viernes, 14 de junio de 2019

Historias de vodevil



Cuando era más joven (es importante destacar la presencia del adverbio “más” que establece la continuidad del adjetivo “joven”, solo para efectos de la sanidad mental de quien escribe), decía, cuando era más joven, incluso antes de estudiar comunicación, tuve la oportunidad de entrevistar a Hugo Gutiérrez Vega en las escalinatas del otrora edificio central de la universidad estatal. Me sobrecogía estar frente a uno de mis poetas favoritos, frente al columnista que leía cada domingo en la Jornada Semanal. Pero lo que más me sacudió aquel día fue una máxima que determinó mi manera de ver la cultura y que incluiría en mi desarrollo como incipiente promotor cultural: “La cultura debería de ser auspiciada completamente por el estado”. ¿Era eso posible? ¿O sólo era, y es, una utopía moribunda en tiempos de austeridad gubernamental?

Mientras que desde hace ya algunos años se ha puesto sobre la mesa la posibilidad de que los creadores de arte y cultura desarrollen proyectos autofinanciables y que no se deje toda la carga del desarrollo y promoción cultural al estado, la discusión, que debería ser muy sería por tratarse de un asunto prioritario para el sano desarrollo de nuestro país (una nación que soslaya la cultura está condenada a perder su historia e identidad), ha tomado tintes absurdos pero peligrosos.

En escena ha aparecido la senadora plurinominal Jesusa Rodríguez a despotricar contra los creadores y exigirles que “Vayan a la iniciativa privada, dejen de vivir del presupuesto”. Más allá de la preocupación que nos produce que la Senadora se haya mordido la lengua al verbalizar este sambenito, nos extraña que haya asegurado que siempre ha criticado las becas del FONCA, lo cual es falso.

Lo que la flamante senadora no recuerda desde la comodidad de sus ciento cinco mil pesos de sueldo mensual (el cual, por cierto, sale del presupuesto) es que al menos en tres ocasiones obtuvo, junto con su hermana Marcela, apoyos en el rubro de coinversiones del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes, a través de su compañía teatral y su asociación civil, “Ópera portátil” y “En chinga producciones”, respectivamente. En su momento, cuando sus performances tenían el verdadero espíritu de la crítica social y no eran solamente una caricatura propagandística como sus cabezones susurrantes guardianes del maíz, su hermana dijo que sin el apoyo recibido hubiera sido “imposible” presentar sus espectáculos artísticos. No cabe duda que la “amnesia oportunista” se da en todas las esferas.

Sin embargo, el resbalón senatorial no es el meollo, sino la verdadera posibilidad de que los apoyos hacia la cultura, como el FONCA, desaparezcan también como ha ocurrido con otros tantos programas; hace apenas unos días les dieron harakiri a los apoyos a los investigadores.

Sin duda muchas cosas en este país están viciadas, los programas culturales no son la excepción. Las becas artísticas han permitido en desarrollo y crecimiento de grandes creadores en México como García Márquez, Carlos Fuentes, Amalia Hernández, Vicente Rojo y Horacio Franco, por mencionar unos pocos; y, por otro lado, también ha subvencionado a una pléyade de “artistas” que navegan en la mediocre comodidad de proyectos sin propuesta, grisáceos y de nula trascendencia. Ese es precisamente el reto. ¿Por qué en lugar de desaparecer no se hace una “reingeniería” (horrenda palabra de moda) en sus reglas de operación y se cuida que a partir de ahora lleguen a otros círculos creativos que han permanecido marginados de la mirada elitista y borrados por los compadrazgos establecidos? ¿Acaso la idea de mejorar no implica sustituir en lugar de desvanecer?

Hace un par de días escuché al Presidente decir que: “esto es una revolución, una transformación (…)”. Creí que un sinónimo de “transformar” es “cambiar”, no “eliminar”.

Paso cebra.
Aquello de que los creadores emigremos a la iniciativa privada para encontrar apoyos, es ya un ejercicio común que ha dado buenos resultados en general; la senadora performancera tampoco está descubriendo ahí el hilo negro. Qué triste que tengamos legisladores de ese nivel ramplón y retrógrada.

viernes, 7 de junio de 2019

Pederasta del reflejo


Siempre he creído que la religión y las preferencias sexuales deben ser temas íntimos, no públicos. Al fin de cuentas, en el mejor de los casos, es sólo un asunto de dos; con una pareja en lo sexual, con Dios en los espiritual. Así que cuando esos asuntos trascienden a lo público, el debate aflora con rapidez.


Las acciones erráticas y los escándalos siguen cerniéndose sobre la máxima institución cultural del país. Hace ya un par de semanas todos nos sorprendimos al ver en las redes sociales un evento “no cultural” que se realizaría con bombo y platillo en el recinto más emblemático culturalmente hablando en México. Por supuesto que la noticia comenzó a circular apenas unas horas antes de la realización del evento, el cual consistía, según las imágenes difundidas y colocadas en las afuera del Palacio de Bellas artes, de un “homenaje” a un “apóstol” de Jesucristo. Ya de por sí, leer las palabras entrecomilladas es una mala, pésima señal; esto sin contar con que el carácter “religioso” del asunto no coincidía con el actuar de un gobierno “liberal”. ¿O acaso los conservadores son católicos y los liberales cristianos?

El presidente López Obrador se ha dicho cristiano. En un principio yo le creí, pues no iba a misa todos los domingos como los presidentes panístas; parecía pues que su religiosidad era un asunto privado. Sin embargo decirse cristiano y permitir un evento para la lisonja personal en nombre de Dios, carece de toda congruencia.

El asunto va más allá del uso de un inmueble público para un beneficio privado, después de todo si al menos les hubieran cobrado una buena cantidad de dinero para realizarlo habría un “beneficio” para la nación. Pero al parecer, ni se les cobró, ni se había medido el impacto mediático del asunto. En las horas entre el inicio, la realización y el término del “homenaje” la Secretaría de Cultural federal se encargó de defender lo indefendible: que no se les había dado permiso, luego que sí, que no era un homenaje sino un acto cultural, que sólo se escuchó música y no se entregó un reconocimiento a nadie, entre otras tantas explicaciones absurdas y, por cierto, mal redactadas.

Al paso de los días, parecía que no toda la culpa era de la autoridad cultural: que si un diputado lo había solicitado en nombre de la organización religiosa; que si la invitación al delfín (Batres) del presidente había sido sólo a un concierto y no a un encuentro, quien sabe con qué fines, con el poder económico “cristiano”; que si el diputado presidente de la comisión de cultura opinaba que el acto realizado era tan inocente como una kermes de jardín de niños y por eso había asistido, en fin, más y más sandeces.

Como siempre la realidad supera la ficción y en días recientes el caso tomó un giro tan inesperado como macabro. El tal “apóstol” de morondanga fue detenido en los Estados Unidos con acusaciones poco propias para un “ministro” o siquiera para alguien que quiera llamarse “miembro” del rebaño del Señor: trata de personas, pederastia y producción de pornografía infantil; el tipejo este es pues un delincuente.

A partir de ese momento surgieron más preguntas: ¿De verdad las autoridades culturales no investigaron al usuario del espacio público? ¿Cómo pudieron solapar un “homenaje” a un criminal? ¿De verdad nadie en la secretaría tuvo la ocurrencia (tomando en cuenta que tienen ocurrencias a cada rato, por guglear el nombre del “apóstol” ahora prisionero? Si hasta Lydia Cacho ha dicho que son innumerables las denuncias de abuso contra el personaje. ¿De verdad son tan inutiles?

