viernes, 13 de diciembre de 2019

(anti) Poetizar con alevosía



Mi abuela paterna, una mujer de origen tarahumara, escondía un montón de secretos e historias detrás del silencio con el que observaba a sus nietos; una parvada de escuincles consentidos y ruidosos que de vez en cuando se detenían a charlar con ella, bueno, al menos yo. Me fascinaban esas charlas con María, pues en ellas me compartía divertidas historias que incluían a un mozalbete engreído y vivaracho que era mi padre ––era una manera diferente de acercarme a él. Pero también, era una oportunidad de conocer a esa mujer encorvada por el cáncer de estómago que padecía y con toda la ternura del mundo agazapada en sus arrugas, quien además de hacerme el cuidador generacional de la mitología familiar, me sorprendía constantemente con palabras domingueras. La que más recuerdo es Antiparras; se ha quedado arraigada en mi memoria tal vez porque de todo el muchacherío estridente que invadía su casa los fines de semana, yo era el único que usaba anteojos.

Con esta bizarra palabra (entiéndase “bizarra” en el sentido correcto de la palabra, “generosa, lucida, esplendida” y no con el equivocado significado de “extraño”) Daniel Olivares Viniegra ha urdido (otra palabra aprendida de mi abuela) un divertimento poético que invita a pasar un buen rato hasta al lector más ingenuo. “Antiparras, antipoemas para lectores si prejuicios” es, sí, un homenaje velado a Nicanor Parra, el antopoeta por excelencia, pero también hace un homenaje a la palabra y sus posibilidades, a sus significados y las historias que “nuestros” significados de ellas esconden. Es un homenaje a la inteligencia y el buen humor, rasgos tan poco habituales hoy en día, por ejemplo, en las redes sociales.

Soy antipoeta: 
lanzo la mano; 
escondo la piedra.

Daniel es uno de nuestros poetas más interesantes. Nacido en Hidalgo al inicio de la década de los sesenta, ha esgrimido una obra cargada de rebeldía y compromiso social, que se ve cimentada en ese disfrute que sólo da un profundo amor por el idioma. “Antoparras…” es probablemente la mejor oportunidad para encontrarnos con ese poeta apasionado por las formas de hablar, la suya y la de los otros, por los dichos, los dobles sentidos, por las grafías con que nos describimos y describimos el mundo en el que somos nostalgias y picardías, pero también, un atisbo de eternidad.

Algo así como el alma de las cosas. 
Suspiro sonoro que 
en ocasiones 
punza y canta 
casi tanto como los adioses.

Los cuarenta y ocho poemas que componen el volumen, diseminados en tres apartados, son una suerte de pócima hilarante contra lo cotidiano, contra el aburrimiento de una época dominada por el puntapié melódico de los móviles, el tica-tac silente de los relojes digitales y obsceno tañido de las cajas registradoras.

La realidad no es real; es plebeya.

Olivares Viniegra es heredero de una estirpe casi extinta en la literatura mexicana, esa que tiene en su árbol genealógico a Jorge Ibargüengoitia, Julio Torri, y Efraín Huerta (a quien por cierto hay un par de guiños poéticos en estas páginas), la de aquellos escritores que usaban su literatura para hacernos reflexionar en el medio de una sonrisa (carcajada) esbozada a la mitad de la lectura, de enfrentarnos a un página-espejo donde nos veíamos reflejados tal cual somos los mexicanos.

Todos ponen. 
Sin palabra/poesía 
a ninguna parte… 
Por amor: siempre. 
Nunca sin humor.

Pero, además, Olivares Viniegra propone usar la página como un lienzo donde la distribución del poema es, verbigracia, un significado paralelo. Esto sin contar que el poeta hace uso de caligramas para mostrarnos que las letras y lo signos ocultan mucho más de lo que callan cuando son parte de una palabra. Este recurso, el de los caligramas, ha caído inexplicablemente en el desuso y ahora recuerdo haberlo visto, también con excelentes resultados, en otra poeta hidalguense: Alejandra Craules Bretón.

Se me ha caído ya mi última hoja de Parra.

En fin, que las “Antiparras…” es un poemario peculiarmente atrevido y de extraordinaria manufactura literaria, lo que lo hace sumamente disfrutable; un destello de humor en la literatura hidalguense del siglo XXI en el que usted, estimado lector, debería sumergirse son miramientos.

Me 
dijo: 
–No  
Estés  
Poem(a)mando…

viernes, 6 de diciembre de 2019

(atrapa) Sueños


He vuelto a soñar con ella. Cada vez me pasa menos seguido, sin embargo, el embate onírico a mi estado de ánimo sigue siendo devastador. La he soñado besándome, o ¿era yo quien la besaba? Aquella vez, en el sueño parecía ser de tarde, ella estaba en una mesa con amigos, departiendo. Yo me acercaba a la tertulia y sin darme cuenta que ella se encontraba allí, me integraba. Al rato la descubría por casualidad (esos sólo puede pasar en un sueño porque en la realidad podría notarla en el medio de una multitud, olerla de ingresas a la misma habitación que ella) y me acerba a saludarla. Ella, molesta, me reclamaba por qué la había dejado y yo en el medio de absurdas explicaciones me disculpaba. Ella, me perdonaba, (cosa que creo sólo podría pasar en el sueño) y tras mucho insistir lograba acercarme hasta el punto en que ella no podría rehuir mi boca. El tacto de sus labios, el olor de su piel, la sensación del latido que se comparte con alguien que a pesar del tiempo transcurrido sigue batiendo al mismo ritmo compartido.

Otras ocasiones la sueño en un departamento en el que nunca ha vivió ni vivirá. Lo sé bien porque la decoración de aquel lugar no es su estilo. Sin embargo, ahí nos hemos encontrado en sueños que he tenido desde el tiempo en que estábamos juntos. La reproducción precisa de nuestra dinámica diaria; llegar al atardecer, besarnos en el medio del abrazo de bienvenida, charlar frente a un café en la mesa del comedor hasta que la noche avanza a la frontera de la madrugada, concluir la platica recostados sobre la cama, aun vestidos, esperando el momento adecuado para desnudarnos (yo a ella, ella no a mi) y hacernos el amor con la cadencia perfecta, aprendida en nuestro primer encuentro y recreada, alimentada por la experimentación y el deseo exacerbado de ciertos días. ¿Por qué carajo todos los sueños terminan en el momento más inoportuno?

