viernes, 14 de junio de 2019

Historias de vodevil



Cuando era más joven (es importante destacar la presencia del adverbio “más” que establece la continuidad del adjetivo “joven”, solo para efectos de la sanidad mental de quien escribe), decía, cuando era más joven, incluso antes de estudiar comunicación, tuve la oportunidad de entrevistar a Hugo Gutiérrez Vega en las escalinatas del otrora edificio central de la universidad estatal. Me sobrecogía estar frente a uno de mis poetas favoritos, frente al columnista que leía cada domingo en la Jornada Semanal. Pero lo que más me sacudió aquel día fue una máxima que determinó mi manera de ver la cultura y que incluiría en mi desarrollo como incipiente promotor cultural: “La cultura debería de ser auspiciada completamente por el estado”. ¿Era eso posible? ¿O sólo era, y es, una utopía moribunda en tiempos de austeridad gubernamental?

Mientras que desde hace ya algunos años se ha puesto sobre la mesa la posibilidad de que los creadores de arte y cultura desarrollen proyectos autofinanciables y que no se deje toda la carga del desarrollo y promoción cultural al estado, la discusión, que debería ser muy sería por tratarse de un asunto prioritario para el sano desarrollo de nuestro país (una nación que soslaya la cultura está condenada a perder su historia e identidad), ha tomado tintes absurdos pero peligrosos.

En escena ha aparecido la senadora plurinominal Jesusa Rodríguez a despotricar contra los creadores y exigirles que “Vayan a la iniciativa privada, dejen de vivir del presupuesto”. Más allá de la preocupación que nos produce que la Senadora se haya mordido la lengua al verbalizar este sambenito, nos extraña que haya asegurado que siempre ha criticado las becas del FONCA, lo cual es falso.

Lo que la flamante senadora no recuerda desde la comodidad de sus ciento cinco mil pesos de sueldo mensual (el cual, por cierto, sale del presupuesto) es que al menos en tres ocasiones obtuvo, junto con su hermana Marcela, apoyos en el rubro de coinversiones del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes, a través de su compañía teatral y su asociación civil, “Ópera portátil” y “En chinga producciones”, respectivamente. En su momento, cuando sus performances tenían el verdadero espíritu de la crítica social y no eran solamente una caricatura propagandística como sus cabezones susurrantes guardianes del maíz, su hermana dijo que sin el apoyo recibido hubiera sido “imposible” presentar sus espectáculos artísticos. No cabe duda que la “amnesia oportunista” se da en todas las esferas.

Sin embargo, el resbalón senatorial no es el meollo, sino la verdadera posibilidad de que los apoyos hacia la cultura, como el FONCA, desaparezcan también como ha ocurrido con otros tantos programas; hace apenas unos días les dieron harakiri a los apoyos a los investigadores.

Sin duda muchas cosas en este país están viciadas, los programas culturales no son la excepción. Las becas artísticas han permitido en desarrollo y crecimiento de grandes creadores en México como García Márquez, Carlos Fuentes, Amalia Hernández, Vicente Rojo y Horacio Franco, por mencionar unos pocos; y, por otro lado, también ha subvencionado a una pléyade de “artistas” que navegan en la mediocre comodidad de proyectos sin propuesta, grisáceos y de nula trascendencia. Ese es precisamente el reto. ¿Por qué en lugar de desaparecer no se hace una “reingeniería” (horrenda palabra de moda) en sus reglas de operación y se cuida que a partir de ahora lleguen a otros círculos creativos que han permanecido marginados de la mirada elitista y borrados por los compadrazgos establecidos? ¿Acaso la idea de mejorar no implica sustituir en lugar de desvanecer?

Hace un par de días escuché al Presidente decir que: “esto es una revolución, una transformación (…)”. Creí que un sinónimo de “transformar” es “cambiar”, no “eliminar”.