La cereza en el pastel de la ignominia es la reacción de la Secretaría de Cultura, que hace un par de días volvió a decir, a gritos (que al fin de cuentas es la interpretación al escribir en mayúsculas mensajes digitales) que lo qu es evidente no es verdad, que las cosas fueron como ella dice y que nadie va a renunciar por este acto de corrupción, o en todo caso, por este caso de omisión.

A los anteriores también se les criticaba, por supuesto que sí, el asunto aquí es que los nuevos generaron tal cantidad de expectativas y esperanzas que verlos actuar como chivos en cristalería desilusiona hasta el enojo.

Todos esperábamos que las cosas cambiaran en el sector cultural. Pensándolo bien, cambiaron, pero para peor.

viernes, 31 de mayo de 2019

Tumbar los premios, un síntoma

Parecería difícil de creer, que un gobierno con el espíritu de la renovación esté cometiendo tantas pifias. Lo más lamentable es que estos equívocos estén multiplicándose en el ámbito de cultura, uno de los sectores que por tradición podrían reflejar un verdadero cambio en las políticas “liberales”.

Primero, muy al inicio del sexenio, la designación del gran Mario Bellatín al frente del FONCA prometía una mejora. La esperanza duró poco y metió al Fondo en un berenjenal burocrático del que todavía no sale. Después, la reducción en el monto de algunos premios. Ahora, el embate es contra al menos cuatro de los Premios Bellas Artes de Literatura; lamentablemente, un embate desde dentro.

El escandalo se destapó cuando fue filtrado a los medios de comunicación un archivo digital conteniendo los datos de todos los participantes inscritos hasta ahora. Según las especificaciones de cualquier concurso, las plecas con los datos personales de los concursantes no son abiertas, sólo se apertura la del o los ganadores según sea el caso, pero el resto es destruida sin conocer el contenido.

No hay concurso respetable que funcione de otra manera, por lo tanto, no fue un error inocente de un neofuncionario “cuatrotero” que no sabía que eso no se debía hacer; no es creíble una excusa como esa. ¿Cuál es entonces el trasfondo de la violación de protocolo? ¿Encontrar “intelectuales conservadores”, creadores beneficiados en el sexenio anterior, simpatizantes de la cultura “fifí? ¿A quién o quienes beneficiaría el compilar los datos de los aspirantes antes de determinar un fallo? A una camarilla de “renovadores” insulsos y ocurrentes.

Hasta el momento de escribir estas líneas, el INBA había reconocido la apertura de plecas de los siguientes galardones: el Premio Bellas Artes de Cuento Infantil Juan de la Cabada, el Premio Bellas Artes de Novela José Rubén Romero, el Premio Bellas Artes de Cuento San Luis Potosí Amparo Dávila y en los estados correspondientes, Campeche, Michoacán, Oaxaca y San Luís Potosí, determinaron no hacer valido el proceso de registro de obras y hasta el 29 de mayo. Pero, ¿Qué pasará ahora? ¿Se podrán volver a inscribir los que ya habían ingresado sus trabajos?

Estos premios significan la mitad de los que están convocados por el INBA y que exigen a los participantes el uso de seudónimo para conservar la imparcialidad del resultado. ¡La mitad! Tres de seis. De por sí, los concursos literarios despiertan sospechas e inconformidades por naturaleza. Ahora, terminarán por caer en el descrédito, al menos aquellos convocados por la máxima autoridad cultural del país.

El daño colateral de todo esta será, lamentablemente y sin que podamos evitarlo, la propia literatura; maltrecha y prostituida.

Este hecho es tristemente el reflejo de lo que ocurre en todo el gobierno federal. Están tirando al inodoro la gran oportunidad de la izquierda mexicana. No unos meses de gobierno, no un sexenio, no una serie de proyectos de inversión (lo cual, por supuesto, ya es grave), sino una oportunidad que costó más de un siglo concretar; no se estaba peleando desde el 88, ni siquiera desde el 68, se estaba buscando desde la Revolución. ¿La historia los absolverá? Lo pregunto con pesar. Ojalá se rectifique.

Paso cebra
Es mi oportunidad de felicitar a todos mis compañeros de diario por los 20 años de Síntesis Hidalgo. Es un privilegio compartir páginas con todos aquellos que colaboran en este periódico que abrió el mercado periodístico en Hidalgo. Un abrazo especial para Georgina Obregón y Mónica Hidalgo, gracias por tolerar mi volubilidad escritural; gracias de verdad. ¡Felicidades!

viernes, 17 de mayo de 2019

Rebolledo en el desierto



El título de hoy no hace referencia al insigne poeta actopense, precursor del modernismo mexicano, Efrén Rebolledo. No. Se refiere a su estirpe, a la heredad que nos dejó, sin saberlo, en lejanas y congeladas tierras: Torgeir Rebolledo Pedersen.

El Rebolledo noruego es nieto del Rebolledo Mexicano. Hijo de Gloria, hija menor de Efrén, nació en Nes (cerca de Oslo) y descubrió desde muy pequeño que en su casa había libros en cuyo lomo aparecía un nombre conocido: el apellido de su madre, el apellido del abuelo que nunca conoció. Arquitecto de formación la noción poética de su pasado provocó que se asomara al inmarcesible horizonte de la literatura cayendo a lo alto en una espiral de versos que se transformaría en su destino. Considerado uno de los poetas más importantes de su país, ha recibido diversos reconocimientos tanto por su poesía como por sus textos dramáticos: el Prix Italia en 1998,  en ese mismo año el premio de la Sociedad de Poesía de Noruega y el premio como el Mejor Slam-Poet de Noruega en 2005.

Y es que la música y la poesía siempre le han interesado a Rebolledo Pedersen. Han sido para él como esencias de un mismo brebaje con el cual tiene la necesidad de expresar su visión del mundo que lo rodea. Esto lo ha llevado a desarrollar diversos proyectos con agrupaciones de jazz, compositores contemporáneos o explorando la sonoridad en el “estandopeo” poético. Por ello no es de extrañar que para su fábula sobre la amistad y la violencia haya elegido la ópera, formato que ya había explorado a finales de los 90 con “Alfa & Romeo”, pieza que le dejó su primer reconocimiento fuera de su país.

Esta nueva “road-ópera” es su primer libro traducido al español y es también el más reciente, un libro para niños titulado “Los hermanos Zapata. Una ópera del desierto mexicano”. En él Rebolledo explora con mucho humor y la objetividad que da la distancia, el problema de la violencia generada por el narcotráfico en el norte de nuestro país. La historia es protagonizada por dos hermanos gatunos que al quedar huérfanos emprenden un viaje que los aleje del dolor, deciden entonces formar una agrupación musical para denunciar la corrupción de la autoridad, lo que los hace blancos de un artero ataqué propio del terror. Sin otra opción que huir, cruzan la frontera hacia Estados Unidos encontrando, a pesar de la tristeza, una nueva oportunidad de encontrar esperanza, reafirmar la amistad y enarbolar la identidad de ser mexicanos.