A veces creo que esos días, o mejor dicho, esas noches en que la sueño ella está pensando en mí. Tal vez, concilia el sueño recordando nuestra vida juntos, tal vez reproduce esas charlas previas al amor con alguien más, alguien que ¿la hará reí? ¿o la aburrirá lo suficiente para que ella prefiera con desgano apresurara el desenlace coitál? Me enardece tan siquiera pensarlo.

Pero anoche, ella era tan distinta en el sueño. El cabello le ha crecido y se lo ha dejado ondulado. Parecía muy contenta de verme, a decir verdad, hace tiempo que no nos encontrábamos en sueños y ella parecía alegrarse de que al fin la visitara. Su casa era tan distinta a la casa donde ahora vive, parecía más la casa de sus padres. Con una sonrisa en los labios me decía que ahora allí vivía, “más en el centro”, me invitaba a sentarme en el sofá. Tras ponernos al día se acercaba a mí, con ese tiento seductor de quien sabe tener frente a sí una presa acorralada. ¿Por qué no regresamos?, me soltaba a quemarropa. Ya perdóname por aquello que te dije, regresemos a ser felices, como lo éramos antes, disfrutemos de nosotros. Yo perplejo, la miraba tratando de ocultar con una sonrisa mi nerviosismo. Pero las cosas son mucho peor ahora, le dije, tengo tanto que contarte. Me lo dirás luego, alcanzo a decir cuanto ya me arrojaba los brazos alrededor del cuello y sellaba esa entrega febril y espontánea con otro beso.

No recuerdo si hicimos el amor antes de terminar el sueño. Tal vez sí, porque esta mañana tengo menos nostalgia como en otras resacas oníricas donde ella se me aparece. ¿O seré yo quien se aparece en un sueño que ella esta teniendo en la orilla de esta ciudad donde nunca hemos vuelto a encontrarnos? Se lo preguntaré la próxima vez.

viernes, 29 de noviembre de 2019

Festín de poesía


Creamos poesía queriendo emular el canto de los pájaros cuando amanece, la melódica charla de las ballenas en el océano, el rumor de un bosque mecido por el viento. La poesía es el bramar del corazón que nos asalta en el medio de un día común y corriente mostrándonos la belleza de un instante, el destello de la vida que sobrevive a la pestilencia el mundo; aquello que vale la pena ser conservado con el más arcaico y hermoso de nuestros utensilios de comunicación:  la palabra.

Hoy termina la novena edición del Festival Internacional de Poesía “Ignacio Rodríguez Galván”, el cual se ha desarrollado en Pachuca, diversos municipios de Hidalgo y algunas sedes en Ciudad de México. Como todo encuentro, ha sido una maravillosa oportunidad de conocer, descubrir y reencontrar, una pléyade de voces poéticas que por su diversidad componen un panorama por demás interesante y conmovedor de la escena poética actual en la que confluye el deseo de sujetarnos a la poesía como única tabla de salvación en la tormenta de un mundo violento y deslucido donde toda esperanza ha sido desahuciada.

Tras nueve años, el Festival se ha consolidado y es tal vez el evento más rico y emotivo en Hidalgo en cuanto al arte literario se refiere. A través de él han venido a compartirnos su poesía escritores que, en un ambiente donde predomina el interés monetario de los “betselers”, no podríamos conocer de otra manera y mucho menos compartir con ellos la cautivante metamorfosis que al fin de cuentas es la poesía; transforma al que la escribe y transforma al que la lee, y si no lo hace, no merece la pena.

Sin embargo, a pesar de ser la diversidad e inclusión sus principales fortalezas, el Festival sigue siendo presa de los filias y las fobias de su director, las cuales, por más entendibles y naturales que sean, dejan fuera de la programación a un cúmulo de poetas, sobre todo locales, que no sólo han destacado, sino que también tienen una propuesta poética por demás interesante y digna de compartir con el público asistente al igual que con los poetas participantes. Este último es un rasgo que podemos considerar como un verdadero milagro; el encuentro entre poetas es siempre un caldo de cultivo para la creación individual, revitaliza, propone y deja una huella indisoluble de hermandad.

Las omisiones, imperdonables hay que decirlo, de poetas locales fueron en una mínima parte subsanadas por la Secretaría de Cultura que nos permitió, a algunos de los omitidos, la oportunidad de participar en este maravilloso Festival, sin embargo, otros compañeros, marginados por la antipatía del director ya mencionado, no tuvieron esa oportunidad de regar con sus versos la poesía de otros poetas asistentes y a su vez de nutrirse con los versos de ellos.

En lo personal, la experiencia de participación fue toda una revelación. Tuve el honor de compartir lectura con tres extraordinarios poetas: Ana González de Toluca, cuyo trabajo combina tres idiomas, el español, el francés y el alemán, regalándonos una sonoridad fantástica al momento de leer sus textos; América Femat, hidalguense, una de las poetas  que está desarrollando una de las poéticas más interesantes de la literatura local, es una de mis favoritas; Ahmed Zaabar, extraordinario poeta tunecino radicado en Londres, quien nos compartió poemas donde loas preguntas sobre las distintas maneras de ver la vida detonan reflexiones que nos muestran las tripas mismas de la existencia, conjugando el amor en el mejor de sus tiempos: la esperanza.


En fin que, a pesar de las sombras, las luces del Noveno Festival Internacional de Poesía “Ignacio Rodríguez Galván” han sido destellantes, ha sido un absoluto acierto y un festín para aquellos que pensamos que lo único que puede salvarlos de la barbarie, hacia la que nos enfilamos a toda velocidad, es la poesía.

Ya en otra oportunidad hablaré de otros vates que asistieron y regaron muchos rincones de Hidalgo con versos-manantiales como recurso infalible para florecer por dentro. Felicidades a todos los participantes.

viernes, 15 de noviembre de 2019

Eliminar los estímulos fiscales, otro golpe


Más desaliento. Como si lo necesitáramos frente a un panorama sombrío y confuso más dentro que fuera de nuestras fronteras.