Paso cebra.
Aquello de que los creadores emigremos a la iniciativa privada para encontrar apoyos, es ya un ejercicio común que ha dado buenos resultados en general; la senadora performancera tampoco está descubriendo ahí el hilo negro. Qué triste que tengamos legisladores de ese nivel ramplón y retrógrada.

viernes, 7 de junio de 2019

Pederasta del reflejo


Siempre he creído que la religión y las preferencias sexuales deben ser temas íntimos, no públicos. Al fin de cuentas, en el mejor de los casos, es sólo un asunto de dos; con una pareja en lo sexual, con Dios en los espiritual. Así que cuando esos asuntos trascienden a lo público, el debate aflora con rapidez.


Las acciones erráticas y los escándalos siguen cerniéndose sobre la máxima institución cultural del país. Hace ya un par de semanas todos nos sorprendimos al ver en las redes sociales un evento “no cultural” que se realizaría con bombo y platillo en el recinto más emblemático culturalmente hablando en México. Por supuesto que la noticia comenzó a circular apenas unas horas antes de la realización del evento, el cual consistía, según las imágenes difundidas y colocadas en las afuera del Palacio de Bellas artes, de un “homenaje” a un “apóstol” de Jesucristo. Ya de por sí, leer las palabras entrecomilladas es una mala, pésima señal; esto sin contar con que el carácter “religioso” del asunto no coincidía con el actuar de un gobierno “liberal”. ¿O acaso los conservadores son católicos y los liberales cristianos?

El presidente López Obrador se ha dicho cristiano. En un principio yo le creí, pues no iba a misa todos los domingos como los presidentes panístas; parecía pues que su religiosidad era un asunto privado. Sin embargo decirse cristiano y permitir un evento para la lisonja personal en nombre de Dios, carece de toda congruencia.

El asunto va más allá del uso de un inmueble público para un beneficio privado, después de todo si al menos les hubieran cobrado una buena cantidad de dinero para realizarlo habría un “beneficio” para la nación. Pero al parecer, ni se les cobró, ni se había medido el impacto mediático del asunto. En las horas entre el inicio, la realización y el término del “homenaje” la Secretaría de Cultural federal se encargó de defender lo indefendible: que no se les había dado permiso, luego que sí, que no era un homenaje sino un acto cultural, que sólo se escuchó música y no se entregó un reconocimiento a nadie, entre otras tantas explicaciones absurdas y, por cierto, mal redactadas.

Al paso de los días, parecía que no toda la culpa era de la autoridad cultural: que si un diputado lo había solicitado en nombre de la organización religiosa; que si la invitación al delfín (Batres) del presidente había sido sólo a un concierto y no a un encuentro, quien sabe con qué fines, con el poder económico “cristiano”; que si el diputado presidente de la comisión de cultura opinaba que el acto realizado era tan inocente como una kermes de jardín de niños y por eso había asistido, en fin, más y más sandeces.

Como siempre la realidad supera la ficción y en días recientes el caso tomó un giro tan inesperado como macabro. El tal “apóstol” de morondanga fue detenido en los Estados Unidos con acusaciones poco propias para un “ministro” o siquiera para alguien que quiera llamarse “miembro” del rebaño del Señor: trata de personas, pederastia y producción de pornografía infantil; el tipejo este es pues un delincuente.

A partir de ese momento surgieron más preguntas: ¿De verdad las autoridades culturales no investigaron al usuario del espacio público? ¿Cómo pudieron solapar un “homenaje” a un criminal? ¿De verdad nadie en la secretaría tuvo la ocurrencia (tomando en cuenta que tienen ocurrencias a cada rato, por guglear el nombre del “apóstol” ahora prisionero? Si hasta Lydia Cacho ha dicho que son innumerables las denuncias de abuso contra el personaje. ¿De verdad son tan inutiles?

La cereza en el pastel de la ignominia es la reacción de la Secretaría de Cultura, que hace un par de días volvió a decir, a gritos (que al fin de cuentas es la interpretación al escribir en mayúsculas mensajes digitales) que lo qu es evidente no es verdad, que las cosas fueron como ella dice y que nadie va a renunciar por este acto de corrupción, o en todo caso, por este caso de omisión.