Con una maravillosa visión lúdica, Torgeir nos regala un libro único y lleno de aventura, reflexionando en todo momento sobre la condición humana en tiempos donde todo vale más que la propia vida. La traducción nos permite disfrutar una serie de rimas ingeniosas y juegos de palabras que el poeta fue recopilando desde su primer viaje a México en 1974, que enriqueciera en su visita a la tierra de su abuelo en 2002 y que seguramente consolidara en su participación en un festival literario en Tijuana en 2008.

Una historia entrañable y un homenaje que cae como anillo al dedo en el centenario de la muerte de héroe revolucionario Emiliano Zapata. Pero además, es un homenaje que el autor hace a una tierra por la que siente un profundo cariño, pues en ella se forjó su propia historia. Por lo pronto, es la puerta de entrada a una literatura por demás interesante dado el lazo sanguíneo, pero es también una oportunidad de vernos a nosotros mismos desde los ojos de un extranjero que es al fin de cuentas un pisano.

Paso cebra
Valdría la pena que las instituciones culturales voltearan los ojos a este poeta y pudiéramos contar pronto con versiones en español de sus textos más importantes, algunos de ellos inspirados en su abuelo y la tierra que lo vio nacer; después de todo, es la herencia de uno de nuestros poetas más importantes, el devenir de la poesía hidalguense.

domingo, 12 de mayo de 2019

Cómo ser lector y no morir en el intento.


Recuerdo que durante la década pasada, en mis participaciones anuales en la Feria del Libro Infantil y Juvenil —la cual por fortuna ya se vuelve una tradición en el Centro Cultural del Ferrocarril— compartía con los asistentes reflexiones que tenían que ver con el hábito de la lectura, sobre todo con la posibilidad de ro0mper los prejuicios que lo rodean. Mi idea, en cada oportunidad, era tratar de sembrar en ellos la semilla de la lectura con la esperanza de que en algún momento floreciera.  Cuan ardua labor la de convencer.


Apenas en el Día internacional del libro fueron presentados algunos datos que dan escalofrío a propios y extraños. Según los datos obtenidos y dados a conocer por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía, el porcentaje de personas que saben leer y escribir, mayor de 18 años, y que ha leído al menos un libro en los últimos 12 meses previos al levantamiento de la encuesta cayó de 50.2% del total, en febrero del año 2015, a sólo 42.2%, en febrero del 2019. La preocupación se agrava cuando nos enfrentamos a los niveles de comprensión lectora que oscilan en el 20%; es decir solamente una de cada cinco personas logré entender cabalmente el texto que se enfrenta ya sea en un libro una revista un contenido de internet.

Sólo el 25% de las personas entrevistadas acude o visita la sección de libros y revistas en tiendas departamentales; únicamente el 11% visita bibliotecas y sólo el 19.7% tiene el hábito de asistir a librerías. En lo que se refiere al uso de la internet un total de 70 millones de mexicanos tienen acceso a la red mundial de información y de ellos El 49.4% aceptaron acceder en línea a libros revistas o artículos de interés sin que esto signifique que su lectura haya sido profunda o, al menos, constante hasta el final del contenido.

Según los mismos datos del INEGI las razones por las cuales las personas encuestadas no son afectas a la lectura son tres: falta de tiempo es falta de interés y el elevado precio de los libros.

Pero, ¿en realidad son esas las razones? Comencemos por entender que la lectura se enseña con el ejemplo. La única manera, lo he vivido en carne propia, de contagiar el gusto por leer es con practicarlo frente aquellos a los que queremos inocular. Para poder combatir todas las distracciones que nos van orillando a meter y mantener las narices en la televisión o en las redes sociales, debemos tener bien arraigado el hábito de tener cerca de nosotros un libro, de tal manera que en cada oportunidad prefiramos las páginas impresas a la pantalla titilante. Yo creo que debemos perderle miedo a los libros, que ni muerden de aburrimiento, ni son lejanamente incomprensibles. Todo lo contrario. El secreto está pues en saber elegir, en encontrar un libro que se convierta en un espejo para nosotros y que tienda ante nosotros el sendero certero de que la materia primar de la buena literatura es la vida misma; esa que vivimos cada uno de nosotros. ¿Cómo saber qué libro me provocará esa sensación? Es precisamente en este requiebro donde podemos encontrar un aliado en la internet; hay cientos, miles tal vez, de sitios dedicados a la literatura donde podemos leer desde breves recomendaciones hasta ensayos extensos sobre algún autor o título que hayamos escuchado y que haya atraído nuestro atención.

Muchas veces me han preguntado cuál es el mejor libro para empezar a leer. El que tiene a la mano, el que esta abandonado en una repisa de casa, el que nos regalaron en navidad y aún no hemos leído. ¿Ser lector exige el sacrificio de terminar un libro a pesar de que nos resulte aburrido en algún momento dado? Al contrario, es responsabilidad de un buen lector no desperdiciar la vida, que es muy corta, en leer libros que no nos atrapen o apasionen; si en la página 14, 24, 47 o 100 no sientes que puedes dejar de hacer todo lo demás para continuar leyendo, busca otro título. Como éstos hay muchos consejos y trucos para convertir a los libros en nuestros mejores amigos.

El panorama lector en México es acechado por nubarrones desalentadores. Es momento de que todos aquellos que amamos esos objetos elaborados con pulpa de celulosa comencemos a hacer viral la lectura. No sólo en las redes, mejor en la realidad.

El libro, ese gran sobreviviente



Nunca puedo evitarlo, siempre que me invitan a comentar un libro termino hablando de mi pasión por la lectura. No implica que me escabulla de la lectura y análisis del libro a comentar, por el contrario, lo hago siempre con mucho interés y entusiasmo de compartir mis “descubrimientos” dentro del texto. Quiero decir que a pesar de ello, o precisamente por ese disfrute, es por lo que siempre termino hablando de mi pasión por la lectura.

Siempre he creído que el libro es el mejor invento de la humanidad y que, al paso de los año, se ha convertido en un sobreviviente.

Pensemos que, cuando Gutenberg democratizó la lectura, el libro se transformó en el eje fundamental de la transmisión de las ideas, ya fueron doctrinales o simplemente para el gozo. Ese lugar privilegiado duró varios siglos hasta la aparición del fonógrafo, cuando la posibilidad de registrar y almacenar sonidos se convirtió en un novedosa manera de entretenerse. La eventual aparición de la radio transformó la cartografía de los hogares modernos, colocando a la consola (ese armatoste sonoro donde las abuelitas aprovechaban para usar de escaparate de sus habilidades en el tejido de carpetas) en el centro de la sala de estar; los libreros quedaron relegados contra las paredes.

Sin embargo, los radioastas pronto supieron que la palabra, y no la música, era el principal componente de la riqueza de las imágenes auditivas y más pronto que tarde comenzaron a buscar en los libros historias dramatizadas ante los micrófonos. El libro si revivió a la radio y la alimentó.

El cinematógrafo fue la siguiente amenaza. Cuando la máquina de hacer imágenes en movimiento se popularizó, rápidamente se transformó en la atracción favorita de las familias, que abandonaron no solo los libreros sino hasta la consola con sus respectivas colecciones de libros y discos. Sin empacho, los cineastas pronto acudieron a la literatura para  convertirla en el sólido esqueleto de sus filmes. Ese binomio, o matrimonio mal avenido como lo llamaba García Márquez, ha dado resultados desiguales a lo largo de la historia de la cinematografía, pero siempre ha estado presente. El libro pues sobrevivió al cine y se ha vuelto su cómplice.