Desde el inicio de su presidencia, el otrora prometedor López obrador, ha venido dando tumbos de aquí para allá en la política relacionada con la educación, la ciencia y la tecnología. Cuando candidato, Andrés Manuel procuró hacerse aliado del sector cultural para que artistas, actores, actrices, directores de cine, músicos y escritores se pronunciaran y colaboraran con él para definir su imagen de honestidad y compromiso con las causas sociales. Tal fue el éxito de estas cruzadas personales y colectivas que fue uno de los motores principales para que ganara la elección de 2018.

Para muchos de nosotros, la posibilidad de la alternancia permitiría renovar las miras sobre temas fundamentales y desatendidos sistemáticamente durante la segunda mitad del silgo XX: pobreza, corrupción, inseguridad, empleo; pero también otros “resquicios” del quehacer social que se habían mantenido “estables” y que habían sobrevivido, mal que bien, a los recortes gubernamentales que cada año se suceden sólo por el hecho de que el gobernante en turno los soslayaba y prefería enfocarse en los otros asuntos sustantivamente más importantes. De esta manera, aunque de vez en vez los números que correspondían específicamente a la ciencia, la tecnología, el arte y la cultura iban mermando, se mantenían a flote gracias a una serie de políticas base que aseguraban, al menos, la continuidad de las precarias condiciones en las que se desarrollaban.

Sin embargo, y aunque ciertamente con la alternancia el punto de mira cambió, las nuevas propuestas no han sido alentadores. En primera porque cualquier acción que busque “cambiar las cosas” echando pasos hacia atrás es reprobable. ¿No es mejor revisar y reorientar una acción para mejorar su efectividad probada en lugar de sólo criticarla con miras a desaparecerla? El espíritu de la crítica vacua y dogmática sobre las acciones del CONACYT y el FONCA (por ejemplo), puso al descubierto el verdadero sentir del Presidente acerca de los “privilegiados” sectores que antes le apoyaron.

El asunto ha tomado tintes dramáticos cuando el día de antier el Presidente anunció la cancelación de los estímulos fiscales al arte y la cultura, lo que plantea tres aspectos para preocuparse. Uno, si el dinero que las instituciones o los artistas ahora aportaran directamente a la Secretaría de Hacienda será inyectado al presupuesto de la Secretaría de Cultura para que aquellos entes que emprendían proyectos gracias a los estímulos puedan continuar con su labor creadora y de promoción cultural; cabe señalar que se tendría que establecer un mecanismo para que esta nueva distribución del dinero para lo artístico y cultural no sea foco de corruptelas o favoritismos (esa manía de complicar las cosas cuando ya de por si no son fáciles de manejar). Dos, existe el peligro de que el dinero arriba referido, proveniente de los impuestos pagados en “cash” por instituciones y creadores, tenga un destino distinto al del arte y la cultura, y sea sumado a otras propuestas “más sociales” en los programas de la presidencia lo que serían un graso error; no se logra entender que lo que invertimos en el arte y la cultura es a todas luces un gasto social que mejora la vida de todos los ciudadanos, sean o no (todavía) consumidores de cultura. Y tres, lo más nefasto de todo, es lo que lamentablemente encierra la simple y llana frase pronunciada por Andrés Manuel López Obrador en el anuncio mentado: “Lo que estamos haciendo es terminar con los gastos superfluos.”; ese es el verdadero sentir del presidente hacia el arte y la cultura: desprecio.

En fin que quienes creíamos que la izquierda ponderaría aquellos temas que, en lo humano y lo social, habían sido arrojados al ostracismo, estamos sumidos en el asombro y la decepción, sentimientos que van, por desgracia, siendo más comunes en el general de la ciudadanía.

viernes, 8 de noviembre de 2019

Una sombra en la orilla del mundo



Carlos Ruiz Zafón escribió alguna vez, “Los libros son espejos: sólo se ve en ellos lo que uno ya lleva dentro.” Venancio Neria lo ha expresado así: “El libro debe ser un espejo; nos gustan aquellos libros donde nos reflejamos.” También caja de pandora, habitáculo de los anhelos, parcela dispuesta para la siembra, cielo raso para mirar cuando uno recién despierta.

Donde comienza la densidad volátil de mi sombra, / termina el mundo.

Yanira García (Pachuca, Hgo., 1966) nos ha regalado un espejo donde su reflejo es tan nítido que se parece al nuestro. Una colección de poemas titulado “Brújula para extraviarse” donde las palabras son trazos que logran la perfección propia de los latidos más profundos de la poeta y donde su estilo, ya probado con eficacia en libros anteriores, ha logrado la brillantes que sólo permite el paso del tiempo. Se nota desde el primer atisbo la intimidad que la autora ha vertido en cada página, la claridad con que nos habla de un extravío interno donde ha logrado disponer, con habilidades de nigromante, su lúcida locura.

Desenvaino la armonía de las señales mágicas, / hago que fluya el eco.

El libro transcurre como un dialogo, donde la voz de la poeta no es la única que se escucha, donde el lector encamina la corriente de un rio que lo arrastra a orillas florecientes y azarosas, como la del mundo. La luminosidad nos ciega y tenemos que parar un momento la lectura, echar la cabeza atrás para mirar detrás de nuestros parpados paisajes similares a los encontrados por la poeta en sus adentros; nombrarlos es el único recursos para aceptar a los fantasmas que viven en ellos.

Concibo árboles / para treparlos / y ver si estoy aquí o me imagino.

La generación de la poeta es un parteaguas en la literatura hidalguense. Los autores nacidos en la década de los sesenta, al iniciar su odisea creativa, encontraron un vació dual en las letras locales; por un lado, los autores referenciales de la generación inmediata anterior se habían exiliado (básicamente a la ciudad de México) y su ausencia había sumido en la comodidad de la nula exigencia a las autoridades encargadas de publicar literatura. Yanira también voló pero dejó tras de sí un primer poemario que la ató, sin ella saberlo en ese momento, con el devenir literario de Hidalgo. En la lejanía, García fraguó una poética a partir de las materias primas más humanas y universales.

De las palabras de tierra / con que amaso mi historia / tendré que extraer / el espíritu del mundo.