A los anteriores también se les criticaba, por supuesto que sí, el asunto aquí es que los nuevos generaron tal cantidad de expectativas y esperanzas que verlos actuar como chivos en cristalería desilusiona hasta el enojo.

Todos esperábamos que las cosas cambiaran en el sector cultural. Pensándolo bien, cambiaron, pero para peor.

viernes, 31 de mayo de 2019

Tumbar los premios, un síntoma

Parecería difícil de creer, que un gobierno con el espíritu de la renovación esté cometiendo tantas pifias. Lo más lamentable es que estos equívocos estén multiplicándose en el ámbito de cultura, uno de los sectores que por tradición podrían reflejar un verdadero cambio en las políticas “liberales”.

Primero, muy al inicio del sexenio, la designación del gran Mario Bellatín al frente del FONCA prometía una mejora. La esperanza duró poco y metió al Fondo en un berenjenal burocrático del que todavía no sale. Después, la reducción en el monto de algunos premios. Ahora, el embate es contra al menos cuatro de los Premios Bellas Artes de Literatura; lamentablemente, un embate desde dentro.

El escandalo se destapó cuando fue filtrado a los medios de comunicación un archivo digital conteniendo los datos de todos los participantes inscritos hasta ahora. Según las especificaciones de cualquier concurso, las plecas con los datos personales de los concursantes no son abiertas, sólo se apertura la del o los ganadores según sea el caso, pero el resto es destruida sin conocer el contenido.

No hay concurso respetable que funcione de otra manera, por lo tanto, no fue un error inocente de un neofuncionario “cuatrotero” que no sabía que eso no se debía hacer; no es creíble una excusa como esa. ¿Cuál es entonces el trasfondo de la violación de protocolo? ¿Encontrar “intelectuales conservadores”, creadores beneficiados en el sexenio anterior, simpatizantes de la cultura “fifí? ¿A quién o quienes beneficiaría el compilar los datos de los aspirantes antes de determinar un fallo? A una camarilla de “renovadores” insulsos y ocurrentes.

Hasta el momento de escribir estas líneas, el INBA había reconocido la apertura de plecas de los siguientes galardones: el Premio Bellas Artes de Cuento Infantil Juan de la Cabada, el Premio Bellas Artes de Novela José Rubén Romero, el Premio Bellas Artes de Cuento San Luis Potosí Amparo Dávila y en los estados correspondientes, Campeche, Michoacán, Oaxaca y San Luís Potosí, determinaron no hacer valido el proceso de registro de obras y hasta el 29 de mayo. Pero, ¿Qué pasará ahora? ¿Se podrán volver a inscribir los que ya habían ingresado sus trabajos?

Estos premios significan la mitad de los que están convocados por el INBA y que exigen a los participantes el uso de seudónimo para conservar la imparcialidad del resultado. ¡La mitad! Tres de seis. De por sí, los concursos literarios despiertan sospechas e inconformidades por naturaleza. Ahora, terminarán por caer en el descrédito, al menos aquellos convocados por la máxima autoridad cultural del país.

El daño colateral de todo esta será, lamentablemente y sin que podamos evitarlo, la propia literatura; maltrecha y prostituida.

Este hecho es tristemente el reflejo de lo que ocurre en todo el gobierno federal. Están tirando al inodoro la gran oportunidad de la izquierda mexicana. No unos meses de gobierno, no un sexenio, no una serie de proyectos de inversión (lo cual, por supuesto, ya es grave), sino una oportunidad que costó más de un siglo concretar; no se estaba peleando desde el 88, ni siquiera desde el 68, se estaba buscando desde la Revolución. ¿La historia los absolverá? Lo pregunto con pesar. Ojalá se rectifique.

