algunos autores de los cuales realizó frustradas versiones las cuales quedaron pendientes: Dante, Yeats, Tasso, Leopardi y Wordsworth.

Por otro lado, Octavio Paz siempre estuvo cerca de sus traductores, entre ellos destacan dos: el norteamericano Eliot Weinberger y el francés Claude Esteban. Aun cuando Paz dominaba el inglés y su francés era suficiente para realizar él mismo versiones de su poesía en esos idiomas, permitía que otros emprendieran dicha tarea, de la cual, se mantenía muy atento; sin embargo, dejaba a los traductores el libre albedrio del ejercicio.

Enrique Díez-Canedo dijo que traducir es siempre sacrificar; pero no ha de sacrificarse nada esencial. Octavio Paz así lo hacía.