Yanira García, querida y admirada por sus colegas, es también músico y nunca lo ha ocultado en su literatura, sin embargo, este es el más musical de sus poemarios. En él ha soltado las baquetas (es percusionista) y usa su garganta como un instrumento, la pluma como arco; urde cada letra cual gotas negras y blancas sobre el pautado, agitando la bruma del silencio y eleva su canto. Uno, azaroso pero preciso, que va guiándonos en el laberintico universo de la poesía, dejando una huella indeleble en quien se permita escucharlo.

Tiniebla de matices, el contratiempo. / La escala sube, / desciende después hasta mi sombra / y extrae lluvia.

El libro se desboca sin miramientos. La poeta se entrega al disfrute de la escritura que ocurre lo mismo de madrugada que en las carreras de fondo que acostumbra; se nota el deleite secreto de quien sabe que lo que deja sobre el papel arrebatará ferozmente y sin contemplaciones. A lo largo del libro aparecen, como una seria interna, poemas{autorretratos donde la autora se dibuja con los rasgos de otros; a quienes ha amado, a quienes ha perdido, en esa desolación concurrida por los recuerdos y las nostalgias que permiten a un escritor, cuya sensibilidad es aporreado constantemente por la pestilencia del mundo, sobrevivir con decoro. Al fin y al cabo, si el poeta comparte con alguien su vocación, es con el suicida.

Morir / se calcula en vacíos. / Lanzo una roca / ausencia abajo / y no la escucho tocar el fondo.

viernes, 1 de noviembre de 2019

Xantolo, sincretismo adrede


Desde la carretera, entrando al corazón de la huasteca, en esa especia de cierre que se ha abierto en partes, un grupo de muchachitos disfrazados tradicionalmente nos reciben con algarabía y travesura. Son casi las tres de la tarde. Hace dos días que los preparativos han iniciado y por la tarde se apertura el festival principal de celebración en la plaza 21 de mayo.
Después de atacar un plato huasteco paseo por el centro, todos los puestos están dispuestos; artesanías donde se puede comer, que se pueden vestir, colgar, mirara, disfrutar. Instalaciones especialmente preparadas para recrear una Casita de Barro y un Centro Ceremonial que emula los antepasados más lejanos de eta tierra donde el termómetro pasea con descaro coqueteando los 30 grados.

Habría llegado yo por casualidad a una fiesta que nunca había tenido la oportunidad de presencia pero de la que he escuchado mucho. Sin esfuerzo, me entrego a admirar lo que ocurre a mí alrededor con el honesto deseo de disfrutarlo.

Al filo de las 19 horas inicia todo. Se apertura la Casita de Lodo, una cocina tradicional que comienza a producir y repartir entre las familias que se han aglutinado lo mismo tamales en hoja de plátano, tacos de bistec a las puntas, hígado, chocolate caliente que por contradicción atenúa el calor que aun cuando el sol se ha ido me agobia.

Una banda de viento inaugura la banda sonora de la noche, lo secunda un numeroso grupo de niños y jovencitos que dedican sus tardes después del colegio a aprender “instrumentos tradicionales huastecos”, será mejor decir que a partir del violín y la guitarra (instrumentos occidentales por excelencia), la jarana, aprenden a interpretar melodía huastecas; esa es la verdadera manera de mantener una tradición amenazada por un mundo que se les mete por los ojos cuando miran la palma de su mano.

Sobre el escenario dispuesto en un redondel rectangular rasgan el cielo tiras multicolores e papel picado, un plafón agitado por el viento que aplaude tímidamente la fiesta. Al poco rato una cuadrilla de enmascarados se aproxima, son de Tantoyucan, Veracruz, al ritmo de jarana, guitarra y violín marchan sobre el escenario, bailan lo mismo apaches que emperadores romanos, arrieros, gente común, todos con rostros monstruosos, con efigies de calaveras, bigotones sonrientes, narigones angustiados, seres que abundan lo mismo en la imaginación que en la realidad. El ambiente es de fiesta, el público se ha compactado sl rededor del escenario y en los pocos espacios que quedan se baila al ritmo y con el ejemplo de los danzantes del tinglado.

Después de la inauguración del centro ceremonial donde el contacto con la tierra y sus frutos purifica y permite la conexión con el “más allá”, lo cuetes retumban en toda la ciudad, los fuegos artificiales convocan el día por un instante sobre las miradas que se elevan para disfrutar del colorido. La gente anda de aquí para allá, los niños corren, hay sillas vacías en el rededor del escenario principal que promete otro espectáculo. Antes, se visitan los tapetes tradicionales que desde Tlaxcala han dibujado con aserrín de colores algunas de las artesanías de la región: mascaras de viejito o de diablo, animales y vasijas de barro que se hacen en Chililico, etc.

La corte de pobladores regresa y en el templete principal se inicia una representación teatral: “El majar del Mictlán”. Cuatro actores jóvenes que usan la Comedia del Arte (característica del teatro popular italiano) para llevar a los espectadores por una aventura que tienen como objetivo rescatar, en todos los sentidos, el pan de muerto.

Huejutla es en este momento el ombligo del sincretismo, más allá de los religioso y lo pagano, de lo indígena y lo castizo, lo que ya es costumbre en casi todas nuestras fiestas populares, es una amalgama de tradiciones que confluyen en una visión compartida de los que se han ido y lo que han encontrado en el lugar al que han llegado después de morir. André Malraux lo decía bien: “La tradición no se hereda, se conquista”.

viernes, 25 de octubre de 2019

La patria hñähñu


Lo había escrito Pessoa, “Mi patria es la lengua”. Juan Gelman lo dijo en una entrevista a El País desde Pekín en 2009, “(…) pero solo tengo una patria, la lengua (…)”. Sabina lo repite de vez en vez, “Mi lengua es mi patria”. Todas estas frases encierran el sentido de pertenencia que genera en nosotros el idioma y que se potencializa en aquellos que usamos la palabra como medio de sublimación artística; mi lengua es donde habito, yo agrego.