Paso cebra
Es mi oportunidad de felicitar a todos mis compañeros de diario por los 20 años de Síntesis Hidalgo. Es un privilegio compartir páginas con todos aquellos que colaboran en este periódico que abrió el mercado periodístico en Hidalgo. Un abrazo especial para Georgina Obregón y Mónica Hidalgo, gracias por tolerar mi volubilidad escritural; gracias de verdad. ¡Felicidades!

viernes, 17 de mayo de 2019

Rebolledo en el desierto



El título de hoy no hace referencia al insigne poeta actopense, precursor del modernismo mexicano, Efrén Rebolledo. No. Se refiere a su estirpe, a la heredad que nos dejó, sin saberlo, en lejanas y congeladas tierras: Torgeir Rebolledo Pedersen.

El Rebolledo noruego es nieto del Rebolledo Mexicano. Hijo de Gloria, hija menor de Efrén, nació en Nes (cerca de Oslo) y descubrió desde muy pequeño que en su casa había libros en cuyo lomo aparecía un nombre conocido: el apellido de su madre, el apellido del abuelo que nunca conoció. Arquitecto de formación la noción poética de su pasado provocó que se asomara al inmarcesible horizonte de la literatura cayendo a lo alto en una espiral de versos que se transformaría en su destino. Considerado uno de los poetas más importantes de su país, ha recibido diversos reconocimientos tanto por su poesía como por sus textos dramáticos: el Prix Italia en 1998,  en ese mismo año el premio de la Sociedad de Poesía de Noruega y el premio como el Mejor Slam-Poet de Noruega en 2005.

Y es que la música y la poesía siempre le han interesado a Rebolledo Pedersen. Han sido para él como esencias de un mismo brebaje con el cual tiene la necesidad de expresar su visión del mundo que lo rodea. Esto lo ha llevado a desarrollar diversos proyectos con agrupaciones de jazz, compositores contemporáneos o explorando la sonoridad en el “estandopeo” poético. Por ello no es de extrañar que para su fábula sobre la amistad y la violencia haya elegido la ópera, formato que ya había explorado a finales de los 90 con “Alfa & Romeo”, pieza que le dejó su primer reconocimiento fuera de su país.

Esta nueva “road-ópera” es su primer libro traducido al español y es también el más reciente, un libro para niños titulado “Los hermanos Zapata. Una ópera del desierto mexicano”. En él Rebolledo explora con mucho humor y la objetividad que da la distancia, el problema de la violencia generada por el narcotráfico en el norte de nuestro país. La historia es protagonizada por dos hermanos gatunos que al quedar huérfanos emprenden un viaje que los aleje del dolor, deciden entonces formar una agrupación musical para denunciar la corrupción de la autoridad, lo que los hace blancos de un artero ataqué propio del terror. Sin otra opción que huir, cruzan la frontera hacia Estados Unidos encontrando, a pesar de la tristeza, una nueva oportunidad de encontrar esperanza, reafirmar la amistad y enarbolar la identidad de ser mexicanos.

Con una maravillosa visión lúdica, Torgeir nos regala un libro único y lleno de aventura, reflexionando en todo momento sobre la condición humana en tiempos donde todo vale más que la propia vida. La traducción nos permite disfrutar una serie de rimas ingeniosas y juegos de palabras que el poeta fue recopilando desde su primer viaje a México en 1974, que enriqueciera en su visita a la tierra de su abuelo en 2002 y que seguramente consolidara en su participación en un festival literario en Tijuana en 2008.

Una historia entrañable y un homenaje que cae como anillo al dedo en el centenario de la muerte de héroe revolucionario Emiliano Zapata. Pero además, es un homenaje que el autor hace a una tierra por la que siente un profundo cariño, pues en ella se forjó su propia historia. Por lo pronto, es la puerta de entrada a una literatura por demás interesante dado el lazo sanguíneo, pero es también una oportunidad de vernos a nosotros mismos desde los ojos de un extranjero que es al fin de cuentas un pisano.

