martes, 16 de julio de 2013

¡Ah, las erratas!

 Juan Morales Agüero 

Estos «piojos de las palabras», como las llamó Flaubert, se cuelan en los recovecos más insospechados y pueden lanzar por la borda una labor de creación literaria o de investigación.

Las erratas son viejas conocidas de los escritores y los periodistas. Quienes han hurgado en el tema afirman que acechan al texto desde el debut del lenguaje escrito. De su nociva naturaleza dijo el literato español Ramón Gómez de la Serna: «Son para las palabras como enfermedades infantiles: sarampión, varicela…, que deben pasarse obligatoriamente».

Tipógrafos, editores y correctores figuran entre sus presas favoritas. El empeño por exterminarlas no parece exhibir grandes progresos, pues se niegan a desaparecer. En efecto, las muy pícaras se camuflan entre vocales y consonantes y saltan como liebres en cualquier rincón del párrafo.

El cronista español Andrés Henestrosa las ha sufrido muchas veces en textos propios, así que habla con conocimiento de causa. Sus palabras son concluyentes: «Ahí donde aparezca una errata, aparecerán otras, porque proliferan y se reproducen como conejas. Son tan invencibles como elocuentes; avasallan, convencen y seducen. Por eso ganan al final, quedándose».

Detectarlas y eliminarlas a tiempo es una suerte de obsesión. Un sitio en Internet cuenta que un editor francés llamado Robert Etienne perseguía tanto las erratas que después de compaginar los textos de un libro, imprimir las pruebas, corregirlas y volverlas a imprimir, las colgaba en la fachada de la editorial, a la vista de los caminantes, a quienes pagaba una bonita suma por cada una que encontraran».

El gran poeta chileno y premio nobel de Literatura, Pablo Neruda, las estigmatizó: «Son las caries de los renglones». Eso, quizá, porque en su libro de poemas Crepusculario alguien le enmendó un verso. Así, lo que originalmente era «Besos, lecho y pan» se publicó como «Besos, leche y pan».

A la vera de estos huéspedes indeseables mostró su rostro la célebre fe de erratas. La más antigua data de 1478 y ocupa dos folios de una obra de Juvenal. Después, la Suma Teológica se editó con otra análoga, pero… ¡de 111 páginas! Amilanadas por tal plaga, las editoriales contrataron como correctores a insignes hombres de letras, como Erasmo y Shakespeare.
Las erratas son universales y ubicuas. No respetan credos, ni reyes, ni Papas...  Y, a propósito, el Papa Clemente XI, quien ofició entre 1700 y 1721, murió de una apoplejía cuando descubrió una errata en el primer ejemplar de sus homilías recién impresas que alguien le llevó para leer.

Galería de las equivocaciones

En la antología de las erratas aparecen algunas muy simpáticas, aunque imagino que a sus víctimas no les habrá hecho ninguna gracia. Una clásica se coló en el folletín de Vicente Blasco Ibáñez titulado Arroz y tartana. La edición príncipe decía: «Aquella mañana, doña Manuela se levantó con el coño fruncido». El autor había escrito «el ceño fruncido».

Otra similar contrarió al bardo español Ramón de Garciasol, quien logró incluir un poema en la muy seria revista Ínsula. Exponía: «Y Mariuca se duerme y yo me voy de puntillas». Solo que el duende de los gazapos le jugó una mala pasada y apareció: «Y Mariuca se duerme y yo me voy de putillas». Pero —¡ay!—, Mariuca era su esposa. Tengo la certeza de que al vate le resultó difícil persuadirla del equívoco editorial.

Con el ilustre mexicano Alfonso Reyes las erratas devinieron ensañamiento. Él las denominó «especie de viciosa flora microbiana, siempre reacia a los tratamientos de la desinfección». Un libro suyo de poemas tenía tantas que hizo ironizar así a un crítico: «Nuestro amigo Reyes acaba de publicar un libro de erratas acompañado de algunos versos».

Las erratas no respetan ni los títulos de las obras. La feria de los discretos, de Pío Baroja, se editó en la enciclopedia Espasa como La feria de los desiertos; el drama La expulsión de los moriscos se llevó a la cartelera como La expulsión de los mariscos; y la novela de Alejandro Dumas hijo llegó a publicarse como La dama de las camellas (por camelias).