Sin embargo, no para todos los hablantes es así, aunque debería. La lengua nos da esencia, es el más remoto tesoro que encierra aquellas convivencias de infancia, con nuestros padres, abuelos, hermanos, amigos con quienes, a través del lenguaje, comenzamos a conocer el mundo. Conocer es nombrar. Aprender que una silla se llama silla y que un balón se llama balón. Sin embargo cuando crecemos, los embates sociales, sobre todo en la actualidad, conllevan en muchos casos que la lengua materna sea un estigma de retraso o de vergüenza, erróneamente.

Por esta última razón resulta tan importante conocer la exposición “La escritura del hñähñu a través del tiempo”, un trabajo de investigación de la Dra. Verónica Kugel. La muestra rescata documentos y publicaciones que dese un pasado remoto dan testimonio de la vida que ha tenido esta lengua materna que tienen su mayor parte de hablantes en el Valle del Mezquital. Los expertos dicen que para que una lengua originaria pudiera considerarse un idioma no sólo debe tener reglas ortográficas y gramaticales, sino también generar literatura, es decir, su expresión escrita. El hñähñu es un idioma batiente. Nos sólo tienen una cantidad estimada de 250 mil hablantes en Hidalgo, sino que en ningún momento de la historia mexicana ha sido ajena de la escritura.

Desde códices, pasando por catecismos coloniales, cartillas de salud, libros de texto escolares, gramáticas, artes de hablar, poesía cuento y hasta libros que hablan de temas tan “ajenos” a nuestro folklor como el ajedrez o la nanotecnología, son algunos de los más de 150 ejemplos de que el idioma hñählu u otomí se mantiene en buena forma.

¿Por qué entonces creemos que está en desuso? ¿Por qué tenemos la impresión de que es una lengua arcaica y cercana a su extinción? Por un prejuicio. Por un lado, de la sociedad moderna que reprueba de fato todo aquello que parezca peculiar y que sea difícil de adoptar; e moda siempre se pondrá aquello que sea fácil de reproducir, de copiar, si algo requiere de un esfuerzo mayor o está relacionado con una tradición que no todos tenemos, nunca estará de moda.

El segundo prejuicio deriva del primero; las nuevas generaciones de hablantes, muchachos bachilleres o universitarios, prefieren ocultar su herencia lingüística para no exponerse a la descalificación de aquellos que ven en lo homogéneo su particularidad. Pero, aunque parezca difícil de creer, esta comunidad de hablantes ocultos despide destellos de orgullo llenando las redes sociales de mensajes en su lengua materna, con la salvedad de que la ortografía, como ocurre en los modernos “escribas digitales” del español, es atropellada por las abreviaturas incorrectas y los “emojis”.

La exposición “La escritura del hñähñu a través del tiempo” pretende desempolvar la valentía de las nuevas generaciones que solo hablan su idioma original los fines de semana que regresan a comer con los abuelos y se atrevan hacer unos de las ventajas que les permite ser bilingües, en algunos caso hasta trilingües; por ejemplo la facilidad para aprender francés que tienen un hablante de hñähñu por ser ambas idiomas guturales; o la apertura de visión de quien puede formular en su cerebro frases en dos idiomas distintos reconociendo en cada estructura una cosmogonía particular.

La exposición, impresa en modernos y prácticos materiales por la Secretaría de Cultura de Hidalgo, está recorriendo las universidad públicas sectorizadas a la Secretaría de Educación Pública y es un esfuerzo para que la juventud hablante de lenguas originales, no solamente del hñähñu, puedan mostrar al mundo su patria, y el orgullo que les provee, en cada vocablo que descubran el mundo en el que viajamos al futuro.

viernes, 18 de octubre de 2019

El Mogadishu mexicano



El tres de octubre de 1993, 160 soldados estadounidenses iniciaron en Mogadishu un misión “común y corriente” para capturar al líder Somalí Mohamed Farrah Aidid, lo cual, aunque tenía sus riesgos, no les tomaría más de 35 minutos. La intervención se complicó de tal manera, justo después de que dos de sus helicópteros Black Hawk fuera derribados, que el resultado fue desastroso: 19 soldados norteamericanos y se calcula que mil somalíes muertos, y otro tanto de heridos, tras una batalla que duró hasta la mañana siguiente sin que hubieran podido capturar a Aidid, al que terminaron por asesinar al año siguiente, presumiblemente, la mismas fuerzas de los Estados Unidos. Este fue el descalabro militar más grande de la presidencia de Bill Clinton, aunque el costo político fue minimizado por los líos de faldas a los que el presidente era asduo.

Este suceso vino a mi mente al ver lo ocurrido ayer en Culiacán: Las fuerzas armadas mexicanas, en un operativo para capturar a Ovidio Guzmán (hijo del Chapo), sobre el que pesa una orden de aprensión con fines de extradición solicitada por los gringos. Al parecer la idea inicial era entrar al domicilio donde ya lo habían ubicado, capturarlo, no sin encontrar cierta resistencia de los guardias personales del narco, treparlo a la camioneta y sacarlo directo a un lugar donde pudieran subirlo a un avión que lo llevara a la ciudad de México. ¡Pan comido! Sin embargo, aunque el plan era sencillo y parecía infalible, se les salió de las manos. No sólo encontraron resistencia del grupo que acompañaba Ovidio, sino que la noticia de la captura o intento de captura corrió como pólvora (que adecuada metáfora) y movilizó a un número importante de comandos armados poderosamente que recorriendo las calles de la capital de Sinaloa y desataron escaramuzas por toda la ciudad. Eran como las tres y media de la tarde; los últimos balazos se escucharon pasadas las nueve de la noche y todavía, doce horas después del inicio del enfrentamiento se veían camionetas colmadas de sicarios armados recorriendo las calles ya aparentemente apacibles.

El suceso desata muchas interrogantes. ¿De verdad quien planeo la misión no esperaba la rijosa respuesta del grupo criminal al ver que intentan agarrar a su jefe? ¿La manera desesperada en que Pablo Escobar, en su momento, reaccionó ante la posibilidad de ser capturado y extraditado no es claro ejemplo para aprender comoenfrentar un intento de captura como el de Ovidio? ¿Agarraron o no al hijo del Chapo? Al parecer por lo menos le pusieron las manos encima, pero no lograron sacarlo de la casa. ¿Por qué? Algunas versiones apuntan que durante un largo rato los soldados intentaron salir con el prisionero y al ver que las balaceras se los impedían optaron primero, por vestirlo de militar para sacarlo de “incognito” (lo cual de ser cierto es un deshonra para el uniforme) y terminaron por recibir la instrucción, aún no se sabe precisamente de quién, para mejor sacudirle el polvo, acomodarle la camisa jaloneada, pedirle una disculpa y decirle que ya se podía ir.