Paso cebra
Valdría la pena que las instituciones culturales voltearan los ojos a este poeta y pudiéramos contar pronto con versiones en español de sus textos más importantes, algunos de ellos inspirados en su abuelo y la tierra que lo vio nacer; después de todo, es la herencia de uno de nuestros poetas más importantes, el devenir de la poesía hidalguense.

domingo, 12 de mayo de 2019

Cómo ser lector y no morir en el intento.


Recuerdo que durante la década pasada, en mis participaciones anuales en la Feria del Libro Infantil y Juvenil —la cual por fortuna ya se vuelve una tradición en el Centro Cultural del Ferrocarril— compartía con los asistentes reflexiones que tenían que ver con el hábito de la lectura, sobre todo con la posibilidad de ro0mper los prejuicios que lo rodean. Mi idea, en cada oportunidad, era tratar de sembrar en ellos la semilla de la lectura con la esperanza de que en algún momento floreciera.  Cuan ardua labor la de convencer.


Apenas en el Día internacional del libro fueron presentados algunos datos que dan escalofrío a propios y extraños. Según los datos obtenidos y dados a conocer por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía, el porcentaje de personas que saben leer y escribir, mayor de 18 años, y que ha leído al menos un libro en los últimos 12 meses previos al levantamiento de la encuesta cayó de 50.2% del total, en febrero del año 2015, a sólo 42.2%, en febrero del 2019. La preocupación se agrava cuando nos enfrentamos a los niveles de comprensión lectora que oscilan en el 20%; es decir solamente una de cada cinco personas logré entender cabalmente el texto que se enfrenta ya sea en un libro una revista un contenido de internet.

Sólo el 25% de las personas entrevistadas acude o visita la sección de libros y revistas en tiendas departamentales; únicamente el 11% visita bibliotecas y sólo el 19.7% tiene el hábito de asistir a librerías. En lo que se refiere al uso de la internet un total de 70 millones de mexicanos tienen acceso a la red mundial de información y de ellos El 49.4% aceptaron acceder en línea a libros revistas o artículos de interés sin que esto signifique que su lectura haya sido profunda o, al menos, constante hasta el final del contenido.

Según los mismos datos del INEGI las razones por las cuales las personas encuestadas no son afectas a la lectura son tres: falta de tiempo es falta de interés y el elevado precio de los libros.

Pero, ¿en realidad son esas las razones? Comencemos por entender que la lectura se enseña con el ejemplo. La única manera, lo he vivido en carne propia, de contagiar el gusto por leer es con practicarlo frente aquellos a los que queremos inocular. Para poder combatir todas las distracciones que nos van orillando a meter y mantener las narices en la televisión o en las redes sociales, debemos tener bien arraigado el hábito de tener cerca de nosotros un libro, de tal manera que en cada oportunidad prefiramos las páginas impresas a la pantalla titilante. Yo creo que debemos perderle miedo a los libros, que ni muerden de aburrimiento, ni son lejanamente incomprensibles. Todo lo contrario. El secreto está pues en saber elegir, en encontrar un libro que se convierta en un espejo para nosotros y que tienda ante nosotros el sendero certero de que la materia primar de la buena literatura es la vida misma; esa que vivimos cada uno de nosotros. ¿Cómo saber qué libro me provocará esa sensación? Es precisamente en este requiebro donde podemos encontrar un aliado en la internet; hay cientos, miles tal vez, de sitios dedicados a la literatura donde podemos leer desde breves recomendaciones hasta ensayos extensos sobre algún autor o título que hayamos escuchado y que haya atraído nuestro atención.

Muchas veces me han preguntado cuál es el mejor libro para empezar a leer. El que tiene a la mano, el que esta abandonado en una repisa de casa, el que nos regalaron en navidad y aún no hemos leído. ¿Ser lector exige el sacrificio de terminar un libro a pesar de que nos resulte aburrido en algún momento dado? Al contrario, es responsabilidad de un buen lector no desperdiciar la vida, que es muy corta, en leer libros que no nos atrapen o apasionen; si en la página 14, 24, 47 o 100 no sientes que puedes dejar de hacer todo lo demás para continuar leyendo, busca otro título. Como éstos hay muchos consejos y trucos para convertir a los libros en nuestros mejores amigos.

