viernes, 4 de junio de 2021

Napoleón: de la cabeza al cielo


Hace aproximadamente un mes, el cinco de mayo, se cumplieron doscientos años de la muerte de Napoleón Bonaparte. Asesinato, una posibilidad que el mismo Bonaparte discurre en algunas misivas de su correspondencia postrera pero escamoteada por la historia oficial. En México este bicentenario luctuoso pasó prácticamente desapercibido, pues ese día celebramos la victoria heroica sobre el ejército que él comandó alguna vez, pero que en la circunstancia de 1862, era enviado por otro Napoleón, el tercero, “el pequeño”, como lo identificaba el gran Victor Hugo para que por ningún motivo se confundiera con el Bonaparte, que fue grande.

Napoleón nació en Córcega el cinco de agosto de 1769, apenas un año después de que aquella isla fuera cedida a Francia por los genoveses. Educado en escuelas militares desde los nueve años, su carácter se forjó entre el deber y el honor. Tras la muerte de su padre en 1785 y tras ser ascendido como subteniente al año siguiente, se toma un sabático dedicado al estudio de la historia y la literatura, lo que fijaría el deseo de grandeza en su personalidad.

Estratega nato, durante su carrera militar encabezó campañas que aún son dignas de estudio: Italia, Egipto, Marengo. En mayo de 1804 se convierte en Emperador de los franceses y se hace coronar ante la presencia del papa Pio VII.

A pesar de tropiezos bélicos, como el de Trafalgar en 1805, consigue extender las fronteras del Imperio Francés hasta Holanda, Alemania, Austria, Prusia, España y Rusia, donde sufre una estrepitosa derrota a causa del invierno inclemente de 1812.

Desde entonces, a principios del siglo XVII, pasaban por su cabeza ideas que prevalecen en la actualidad; crear una unión europea y la creación de una sola moneda que facilitara el comercio en todo el continente.

La batalla en Waterloo, un poblado minúsculo a unos veinte kilómetros al sur de Bruselas en Bélgica, marcó su derrota definitiva en 1815, tras la cual fue exiliado, prisionero y a la postre, muerto.

Recuerdo ahora una maravillosa novela de Beatriz Rivas, “Viento amargo”, donde el otrora emperador, prisionero ya en la isla Santa Helena, pasa sus últimos días discurriendo los recuerdos en las memorias que escribe y sucumbiendo al último amor que lo sacude, el que lo ha sorprendido en la figura de miss Betsy Balcombe. La historia, narrada con una habilidad extraordinaria, muestra la esencia de un personaje que vivió apasionadamente, entregado al poder, “su única amante”, pero también al deseo, el deber y la muerte.

De él, crecí con dos anécdotas que mi padre le atribuía: primero, la frase que impone el cuidado de los detalles ante la urgencia: ”Vísteme despacio que tengo prisa” se supone que dijo Napoleón un día que requería de perfección y no de puntualidad, aunque Benito Pérez Galdós también le atribuía la frase a Fernando VII; la segunda, estando Napoleón ya prisionero en Santa Elena, buscó en la gran biblioteca que estaba a su disposición un libro para continuar su lectura, el cual, se encontraba en un plúteo muy elevado, entonces solicitó la ayuda de un soldado inglés de gran estatura que lo custodiaba, después de observar la estatura de Bonaparte (que no superaba el uno setenta) y la distancia a la que se encontraba el libro, el cabo respondió: “Permítame General, déjeme a mí que yo soy más grande”, estiró el brazo y con facilidad alcanzó el volumen entregándolo a Napoleón que agradeciendo añadiendo con sorna: “Usted es más alto, pero no más grande”. En esas frases se condensa la esencia de un personaje irrepetible en la historia de la humanidad; quien estaba convencido que la grandeza de un hombre se mide de la cabeza al cielo.

Paso cebra

Dentro de dos días, los mexicanos deberemos ir a las urnas para renovar la cámara baja. Bueno, eso de renovar es en parte una ilusión pues 213 diputados buscan reelegirse en su curul, algo que no ocurría desde hace noventa años en el sistema legislativo de nuestro país. En Hidalgo, además, elegiremos diputados locales (dieciocho de mayoría relativa y doce de representación proporcional). En ambos casos, la participación de los votantes es fundamental para que quienes resulten ganadores, sean realmente representantes populares y trabajen en beneficio de quienes les eligieron y también de quienes no. No importa por quién vaya a votar, pero por favor, hágalo.

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