La falta de certeza en lo ocurrido en la guarida de Ovidio y el vacío informativo de las primeras horas vieron completada su vergüenza tras la declaración presidencial de la mañana siguiente: “Se decidió proteger la vida de las personas y yo estuve de acuerdo. No se trata esto de masacres. No vale más la captura de un delincuente que la vida de las personas.” Lo que se soslaya, estalla.

¿Aplicar la ley esta incorrecto? ¿Acaso las fuerzas armadas no entrenan precisamente para enfrentar situaciones como la de ayer tratando de salir victoriosos a toda cosa? Es su trabajo. Entiendo y comparto el espíritu de no pagar el mal con el mal, de no apagar el fuego con fuego, pero el Gobierno no está “iniciado el fuego” (como cantara Billy Joel) cuando aplica la ley y se vale de la fuerza pública y militar para lograrlo. Sí comete un grave error al echar atrás al momento de capturar a un delincuente de la talla de Ovidio, de quien por cierto el solo hecho de tratar de aprenderlo confirma su influencia dentro del Cártel de Sinaloa; nos queda claro, él es el jefe. Haber fracasado en la incursión militar de Culiacán no arroja un resultado sangriento como fue Somalia para los gringos, pero se convierte en un berenjenal político que preocupa y molesta porque la debilidad y la omisión son defectos peores, si cabe la expresión, que la de ser inepto o corrupto.

¿Acaso ser omiso, una variante de la ineptitud, no es también una manera de ser corrupto? Yo creo que sí.

Nobel a dos bandas


No es una alteración en la Matrix. Por el contrario, es el ajuste para reparar la anomalía provocada por los escándalos de índole sexual que sacudieron hasta lo cimientos a la Academia Sueca el años pasado. Fue así que la semana pasada fueron anunciados los premios Nobel de Literatura correspondientes al 2018 y 2019: Olga Tokarczuk y Peter Handke, respectivamente.


El Nobel de Literatura nunca ha tenido dos galardonados en un mismo año, cosa que ocurre con cierta regularidad en las otras disciplinas reconocidas, química, medicina, física y hasta el de la paz cuando el galardón va a una cauda, un avance científico realizado en conjunto. Pero el de literatura nunca hasta hoy con la salvedad de que corresponden, cada uno, a años distintos, por lo que su carácter univoco permanece.

Los galardonados son escritores europeos que han luchado infatigablemente, también desde las letras, contra la ultraderecha y el conservadurismo exacerbado que ha llenado de cicatrices bélicas el viejo continente. Aquí un par de retratos hablados de ellos dos:

Olga Tokarczuc, nació al oeste de Polonia hace 57 años. Es psicóloga y lo mismo ha explorado la poesía, la novela, el ensayo e incluso ha hecho adaptaciones para teatro. Se considera discípula de Carl Jung, no sólo como terapeuta, también como creadora. Uno de sus primeros trabajos fue en un hospital psiquiátrico, en los cambios de turno o cuando volvía a casa, ya de noche, escribía. Si pudor hace culpable a Edgar Allan Poe de su devenir como escritora, aunque un par de rusos, Gógol y Chéjov, fueron parte  de la conspiración. Admira también a Thomas Mann y piensa que “escribir novelas es como contarse cuentos a uno mismo, como hacen los niños antes de dormir, utilizado el lenguaje que se encuentra en la frontera entre el sueño y la conciencia”.

Su primera novela apareció en 1993, se llama “el viaje de los hombres del Libro  y recibió el premio de la Asociación Polaca de Editores de Libros. De ahí una cascada de libros fundamentales para entender la literatura del transbordo de siglos: “Historias últimas”, la historia de Polonia y Ucrania desde los ojos femeninos; “Los errantes”, primera novela polaca en ganar el prestigioso premio Man Booker Internacional, una constalción de fragmentos para unir por el lector, dice la autora; entre muchas otras. Hay que decir que poca de su obra esta traducida al español, lo que por supuesto, cambiará a partir del Nobel.

Por su parte el austriaco Peter Handke es un autor ampliamente conocido entre los lectores hispanoparlantes. Forjó su literatura en lengua germana y se convirtió en un crítico puntilloso de la caos nacionalista que azotó (o azota) el centro de Europa. Cree que la novela “es apenas un largo poema épico, donde lo que importa no es la ficción en sí misma, sino la consecuencia de las casualidades.” Es pues un asunto sencillo para él, pero con el que revolucionó la literatura europea convirtiéndola en una respuesta rabiosa a al barbarie de la Segunda Guerra Mundial.

Títulos como “La gran caída”, “La mujer zurda” y su clásica obra “El miedo del portero al penalti”, además de su trabajo como ensayista lo han convertido, desde hace muchos años ya, como un autor de culto y sus lectores conforman una multitud.

Cuenta que, después de recibir la llamada de la Academia, salió a dar una paseo por los bosques cercanos a su casa a las afueras de París. Al volver lo abordaron un grupo de periodistas que desafiaron su fama de escritor malhumorado, él los invitó a pasar y dio sus primeras declaraciones. Dijo tener sensaciones extrañas, alejadas de la felicidad pero cercanas a estar emocionado: “Como escritor has nacido culpable. Y hoy, a esta hora, no me siento culpable, me siento libre”.

Dos escritores libres en un continente que ha sido, por largos periodos de la historia, una prisión de odio y terror.