El panorama lector en México es acechado por nubarrones desalentadores. Es momento de que todos aquellos que amamos esos objetos elaborados con pulpa de celulosa comencemos a hacer viral la lectura. No sólo en las redes, mejor en la realidad.

El libro, ese gran sobreviviente



Nunca puedo evitarlo, siempre que me invitan a comentar un libro termino hablando de mi pasión por la lectura. No implica que me escabulla de la lectura y análisis del libro a comentar, por el contrario, lo hago siempre con mucho interés y entusiasmo de compartir mis “descubrimientos” dentro del texto. Quiero decir que a pesar de ello, o precisamente por ese disfrute, es por lo que siempre termino hablando de mi pasión por la lectura.

Siempre he creído que el libro es el mejor invento de la humanidad y que, al paso de los año, se ha convertido en un sobreviviente.

Pensemos que, cuando Gutenberg democratizó la lectura, el libro se transformó en el eje fundamental de la transmisión de las ideas, ya fueron doctrinales o simplemente para el gozo. Ese lugar privilegiado duró varios siglos hasta la aparición del fonógrafo, cuando la posibilidad de registrar y almacenar sonidos se convirtió en un novedosa manera de entretenerse. La eventual aparición de la radio transformó la cartografía de los hogares modernos, colocando a la consola (ese armatoste sonoro donde las abuelitas aprovechaban para usar de escaparate de sus habilidades en el tejido de carpetas) en el centro de la sala de estar; los libreros quedaron relegados contra las paredes.

Sin embargo, los radioastas pronto supieron que la palabra, y no la música, era el principal componente de la riqueza de las imágenes auditivas y más pronto que tarde comenzaron a buscar en los libros historias dramatizadas ante los micrófonos. El libro si revivió a la radio y la alimentó.

El cinematógrafo fue la siguiente amenaza. Cuando la máquina de hacer imágenes en movimiento se popularizó, rápidamente se transformó en la atracción favorita de las familias, que abandonaron no solo los libreros sino hasta la consola con sus respectivas colecciones de libros y discos. Sin empacho, los cineastas pronto acudieron a la literatura para  convertirla en el sólido esqueleto de sus filmes. Ese binomio, o matrimonio mal avenido como lo llamaba García Márquez, ha dado resultados desiguales a lo largo de la historia de la cinematografía, pero siempre ha estado presente. El libro pues sobrevivió al cine y se ha vuelto su cómplice.

Con la "telera" la historia es más intrincada. Aunque al principio le ocurrió lo mismo que con el cine la liviandad de su lado oscuro pronto se hizo patente y lo transformó en un medio maniqueo por excelencia. En diversos países la amalgama entre literatura y televisión ha dado grandes resultados como en Brasil con las obras de Jorge Amado, pero en la mayoría de los, penosamente lo digo, esa mezcla ha resultado en engendros.

Aunque maltrecho, el libro también ha sobrevivido a la televisión para enfrentarse a la internet. Recuerdo cuando a mediados de los años noventas los ambientalistas cantaban victoria diciendo que la red mundial de información iba a salvar a los árboles del mundo pues ya no sería necesario imprimir periódicos, revistas, ni libros. Sin embargo no ha sido así. El libro digital tiene entre sus más loables logros el de hacernos revalorar la experiencia de la lectura en el libro físico; el olor de sus páginas, la textura del forro, la posibilidad de subrayar, doblar la esquina, colocar un separador contra nuestras distracciones y olvidos, y lo mejor de todo, esa primera página vacía o casi vacía en la que podemos dedicar un ejemplar a alguien. Eso no lo tiene ni Obama.

Por otro lado, las redes sociales, esa arma secreta, punzante y mortífera, de la internet, en muchos casos pueden convertirse en los aliados idóneos para promover la lectura, plataforma de escritores incipientes y hasta de impulsar y difundir la industria editorial. El problema fundamental radica en que es necesaria la ética y la responsabilidad, elementos tan escasos en estos tiempos, para poder lograrlo.