Con la "telera" la historia es más intrincada. Aunque al principio le ocurrió lo mismo que con el cine la liviandad de su lado oscuro pronto se hizo patente y lo transformó en un medio maniqueo por excelencia. En diversos países la amalgama entre literatura y televisión ha dado grandes resultados como en Brasil con las obras de Jorge Amado, pero en la mayoría de los, penosamente lo digo, esa mezcla ha resultado en engendros.

Aunque maltrecho, el libro también ha sobrevivido a la televisión para enfrentarse a la internet. Recuerdo cuando a mediados de los años noventas los ambientalistas cantaban victoria diciendo que la red mundial de información iba a salvar a los árboles del mundo pues ya no sería necesario imprimir periódicos, revistas, ni libros. Sin embargo no ha sido así. El libro digital tiene entre sus más loables logros el de hacernos revalorar la experiencia de la lectura en el libro físico; el olor de sus páginas, la textura del forro, la posibilidad de subrayar, doblar la esquina, colocar un separador contra nuestras distracciones y olvidos, y lo mejor de todo, esa primera página vacía o casi vacía en la que podemos dedicar un ejemplar a alguien. Eso no lo tiene ni Obama.

Por otro lado, las redes sociales, esa arma secreta, punzante y mortífera, de la internet, en muchos casos pueden convertirse en los aliados idóneos para promover la lectura, plataforma de escritores incipientes y hasta de impulsar y difundir la industria editorial. El problema fundamental radica en que es necesaria la ética y la responsabilidad, elementos tan escasos en estos tiempos, para poder lograrlo.

Este año la celebración del día internacional del libro dejó un amargo sabor de boca para los mexicanos; los índices de lectura en este país han caído y casi la mitad de la población ha dejado de leer en los últimos años. Pero esta semana guras será mejor pregonarlas en una próxima ocasión.

Seamos sobrevivientes, leamos.

Yo les creo III


No hay nada que Mutual ame más que la literatura. Es maestra de formación pero ha dedicado toda su vida al difícil quehacer de la creación literaria. Los años de juventud han pasado y la madurez le ha permitido un remanso para afianzar su talento y calidad poética. Es impulsora incansable de taller es literarios, promotora de antologías internacionales y apasionada de la vida y obra de un excelso poeta de su tierra. De hecho, en ha pasado los últimos años trabajando una biografía poética de este personaje que alcanzó los vuelos del mismísimo López Velarde. Un día gana una beca y la mira como la oportunidad de concluir su trabajo de biógrafa, el tutor de ese año es un escritor experimentado, que ella ha leído y respeta. En la primera sesión de entrega de resultaos le va muy bien, Mutual piensa que está siendo una gran experiencia. Tres meses después, tras la segunda sesión de trabajo, el tutor le pide que lo acompañe a desayunar para hablar del libro en el que se pude convertir su proyecto de beca. Ella accede con la firme convicción de que el trabajo de tantos años va en la recta final. Durante el desayuno el tutor ni siquiera mira el engargolado que está sobre la mesa, entre platos y tazas de café, se encuentra embebido en sus anécdotas etílico-literarias, hacia el final de la charla al fin pone un mano sobre las páginas sin abrir y dice algo así como: Si me  subes conmigo al cuarto yo te termino el libro. Por un instante Mutual piensa que ha escuchado, mal luego supone que ha sido una broma, pero la realidad del acoso no tarda en darle en las narices. Ella no recuerda a ciencia cierta lo que respondió mientras se levantaba de la mesa pero está segura de que fueron improperios. Han pasado ya muchos años, piensa Mutual, hasta el escritor-tutor ya ha muerto, qué caso tiene meterse en estos asuntos de la denuncia, si ni va a pasar nada.

Las dos historias que he narrado, son apenas una muestra de que lo que el movimiento #MeToo denuncia ocurre también en el ámbito literario hidalguense. Sus protagonistas se reservan el derecho de contarlo con nombres y apellidos, de hacer las denuncias mediáticas o legales que correspondan; es una decisión en la que nadie puede influir.

Sin embargo es muy importante hablar del futuro del movimiento de denuncia. Se deben encontrar caminos para que los señalamientos no se queden sólo en los “taimlains” y pasen a ser parte determinante en la solución. Sin duda aquellos personajes que ha sido señalados cuidarán en adelante su actuar, sobre todo si en verdad son culpables, y tienen también el derecho de replicar y en todo caso de limpiar su nombre. ¿Y si lográramos un foro, publico, auditado, honesto, para que la oportunidad de un entendimiento y una reconciliación ocurrieran? El problema no debe soslayarse, no debe atacarse el recurso del anonimato, pero debe tenerse cuidado con ello, pues también debemos aceptar la posibilidad de que entre el pajar de acusaciones haya un alfiler mal intencionado. No debemos permitir bajo ninguna circunstancia que se diluya, y para ello debemos colaborar todos.

La semana pasada hablaba de marchar hacia el camino de la reconciliación; creo en ello. Pero también debemos empujar al aparato de justicia de nuestro país a que haga su labor en estos y, lamentablemente, en los futuros casos. Debemos marchar juntos hacia la justicia y hacia estrategias para corregir las acciones equivocadas en la búsqueda de las nuevas masculinidades y los linderos en que estamos relacionándonos actualmente en pareja. Para esto la misma literatura puede ayudarnos.

Yo les creo II


Fearless es muy hermosa y, por si eso fuera poco, tiene talento para la poesía. En una pequeña ciudad de Hidalgo, donde vive desde niña, conoce a un tipo que también escribe, en realidad es un escritorcete pero ella tarda en descubrirlo. Él usa algunos de los poemas de ella para un libro, aunque ofrece darle su crédito coloca su nombre pequeño, casi imperceptible. El escritorcete trata de enamorarla pero ella tiene planes de boda y los cristaliza. Él se siente rechazado pero lo oculta tras una amistad incondicional; sólo es una fachada. Ella sigue confiando en él cuando le ofrece apoyo para publicar su primer poemario, le cobra por un servicio que no le da y ella termina pegando libros a mano en la cocina de su casa días antes de la presentación. Fearless tienen buen corazón y está decidida a salir de un trompicón afectivo y sacar a su hijo, lo que más ama en el mundo, adelante. El escritorcete aún vive enamorado de Fearless y, aunque sigue sin ser correspondido o tal vez por eso, ejerce sobre ella un control dictándole los pasos que tiene que seguir en su carrera literaria (los disfraza de consejos interesados); con quién tiene que relacionarse, dónde tiene que ir a leer, qué tiene que escribir. Fearless se da cuenta de ello y comienza a ignorarlo, a tomar sus propias decisiones, a enlazar complicidades literarias con quien ella decide y cree conveniente. El escritorcete monta en cólera y la amenaza, le dice que elle debe hacer lo que él dice. Fearless lo enfrenta y decide hacer lo que mejor le place. El escritorcete comienza a hablar mal de ella, no solamente ha sugerir que mantenían una relación de amantes, sino a decir que él le había “arreglado” su poemario, lo que significaba que había tenido que reescribirlo por completo; nada más falso, el escritorcete tiene un talento ramplón, muy por debajo del talento de ella. Fearless se siente atemorizada, agredida, humillada, pero decide hacer caso omiso y seguir adelante. En esos tiempos Fearless inicia una relación afectiva con otro escritor, se aman, son cómplices de parrandas literarias; el impulso amoroso dura varios meses en que ambos son felices y escriben el uno para el otro. Cuanto el escritorcete se entera, monta en cólera, la insulta por messanger, la desestima y la amenaza con el desprestigio, con decir que es una oportunista, una puta. Los mensajes han quedado titilantes como prueba de ello. Fearless se sacude, se preocupa, se siente nuevamente violentada, vulnerable. Con un gran esfuerzo logra ignorarlo y bloquea toda posibilidad de una nueva agresión. Está tan contenta en ese momento que decide seguir adelante y enfocarse en su desarrollo literario, el cual le tiene muy ocupada con un nuevo libro y varios proyectos editoriales. Fearless conserva en el fondo de su corazón cierto temor, sigue sintiéndose agredida por las posibles calumnias del escritorcete. Quiere dejar todo atrás. Prefiere enterrar en el olvido lo ocurrido; “no darle importancia”. Ha considerado alzar la voz como muchas otras compañeras lo han hecho a través de #MeToo pero ha preferido cederme el honor de contar, a grandes rasgos, su historia. El escritorcete merece ser señalado (parece que Fearless no ha sido la única); ellas, sus víctimas, decidirán cuando ponerle nombre y apellido.