Paso Cebra
Lamento profundamente el asesinato del poeta chihuahuense Enrique Servín Herrera, activista, defensor de las lenguas indígenas y destacado autor del norte; además, traductor de un poeta íntimamente ligado con Hidalgo, el noruego Torgeir Rebolledo Pedersen. Descanse en paz.

viernes, 11 de octubre de 2019

La (in)utilidad de la belleza



El 23 de febrero de 2010, Paul Auster escribió una carta a J.M. Coetzee donde discernía sobre la utilidad de lo bello. De la larga charla epistolar de aquel día viene a mi mente una idea esgrimida por el neoyorkino: “(…) la búsqueda de la belleza, que es fundamentalmente inútil, puesto que no sirve para fines prácticos.” El arte –eso que nos asombra al mirar un cuadro, lo que nos sacude frente a una puesta teatral, cada aliento que nos es robado durante la lectura de un libro, el sobresalto en el medio de la pieza musical–, tiene alguna utilidad, más que eso, “debe” tener alguna otra misión más allá de conmover. Vaya cuestionamiento con vocación de moebius.

Arturo Trejo Villafuerte busca la belleza, y sabe de su utilidad y su inutilidad. En sus dos más recientes títulos (aparecidos en la colección “Folletín Dorado Antología Poética” de la editorial Cofradía de Coyotes): “Dieciocho inútiles poemas de amor para ti, para ella o para nadie” y “Diecinueve útiles poemas de luz y sombra”, esta conciencia escarbar con la pluma en el páramo yermo de la página en blanco rara vez nos permite acceder al tesoro de la belleza, en este caso, literaria.

Los “Dieciocho” son el resultado inmarcesible pero infructuoso del amor. Asiéndose del azadón del surrealismo con un dejo de clasicismo griego, Trejo Villafuerte horada en el dolor del amor imposible, inexistente, para convertir esa pesquisa vacua en una celebración, en la persecución literaria de un ser que probablemente sólo existe en el deseo.

Te tengo y no te tengo,  
eres mía y no lo eres,  
gravitas en el mar de tu existir  
y formas estrellas nebulosas que nunca alcanzo.

Con un lenguaje sencillo pero contundente, Arturo viste del explorador que anhela descubrir en una mujer el continente prometido para sembrar sus versos doloridos en sus playas, los cuales, tarde que temprano serán arrasados por la mar del olvido y entonces sólo quede él mismo.

Ay, quiero perderme y encontrarme entre tu cuerpo. 
Que cada poro tuyo y mío lleve nuestros nombres enlazados.

El anverso de esta moneda en que vemos nítidamente la efigie del autor son los “Diecinueve”. En esta cara también se muestra Villafuerte con textos pulcros y en los que destaca la simple, pero magnánima, vocación de hilvanar las palabras precisas para esbozar la pasión. 

Con los mismos utensilios literarios de los “Dieciocho”, el surrealismo y la mitología griega, el autor arranca una relatoría donde su cosmogonía del deseo se enaltece hasta sacudir al lector más despistado. Nos asalta en cada página con la belleza “inútil” de lo que no puede dejar de ser descrito so pena de estar cometiendo un crimen de lesa humanidad.

Hace unas horas sobre mi cuerpo, brilló la belleza,  
la Luz Ele-mental de unos ojos  
que eran auténticos luceros.

Estos poemas transcurren como el recuento de una batalla, la más hermosa, la más encarnizada, esa donde obtener la victoria del amor es apenas la antesala de una derrota que más pronto que tarde nos avasallará, dejándonos hechos trisas por dentro… y por fuera.

Caí redondo en la fuente de ternura de tu boca:  
te poseí y fui poseído.  
Pero sabía con toda certeza  
que yo era el prisionero,  
el débil, el desvalido.

Arturo es uno de nuestras glorias literarias. Su búsqueda de los (in)útil lo ha llevado por el cuento, la poesía, el ensayo y la crítica literaria, y se ha consolidado como un autor imprescindible para conocer la literatura hidalguense y mexicana en general de finales del siglo pasado y principios de este. De él, cualquier libro es un buen inicio para conocerle como autor y como paisano. Este par plaquetas es la ventana más oportuna para leerle y convertirse en devoto voyeur de su “inútil” búsqueda literaria.

Paso cebra

Recién concluyo esta columna me entero de la designación de los nuevos premios Nobel de Literatura: la escritora polaca Olga Tokarczuk (correspondiente al 2018) y el austriaco Peter Handke (correspondiente al 2019). La próxima semana haré un retrato hablado de ellos.

viernes, 4 de octubre de 2019

Fahrenheit y la barbarie



A André Bretón, México le parecía fascinante. Lo que imaginaba como surrealismo no llegaba a tanto. La realidad superaba cualquier ficción, cualquier ideología o propuesta artística. México es la tierra donde ocurre lo inimaginable, lo perfectamente inverosímil, lo que “sólo podría ocurrir en México”.

En una semana hemos presenciado al menos tres marchas de protesta en la capital del país, las cuales se han debatido, como parece que comienza a ser costumbre en nuestro México, entre el legítimo derecho a la manifestación y el disentimiento, y la violencia desmedida y los destrozos como recurso emblemático contra la opresión, la cual se supone, ya no existe en un gobierno emanado de la izquierda, elegido por la mayoría y con altos niveles de aceptación entre los ciudadanos.

Ya he hablado aquí de lo peligroso que resulta mover la percepción de la gente a los nodos de violencia y restarle importancia a la razón primordial de una marcha; nada peor que una causa que se desdibuja ante el sensacionalismo de lo vandálico.

Es cierto, a todas luces, que atentar contra la propiedad pública nos afecta a todos; paradas de autobuses pintarrajeadas, mobiliario urbano inservible por doquier; pero la afectación al bien privado también, es muestra de una odio exacerbado el cual habrá que analizar detenidamente pues parece provenir de un maltrato sistemático contra los que menos tienen. Pero, ¿son esos, los marginados y enviados históricamente al ostracismo, quienes encabezan esas marchas?, ¿quiénes azuzan el odio para que desborde las legítima causas del desacuerdo?

El tono más virulento fue, cuando una de esas movilizaciones tomo una librería como objetivo de su resentimiento. Unos, oportunistas, ingresaron a la fuerza y robaron libros, otros, mientras los empleados del sitio trataban de repelerlos cerrando las puertas, le prendieron fuego al interior y enarbolaron una consigna por demás peligrosa: “Leer es para burgueses”.

Tan peligrosa como la conductora, física ella, que en el mejor canal de televisión pública, el Once, aparece con wiski “old fashioned” en la mano y balbucea que la ciencia está “sobrevalorada” como ridículo embate contra la comunidad científica y sus “privilegios”. Está sobrevalorada para aquellos que apuestan por hacer volver la Edad Media, que aspiran al oscurantismo como estadía perfecta para los dóciles, para quienes creen que avanzar es volver sobre los propios pasos.

