jueves, 23 de febrero de 2012

El tigre

Eduardo Lizalde


Hay un tigre en la casa


que desgarra por dentro al que lo mira.


Y sólo tiene zarpas para el que lo espía,


y sólo puede herir por dentro,


y es enorme:


más largo y más pesado


que otros gatos gordos


y carniceros pestíferos


de su especie,


y pierde la cabeza con facilidad,


huele la sangre aun a través del vidrio,


percibe el miedo desde la cocina


y a pesar de las puertas más robustas.



Suele crecer de noche:


coloca su cabeza de tiranosaurio


en una cama


y el hocico le cuelga


más allá de las colchas.


Su lomo, entonces, se aprieta en el pasillo,


de muro a muro,


y sólo alcanzo el baño a rastras, contra el techo,


como a través de un túnel


de lodo y miel.


No miro nunca la colmena solar,


los renegridos panales del crimen


de sus ojos,


los crisoles de saliva emponzoñada


de sus fauces.



Ni siquiera lo huelo,


para que no me mate.



Pero sé claramente


que hay un inmenso tigre encerrado


en todo esto.

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