Paso cebra
La manera en que ha evolucionado el movimiento de #MeToo ha dado un vuelco dramático. El suicidio de Armando Vega Gil no puede tomarse a la ligera, pero el derecho que tienen ellas de contar sus historias, tampoco. Un acto no debe desestimar al otro, pero tampoco uno debe convertirse en el pandemónium a razón del otro.

Tal vez debamos pensar como lo hizo Mandela cuando logró, tras mucho sufrimiento, liberar a su pueblo del apartheid y convertirse en presidente de Sudáfrica; aceptar las consecuencias de nuestros actos y caminar hacia una reconciliación. El tema da para mucho más. La próxima semana otra historia que debe ser contada y la lejana posibilidad de dar por zanjado el tema.

miércoles, 3 de abril de 2019

Yo les creo I


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Como un cataclismo, una hecatombe diría yo, retumbó en la escena literaria mexicana la iniciativa #metooescritoresmexicanos. El sábado desde muy temprano, tal vez desde el viernes por la noche, comenzaron a aparecer, enlistados, los señalamientos de hostigamiento, acoso y abuso sexual contra escritoras por parte de sus compañeros de profesión. El dolor a cuentagotas no tardó en volverse un torrente de desesperación, impotencia y frustración ante una serie de actitudes qué refleja no solamente el abuso del poder con qué algunos ejercen la masculinidad, sino que también dejó entrever un comportamiento sistemático de sometimiento hacia lad escritoras

No significa que el escritor sea una especie de neandertal afectivo que busca a toda costa, con cada una de sus acciones, desgarrar la feminidad que lo amenaza. Observando detenidamente la iniciativa pude darme cuenta que era apenas un frente de muchos, poniéndole nombres y apellidos a abusos en ámbitos como la fotografía la música y otras disciplinas artísticas. Vendría luego oportunidades para señalar a periodistas políticos, etc.

Lo primero que me cayó como un balde de agua fría fue encontrar el nombre de un colega estimado quién fue señalado por una colega mujer muy querida para mí. De bote pronto no supe que pensar. No era la duda sino el escozor de la certeza de que todos somos Jack y mister Hyde, que todos tenemos nuestro “Dark side of the moon”. Por supuesto que ella, una brillante escritora hidalguense, jamás se había presentado ante mí cómo tejedora de la intriga y la venganza, al contrario, por lo tanto aceptar la verdad y enfrentar la cojera afectiva de este escritor resultó un inquieto descanso.

Al avanzar por la lista encontré nombres de otros amigos, algunos otros con los que he coincidido en algunas ferias literarias, otros que tenían para mí cierto prestigio y por supuesto un par de nombres de escritores hidalguenses cuyo comportamiento con hombres o mujeres provienen siempre de la envidia y el desagrado. De este par no me resultó difícil de creer (lo que da miedo es que uno de ellos es funcionario federal, y del ámbito educativo).

Para el domingo la lista era casi interminable. Las historias, por más inverosímiles que parecieran ante los ojos de aquellos que querían seguir ocultando el sol con un dedo, eran desgarradoras por decirlo menos. ¿Qué nos llevan a maltratar lo que decimos querer más, lo que admiramos, el objeto de nuestros deseos literarios? ¿En qué momento creemos tener la oportunidad de desbocar nuestras más cavernícolas pasiones sin importar atropellar la dignidad de una mujer? Esto no implica que ser escritor sea la peor condición afectiva qué puede tener un hombre. No. No nos confundamos. La ausencia del control de nuestras emociones no tiene que ver con la profesión y mucho menos con la vocación. Tiene que ver con un esquema de valores deteriorados que adquirimos en y que fue potenciado por una sociedad consumista que presenta a la mujer como un objeto, el cual puede ser tomado sin la oportunidad de la objeción.

No tardaron en aparecer las disculpas, los pretextos diría yo, en textos cuidadosamente redactados tratando de  ocultar con la tersa narrativa el verdadero problema. Por supuesto que la aceptación de la culpa es importante pero nada justifica el actor violento. Nada. Lo más lamentable fueron las expresiones de desaprobación arguyendo que el carácter anónimo de la mayoría de las denuncias era su punto débil. Por el contrario ahí radicaba su fortaleza; es muestra del miedo que se inocula en la persona maltratada y que crece alrededor de la autoestima hasta asfixiarla, dejando sin armas a la víctima para enfrentar cara a cara a su abusador.

Yo les creo. Aquellas escritoras que conozco y que tuvieron el valor de utilizar sus nombres para denunciar con nombres a sus abusadores. Yo también les creo a aquellas que no conozco. También les creo aquellas que no se han atrevido a denunciar ni siquiera con la protección del anonimato. Les creo a dos colegas mujeres muy queridas que han tenido la confianza conmigo de compartirme los abusos que han sufrido cada una en lo particular por parte de escritores. De ellas, anónimas por su puesto, quiero hablar.

No a la violencia en el ámbito literario. No a la violencia en ningún ámbito de la vida pública ni privada. No a la violencia contra las mujeres. Yo les creo.

domingo, 24 de marzo de 2019

Becas y bocas


Por accidente leí una superflua e insulsa opinión sobre el debate que se ha cernido sobre el Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (FONCA) tras los cuestionamientos de la comunidad cultural sobre sus nuevos esquemas de operación y, la sorpresiva y lamentable salida de Mario Bellatín de su Dirección General.

La opinión en cuestión –desdibujada por la mano de un escritorcete hidalguense que se ha refugiado en las páginas digitales del Estado de México tras haber hastiado a la comunidad local con sus envidias, timos y un talento ramplón–, miraba a los apoyos gubernamentales al arte como la tierra prometida y negada, arguyendo que el único talento de quienes la obtienen es saber “cómo” presentar proyectos y, que a la postre ninguno, o en el mejor de los casos pocos, de los becarios dan continuidad a sus proyectos artísticos.

Por fortuna no todas las opiniones sobre el tema están asomadas desde la frustración de nunca haber obtenido un apoyo, ni son tan obtusas para generalizar la producción de quienes las obtienen. Muchos de los beneficiarios han comentado en redes sociales sus experiencias como becarios y, en algunos casos, como posteriores asesores demostrando que el ejercicio del becario resulta ser un experimento que, con sus excepciones, permite un desarrollo interno que revitaliza el quehacer creador.