Da miedo que esas posturas retrógradas aparezcan, pero es de terror pensar que se acunan en sectores al interior del gobierno federal como el caso de la televisora publica arriba mencionada o de un sector que, por su rebeldía, apoyó o apoya en su momento al presidente que quiere ponerlos en su lugar a zapes.

Leer nos hace libres, de ataduras ideológicas, morales, sociales y religiosas. ¿Ser libre es ser burgués? Sin duda el conocimiento y el saber te dan un estatus, pero no social, en ocasiones ni económico, apenas intelectual en un país donde parece que serlo es un estigma y un sinónimo de “burguesía”. ¿Qué pensaría sobre esto Vasconcelos? Quién hubiera dicho que alfabetizando este país lo llevaba a la mesocracia.

Y qué decir de la ciencia, ya sea exacta o social, en un país donde las necesidades más simples requieren cada vez de soluciones más complejas. Es tratada pues como un vehículo para avanzar del que debemos bajarnos porque su velocidad nos marea y preferimos andar a gatas para evitar las náuseas.

Es cierto que el México de desigualdad no ha desaparecido tan rápido como los inocentes creían (no se quienes lo eran más, aquellos que lo prometieron o aquellos que lo creyeron) y que seguramente nos tomará décadas para que los esfuerzos contra la pobreza y la inequidad de oportunidades sean notorios, pero los actos fratricidas no abonarán nunca en beneficio más que de la revancha.

Hasta Montag, el pirómano de profesión esgrimido por Bradbury recapacita sobre su deber barbárico de quemar libros, de llevar el conocimiento y la memoria a las cenizas. ¿Podremos nosotros hacer lo mismo?

viernes, 27 de septiembre de 2019

Desconocidos en un Gol



¿Les molesta si le echo un aventón a mi primo aprovechando que vamos para Pachuca? Dijo Erre con algo de pena. ¡Claro que no!, respondió Eme con esa simpatía que le caracteriza y que tenía cautivados a Hache y Efe. De inmediato regresaron a la charla que ten entretenidos los tenía sobre las lenguas maternas y la predilección de los mexicanos por la “venganza” lingüística. En eso se basa el albur dijo Hache. Era el desquite sin hacer daño físico de los mineros explotados, completó Efe. Exacto, refirió nuevamente Hache, tratando de hacer un remate inteligente y que le permitiera quedar como un hombre culto, una venganza no violenta, finalizó. ¿No violenta?, pregunto Eme con sorpresa, Define violeto, dijo entre una risa que devenía en carcajada. Eme es psicóloga, así que conocía muy bien el efecto que provocaría en Hache quien terminó por aceptar que sí, que el albur era una expresión violenta de venganza. Efe, quien recién hace unas semanas conocer a Hache, entró al quite para tratar de mantener el orgullo masculino intacto, al menos dentro de ese auto compacto. Mientras tanto Ere oteaba por la ventanilla tratando de divisar al mentado primo que completaría la quíntupla en la carretera. Al cabo de unos minutos, el primo apareció, monto en el asiento trasero con cuidado mientras Eme y Efe se acomodaban a su izquierda y saludó cortésmente.

Tras un par de vericuetos lograron salir del Nith y alcanzaron la carretera a Pachuca. ¿Se dan cuenta?, pregunto sorpresivamente Eme, Somos cinco desconocidos que viajan juntos, como un Car-pool. Hache, que comenzaba a marearse pensó, ni tan desconocidos, Ere conoce a su primo y yo llevo trabajando con Efe al menos dos semanas, pero no dijo nada tratando de enfocar la visa al frente para evitar la sensación de vértigo. ¿Car-pool?, que expresión tan desagradable dijo entre los mareos. Sí, como una fiesta de alberca dentro del auto, confirmo Eme. Entonces a mí me falta una piña colada en la mano, iba a decir Hache pero tuvo que regresar la mirada al frente con urgencia por el movimiento de una curva. Efe se mostró interesado y ahondo en el comentario sobre los desconocidos viajando. Sería una buena historia para una película, volvió a intervenir Eme que se notaba cómoda y desenfadad entre los extraños que estábamos metidos en ese compacto. Efe pregunto si no había alguna película con una trama similar, pero por más esfuerzos realizados nadie pudo recordar con precisión. “Extraños en un tren”, pensó Hache, Aquella película de Hitchcock, iba a decirlo pero la charla ya se había avivado de nuevo con el supuesto de que los cinco desconocidos o semidesconocidos dentro del auto escondieran vidas interesantes o, en el peor de los casos, inconfesables. O sea que aunque parezcamos gente decente, ¿seamos en realidad sicarios?, Hache quiso decir psicópatas, pero las habilidades psicológicas de Eme lo cohibieron e hicieron errar. ¡Exacto!, volvió el ánimo de Eme. Erre por su parte, atento al camino, de vez en cuando miraba por el retrovisor dibujando una sonrisilla interesado en el rumbo que tomaba la plática de esos desconocidos.

Yo, en vez de psicóloga sería una diseñadora de vestuario de películas de Hollywood, apunto Eme. Efe, lo pensó un momento y dijo, Yo ocultaría ser un comerciante de arte en el mercado negro internacional. Hache, estaba tratando de combatir el marea dormitando un poco y sin abrir los ojos dijo, Yo me quedo con lo del sicópata, guardándose para sí la segunda frase, Porque sería capaz de matar por un poco de silencio en este momento. El Primo mientras tanto, ya era su alter-ego; ocultaba ser un agente de la interpol que usaba el silencio como su mejor herramienta de análisis y método infalible para desenmascarar dilers de arte y asesinos seriales en latencia.

Eme, vivaracha y con esa simpatía con que había apabullado a todos dentro del auto, mantuvo la actitud de invención un buen rato, hasta que el hastió del camino los sumió a todos en un silencio que se adentraba en la incomodidad.

Al cabo de más de una hora, llegaron al destino. Descendieron a cuenta gotas y en distintos puntos de la urbe y se despidieron con la decencia de aquellos que se conocen.