Erratas periodísticas

En ocasiones, una errata ha puesto de patitas en la calle a un colega distraído. Cuenta el argentino Manuel Ugarte el caso de un informador de antaño que, al ofrendar su crónica a la hija del dueño de su rotativo, garrapateó: «Basta escribir su nombre, Mercedes, para que se sienta orgullosa la tinta». Solamente que en lugar de tinta, se publicó tonta.

Al académico francés Flavigny no le fue mejor, en 1648, al escribir en una glosa teológica la conocida frase del Evangelio de San Mateo: «¿Y por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano y no echas a ver la viga que está en tu propio ojo?». Esto, en latín, reza: «¿Quid vides festucam in oculo fratis tuis et trabem in oculo tuo non vides?».

Un burlón reseñó así el infeliz dislate: «En la palabra oculo el duende escamoteó misteriosamente la o inicial, pasando en la frase el papel del ojo a otra parte del cuerpo humano…».

A pesar de lo involuntario del hecho, el escándalo que originó el desliz fue colosal. La comunidad académica no perdonó aquel desacierto que casi desacredita para siempre a uno de sus miembros entre sus propios colegas de oficio.

A veces la mera ausencia de una tilde puede provocar el caos. Como aquel diario que publicó un clasificado donde se solicitaba «una secretaria con ingles», en lugar de «con inglés». Otro caso: en una crónica teatral, el chupatintas rasgueó: « El exquisito gusto de la autora es bien conocido por todos sus amigos». Solo que, donde decía gusto, salió publicado busto. ¡Vaya revuelo el que armó el marido!

En una gacetilla, alguien escribió «lúgubre viaje». Pero se lo cambiaron por «legumbres viejas». Y como si eso no hubiera resultado suficiente, al final del texto dijo, poético: «Hay una humedad de sal mojándonos las ojeras». Sin embargo, se la variaron por «hay una humedad de sol mojándonos las orejas».

En materia de titulaje, los disparates no han sido menores. Un periódico canario encabezó así un suelto relacionado con cierta enfermedad bovina: «Las vascas locas», cuando debió decir «Las vacas locas». Tan pronto se enteraron, las féminas de esa región de España pusieron el grito en el cielo.

Otras erratas periodísticas divertidas son la del «Banco Español de Cerdito» (por crédito); la dama que lanzaba a su amado miradas de «apasionada ternera» (por ternura); la demanda de trabajo en la que se buscaba a alguien capaz de cuidar «persianas mayores» (por personas); o el «libro de Pitágoras» de un buque para designar el libro de bitácora; o el santoral que anunciaba el Día de la Purísima Virgen, pero la r se cambió por una insultante t… ¡y se armó la grande!

Otras manifestaciones

Un aragonés nombrado Ángel Mostajo se tomó la molestia de revisar a fondo todas las entradas del Diccionario de la Real Academia Española (DRAE), en su edición 21, de 1992. Y vaya sacrilegio, localizó en sus páginas imprecisiones diversas, errores de imprenta, definiciones incongruentes o «meramente machismos o racismos heredados de ediciones anteriores».

Sin la intención de lastimar la dignidad de los académicos a cargo del popular texto, el investigador halló 163 erratas. Las comentó y las envió a la RAE. Desde allá le agradecieron su acuciosidad y paciencia, que lo llevaron a leerse toda la obra. La edición 22 (2001) del DRAE subsanó las erratas.

En fin, que las erratas —«piojos de las palabras», según Flaubert— se cuelan en los recovecos más insospechados y pueden lanzar por la borda una labor de creación literaria o de investigación. Vuelvo a convocar a Alfonso Reyes:
«A la errata se la busca con lupa, se la caza a punta de pluma, se la aísla y se la sitia con cordón sanitario y a última hora, entre las formas ya compuestas, cuando ruedan los cilindros sobre los moldes ya entintados, ¡hela que aparece, venida quién sabe dónde, como si fuera una lepra connatural del plomo! Y luego tenemos que parchar nuestros libros con ese remiendo del pegado que se llama fe de errata, verdadera concesión de parte y oprobio sobre oprobio».

¡Solavayan las erratas!

2 comentarios:

  1. Anónimo13:11

    Histérico.
    Me hubiera perdido una apuesta que no incluyera el de la Virgen (¡creí que le conocía!). Jeje.

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  2. Anónimo20:46

    Que bueno que no redacto ninguna parte del artículo. La censura no es buena. "Si todas los impresores estaban decididos a no imprimir nada hasta que fueran seguros que no ofendería a nadie, hubiera muy poco imprimido."
    -- Benjamin Franklin.

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