El problema fundamental radica en la manera en que se ven las “becas artísticas”: como un fin. Aquellos que aspiran a obtener uno de esos poyos, y sobre todo aquellos que por más que han intentado no la han obtenido, creen que la beca les construirá mágicamente el prestigio y, peor aún, el talento. Ridícula idea. Las becas deben ser vistas solamente como una oportunidad de dedicar más tiempo al desarrollo creativo, gracias a que el dinero obtenido permite que uno deje alguno de los dos o tres trabajos que todo artista tienen para poder sobrevivir paralelamente a la elaboración de su obra. Pero también deben ser asumidas como el reto de medirse con uno mismo, de enfrentar las propias carencias artísticas que no necesariamente tienen que ver con el poco o mucho talento que se tenga, sino sobre todo con los esquemas de trabajo, la disciplina, el empeño y el compromiso de cada creador. Cuando las becas, como los premios, son el fin del artista, se convierten precisamente en eso, en el “fin” del artista.

Hace tres meses, la llegada de Mario Bellatín a la dirección del Fondo, fue un aliento de esperanza de que sus apoyos fueran distribuidos de manera más eficientes y que las reglas para obtenerlo, así como el “uso” de los resultados fuera más eficaz. Acucioso e incisivo como es, Bellatín hizo un análisis que ha planteado la posibilidad de mejora interna, sin embargo su salida repentina hace tambalear la oportunidad de que el FONCA deje de mirar con desdén a los creadores que habitamos más allá de la Ciudad de México (más del 60% de sus apoyos se concentran en la capital del país), entre algunas otras deficiencias que dejan a un amplio sector de los creadores, sin posibilidad real de obtener una beca.

En los estados, la implementación del PECDA (Programa de Estímulo a la Creación y Desarrollo Artístico), ha resultado una grata experiencia para muchos de nosotros y, particularmente en el estado de Hidalgo, una oportunidad constante y sonante para consolidar la carrera de muchos creadores que han continuado bregando en la sinuosa autopista del arte, en la mayoría de los casos, con estupendos resultados.

Paso cebra
Hoy es Día Mundial de la Poesía. Felicidades a todos los poetas, pero sobre todo, albricias por la poesía que no siempre concurre a las manos de quien trabaja la palabra, pero cuando lo hace, su sortilegio dura para siempre.

viernes, 15 de marzo de 2019

Incendiar el mundo o el análisis poético


Me resultó por demás sorprendente. Debo confesar que incluso llegue a sentir eso que la cursilería llama “mariposas en el estómago”. Paré mi bicicleta en la luz roja y al alzar la vista lo encontré. Un espectacular tan ordinario como todos, con un mensaje tan extraordinario como pocos: un ciclo de análisis poético en Pachuca. Ya no resulta extraño ver anuncios de actividades culturales en la ciudad, sobre todo aquellos que invitan a conciertos, obras de teatro, montajes de danza, pero el arte literario pocas veces había merecido una oportunidad de perifoneo visual de tal envergadura. No tengo que decir que mi corazón dual de poeta y lector de poesía se sintió mucho más, muchísimo más que reconfortado.


El ciclo está organizado por “El ojo de Faetón / Circulo de estudios ante la poesía”, agrupación sui generis que busca generar espacios donde poder hablar sobre el poema, la poética y sobre el poeta; estos tres “personajes” que siempre van a aparecer en el acto maravilloso de la lírica. Hay muchos espacios para recitales, lecturas, presentaciones de libros, pero muy pocos para hablar del ejercicio y el oficio poético. El Ojo del faetón es ese espacio.

El proyecto se gestó hace casi dos años, en las mesas del legendario café La Habana, otrora sitio de reunión de los grandes periodistas mexicanos y latinoamericanos del Siglo XX. Mientras Daro Soberanes y Ángel del Corral tertuliaban sobre arte y literatura, se lamentaban que no existiera un espacio para el análisis poético, para la discusión sobre el poema. Llegaron a la conclusión de que la única manera de tener un espacio así era creándolo. Surge entonces el grupo denominado el Ojo de Faetón, como una suerte de cátedra en la que un ponente exhibe ante un grupo participante (en el mejor sentido del término) su visión antes alguno de estos tres (o todos) elementos ya señalados: el poeta, la poética y el poema. Más adelante se integraría Alejandra Estrada, Juan Guillermo Leda, Israel Soberanes (desde Guadalajara) y la hidalguense América Femat.

El Ojo de Faetón, se ha transformado, al paso de los meses, en una de las iniciativas del sector cultural de la región más interesantes. Sus ponentes ha sido variados y sus resultados han llamado la atención de propios y extraños. La razón es sencilla, para aquellos que amamos la literatura resulta siempre deseable obtener puntos de vista que nos ayuden, nos guíen o incluso nos disuadan el los senderos laberínticos de nuestras lecturas y la comprensión que de ellas conservamos. Pero por si esto fuera poco, un ciclo como este es Macondo para aquellos que sufrimos el acto de la creación literaria –no digo lo último como una pose de o con embustera modestia, el escribir es una catarsis, un doloroso escarbar en las heridas, un dantesco acto de autoflagelación– para quienes el proceso poético va más allá de apilar líneas cortas unas sobre otras o buscar rimas de outlet, significa el poder mirar en la experiencia de otros escritores el reflejo de las muchas frustraciones y las pocos gozos que se padecen para lograr convertir los versos propios en verdadera literatura.

El ciclo, ya en su sexta edición, tiene al menos tres semanas de hacer iniciado y le queda una o dos sesiones más (todo depende del momento en que usted este leyendo esta columna). Ha tenido a escritores queridísimos y admirados como los poetas Yanira García, Diego José y Martha Miranda, y nos dará la oportunidad de escuchar durante la tercera semana de marzo al novelista Rafael Tiburcio.

Faetón, el primogénito de Helios en la mitología griega, quiso un día conducir el carruaje de su padre, el sol mismo. Faetón era arrojado. El día que se lo permitieron, se elevó demasiado y enfrió la tierra, al tratar de corregir incendió la tierra. Pero su mirada osada lo llevó a una aventura que hizo arder lo que permanecía anodino.

Si usted está interesado en la poesía como lector, hacedor o piromaniaco, dese una vuelta los jueves en el café Radio Express que dobla la esquina del Jardín Colón, en el Centro Histórico de esta calurosa y siempre airada ciudad nuestra. Ojalá no encontremos por allá.

viernes, 22 de febrero de 2019

¿Dónde empieza, dónde termina?



¿Cuáles son los libros nuevos? ¿Lo recién salidos de las fauces de la imprenta? ¿O aquellos que nos encontramos por primera vez sin importar la edad que tengan (ellos y nosotros)? Yo
Por mi camino lector se ha cruzado un libro nuevo de Agustín Ramos, nuevo para mí por supuesto, publicado originalmente a principios de 2005. Pienso ahora que esta reseña llega catorce años tarde. ¡Nunca es tarde!, diría mi abuelo que se fue temprano por desgracia.

“Como la vida misma” es, a mi parecer, la mejor novela del tulancinguense Agustín Ramos. Ubicada en Pachuca, la mecha de su artillería es la calle de Allende, cuya esquina primigenia es el punto condicente de tres historias que se van entrelazando y esbozando el perfil de una ciudad y sus habitantes, su herencia, su devenir y lo que no que nunca serán.