Este año la celebración del día internacional del libro dejó un amargo sabor de boca para los mexicanos; los índices de lectura en este país han caído y casi la mitad de la población ha dejado de leer en los últimos años. Pero esta semana guras será mejor pregonarlas en una próxima ocasión.

Seamos sobrevivientes, leamos.

Yo les creo III


No hay nada que Mutual ame más que la literatura. Es maestra de formación pero ha dedicado toda su vida al difícil quehacer de la creación literaria. Los años de juventud han pasado y la madurez le ha permitido un remanso para afianzar su talento y calidad poética. Es impulsora incansable de taller es literarios, promotora de antologías internacionales y apasionada de la vida y obra de un excelso poeta de su tierra. De hecho, en ha pasado los últimos años trabajando una biografía poética de este personaje que alcanzó los vuelos del mismísimo López Velarde. Un día gana una beca y la mira como la oportunidad de concluir su trabajo de biógrafa, el tutor de ese año es un escritor experimentado, que ella ha leído y respeta. En la primera sesión de entrega de resultaos le va muy bien, Mutual piensa que está siendo una gran experiencia. Tres meses después, tras la segunda sesión de trabajo, el tutor le pide que lo acompañe a desayunar para hablar del libro en el que se pude convertir su proyecto de beca. Ella accede con la firme convicción de que el trabajo de tantos años va en la recta final. Durante el desayuno el tutor ni siquiera mira el engargolado que está sobre la mesa, entre platos y tazas de café, se encuentra embebido en sus anécdotas etílico-literarias, hacia el final de la charla al fin pone un mano sobre las páginas sin abrir y dice algo así como: Si me  subes conmigo al cuarto yo te termino el libro. Por un instante Mutual piensa que ha escuchado, mal luego supone que ha sido una broma, pero la realidad del acoso no tarda en darle en las narices. Ella no recuerda a ciencia cierta lo que respondió mientras se levantaba de la mesa pero está segura de que fueron improperios. Han pasado ya muchos años, piensa Mutual, hasta el escritor-tutor ya ha muerto, qué caso tiene meterse en estos asuntos de la denuncia, si ni va a pasar nada.

Las dos historias que he narrado, son apenas una muestra de que lo que el movimiento #MeToo denuncia ocurre también en el ámbito literario hidalguense. Sus protagonistas se reservan el derecho de contarlo con nombres y apellidos, de hacer las denuncias mediáticas o legales que correspondan; es una decisión en la que nadie puede influir.

Sin embargo es muy importante hablar del futuro del movimiento de denuncia. Se deben encontrar caminos para que los señalamientos no se queden sólo en los “taimlains” y pasen a ser parte determinante en la solución. Sin duda aquellos personajes que ha sido señalados cuidarán en adelante su actuar, sobre todo si en verdad son culpables, y tienen también el derecho de replicar y en todo caso de limpiar su nombre. ¿Y si lográramos un foro, publico, auditado, honesto, para que la oportunidad de un entendimiento y una reconciliación ocurrieran? El problema no debe soslayarse, no debe atacarse el recurso del anonimato, pero debe tenerse cuidado con ello, pues también debemos aceptar la posibilidad de que entre el pajar de acusaciones haya un alfiler mal intencionado. No debemos permitir bajo ninguna circunstancia que se diluya, y para ello debemos colaborar todos.

La semana pasada hablaba de marchar hacia el camino de la reconciliación; creo en ello. Pero también debemos empujar al aparato de justicia de nuestro país a que haga su labor en estos y, lamentablemente, en los futuros casos. Debemos marchar juntos hacia la justicia y hacia estrategias para corregir las acciones equivocadas en la búsqueda de las nuevas masculinidades y los linderos en que estamos relacionándonos actualmente en pareja. Para esto la misma literatura puede ayudarnos.