viernes, 13 de diciembre de 2019

(anti) Poetizar con alevosía



Mi abuela paterna, una mujer de origen tarahumara, escondía un montón de secretos e historias detrás del silencio con el que observaba a sus nietos; una parvada de escuincles consentidos y ruidosos que de vez en cuando se detenían a charlar con ella, bueno, al menos yo. Me fascinaban esas charlas con María, pues en ellas me compartía divertidas historias que incluían a un mozalbete engreído y vivaracho que era mi padre ––era una manera diferente de acercarme a él. Pero también, era una oportunidad de conocer a esa mujer encorvada por el cáncer de estómago que padecía y con toda la ternura del mundo agazapada en sus arrugas, quien además de hacerme el cuidador generacional de la mitología familiar, me sorprendía constantemente con palabras domingueras. La que más recuerdo es Antiparras; se ha quedado arraigada en mi memoria tal vez porque de todo el muchacherío estridente que invadía su casa los fines de semana, yo era el único que usaba anteojos.

Con esta bizarra palabra (entiéndase “bizarra” en el sentido correcto de la palabra, “generosa, lucida, esplendida” y no con el equivocado significado de “extraño”) Daniel Olivares Viniegra ha urdido (otra palabra aprendida de mi abuela) un divertimento poético que invita a pasar un buen rato hasta al lector más ingenuo. “Antiparras, antipoemas para lectores si prejuicios” es, sí, un homenaje velado a Nicanor Parra, el antopoeta por excelencia, pero también hace un homenaje a la palabra y sus posibilidades, a sus significados y las historias que “nuestros” significados de ellas esconden. Es un homenaje a la inteligencia y el buen humor, rasgos tan poco habituales hoy en día, por ejemplo, en las redes sociales.

Soy antipoeta: 
lanzo la mano; 
escondo la piedra.

Daniel es uno de nuestros poetas más interesantes. Nacido en Hidalgo al inicio de la década de los sesenta, ha esgrimido una obra cargada de rebeldía y compromiso social, que se ve cimentada en ese disfrute que sólo da un profundo amor por el idioma. “Antoparras…” es probablemente la mejor oportunidad para encontrarnos con ese poeta apasionado por las formas de hablar, la suya y la de los otros, por los dichos, los dobles sentidos, por las grafías con que nos describimos y describimos el mundo en el que somos nostalgias y picardías, pero también, un atisbo de eternidad.

Algo así como el alma de las cosas. 
Suspiro sonoro que 
en ocasiones 
punza y canta 
casi tanto como los adioses.

Los cuarenta y ocho poemas que componen el volumen, diseminados en tres apartados, son una suerte de pócima hilarante contra lo cotidiano, contra el aburrimiento de una época dominada por el puntapié melódico de los móviles, el tica-tac silente de los relojes digitales y obsceno tañido de las cajas registradoras.

La realidad no es real; es plebeya.

Olivares Viniegra es heredero de una estirpe casi extinta en la literatura mexicana, esa que tiene en su árbol genealógico a Jorge Ibargüengoitia, Julio Torri, y Efraín Huerta (a quien por cierto hay un par de guiños poéticos en estas páginas), la de aquellos escritores que usaban su literatura para hacernos reflexionar en el medio de una sonrisa (carcajada) esbozada a la mitad de la lectura, de enfrentarnos a un página-espejo donde nos veíamos reflejados tal cual somos los mexicanos.

Todos ponen. 
Sin palabra/poesía 
a ninguna parte… 
Por amor: siempre. 
Nunca sin humor.

Pero, además, Olivares Viniegra propone usar la página como un lienzo donde la distribución del poema es, verbigracia, un significado paralelo. Esto sin contar que el poeta hace uso de caligramas para mostrarnos que las letras y lo signos ocultan mucho más de lo que callan cuando son parte de una palabra. Este recurso, el de los caligramas, ha caído inexplicablemente en el desuso y ahora recuerdo haberlo visto, también con excelentes resultados, en otra poeta hidalguense: Alejandra Craules Bretón.

Se me ha caído ya mi última hoja de Parra.

En fin, que las “Antiparras…” es un poemario peculiarmente atrevido y de extraordinaria manufactura literaria, lo que lo hace sumamente disfrutable; un destello de humor en la literatura hidalguense del siglo XXI en el que usted, estimado lector, debería sumergirse son miramientos.

Me 
dijo: 
–No  
Estés  
Poem(a)mando…

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