Ramos, poseedor de un estilo inigualable, no presenta un texto incisivo, con una voz que procura, con mucho tino, ser eco del habla popular de los barrios mineros, tanto como el de las colonias que poco a poco fueron descendiendo de las faldas de los cerros para comenzar a invadir el valle donde ahora ostentan el prestigio que de la “antigüedad” urbana.

Caramelo, una prostituta de abolengo transformada por la crueldad de los años en una pordiosera, vendrá bajando por las estrechas y laberínticas calles altas, trayendo consigo una estela donde podemos observar la historia de nuestra ciudad; sus orígenes, sus ilusiones de grandeza, su ostracismo a los poderosos. La ciudad como un ente holístico, formado por sus habitantes, por sus memorias y por sus olvidos.

En esa esquina donde empieza la calle que es la muestra, el botón, de la personalidad de la ciudad toda, Caramelo estorbará el vertiginoso descenso bicicletero de Francisco, maestro universitario e intelectual desafortunado, quien por no arrollarla emprenderá un vuelo tan amateur como fallido, que lo llevará a caer a los pies de Lupita, una joven tan bella como extraviada en las concupiscencias de una generación que no tiene (tuvo, tuvimos) mayor escape de la realidad provinciana que el desmadre, el ahogo etílico, el naufragio sibarita de las drogas.

Los recuerdos de estos tres, rescatados del fondo del estanque pestilente del tiempo, van acompañados por la voz narrativa que levanta el dedo, que escupe limón en la herida, que saca los trapos sucios al balcón principal, que señala con velos propios de la ficción a personas tan reales que son fáciles de adivinar para quien conocer y ha vivido, digo, sufrido el desarrollo social, cultural, histórico e intelectual pachuqueño.

Ramos es en este libro se muestra vigoroso, malabarista del ritmo narrativo, envolviendo al lector en una realidad tan nítida que cualquier que no conoce Pachuca juraría que es pura ficción; precisamente por eso, por ser la realidad más cruda y reluciente la única manera posible de abordarla era la novela.

Personajes que se extrañan a la vuelta de la última página, que se hubieran querido conocer si existieran, con los que usted y yo nos hemos cruzado por la calle, que están en la lista de nuestros encuentros futuros.

Ante mis ojos resalta un rasgo que fascina, el toque poético que tiene la novela, ingrediente que el autor parece haber puesto como marca indeleble a la taxidermia de una ciudad que también lo vio caminar en sus entrañas, leer, escribir, trabajar, para ser masticado como todos nosotros y escupido como todos lo seremos.

Y es que, parafraseando a Agustín, la calle de Allende es como la vida misma, nunca sabe uno dónde empieza, apenas podemos adivinar dónde continua y nunca sabemos con certeza dónde termina.

Es este, un libro cautivante y, aunque me quede en la lengua el sabor a cobre del lugar común, imprescindible para la literatura hidalguense.

viernes, 15 de febrero de 2019

Un apunte sobre “Gallos”


Hace ya algunos años, mi querido amigo Francisco Meléndez me invitó a un proyecto sumamente interesante. Paco, actor de cepa y compañero de innumerables batallas culturales que nos permitieron templar una amistad cercana, me quería para adaptar una obra con la que deseaba celebrar 20 años sobre el escenario. El título del texto era “Los gallos salvajes” de Hugo Argüelles. Por el lazo que nos une acepté encantado, no sin cierto temor por no lograr un trabajo satisfactorio y a la altura de la celebración que quería emprender con el resultado.

El texto es una delicia. Atiborrado de referencias políticas y sociales alrededor de los cacicazgos setenteros que lo mismo se daban en la provincia que en el sindicalismo, en la política que en las familias poderosas y no tan poderosas. Pero está característica avejentaba al texto, cuando el planteamiento había perdido actualidad no por la desaparición de los cacicazgos que mencionaba, los cuales superviven en nuestros días a costa de lo que sea como una costumbre arraigada en el tuétano de todos los estratos sociales; el uso de poder como soga, como arma.

En una segunda lectura, detrás de toda la carga política encontré una historia paralela que valía la pena traer al frente: el machismo, el abuso del poder a partir de amor y la sexualidad, el deterioro de la personalidad de un joven por la herida provocada por el padre y un ambiente cargado de podredumbre humana. Es hilo desmadejó un nuevo planteamiento que se basó en el odio y la venganza.

Fue un privilegio para mí poder jugar con una obra tan bien construida, ten bien cimentada que fue un placer malear el esquema argumental hasta un punto poético en dos de los momentos de la trama, los cuales hablan específicamente de la muerte y la manera en que un hombre y un niño se enfrentan a ella en un mismo momento donde se mezcla dos pasados uno consecuencia del otro y viceversa.

Durante los ensayos, primero se dio la magia final, e, ajuste final de la adaptación ocurrió en la duela donde los actores fueron encontrando sus personajes y sus voces, logran una integración sumamente interesante que logra transmitirse al espectador.

La obra tuvo una primera temporada bajo el nombre de “Gallos Salvajes” con Paco Meléndez en el reparto. La respuesta de los espectadores era de zozobra y reflexión, exactamente lo que buscábamos. Los diálogos, el perfile y desarrollo de los personajes, la dirección provoco que la obra se fuera con cada uno de nosotros, no solamente con aquellos que ocupaban las butacas durante las funciones. Fue así que, después de un número considerable de presentaciones y tras un receso que implicó ajustes hacia dentro del elenco, la obra retomó un segundo aliento bajo el título simple de “Gallos”. En este nuevo caminar la obra alcanzó páramos importantes como fue una temporada en el Teatro La Capilla en la ciudad de México, mostrando la calidad del teatro independiente de nuestra Bella Airosa.

La obra abre una nueva temporada mañana (u hoy, todo depende de cuando este usted leyendo esta columna) viernes 15 de febrero en el Foro Doble Nueve (lugar de más o menos de reciente apertura que está impulsando el teatro pachuqueño de manera importante, lo que merece ser comentado en otra oportunidad) en punto de las 20 horas. Es un montaje de Bocamina Teatral; actúan (haciendo un trabajo extraordinario) Edmundo Espinoza, Marcos Celis y Daniel Rivera quien también dirige. Es de verdad, un montaje extraordinario, sólo para adolescentes y adultos. Espero poder verlos por allí.

viernes, 8 de febrero de 2019

Otro ladrillo (rojo) en la pared


En un universo paralelo soy director de cine. He decidido filmar una pelicula de vampiros en Pachuca, digamos, adaptar un cuento de “Inquieta compañía” de Carlos Fuentes. El lugar ideal para rodar es la esquina de la calle de Julián Villagrán y la calle de Ignacio Allende. Ahí se ubica el único edificio de arquitectura gótica de toda la ciudad. No podría pensar en otro sitio. Alisto el equipo para rodar.

La gótica construcción es el Templo Metodista. Edificio emblemático del centro que se convirtió en el pretexto para que Daniel Escorza Rodríguez nos contara historias sorprendentes en su más reciente libro “Calles de ladrillo rojo / Breve historia de los metodistas en Pachuca”.

