domingo, 20 de junio de 2010

De enanos negros y gigantes verdes*

La llovizna llegó antes de todos, pero no impidió que nadie se apresurara a entrar al Lienzo Charro. Al ingresar te sorprendían con un refrigerio para soportar con estoicismo la hora en que el partido se transmitiría. Los empleados del departamento de limpias, en un principio confundidos con hinchas holandeses por su uniforme naranja de barrenderos, ocuparon una de las alas de lugar dispuesto para la ocasión. Todos ocupan su localidad asignada, es decir cualquiera que esté libre. La idea de emular en lo posible el ambiente del estadio es excelente; la emoción compartida es siempre exponencial. Una pantalla gigante resplandece, sillas acomodadas donde en otras ocasiones los caballos persiguen becerros. La mayoría de los asistentes con playeras verdes, clásicas del uniforme de la selección; otros tantos con playeras blancas, moda futbolera de los nuestros apenas vista a principios de este año; y los menos con playeras negras, última camiseta que nos trae desagradables recuerdos después del empate contra los Bafana-bafana. Los de allá con pulseras, los de acá con cintas atadas a la cabeza, esporádicos portadores de discretas líneas de pintura en el rostro; todos con el alma tricolor.

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Sobre la canchan ya corren los once propios y los once ajenos: los “franchutes” que ya en otras épocas de la historia nos han ofendido y los hemos derrotado; desde el 5 de mayo de 1862, hasta el Sarkozy 2009 y su necedad de llevarse a Florence Cassez. Los primeros cuarenta y cinco están llenos de entusiasmo cuando apenas al principio de ellos el de apellido brasileño estrellaba en el poste una pelota que, aunque fuera de lugar, está dentro del deseo de toda una nación. Vela y Anelka deseando porterías dos metros más altas, Salcido se hubiera conformado con medio metro más ancha. Vela se apaga y entra Barrera quien se aventura hasta la amonestación. Los minutos se va como agua ente gritos y sustos. Apenas otro cuarto de hora para el comentario y el análisis de los miles de directores técnicos reunidos en el lugar, porras, ambiente y paciencia.

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Arranca la segunda mitad que nunca es igual a la primera. El Conejo mostrando la razón de su apodo y repeliendo todos los embates franceses. Los verdes siguen enteros, los azules siguen desconcentrados. Al minuto sesenta y tres “Chicharito” Hernández se comporta como el ejote completo, burla a todos, se saca al portero y ¡Goool! ¡Viva Ignacio Zaragoza! ¡Se acordaron de Puebla, ¿verdad?, hijos de su pastelera! Quince minutos más tarde una falta dentro del área francesa y todos nos levantamos como si el gol ya hubiera caído. El Temo se prepara, sereno, perfila el disparo hacia donde vuela Lloric que llora cuando el balón encuentra un rincón para burlar sus manos. ¡Goool! ¿Dos? Nadie lo puede creer, por un momento el Chicharo y el Cuauh nos han hecho olvidar que vivimos en un país en guerra, que el dinero no nos alcanza, que el futuro es todavía un lugar incierto; excepto hoy en que el futuro de ser ganadores nos ha sorprendido y se ha quedado con nosotros. Los primeros cuarenta y cinco minutos terminan por duplicarse y el hecho es más que histórico; es un anhelo cumplido.

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Otrora enanos negros que por ahora se han tornado en gigantes verdes. Ojalá que no vuelvan a empequeñecerse.

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*Publicado en la página 7 del Diario Síntesis de Hidalgo, el sábado 19 de junio de 2010.

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