Digo que es un pretexto porque Escorza no se limita a la descripción física del inmueble, no solamente aborda el detalle arquitectónico y la historia que ello guarda, sino que se interna en sus muros y se encarga de seguir el rastro de una fascinante historia que estaca a Pachuca como la cuna de la diversidad religiosa en México. Hay que recordar que, por ejemplo, a mediados del siglo pasado se estableció en Pachuca el asentamiento judío no ortodoxo más grande de Latinoamérica; tanto que el parque aledaño al sitio lleva el nombre del padre del estado judío: David Ben-Gurión.

El Templo Metodista fue construido, en una primera versión, en 1874, aunque la presencia de metodistas “cornish” se remonta cincuenta años antes, en 1826 con la llegada de los primeros ingleses a Real del Monte y Pachuca. El material utilizado en ese momento y posteriormente, ladrillos rojos, característica constructiva que se volvería un sello del grupo.

A partir de ahí el desarrollo de esta comunidad religiosa va entrelazándose con la actividad social de nuestra ciudad y sus alrededores. Este elemento es probablemente el más interesante de la historia que nos cuenta; los metodistas no se encerraron en una comuna que secretamente iba tendiendo hilos sociales, no, al contrario, fue entremezclándose con una comunidad mayoritariamente católica, sin renunciar a sus preceptos básicos y estableciendo el respeto y la tolerancia en ese interactuar social.
Fue tal el impacto provocado en el tejido social pachuqueños de finales del siglo XIX y principios del XX, que la comunidad incubada en los muros del Templo metodista de Pachuca estableció dos de las instituciones educativas más importantes de la historia de la ciudad, las escuelas: “Las hijas de Allende” y la “Julián Villagrán”. Ambas instituciones gozaron de gran prestigio y prácticamente en cada familia de la ciudad hay al menos un miembro que haya pasado por sus aulas. Esto se debió a que el tracto moral de las clases, basado por supuesto en preceptos cristianos, pero sin ser una imposición al alumnado, permitió que por sus puertas cruzaran lo mismo hijos de la congregación, comunidad católica y hasta ateos; como una muestra más de esa tolerancia religiosa de las que les hablaba antes.

El libro narra también las historias personales de miembros destacados de la congregación metodista, las actividades corales de la misma e incluso las actividades periodísticas y de activismo social emprendidas por los más jóvenes; un garbanzo de a libra es el “Manifiesto de la liga Metodista de Jóvenes” al respecto de los hechos del 2 de octubre de 1968, única opinión publica emitida en el momento por un grupo religioso.

Daniel Escorza Rodríguez, miembro de número de la Academia Hidalguense de la Historia, nos regala un primer tratamiento histórico de un tema fundamental en la variedad de corrientes religiosas que abrevan de nuestra ciudad; seguramente a partir de este libro, otros historiadores retomen el tema y podamos ir conociendo, con profundidad, el impacto del protestantismo en general en Pachuca. Mientras tanto, leer “Calles de ladrillo rojo…” es una exquisita manera de adentrarnos en una de las muchas historias que se traman en nuestra ciudad.

Paso cebra
El libro ha sido cuidadosamente editado por Elementum, editorial independiente pachuqueña que esta realizando un trabajo sorprendente en las lindes editoriales de Hidalgo. Un saludo a Mayte y todo su equipo.

viernes, 1 de febrero de 2019

Saramago, la partitura de lo inagotable


¿Qué es el tiempo? La ruta que trazamos en este trozo de tela con que hemos representado esta dimensión; la vida es un pañuelo. ¿Cuánto de ese clínex VIP significan veinte años? ¿Apenas una esquina? ¿Dos? ¿La línea del doblés que lo cruza para poder guardarlo en el bolsillo? Tal vez un poco menos.

Esa línea, apenas esa línea fue la ruta que tuvo que surcar el más reciente libro publicado de uno de los autores más leídos, famosos e importantes de la literatura mundial: José Saramago.


“El cuaderno de años del Nobel” apareció a finales del año pasado para conmemorar el vigésimo aniversario del otorgamiento del premio de la Academia Sueca al autor más conocido de la lengua portuguesa: el primer Nobel de la literatura lusitana.

El libro durmió largo tiempo en algún resquicio del disco duro de la computadora del autor. Según cuenta en el prólogo, Pilar del Rio, viuda y principal traductora de Saramago, el archivo apareció durante largo tiempo en la lista de pendientes que constantemente atormentaban a José mirando como su tiempo era consumido por la celebridad literaria. En alguna muda cibernética, alguno de los asistentes fue compasivo y retiró el archivo a un sitio donde dejara de ser una presión, en un cajón que sin saberlo tenia la etiqueta de “olvido”. Atendiendo los preponderantes, nuevos proyectos y al fin la muerte, el diario del año 1998 quedo sepultado en el ostracismo. Hasta años recientes, Eduardo Lourenco, lo encontró entre los archivos, lo estudió y llego a la conclusión de que se trataba del cuaderno que correspondía al año determinante para Saramago. Lourenco opina que no encontró nada, que solamente fue testigo de cómo el libro se manifestaba por sí solo.

Este cuaderno, formaba parte originalmente de una serie de diarios que Saramago comenzó a trabajar en la década de los noventas con la idea de mantenerse escribiendo entre cada proyecto novelístico; se trataba del sexto cuaderno Los primeros (escritos entre 1993 y 1995) están compilados en “Cuadernos de Lanzarote” el cual tuvo un segundo volumen.

Nadie sabía que 1998 sería el hito en la vida del autor, ni siquiera él, por lo que el año comenzó nuevamente con el ejercicio del diario. En sus páginas podemos encontrar la vitalidad con que Saramago enfrentaba el ejercicio literario, sus observaciones puntillosas sobre la realidad que azotaba el mundo (por ejemplo, el movimiento Zapatista en México), además de dos aspectos sobre la literatura: el primero, sus reflexiones sobre lo que leía, y segundo algunas confesiones sobre su propio proceso de escritura. En este último e intimo nivel nos acompaña un Saramago sereno y sorprendido con las opiniones de sus lectores (los cuales ya se contaban como multitud aun antes del anuncio del premio), confesándonos por ejemplo que más que novelista, el autor se consideraba ensayista. Y es que, si se mira bien, cada libro habla de uno o varios temas (según cada lector, recordemos que nadie lee el mismo libro): “El viaje del elefante” es un ensayo sobre la inutilidad de los objetos que nos obsequian, “El evangelio…” sobre la culpa, “Las intermitencias de la muerte” sobre la finitud de nuestra vida y su valor, etc.

“El cuaderno…” es un disfrute absoluto para los saramagianos, pues tienen una característica que los hace autentico: esta inacabado. En algunos días, sobre todo en aquellos que se sucedieron ese año después del anuncio del premio, aparecen sólo con notas: nombres, lugares, el deseo de recordar un suceso, alguna noticia de un diario, etc. Seguramente el autor pensaba que, al momento de trabajar en la edición final, se dedicaría a complementar esas notas y “terminar” el libro. Sin embargo, en ningún momento perdemos la oportunidad de disfrutar a un Saramago que miraba, en ese momento, el río de su literatura, sonora e inmarcesible, desde una orilla, sin sospechar que, hacia principios de octubre, cuando el sino del Nobel lo tocó, estaría mirando al mismo tiempo desde la otra.

¿Por qué tardo veinte años en parecer este diario? La única respuesta posible es que, hasta ahora fue su momento. O como el propio autor lo explica, hasta ahora, era su “ahora”: “El tiempo tiene razones que los relojes desconocen, para el tiempo no existen el antes ni el después, para el tiempo sólo existe el ahora.”